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Relatos Ardientes

El fin de semana que seduje a la esposa de mi tío

Ilustración del relato erótico: El fin de semana que seduje a la esposa de mi tío

Mariana había estado con chicas de su edad muchas veces, y disfrutaba cada una de ellas, pero arrastraba un deseo que nunca le había confesado a nadie. Quería ser la primera mujer de una mujer madura. No una lesbiana cualquiera de discoteca, eso habría sido demasiado fácil: quería a una veterana hermosa, casada, profundamente heterosexual, de esas que jamás se habían planteado tocar a otra mujer. Quería ser ella la que la sedujera, la que la introdujera en ese mundo, la que la viera rendirse por primera vez.

Cada vez que veía porno buscaba lo mismo: una joven conquistando paso a paso a una mujer mayor que se resistía y terminaba entregándose. En esos videos siempre se imaginaba a sí misma como la que llevaba el control, la que mordía el labio y susurraba al oído hasta que la otra cedía. Era una fantasía que le quemaba por dentro y que veía completamente imposible. ¿Cuántas mujeres conocía que cumplieran todos esos requisitos? Repasaba mentalmente a las madres de sus amigas, a las vecinas, y siempre llegaba a la misma conclusión.

Esto no me va a pasar nunca. Voy a llevarme estas ganas a la tumba.

***

Una mañana, su madre le pidió que llevara unos documentos a casa de su tío Eduardo, temprano, antes de que él saliera para la oficina. Cuando Mariana llegó, todavía estaban recién levantados. Fue Lucía, la esposa de su tío, quien le abrió la puerta, y a Mariana se le secó la boca.

Lucía tenía cuarenta y tantos años y los llevaba como una bofetada. Estaba en una pijama de dos piezas, despeinada, sin una gota de maquillaje, y aun así era de esas mujeres que obligan a mirar dos veces. Mariana la conocía de toda la vida, eran casi amigas pese a la diferencia de edad, pero nunca la había visto así, recién salida de la cama, con la tela fina marcándole el cuerpo.

Qué suerte la de mi tío.

Mientras Lucía preparaba café, conversaron en la cocina. Mariana, todavía aturdida por la imagen, lanzó la pregunta como quien no quiere la cosa.

—¿Y cuándo nos tomamos unos vinos tú y yo, que siempre lo decimos y nunca lo hacemos?

—Mira que ahora sí —respondió Lucía, removiendo el azúcar—. Eduardo se va de viaje el viernes y me voy a quedar sola todo el fin de semana. Vente y me haces compañía.

—Encantada —dijo Mariana, y tuvo que girarse para que Lucía no le viera el brillo en los ojos.

De vuelta a casa intentó bajar de la nube. Lucía era la esposa de su tío, era familia, y lo único que le había ofrecido era compañía y unas copas de vino. Nada más. No te ilusiones. Pero por más que se lo repetía, no podía dejar de pensar que, fuera como fuera, iba a pasar un fin de semana entero a solas con la madura más hermosa que conocía.

***

Llegó el viernes. Mariana se puso un vestido blanco corto, con un escote en pico que insinuaba sin mostrar del todo, y se presentó en casa de Lucía al caer la tarde. Ella la recibió con una camiseta de tirantes muy escotada y unos leggings claros que se le ajustaban a cada curva. Mariana la repasó de arriba abajo en el segundo que tardó en entrar.

Empezaron con cosas triviales: chismes del barrio, historias de la familia, lo de siempre. Pero el vino fue haciendo su trabajo. A la tercera botella las dos estaban sueltas, risueñas, y la conversación derivó, como suele pasar entre adultas con copas de más, hacia el sexo.

—¿Tú eres feliz con mi tío? —se atrevió Mariana—. En la cama, digo.

Lucía soltó una risa cansada.

—Te seré honesta. Ya casi no lo hacemos, cada quince días con suerte. Y cuando lo hacemos, él termina y se acabó la función.

—¿Y a ti todavía te dan ganas?

—Más que antes, esa es la tragedia. Me caliento por cualquier cosa.

—¿Y cómo calmas eso? ¿Tienes a alguien?

—Tengo un vibrador y mucha imaginación —confesó Lucía, y se tapó la cara, riéndose—. Casi a diario, te lo juro. Una señora casada masturbándose como una adolescente, dirás.

—Te entiendo perfectamente —dijo Mariana, sirviendo más vino—. A veces salgo de la cama de alguien y llego a mi casa con unas ganas horribles de seguir. Como si nada me llenara.

