Mi primera infidelidad fue con una mujer en la piscina
Me desperté dolorida del día anterior. En la excursión, mientras saltaba entre las rocas de la cala, resbalé y me llevé un buen golpe en la espinilla. Así que esa mañana lo tenía decidido: nada de senderos ni mochilas. Pensaba quedarme en el hotel, con la pulsera del todo incluido y la piscina, sin moverme de la tumbona en todo el santo día.
Andrés, en cambio, no pensaba renunciar a la salida en bici por el parque natural. Después del desayuno subí con él a la habitación, lo vi ponerse el casco y los guantes con esa ilusión de niño, y en cuanto se marchó respiré hondo. El día entero para mí sola.
Me puse un bikini de tanga, un vestidito de algodón finísimo, casi transparente, y con el libro bajo el brazo bajé a la zona de la piscina. Elegí una tumbona al sol, me eché el aceite protector por las piernas y los hombros, y justo cuando empezaba a relajarme se acercó Noa.
—¡Hola, Carla! ¿Cómo estás? ¿Qué tal va esa pierna? —preguntó mientras acomodaba la tumbona a un par de metros de la mía.
—Bien, solo me ha quedado una magulladura fea. Pero hoy paso de excursiones, hoy toca relax total —contesté.
—Bien hecho. Yo también he decidido frenar un poco. No he parado de caminar desde que llegué y al final el cuerpo te pide descanso.
Se puso las gafas de sol y se tumbó. El sol le bronceaba todavía más esa piel morena impresionante.
A Noa la había conocido en las excursiones de los días anteriores. Iba sola, era de origen filipino y tenía una melena larga, negra azabache, que le caía hasta la cintura. Sus ojos rasgados, su nariz pequeña y redonda, y unos labios carnosos la hacían tremendamente exótica. Costaba no mirarla.
La vi levantarse y dirigirse al borde del agua. Observé cómo se tiraba de cabeza, con un estilo limpio, casi sin salpicar. Salió con el pelo liso y mojado echado hacia atrás, y subió por la escalerilla mientras el agua le resbalaba por el cuerpo. Era bajita pero contundente, con una buena musculatura y unas curvas que eran puro descaro. No tenía nada de delgada y, sin embargo, ni rastro de blandura. Todo en ella parecía firme.
En una de sus idas y venidas al agua me animé a meterme con ella. Era de esas personas con un magnetismo raro, de las que te contagian la buena onda en cuanto abren la boca.
Enseguida nos enredamos en una conversación que no paraba. En un momento dado juntamos las tumbonas para charlar más cómodas, hombro con hombro bajo el mismo sol, y fue entonces cuando me dijo, sin cambiar el tono:
—No te agobies, pero se te ha movido el bikini y se te ve medio coño.
Lo soltó con la naturalidad con la que te lo diría tu mejor amiga.
—¡Madre mía, qué vergüenza! —dije, colorada hasta las orejas.
—Tranquila, a mí me da igual. Pero esto se está llenando de gente y no es plan. La verdad es que llevo un rato mirándotelo… creo que es lo más jugoso que he visto en todo el día.
El cuerpo me dio un respingo. No supe qué responder. Me quedé descolocada, con la frase dándome vueltas en la cabeza, y mi mayor sorpresa fue descubrir que me había puesto cachonda. De golpe, sin avisar.
Me recoloqué el bikini y vi que lo tenía mal atado, medio retorcido. Me levanté a toda prisa, solté un «lo siento» que no venía a cuento y eché a andar hacia mi habitación. De camino no dejaba de pensar. ¿Qué ha sido eso? ¿Por qué me dice eso de jugoso? Y, sobre todo, ¿por qué demonios me ha excitado?
Justo cuando metía la tarjeta en la puerta, oí su voz a mi espalda.
—¡Carla! ¡Eh! —era Noa, con mis cosas en la mano. Con el lío me había dejado el libro y las gafas de sol en la tumbona.
—Ay, perdona —dije, todavía sonrojada—. Me he puesto nerviosa…
—Perdóname tú a mí. No quería incomodarte, no pensé que fueras a ponerte así por decirte la verdad —me miraba con media sonrisa dibujada en los labios.
—¿Y cómo estás tan segura de que es verdad?
