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Relatos Ardientes

Ella me besó cuando aún ardía por otra mujer

El mundo todavía dormía, pero yo ya estaba de pie. Las cuatro de la mañana se había convertido en mi hora, no por disciplina militar, sino porque dentro del cuerpo ya no había sitio para el sueño.

Llevaba quince días sin saber de Daniela. Ni un mensaje. Ni una llamada. Ni una señal que me confirmara que aquella mañana en su apartamento había existido fuera de mi memoria.

A veces, el impulso de ir al hospital a esperarla en la puerta me trepaba por el pecho como brasa viva. Y a veces, justo a tiempo, lo apagaba. Si hubiera querido seguir, me habría dado su número. Eso me repetía. Quizá solo había sido un juego: llevarse a la cama a la campeona y nada más.

Salí a correr una hora exacta. El aire frío me golpeaba la cara como si quisiera despertarme del todo, como si quisiera arrancármela del pecho. Esa madrugada llovía sin descanso, y cada gota parecía caer más adentro que afuera.

Volví, me duché, me puse el uniforme. A las seis ya estaba lista para otro día en la Fiscalía. Allí no era Camila la vulnerable. Allí era la forense. La militar. La mujer que miraba a la muerte sin parpadear.

Y la muerte no daba tregua.

Esa mañana llegaron tres reportes nuevos. Una estudiante universitaria que no volvió a casa después de clase; sus compañeros la reportaron porque tenían un trabajo en grupo y nunca faltaba sin avisar. Una mesera de un pueblo cercano, vista por última vez sola en la parada del autobús. Y una joven del cantón que alquilaba una pieza en el centro histórico: salió a comprar tortillas a plena luz del día y se la tragó la calle.

El patrón ya no era patrón. Era método. Lo que años atrás parecía prueba y error, ahora era una maquinaria fría, quirúrgica, eficiente. Y yo necesitaba entenderla.

Me sumergí en las autopsias previas, buscando coincidencias en los cortes, marcas, mensajes ocultos. ¿Cómo escogen a las víctimas?, ¿qué firma están dejando?, ¿cuántas más estarán vivas todavía, esperando? Las preguntas me sostenían mejor que el café.

No me di cuenta de que era media mañana hasta que entró Mariana Cordero, la fiscal a cargo del caso.

—Buenos días, mayor Herrera —saludó sin formalidades, con esa mezcla de respeto y algo más que siempre se le quedaba en la mirada—. ¿Tienes cinco minutos para un café?

—Buenos días, fiscal. No puedo. Gracias —respondí sin levantar la vista.

—Un café nunca se desprecia. Y tú lo necesitas.

—Estoy bien.

—No lo estás, Camila. Tienes las ojeras marcadas y se te están olvidando los almuerzos. Son cinco minutos. No me obligues a ordenártelo —dijo, y sonrió de un modo que ablandó la rigidez del aire.

Tenía razón. Yo no descansaba. No porque no pudiera, sino porque no sabía cómo. Últimamente aparecían moretones que no recordaba haberme hecho, rasguños en los brazos sin explicación, un temblor leve en los dedos que me obligaba a sujetar el bisturí con más fuerza de la necesaria.

Suspiré y cedí. A veces lo único que necesitaba era no pensar y caminar.

***

La cafetería estaba a tres cuadras de la Fiscalía. Mariana pidió dos capuchinos. Sabía exactamente cómo lo tomaba yo, sin preguntar. Nos sentamos en la terraza, donde el aire era tibio, de esos que quedan cuando ha llovido en la madrugada y el sol aún no calienta del todo.

—¿Hace cuánto que no duermes? —preguntó sin rodeos.

—Estoy enfocada. No me afecta.

—Eso puedes decírselo a cualquiera. A mí no. Te conozco demasiado para que te escondas detrás de las palabras.

Aparté la mirada, fingí interés por el tráfico. Y entonces todo dentro de mí se desmoronó.

La vi.

Daniela estaba sentada a pocos metros, rodeada de compañeros con uniforme del hospital. Llevaba la blusa blanca de algodón que aquella mañana yo le había desabrochado botón por botón. La recordé bajo la luz tibia de su ventana, con la piel todavía mojada, riéndose contra mi boca cuando le mordí la clavícula. La recordé sosteniéndome la cabeza entre las manos como si tuviera miedo de que me fuera.