—Entonces somos un par de calientes que nunca tienen suficiente —rió Lucía, y chocaron las copas.

Mariana sintió que el terreno se ablandaba. Lucía hablaba de su deseo sin pudor, frustrada, hambrienta. Era exactamente el tipo de mujer de sus fantasías: caliente, abandonada por su marido, y sin la menor idea de que la sobrina de su esposo llevaba toda la noche imaginándola desnuda.

***

Abrieron la cuarta botella. La charla se volvió más íntima, más atrevida. En algún momento Lucía mencionó que tenía los pies cansados de estar todo el día de un lado a otro, y Mariana vio el hueco.

—A mí me encanta dar masajes en los pies —dijo con naturalidad—. Pásame los tuyos, anda.

Lucía se descalzó y subió las piernas a su regazo sin pensarlo. Mariana le tomó un pie entre las manos y empezó. Pasaba el pulgar por la planta, le separaba los dedos uno a uno, se los estiraba, volvía a presionar con los nudillos. A cada caricia, Lucía respondía hundiéndose un poco más en el sofá, con un suspiro que se le escapaba sin querer.

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te hizo esto? —preguntó Mariana.

—Nunca. En serio, nunca me habían masajeado los pies. Y se siente delicioso.

—Pues los tienes muy descuidados. Tendría que convertirme en tu amante para ocuparme de ti como mereces.

Lo dijo en broma, con una sonrisa, midiendo la reacción. Lucía no la cortó. Al contrario, cerró los ojos.

—Si en todo lo demás me haces sentir como con este masaje, te acepto ahora mismo.

Mariana siguió, ahora más lento, más sensual. La planta del pie es una zona traicionera, y ella lo sabía.

—Dime una cosa con sinceridad —murmuró—. ¿Esto te está excitando?

Hubo un silencio. Lucía abrió los ojos, los volvió a cerrar.

—Antes de contestarte, respóndeme tú: si te dijera que sí, ¿pararías?

—Para nada. Me sentiría halagada de saber que te estoy haciendo gozar.

—Entonces sí —dijo Lucía en voz baja—. Hace muchísimo que no sentía algo así. No pares, por favor.

***

El vino seguía cayendo. Quinta botella. Entre confesión y confesión, Mariana se animó a contar la suya, sabiendo que era el momento exacto.

—Yo, cuando me masturbo, veo porno —dijo, eligiendo cada palabra—. Pero no te voy a decir qué clase de porno, porque me vas a rechazar.

—¿Por qué te iba a rechazar? —Lucía la miró con curiosidad genuina—. A ver si es que te gusta el de dos mujeres. Porque por cómo lo dices, no se me ocurre otra cosa.

Mariana asintió, conteniendo la respiración.

—¿Y no te incomoda? —preguntó—. ¿No te dan ganas de quitar los pies de mi regazo?

—Para nada. Sigue, que me tienes al borde. —Lucía se rió, sorprendida de sí misma—. Si a ti te gusta eso, ¿quién soy yo para juzgarte? La verdad es que nunca he visto a dos mujeres juntas. Cuéntame qué tiene de bueno.

—La delicadeza —respondió Mariana, sin dejar de acariciarle el pie—. El erotismo, la paciencia. Cómo se besan, cómo se tocan, cómo se preocupan por el placer de la otra. Es justo lo contrario de un hombre apurado.

—Suena increíble —admitió Lucía, casi para sí misma—. A mí me da curiosidad, te confieso. Sobre todo con lo que me estás haciendo en los pies.

—¿Te gustaría verlo? Lo vemos juntas. Con una condición: que me dejes seguir tocándote los pies mientras tanto.

Lucía dudó apenas un segundo. El vino, el masaje, la curiosidad y los años de cama fría pesaron más que cualquier reparo.

—Trae el vino —dijo, levantándose—. Vamos a mi cuarto.

***

Mariana eligió un video que conocía bien: una joven seduciendo poco a poco a una mujer mayor, exactamente la escena que ella quería protagonizar. Lucía se recostó contra el respaldo de la cama y Mariana se sentó entre sus piernas para seguir masajeándole los pies. Lo vieron en silencio absoluto, sin una sola palabra.

Mariana no miraba la pantalla: miraba a Lucía. Veía cómo se le entrecortaba la respiración, cómo apretaba las piernas, cómo se le subía el color a la cara con cada beso, cada caricia, cada gemido que salía del altavoz. Cuando terminó, Lucía soltó el aire despacio.

—Tenías razón —dijo—. Jamás me han besado así. Ojalá tu tío hiciera la mitad de eso.

