La nueva de la oficina me desarmó esa noche
—No entiendo la necesidad de contratar gente nueva cada temporada. Son lentas, torpes, impuntuales y demasiado jóvenes.
—No olvides que tú también empezaste desde abajo, Mariela. —Sandra bebía de su taza de café con leche y tres sobres de edulcorante. Increíble que ese sabor le resultara tolerable.
—Yo no tenía ninguna de las características que acabo de mencionar.
—Ah, claro, tú entraste a la oficina ya con treinta años de experiencia, lo olvidaba.
—Muy graciosa.
—Es en serio, Mari. Relájate. De todos modos rara vez nos asignan a alguien a nosotras, siempre se lo ponen al jefe o a su asistente.
—Lo sé, pero eso no las exime de entorpecer el trabajo las primeras semanas. —Sandra suspiró, consciente de que no iba a ganar la discusión. Tomó el último trago de su jarabe de azúcar y nos levantamos.
Volvimos a nuestros escritorios y retomé los documentos del contrato que estábamos gestionando con la marca de refrescos. Llevaba dos días pulida cada cifra. No estaba de humor para distracciones.
—Buenos días a todos. —El director, Robledo, alzó la voz desde el centro de la sala. No giré la silla; seguramente era otro recordatorio de la fiesta de aniversario de la empresa, que insistía en mencionar cada mañana—. Como siempre, no olviden la fiesta: márquenla en sus calendarios para el dieciocho de abril. Y, entre otras cosas, quiero darle la bienvenida a Daniela Sandoval, que se incorpora hoy al equipo.
Ay, no. Giré la silla para ver al nuevo estorbo que vendría a interrumpir el ritmo de mi trabajo.
Una mujer con la mirada baja dio un paso al frente y levantó el rostro. Tenía los hombros tensos y las manos estrujando la correa del bolso. Era alta, mucho más alta que yo, de piel cobriza y cabello castaño claro recogido a medias.
—Buenos días. Mi nombre es Daniela, espero llevarme bien con todos. —Una voz apenas audible salió de ella.
Torcí los ojos y volví a lo mío mientras seguían las presentaciones. Varios de mis compañeros se levantaron de inmediato para ofrecerle ayuda y asesoría. Por supuesto. Como era de esperar, la asignaron a Pilar, la asistente directa del director.
***
Un rato más tarde terminé el documento, lo imprimí y lo metí en una carpeta. Tomé mi bolso porque faltaban cinco minutos para salir y quería entregarlo en mano.
Toqué la puerta del despacho donde solía estar Pilar. Nadie respondió. La abrí con discreción y solo estaba la nueva, de pie junto al archivero.
—¿Hola? —dije.
—Ho… hola. Lo siento, la señorita Pilar acaba de salir. —Nadie llamaba «señorita Pilar» a Pilar en esa oficina.
—Está bien. La espero. —Me quedé de pie junto a la puerta.
—Emm… no creo que vuelva pronto, tuvo una urgencia. Pero, bueno, ¿en qué puedo ayudarte? —La miré con curiosidad y solté una risa breve.
—No creo que alguien que llegó esta mañana haya aprendido el trabajo de Pilar en unas horas. Y, sinceramente, tampoco confío en ti.
De todas las reacciones que esperaba, fruncir el ceño no era una de ellas.
—Soy perfectamente capaz de entregar un documento —respondió, mirando la carpeta en mi mano.
—No quiero arriesgarme, gracias. Mejor dime si el director está en su despacho.
—Sí está, pero ocupado. —La mujer tartamuda de mirada baja, de pronto, estaba a la defensiva conmigo.
—Bien. Dile que quiero verlo.
—No.
—¿No?
—No. —El labio inferior empezó a temblarle. Solté una risa sarcástica.
—Ni siquiera por discutir conmigo cedes. —Me dirigí a la puerta interior, y antes de abrirla escuché la voz de Pilar entrando atropellada.