—No lo sé. Lo he intuido mientras te lo miraba todo este rato. Aunque me encantaría que me dejaras comprobarlo por mí misma.
Me quedé congelada, atrapada entre ella y la puerta. Estaba excitada, lo notaba en cada centímetro de mi piel, y solo me salió decir:
—Adelante. Tú misma.
Me sostuvo la mirada un segundo y enseguida alargó la mano hacia mi entrepierna. Posó la yema del dedo corazón sobre mi clítoris y lo deslizó entre mis labios empapados, despacio, hasta detenerse justo en la entrada. Yo la miraba a ella; ella miraba el triángulo mojado de mi bikini. Subió los ojos para encontrarse con los míos.
—Me he equivocado —susurró—. No está jugoso. Está suculento.
Empujó medio dedo dentro, muy lento, y volvió a pararse para mirarme antes de empezar a acariciarme por dentro, solo con la punta. Yo me derretía. Notaba el corazón latiéndome en sitios donde no debería latir.
No entiendo cómo llegué a aquello tan rápido. Deslicé el brazo por detrás de la espalda, pasé la tarjeta y abrí la puerta. Ella, al oír el clic y todavía con el dedo dentro de mí, empujó la hoja con la otra mano y nos colamos las dos en la habitación.
Nada más cruzar el umbral, sacó el dedo y se lo llevó a la boca, sin dejar de mirarme, como si saboreara un secreto. Luego me apartó la parte de arriba del bikini para dejar mis pechos al aire. Se inclinó, se llevó uno a la boca y, mientras tanto, su mano volvió a buscarme entre las piernas. Sus dedos se movían con una soltura que me desarmaba; oía el roce húmedo deslizarse entre mi piel y mi flujo.
Entonces se agachó. Me desabrochó la braguita mal colocada y me la quitó del todo. Separé un poco las piernas, casi sin pensarlo, y ella acercó la cara a mi entrepierna. Con las dos manos me abrió, y hundió la boca en mí. Sentía sus labios carnosos succionarme el clítoris, su lengua recorriéndome la entrada, sus dedos entrando y saliendo. Las piernas empezaron a fallarme.
—Vamos al sofá —le pedí con un hilo de voz.
Asintió, se incorporó, me agarró de las nalgas y nos besamos por primera vez. Me pareció absurdo: ya me había comido el coño y todavía no nos habíamos besado.
De camino al sofá, la realidad me cruzó la cara como una bofetada. Vi las cosas de Andrés repartidas por el cuarto: su camiseta en la silla, sus zapatillas junto a la cama, el cargador del móvil enchufado. Y me entró la culpa de golpe. Hasta ese instante no me había parado ni un segundo a pensar en él. Noa me había puesto tan cachonda que me había vuelto loca.
Era la primera vez que era infiel. Y era la primera vez que iba a acostarme con una mujer. Aun así, no le dije que se fuera. Necesitaba probar aquello que ya no me podía quitar de la cabeza.
***
Nos sentamos en el sofá y volvimos a besarnos, más despacio esta vez. Ahora fui yo la que le quité el sujetador. Dejé al descubierto sus pechos, con unos pezones oscuros, no muy grandes pero apetecibles, que pedían boca a gritos. Me los llevé a la lengua alternándolos, juntándole los pechos con las manos. La observé gemir mientras la devoraba, y noté el coño chorrearme entre las piernas.
Después del festín, decidí pasar al plato fuerte. Le bajé la braguita y por fin tuve su sexo delante. Llevaba solo un pequeño triángulo de vello recortado en el pubis; el resto, depilado al milímetro. Los labios hinchados, brillantes del flujo que la delataba. Estaba tan caliente como yo.
No me demoré. Acerqué la boca y empecé a lamerla mientras improvisaba con la lengua y los dedos las mejores artimañas que se me ocurrían. Era la primera vez que le comía el coño a alguien, y lo disfrutaba con un descaro que no me reconocía. De nuevo una punzada: me acordé de Andrés. Pero, en lugar de frenarme, pensé en lo jodidamente excitante que sería tenerlo follándome a mí mientras yo se lo hacía a ella.
Solo de imaginarlo me mojé todavía más.
