Mi amiga me confesó su deseo en la puerta del colegio
Era principios de junio y, como cada mañana, dejé a mi hijo en la puerta del colegio. Ella ya estaba allí, despidiéndose del suyo con ese gesto distraído que tienen las madres con prisa. Se llamaba Marisol, y desde hacía casi un año teníamos la misma rutina: los críos entraban, nosotras cruzábamos a la cafetería de enfrente y nos tomábamos un café largo mientras hablábamos de todo y de nada.
Pero esa mañana la noté rara. Distante, como si arrastrara algo que no terminaba de soltar.
—¿Qué te pasa? —le pregunté, removiendo el azúcar sin mirarla del todo.
—Nada, de verdad. Tonterías mías.
—Marisol, te conozco. Cuéntame.
Tardó en responder. Bajó la vista a la taza, jugó con la cucharilla y, cuando por fin habló, lo hizo en voz baja.
—Es una cosa que hace mucho que quiero decirte. Pero me da miedo que las cosas cambien entre nosotras.
—No van a cambiar —le dije—. Somos amigas. Dímelo.
Había gente alrededor, así que cogió el teléfono y empezó a escribir. Tardó un poco, borrando y volviendo a escribir, hasta que por fin me pasó la pantalla. Mi corazón dio un vuelco. Lo que leí no dejaba lugar a interpretaciones: me decía que le gustaba, que llevaba meses imaginándose conmigo, que me deseaba de una forma que no se atrevía a pronunciar en voz alta.
Releí el mensaje dos veces, no porque no lo entendiera, sino porque necesitaba tiempo. El ruido de la cafetería se volvió un murmullo lejano. De repente era consciente de todo: de su perfume, de la forma en que sus dedos seguían sujetando el teléfono entre los dos, del calor que me subía por el cuello.
Levanté la mirada. Estaba colorada, esperando mi reacción como quien espera el veredicto de un juez.
Si ella supiera lo que yo llevaba callando.
—A mí siempre me han gustado las mujeres —dije, y la confesión me salió más firme de lo que esperaba—. Soy bisexual. Nunca te lo dije porque… bueno, porque tampoco salió.
El alivio le transformó la cara. Sonrió, y por primera vez en toda la mañana me sostuvo la mirada.
—Mi marido trabaja hasta tarde —susurró—. La casa está vacía. Si quieres venir…
No me hizo falta pensarlo. Pero le pedí una hora. Quería ir a casa antes, ducharme y prepararme. Y, ya que estábamos, darle una pequeña sorpresa.
***
En casa me metí en la ducha y dejé que el agua me fuera quitando los nervios. Después me puse unas medias finas y un conjunto de encaje que tenía guardado para ocasiones que casi nunca llegaban. Antes de salir, abrí el cajón de la mesilla y guardé en el bolso un consolador que tenía desde hacía tiempo, por si la cosa se ponía interesante. Mejor llevarlo y no necesitarlo que lo contrario.
Cuando llegué a su portal, me temblaban un poco las manos. Marisol abrió antes de que llamara, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta. Llevaba una bata corta y el pelo recogido, y en cuanto entré noté esa tensión espesa en el aire, esa que se siente cuando los dos saben para qué están ahí pero nadie se atreve a empezar.
Nos sentamos en el sofá del salón. Por hacer algo con las manos, le pregunté lo que llevaba rumiando todo el camino.
—¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?
—Porque es algo que deseo desde hace años —contestó—. Estar con otra mujer. Una vez se lo propuse a mi marido, lo de invitar a alguien, y ni quiso oírlo. Y contigo… contigo es distinto. Contigo no es un capricho.
No la dejé seguir. Me incliné y la besé. Fue un beso lento al principio, de tanteo, y enseguida se volvió otra cosa: hambriento, profundo, con las lenguas buscándose y las manos perdiendo la timidez. Sentí cómo el encaje empezaba a humedecerse solo de la anticipación.
Le abrí la bata. Debajo no llevaba casi nada. Le acaricié los pechos, los pezones pequeños y duros, y ella respondió colando las manos por debajo de mi ropa, recorriéndome la espalda, la cintura, todo lo que alcanzaba. Nos fuimos desnudando despacio, prenda a prenda, hasta quedarnos las dos en ropa interior sobre los cojines.
La empujé con suavidad hasta tumbarla. Le quité la última prenda y me quedé un momento mirándola, recreándome en la imagen. Tenía la piel encendida y el pecho subía y bajaba deprisa. Me incliné y le besé el interior de los muslos, primero uno y luego el otro, subiendo despacio, dejándola esperar. Quería que llegara al límite antes de tocarla del todo.