Y ahora estaba ahí, junto a un hombre en bata blanca, tocándole el brazo con una familiaridad que me arrancó el aire. Sonreía. Le sonreía a él como nunca me sonrió a mí.

Nuestras miradas se encontraron, y el mundo se detuvo. No fue un reencuentro. Fue una emboscada emocional.

Me quedé inmóvil. El estómago se me cerró. El corazón se me apretó como un puño. La rabia se transformó en un dolor sordo que me subió a los ojos en forma de lágrimas que no iban a caer. Allí no. Nunca allí.

—¿Estás bien? —preguntó Mariana en voz baja.

No respondí. Solo apreté el puño debajo de la mesa, sintiendo cómo la uña se me clavaba en la palma.

Mariana siguió la dirección de mi mirada. No entendió todo, pero entendió lo suficiente. Se levantó, me tomó la mano con firmeza y me sacó de la terraza sin darme tiempo a discutir.

—Ella no merece ni siquiera verte así —susurró.

Me rodeó la cintura mientras caminábamos. No como amante. No como amiga. Como alguien que ha esperado mucho tiempo para tocar sin romper.

***

Daniela salió detrás de nosotras en cuanto nos vio alejarnos por la terraza. Lo supe después, cuando Renata, mi mejor amiga, me contó que había llegado tarde a la cita y la había alcanzado en la puerta. Renata la sujetó por el antebrazo con esa fuerza tranquila que tenía para detener a la gente sin lastimarla.

—No puedes seguirla. No ahora —le había dicho.

—Solo… necesito hablar con ella —murmuró Daniela, con la voz quebrada.

—Sabes perfectamente lo que le hiciste, ¿no? —respondió Renata, aunque no sabía nada en concreto. Solo sabía que un día yo la había llamado contándole que había pasado una noche extraordinaria con una mujer que esperaba fuera del apartamento, y que después ese tema se había vuelto un terreno minado entre nosotras.

—No… bueno, sí. No sé cómo explicarlo. Por favor, dame su número. ¡Te lo ruego!

Renata se la quedó mirando. Le creía. Lo veía en sus ojos. Pero no iba a ceder lo que no le correspondía.

—Si no te lo dio, sus motivos tendrá. No voy a pasar por encima de eso. Pero si de verdad quieres hablar con ella, no te rindas. La oportunidad llega.

Para que no se desplomara del todo, le dejó su propio número y le pidió el de Daniela. Si llegaba el momento, decidiría yo. No ella.

***

De vuelta a la Fiscalía corrí a la sala forense y me hundí en los expedientes. Repasaba una y otra vez los mismos documentos sin leerlos realmente, esperando que las letras me distrajeran del temblor que tenía bajo la piel.

Mariana entró un rato después, con una expresión más amable de lo habitual.

—No te lo pregunté antes porque no era el momento, pero… ¿qué pasó, Camila?

—Nada que valga la pena hablar.

Se sentó a mi lado. No insistió. Solo puso su mano sobre la mía.

—Estoy aquí. No porque me debas una explicación. Sino porque me importas.

Cerré los ojos. Mereces a alguien capaz de quererte sin heridas abiertas. Y yo, simplemente, no podía. No todavía.

Mariana se levantó al entender el silencio.

—Cuando estés lista, aquí estaré. A veces hablar basta.

***

Pasaron varios días. Yo funcionaba como una máquina: autopsias en la mañana, expedientes en la tarde, kilómetros antes del amanecer. Mariana se mantenía cerca, sin invadir. Renata lo notaba todo. Sabía que algo seguía atorado dentro de mí, pero también sabía que no era el momento de preguntar.

Una mañana, Mariana logró convencerme de volver a la cafetería.

—Solo café. Sin dramas —prometió.

Acepté. Quizá porque necesitaba respirar. Quizá porque su forma serena de sostener mi caos empezaba a ablandarme.

Pero el destino no daba tregua. Cuando entré, Daniela estaba allí. Sola. Sentada en la mesa donde todo había comenzado, como si llevara mañanas esperando.