En ese momento Noa se incorporó. Me tumbó a su lado, me agarró de una pierna y me atrajo hasta que su sexo quedó pegado al mío. Empezamos a frotarnos, una contra la otra, cada vez con más fuerza. Sentía su flujo mezclarse con el mío, el roce volviéndose resbaladizo y frenético. Ella acabó casi de pie, apoyada en el borde del sofá, abrazada a mi muslo, restregándose contra mí sin parar.
Yo la miraba alucinada. Respiraba agitada, movía la cadera con una energía que iba en aumento, y entonces lo noté. Noté su sexo estallar sobre el mío, los labios palpitándole, mi entrepierna empapada de su corrida. Me puse muy bruta al verla llegar así: abrazada a mi pierna, sudando, con los ojos cerrados con fuerza, gimiendo, arqueando la espalda con cada espasmo.
Seguíamos enredadas, pero ella se había detenido para recuperar el aliento. Yo, en cambio, ya quería más. Quería correrme como ella acababa de hacerlo.
Me miró, todavía con la respiración entrecortada, y entre jadeos me dijo:
—Uf… me tenías muy caliente, no me he podido aguantar. Tienes un coño que es una delicia.
—Pues ven a comérmelo, que me quiero correr en tu boca —contesté, descarada.
Se rió. Me soltó la pierna con dulzura, besándomela de abajo arriba, hasta llegar de nuevo a mi entrepierna. Sentí su boca posarse sobre mi clítoris y empezar a besarlo, mientras sus dedos rondaban mi entrada sin llegar a meterse. Eso me volvía loca.
Se incorporó sobre mí y volvió a chuparme los pechos sin dejar de acariciarme.
—Joder, es que no puedo parar de lamerte estos pezones, me ponen burra —murmuró.
Vi que con la otra mano se masturbaba. Me quedé pasmada de lo que era capaz: masturbarme a mí, comerme los pechos y tocarse ella misma, todo a la vez. No tardó nada en gemir otra vez. La muy descarada se estaba corriendo de nuevo encima de mí.
—Perdona, tenía muchísimas ganas —sonrió, y bajó de un salto otra vez hacia mi sexo.
Esta vez noté sus dedos masajeándome el clítoris y la lengua merodeando mi entrada. Posó el pulgar sobre el clítoris y empezó a dibujar círculos, deslizándose de forma casi mágica con tanto flujo. Su ritmo era suave pero constante, sin pausa. La lengua me lamía la vagina con fuerza, la punta colándose dentro, mientras alternaba dos dedos de la otra mano. Lo hacía con una maestría que me dejaba sin habla. Sin duda, una de las mejores comidas de coño de mi vida.
Me corrí en un suspiro. No pude aguantar más: empecé a temblar sin control, sentí el sexo deshacerse contra su boca a espasmos, las piernas tiritándome, el clítoris hipersensible. Ella lo notó y fue bajando el ritmo poco a poco, hasta separarse y mirarme con una sonrisa.
Se incorporó para besarme y comprobé cómo era mi propio sabor en los labios de otra mujer. La verdad, me supo delicioso.
***
—Debería irme, ¿no? —dijo, recogiéndose la melena.
—Sí… supongo que Andrés no tardará mucho en llegar —respondí, y de repente me sentí desnuda de verdad, no por el cuerpo, sino por todo lo demás—. No quiero que te lleves una idea equivocada de mí. Nunca había hecho esto, te lo juro. Y menos con una mujer. De hecho, ha sido mi primera vez.
—¿En serio? Pues, chica, se te da de lujo —se rió mientras se ataba el bikini—. No te preocupes, no tengo ninguna idea de ti. Para mí eres una mujer disfrutando de su cuerpo con otra mujer. Nada más.
—Ya, pero Andrés…
—¿Andrés? ¿Quién es Andrés? —me guiñó un ojo.
Recogió sus cosas, me dio un último beso lento, de esos que dejan rastro, y salió de la habitación como si nada hubiera pasado. Yo me quedé sentada en el sofá, con el corazón todavía acelerado y una sonrisa que no era inocente. Cuando, una hora después, Andrés entró sudado y feliz contándome lo bonita que había sido la ruta, le sonreí, lo besé en la mejilla y le pregunté por el parque. Y por primera vez en mi vida descubrí lo fácil que era guardar un secreto que no pensaba contarle a nadie.