—Perdón, Daniela, me hablaron del colegio de mi hijo, pensé que su padre no podría recogerlo… ¿sabes qué? Mejor no te cases nunca. Ay, hola, Mari, no te había visto. ¿Qué pasa?
—Tengo el proyecto de la refresquera, se lo iba a entregar en persona a Robledo.
—Ah, ya veo. Está en llamada con alguien de publicidad desde hace rato, pero déjamelo, yo se lo paso sin problema.
—Perfecto, gracias. Con permiso. —Salí de ahí con los ojos de la nueva clavándose en mi espalda.
***
Mi tarde no tenía nada de complicada. Llegar a mi departamento, a unas cuantas calles de la oficina. Cambiarme, ir al gimnasio, volver, sacar a pasear a Nube —una cachorra que encontré hace un par de meses— y darle de comer a Gris, mi gato negro. Después un baño largo y una serie hasta caer dormida.
Iba camino al gimnasio cuando me llamaron de la oficina. Pilar.
—¿Sí?
—¡Hola! Qué pena, Mari, ya sé que saliste hace rato, pero pasó algo y necesitamos que vuelvas a imprimir el documento.
—¿Cómo? ¿Qué pasó?
—Es solo imprimirlo otra vez. Lo intentamos desde tu computadora, pero tiene contraseña.
—Voy para allá.
Apreté el volante con la mandíbula tensa. ¿Qué demonios habrá pasado? Entré a la oficina, ya casi vacía. En el despacho de Pilar solo estaba la no-becaria, sola otra vez.
—¿Dónde está Pilar? Me dijo que pasó algo.
—Tuvo que irse, no habían recogido a su hijo. Necesitamos que imprima de nuevo el documento que trajo antes.
—¿Por qué? ¿Qué le hizo el jefe, no le gustó?
—No. No llegó a verlo. Hubo… un accidente.
Daniela sacó del cesto de basura la carpeta, mostrando cómo escurría de café. Apreté los labios en una línea recta. Sobra decir que mi cuerpo entero se tensó.
—Increíble —murmuré.
Caminé a zancadas a mi escritorio, imprimí el documento, lo metí en otra carpeta y volví a entrar al despacho del director. No había nadie. Lo dejé sobre el escritorio y, al salir, me planté frente a ella.
—No vuelvas a tocar nada mío, y mantente lejos de mi camino.
—No tienes por qué hablarme así. —Su voz, por primera vez, no tembló.
—¿O si no qué?
La mujer se levantó. Ya sabía que era más alta, pero de cerca me sacaba más de una cabeza, con su cuerpo a escasos centímetros del mío. Olía a algo cítrico y cálido. Le temblaba el labio de aquella boca carnosa.
—Porque es grosero —dijo, cruzando los brazos.
Su altura no iba a intimidarme. Torcí los ojos y me fui de ahí. Idiota.
***
Llegué a casa con la ropa deportiva puesta y sin la más mínima gana de ir al gimnasio. Estaba drenada, furiosa y, de un modo que me negaba a aceptar, encendida.
En cuanto crucé la puerta me deshice de la ropa. No entendía mi propio cuerpo. Saqué el cajón de la mesita, tomé el lubricante y mi vibrador, y me dejé caer en la cama. Ya estaba húmeda; no necesitaba nada más.
Pasé los dedos entre mis pliegues y se me escapó un suspiro corto. El clítoris hinchado pedía atención, la entrada sensible al menor roce. Con la mano libre apreté uno de mis pechos mientras me frotaba en círculos lentos. ¿Por qué estoy así? ¿Por ella?
Empecé a entrar con dos dedos mientras el pulgar seguía trabajando arriba. Aumenté el ritmo, impaciente, pellizcándome el pezón, y me vine con un gemido grave demasiado pronto. No fue suficiente.
Con la respiración pesada tomé el vibrador, lo encendí y me giré boca abajo. Mientras lo deslizaba, mi cabeza insistía en el perfume cítrico, en el intento de mirada desafiante, en ese labio grueso temblándole cuando me plantó cara. Entró con una facilidad que me dio vergüenza. Gemí otra vez, moviéndolo sin piedad, y un segundo orgasmo me sacudió en cuestión de segundos. Tampoco fue suficiente.