Eso era todo lo que Mariana necesitaba oír. Se llevó el pie de Lucía a la boca y le pasó la lengua por la planta, despacio, mirándola a los ojos. Lucía no dijo nada, no la apartó, solo se quedó observándola con los labios entreabiertos.

Mariana dejó el pie, subió por la cama y se sentó a su lado. Tomó un sorbo largo de vino, giró la cabeza, y las dos quedaron a un palmo de distancia. Las dos sabían lo que iba a pasar. Mariana posó los labios sobre los de Lucía, suave, una vez. Luego otra, y esta vez le mordió apenas el labio inferior. Lucía cerró los ojos y le devolvió el beso.

***

Empezaron a besarse lentamente, igual que en el video. Mariana le hundió los dedos en el pelo y la atrajo hacia ella, y el beso se hizo largo, húmedo, profundo. Por fin. Tantos años imaginándolo como un imposible, y ahora la tenía ahí, su madura heterosexual rindiéndose entre sus brazos.

Le quitó la camiseta de tirantes y le desabrochó el sujetador. Le besó el cuello, bajó hasta los pechos y se los tomó con las manos antes de llevárselos a la boca. Lucía empezó a gemir, primero bajito, después con más fuerza, una respiración entrecortada que se mezclaba con cada lametón.

Lucía, como si recordara la película, reaccionó y empezó a desvestirla también. Le bajó la cremallera del vestido, se lo quitó, le retiró el sujetador. Recorrieron sus cuerpos con las manos mientras seguían besándose, sin prisa, como dos mujeres que tienen toda la noche por delante.

Mariana se arrodilló para quitarle los leggings y se quedó un instante mirándola, en ropa interior, entregada y caliente. La tomó del culo y la apretó contra ella, y Lucía, atenta a cada gesto, copió el movimiento y le devolvió el apretón. Volvió a besarla, largo y mojado, como Lucía le había confesado que nadie la besaba nunca, mientras le deslizaba la mano por dentro de la ropa interior. Sus dedos encontraron el calor entre sus piernas y empezaron a moverse, y los gemidos de Lucía subieron de tono, ahogados contra su boca.

—No pares —jadeó Lucía—. Por favor, no pares.

Mariana le bajó la última prenda, la recostó sobre la cama y le abrió las piernas. Bajó besando los muslos, despacio, acercándose, hasta llegar al centro. La probó con la lengua, sin prisa, atenta a cada temblor, a cada grito ahogado que Lucía soltaba mientras se aferraba a las sábanas. La llevó hasta el límite y la sostuvo ahí hasta que el cuerpo entero de Lucía se tensó y se vino con un gemido largo, apretándole la cabeza entre las piernas.

Cuando le tocó el turno a Mariana, fue Lucía quien la recostó y la imitó torpe pero entusiasta, descubriendo con sorpresa lo que tantas veces había hecho consigo misma a solas. Mariana se entregó al placer que llevaba años fantaseando, retorciéndose hasta que la lujuria que la había tenido presa toda la noche estalló en un orgasmo que la dejó tendida, sin aire, incapaz de hablar.

***

Después se quedaron abrazadas, la piel pegada, el vino olvidado en la mesilla. Mariana acariciaba el pelo de Lucía como quien protege algo recién conquistado.

—¿Te gustó? —preguntó.

—Prométeme que no va a ser la única vez y te respondo —dijo Lucía—. Pero prométemelo de verdad.

—Te lo prometo. No me perdería la oportunidad de estar contigo por nada del mundo.

—Entonces sí. Nunca en mi vida me había sentido tan deseada. Ni en los mejores años con tu tío. —Hizo una pausa y sonrió—. Aunque, para ser honesta, ya me tenías rendida con el masaje en los pies.

Mariana se rió por lo bajo y la besó en la frente. No tenía sentido confesarle que aquel fin de semana había cumplido el sueño de su vida, que desde el día que la vio en pijama se había propuesto seducirla, que llevaba años imaginando exactamente ese momento. Se lo guardó. Algunas victorias saben mejor en silencio.

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Comentarios (4)

Roxi_lec

increible!!! me encanto de principio a fin

VickyR22

Por favor una segunda parte, no puede terminar asi!

Lau_Mendoza

me recuerda a algo que me paso en un viaje hace unos años, aunque no tan intenso jaja. muy bueno el relato

SilviaFromRos

Muy bien escrito, se siente real. La tension que va construyendo al principio es lo que mas me gusto, no se apura para nada.

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