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Relatos Ardientes

El masaje de mi patrona despertó algo nuevo en mí

Ilustración del relato erótico: El masaje de mi patrona despertó algo nuevo en mí

Me llamo Lucía y llegué a la capital desde un pueblo costero del que casi nunca había salido. En casa éramos pobres, muy pobres, y por allá no había trabajo para una muchacha como yo. Cuando los señores Vargas pasaron las vacaciones de diciembre en la costa y se quedaron sin empleada, mi madre habló con ellos y, antes de que yo entendiera bien lo que pasaba, ya tenía la maleta hecha.

Lloré como nunca. No tanto por dejar el mar ni la hamaca ni la brisa de la tarde, sino por Andrés, mi novio de toda la vida, con quien soñaba casarme aunque los dos fuéramos igual de pobres. En la maleta empaqué también el corazón partido y un puñado de esperanzas deshilachadas, y me fui rumbo a una ciudad que no conocía.

Las primeras noches fueron las peores. Lloraba en silencio en mi cuarto, pensando en Andrés, hasta quedarme dormida del cansancio. Pero la señora Renata me trataba con una dulzura que no esperaba. El trabajo no era pesado, ella pasaba el día entera en casa y era tan conversadora que terminaba arrancándome sonrisas sin proponérselo.

Poco a poco dejé de llorar. Me sentía útil mandando casi todo mi sueldo a mi madre, y querida en esa casa donde nada me faltaba. Renata y yo nos volvimos uña y mugre. Me pidió que la llamara por su nombre, sin el «señora» que, según decía, la hacía sentir vieja, y entre risas pasábamos las horas hablando de todo, hasta de cosas íntimas que yo nunca había comentado con nadie.

Ella era experta en esos temas. Me contaba lo que hacía con su marido como si nada, y yo me ponía colorada hasta las orejas. Con el tiempo se volvió muy cariñosa: me cogía las manos para contarme algo, me hacía cosquillas por detrás, me daba palmaditas. Yo lo recibía de buena gana, sin malicia, porque la quería como a una amiga mayor.

Lo que nunca imaginé fue que Renata me deseaba. Me lo dijo después, que se había ido ganando mi confianza esperando el momento. Empezó a dejarse ver: salía por las mañanas con pijamas casi transparentes, aparecía en ropa interior con la excusa de buscar tal o cual prenda. Una vez me dijo que sentía un bulto en el pecho y me pidió que se lo tocara para comparar; cuando lo hice, aprovechó para tocarme a mí, como si fuera lo más natural del mundo.

—Esto hay que revisarlo cada tanto —dijo, muy seria, mientras sus dedos se entretenían más de la cuenta.

Otra tarde sacó el tema de tocarse a una misma. Me preguntó si yo lo hacía y me puse roja de la vergüenza. Para darme confianza me confesó que ella lo hacía porque su marido no la dejaba satisfecha. Entonces yo, más relajada, admití que sí. Quiso saber todo: dónde me tocaba, en qué pensaba, qué sentía. Le conté lo que me atreví, sin imaginar que ella, mientras tanto, se moría de ganas de decirme que cuando se tocaba pensaba en mí.

***

Una mañana, después de tantas indirectas, se le ocurrió la idea del masaje.

—Nunca me han dado uno —le dije, apenada—. Ni Andrés.

—Pues yo te voy a dar el primero —respondió, y me dio un beso en la mejilla—. Te va a encantar.

Me hizo quedar en ropa interior y acostarme boca abajo en su cama. Me desabrochó el sostén «para no mancharlo», dijo, y empezó a echarme aceite tibio en la espalda. Sus manos recorrieron mis hombros, mi cuello, mis brazos, despacio, y cada tanto me preguntaba cómo me sentía.

—Rico —contestaba yo, y no mentía.