Tomé el teléfono. En el grupo de la oficina acababan de agregar a Daniela Sandoval. Su nombre completo, en una pantalla, después de hacerme terminar dos veces. Me mordí el labio. Esto no se queda así.
***
Al día siguiente me quedé hasta tarde con la excusa de cerrar el contrato. La verdad era otra y prefería no nombrarla. Cuando la sala quedó casi en penumbra, solo el zumbido de las máquinas y una franja de luz bajo la puerta del fondo, supe que ella seguía ahí.
La encontré ordenando carpetas en el despacho de Pilar. Al verme entrar, enderezó la espalda como si esperara otra pelea.
—Vine a disculparme —dije, y la palabra me supo extraña en la boca—. Por lo de ayer.
Daniela parpadeó, desarmada. Eso la confundía más que mis insultos.
—¿En serio?
—No me hagas repetirlo. —Cerré la puerta detrás de mí. El clic resonó más fuerte de lo que esperaba—. No sé por qué me sacas tanto de quicio.
—Yo tampoco entiendo qué te hice. —Dio un paso hacia mí, y esta vez no bajó la mirada—. Llevo dos días pensando en cómo caerte mejor y solo consigo lo contrario.
Estábamos cerca otra vez, esa distancia mínima que el día anterior me había desquiciado. Su pecho subía y bajaba rápido. El cítrico volvió a envolverme.
—No quiero caerte bien —admití, y la voz me salió ronca—. Quiero algo bastante peor.
No le di tiempo a responder. Me alcé sobre las puntas de los pies, le tomé la nuca y la besé. Por un instante se quedó rígida. Después soltó un sonido contra mi boca, me rodeó la cintura con un brazo y me apretó contra ella como si llevara igual de tiempo conteniéndose.
La empujé hasta el escritorio. Era más alta, sí, pero fui yo quien la sentó al borde y le abrió las rodillas para meterme entre ellas. Le bajé el cuello de la blusa y mordí la piel cálida de su clavícula; ella echó la cabeza atrás y dejó escapar un gemido que no tenía nada de tímido.
—Pensé que me odiabas —jadeó.
—Y lo hago. —Le subí la falda hasta las caderas—. No tiene nada que ver.
Pasé la mano por el interior de su muslo hasta encontrar la tela ya húmeda. La aparté con los dedos y la acaricié despacio, sintiéndola estremecerse entera. Daniela se aferró a mis hombros, hundiendo la cara en mi cuello, repitiendo mi nombre en voz baja, ese mismo nombre que el día anterior pronunciaba con rabia.
La trabajé con el pulgar arriba y dos dedos dentro, igual que me había tocado a mí misma pensando en ella, y la idea de que ahora era de verdad casi me hace terminar sin que me rozaran. Su respiración se quebró, las piernas le temblaron alrededor de mis caderas, y se vino mordiéndome el hombro para no gritar en la oficina vacía.
Cuando recuperó el aliento, me giró sobre el escritorio con una fuerza que no le conocía. La becaria callada había desaparecido del todo.
—Ahora cállate tú un momento —murmuró contra mi oído, y deslizó la mano dentro de mi pantalón.
Me apoyé en sus hombros, con la mejilla pegada a su cuello, mientras sus dedos largos encontraban exactamente el ritmo que yo no había logrado darme sola la noche anterior. No fingí. No me contuve. Me dejé ir contra su mano con un gemido largo que se perdió entre los cubículos a oscuras.
Nos quedamos así un rato, las dos a medio vestir, recuperando el aire bajo la única lámpara encendida.
—Mañana voy a volver a detestarte —le advertí, acomodándome la ropa.
Daniela sonrió de lado por primera vez desde que la conocía, ya sin rastro de aquel labio tembloroso.
—Cuento con eso —dijo—. Te queda bien.