Cuando por fin bajé, empecé a lamerla despacio, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración. Ella enredó los dedos en mi pelo y empezó a guiarme, a pedirme más, a decirme entre jadeos exactamente lo que quería. Le metí un dedo, luego dos. Estaba empapada, ardiendo, y cada vez que la tocaba por dentro arqueaba la espalda y separaba más las piernas, como si no pudiera tener suficiente.
—No pares —me suplicó—. Por favor, no pares.
No paré. Mantuve la lengua en su clítoris mientras la penetraba con los dedos, marcando un ritmo que la fue llevando al límite. Sus gemidos llenaban el salón, cada vez más agudos, hasta que todo el cuerpo se le tensó como una cuerda. Se corrió con fuerza, apretándose contra mi boca, repitiendo mi nombre como si fuera la única palabra que le quedaba.
Cuando terminó, se quedó temblando, con una sonrisa boba en la cara. Tiró de mí hacia arriba y me besó, saboreándose en mis labios sin ningún pudor.
—Ahora me toca a mí —dijo.
***
Me tumbó en el sofá y se colocó entre mis piernas. Y descubrí algo que sospechaba pero nunca había comprobado del todo: ninguna boca conoce el cuerpo de una mujer como la boca de otra mujer. Sabía dónde apretar, dónde aflojar, cuándo acelerar y cuándo dejarme al borde sin caer. Me habían hecho sexo oral muchas veces, pero nunca así.
Metió un dedo, luego otro, y yo, encendida como estaba, le pedí más. Quería sentirla entera. Ella entendió y fue añadiendo presión poco a poco, con paciencia, hasta que sentí algo que nunca había sentido. Una plenitud nueva, intensa, casi abrumadora. Me mordí el labio para no gritar.
Siguió lamiéndome el clítoris mientras me llenaba, y la combinación me arrastró sin remedio. Notaba cada movimiento suyo dentro de mí, lento y firme, y al mismo tiempo su lengua marcando un ritmo que no me daba tregua. Intenté aguantar, alargar el momento, pero fue imposible.
Me corrí con un temblor largo que me recorrió de los pies a la cabeza, agarrándome a los cojines, sin aire. Cerré los ojos y dejé que la oleada me llevara entera. Tardé un buen rato en volver a la realidad, todavía sintiendo réplicas cada vez que ella se movía.
Cuando me recuperé, recordé lo que llevaba en el bolso.
—Tengo una cosa —le dije, y fui a buscarlo.
Saqué el consolador y a Marisol se le iluminaron los ojos. Era de los dobles, pensado justo para esto. Se lo conté y se rió, encantada con la idea. Nos colocamos cada una en un extremo, cara a cara, con las piernas entrelazadas, y empezamos a movernos buscando el ritmo. Era la primera vez que hacía algo así, y la sensación de tenerla dentro mientras la sentía a ella moverse contra mí me nubló por completo.
Nos miramos a los ojos todo el rato. Eso era lo más íntimo de todo: no apartar la vista, ver en su cara el reflejo exacto de lo que yo sentía. Nos corrimos casi a la vez, y aun así seguimos un poco más, sin querer que aquello terminara, alargando el placer hasta que los cuerpos nos pidieron parar.
Nos dejamos caer sobre el sofá, sudadas, agotadas, riéndonos como dos crías que acaban de hacer una travesura. El salón olía a sexo y a las dos juntas, y ninguna hizo el menor gesto de taparse o de fingir vergüenza. Estábamos enredadas, piel con piel, recuperando el aliento.
Marisol me acarició el pelo y, todavía con la respiración entrecortada, me confesó que no se imaginaba que yo fuera así, tan desinhibida. Me dijo que llevaba meses montándose películas en la cabeza, pero que nada de lo que había imaginado se acercaba a lo que acababa de pasar.
—Y eso que aún no has visto nada —le dije.
Se mordió el labio. Me cogió de la mano y tiró de mí hacia el pasillo, hacia el cuarto de baño, donde había un jacuzzi esperando. Le pregunté qué tramaba.
—Tengo más cosas que contarte —dijo con una sonrisa pícara—. Pero arriba.
La seguí sin soltarle la mano. Aquella mañana, cuando la vi rara en la puerta del colegio, jamás imaginé que el día terminaría así. Y, por la forma en que me miraba mientras llenaba la bañera, supe que aquello no iba a ser solo una tarde. Era el principio de algo que ninguna de las dos pensaba contar a nadie.