Bajó por la espalda, llegó a mis pies y me masajeó hasta los dedos. Cuando volvió a subir, me amasó las nalgas sin decir una palabra, como si fuera parte del masaje. Yo no protesté. Estaba tan acostumbrada a sus palmaditas que no me pareció raro, y la verdad es que me estaba gustando demasiado.

—Date la vuelta —murmuró.

Boca arriba, me quitó el sostén del todo y me untó aceite en el pecho. Sus dedos jugaron con mis pezones apenas un instante, lo justo para dejarme con ganas, y siguieron hacia mi vientre. Sentí cómo su mirada se detenía donde la tela se ajustaba entre mis piernas. Después me separó un poco los muslos y subió y bajó por ellos, acercándose a mi sexo sin llegar a tocarlo, presionando fuerte la parte más alta. Yo sentía un calor que no había sentido nunca, pero no dije nada, muerta de miedo de que se diera cuenta.

Renata se detuvo ahí. Esa noche, sola en mi cuarto, me toqué pensando en sus manos, en esos dedos que se habían deslizado un poco bajo mi ropa, en lo cerca que estuvo sin llegar. Cuando terminé me sentí culpable. Ella me quería tanto, y yo llena de pensamientos que no debía tener.

¿Qué me está pasando?, me preguntaba. Es una mujer, es mi patrona, no puede ser.

***

Al día siguiente no fui capaz de mirarla a los ojos. Bajaba la cabeza, no hablaba, yo que era tan conversadora. Renata se dio cuenta enseguida; para esas cosas no se le escapaba nada. No me presionó. Esperó. Yo seguía lavando los platos en silencio cuando la sentí pegarse a mi espalda.

Sus dedos resbalaron por mis brazos y su boca se posó en mi cuello, su lengua recorriéndome la piel muy despacio. Me quedé petrificada, fría, sin poder moverme. Pero ella insistía, suave, y poco a poco la culpa se me fue disolviendo y solo quedó el temblor.

—Lucía, yo te deseo —me dijo al oído—. No sé qué vayas a pensar de mí, pero me estoy volviendo loca por vos. ¿Te gusta cuando te toco?

Quise gritarle que sí. No me salió la voz. Ella empezó a apartarse, derrotada, y entonces lo solté:

—Sí me gusta.

—No sabes la alegría que me das —susurró—. No te imaginas cuánto tiempo llevo pensando en esto.

—¿De verdad no va a pensar nada malo de mí?

—Por nada del mundo. Tiemblo solo de saber que me correspondes.

Seguía tiesa, con un plato en la mano bajo el chorro de agua, sin saber qué hacer. Renata me lo quitó con cuidado y me volteó hacia ella. No me besó; recorrió mi cara con la yema de los dedos, jugó con mis orejas, rozó mi cuello.

—¿Quieres que te dé otro masaje?

—Sí —dije bajito—. Me gustaría mucho.

Me levantó la barbilla, me dio un beso en la frente y me llevó de la mano a su habitación.

***

Me desató el delantal, me bajó el cierre del vestido y me hizo acostar boca abajo. Como la otra vez, me soltó el sostén y me masajeó los hombros, pero ahora me besaba el cuello mientras lo hacía, y luego empezó a lamerme la espalda. Yo sentía el sexo latir como nunca, solo pensaba en lo bien que se sentía cada caricia.

Bajó la lengua por mi columna y se me erizó la piel entera. Llegó a mis nalgas y las mordió con suavidad. Se me escaparon los primeros suspiros, y al oírlos ella respiraba más fuerte. Me volteó boca arriba, se olvidó del aceite y volvió a mi cuello. Mis suspiros se estaban convirtiendo en algo más.

Puso la lengua sobre uno de mis pezones, apenas un roce, y luego sobre el otro. Después subió hasta mi barbilla y posó sus labios sobre los míos, esperando. Abrí la boca, ella abrió la suya, y nos besamos despacio, hondo, buscándonos. Yo no era inocente en los besos; con Andrés había aprendido. Lo que no conocía era el deseo entre mujeres, y esa noche se me reveló entero.

Mientras me besaba, su mano se deslizó bajo mi ropa interior. Encontró mi clítoris y empezó a acariciarlo en círculos, despacio primero, luego con más firmeza. Yo abrí los ojos, los cerré, los volví a abrir; el placer no me dejaba pensar. Gemí contra su boca y me vine por primera vez en sus dedos, apretándola contra mí con todas mis fuerzas.

No me dio tregua. Bajó a mis pechos, los chupó, jugó con mis pezones, y siguió bajando hasta quitarme la última prenda. La sentí abrir mis piernas, la sentí mirar, y después su lengua, caliente y mojada, justo donde yo estaba a punto de estallar. Me revolqué, levanté las caderas, grité sin reconocer mi propia voz. Renata me llevó a un segundo orgasmo que me dejó sin aire.

Después me metió dos dedos. Estaba mojadísima, pero apretada, y tuvo que empujar. Mordí sus labios del gusto y empecé a moverme sobre su mano, sin parar, gritando, hasta que volví a deshacerme. Ella lamió sus dedos, me los dio a probar, y compartimos en un beso ese sabor mío que nunca había imaginado disfrutar así.

***

—Ahora me toca a mí —dijo Renata, recostándose.

No esperaba mucho de mí, lo supe después; pensaba que por ser mi primera vez con una mujer apenas sabría qué hacer. Me puso un pecho en la boca y yo lo chupé como si lo necesitara, moviendo la lengua, mordisqueando despacio. Ella temblaba; tenía los pezones muy sensibles y cada caricia la estremecía.

Tomó mi mano y la guió hasta su sexo, mostrándome cómo le gustaba. Su clítoris era pequeño, distinto al mío, y me enseñó a hundir el dedo para alcanzarlo. Yo seguía cada indicación con cuidado, atenta a cada suspiro, queriendo darle el mismo placer que ella me había dado.

Cuando me animé, bajé entre sus piernas. Saqué la lengua y se la metí hasta el fondo, la moví, chupé sus labios, presioné su clítoris una y otra vez. Le sostenía las caderas y la atraía hacia mi boca, invitándola a moverse sobre mí. Renata gemía sin control, sorprendida de lo que esa muchacha de pueblo era capaz de hacerle, y se vino en mi boca temblando entera.

Y entonces pasó algo que ni yo esperaba. Algo se encendió dentro de mí. La empujé contra la cama, le sujeté las muñecas y le metí los dedos de un solo golpe, fuerte, entrando y saliendo mientras le mordía los pezones. Ella abrió los ojos, asombrada de que la criada tímida hubiera tomado el control. La llevé al borde, la hice venir de nuevo, y al final saqué mis dedos y los chupé delante de ella, mirándola a los ojos.

Renata se rió, agotada y feliz, y me abrazó.

—Sabía que ibas a ser mía —dijo—. Pero no sabía que tú también ibas a quererme así.

Desde esa noche fui suya cada vez que ella quiso, y ella fue mía cada vez que yo quise. Andrés y el mar quedaron muy lejos, en otra vida. La capital, que tanto me había dolido, me había enseñado un deseo que jamás habría conocido en mi pueblo, y ya no quería desaprenderlo.

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Comentarios (5)

ClarissaZ

me dejó sin palabras... de esas historias que te quedas pensando un buen rato. Excelente!!!

Lucrecia_BA

Por favor seguí escribiendo, ya el comienzo me enganchó completamente. Necesito saber cómo termina esto

Vale_2024

me recordó a algo que viví hace tiempo, esa sensacion de que algo cambia dentro tuyo sin que puedas hacer nada. muy bien escrito

gatita1028

increible!!! que relato tan lindo, gracias!!

MarcelaR_73

Qué bonita forma de describir ese momento en que te das cuenta de algo que tal vez siempre estuvo ahi. Seguí así!!

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