Al verme se levantó y vino directo a mí.

—Camila, por favor… ¿podemos hablar?

No le respondí. Mis ojos la recorrieron como quien vuelve a ver un sueño que duele. Recordé su olor a piel limpia, recordé sus dedos enredados en mi pelo, recordé cómo la había hecho temblar contra el azulejo del baño antes de que el sol terminara de salir. Apenas parpadeé. El corazón me falló un segundo y se recompuso.

Antes de que pudiera decir nada, Mariana me rodeó la cintura por detrás. Un gesto sutil, pero claro: no estás sola.

Daniela se quedó inmóvil, sin saber si avanzar o retroceder. Y entonces, la escena cambió de golpe.

Un hombre apareció por el costado, bata blanca, sonrisa fácil.

—Hola, cariño. No esperaba verte tan temprano, y menos en tu día libre —dijo, y le besó la mejilla.

Sentí una punzada aguda detrás de las costillas. El médico, sin notar el incendio que acababa de prender, miró a Mariana y extendió la mano.

—No sabía que eras amiga de la fiscal Mariana Cordero. Un gusto. Soy el doctor Adrián Solano.

Mariana no se movió. Pero su ceja se alzó con suspicacia.

Ella no era Mariana Cordero para el público general. Para la prensa, para los expedientes externos, para los corredores del juzgado, era Inés Beltrán. El nombre real solo lo conocía un círculo muy estrecho. ¿Cómo lo sabía él?

Le vi recorrer la espalda un escalofrío que disimuló perfectamente. Mantuvo la postura.

—Se equivoca, doctor. No la conocemos. Acabamos de coincidir aquí. Pero me da gusto saludarlo.

No le dio la mano. Al contrario, me tomó del brazo.

—Mi amor, ¿nos vamos? Ya deben estar listos los cafés.

En mi cabeza todavía resonaba el «cariño» que él le había dicho a Daniela. Pasé por alto todo lo demás, incluido el sobresalto que cruzó su rostro al escuchar el «mi amor» de Mariana.

Salimos sin mirar atrás.

***

Mariana no condujo a la Fiscalía. Condujo a su casa. Le pidió por teléfono a Renata que se nos uniera. A mí no me explicó nada en el camino, y yo, todavía nublada por la imagen de Daniela junto a aquel hombre, la seguí sin discutir.

Su casa era el tipo de calma que yo no merecía: madera clara, plantas en cada esquina, luz que entraba en diagonal por las ventanas. Me ofreció agua. Me senté en el sofá. Ella se sentó a mi lado, demasiado cerca y al mismo tiempo a la distancia exacta.

—No quiero invadirte, Camila. Pero me importas más de lo que debería, y no lo voy a negar. Hay personas que morirían por estar contigo, por amarte sin condiciones. Yo soy una de ellas.

Y entonces me besó. Un beso que no exigía nada, que no pedía siquiera ser correspondido. Solo ofrecía. No la detuve. Tampoco la besé de vuelta. Pero la mandíbula se me relajó, como si mi cuerpo supiera algo que mi cabeza aún no procesaba. Olía a jazmín y a café recién hecho. Por un instante, cerré los ojos y dejé que pasara, como si fuera posible creer en una mujer entera, sin la sombra de otra encima.

El timbre sonó. Renata había llegado, y agradecí en silencio la interrupción.

***

Cuando Renata cruzó la puerta, la energía de la sala cambió. Mariana recuperó su tono profesional. Yo, mi postura militar.

—¿Qué pasó? —preguntó Renata al ver mi cara.

—Puede que no sea nada —empezó Mariana—. Pero hace unas horas conocimos al doctor Adrián Solano. —Hizo una pausa para mirarme. Solo con escuchar el nombre, había vuelto a romperme un poco—. Cuando se presentó, me llamó Mariana Cordero.

Renata se tensó. Yo me enderecé. Hasta ese momento no había procesado del todo lo que había ocurrido, pero ahí, en la sala, todo encajó de golpe.

—¿Tú lo conocías? —preguntó Renata, intentando sonar neutra.

—Negativo. Era la primera vez. ¿Y tú, Camila, habías hablado con él?

—No. Lo había visto antes, pero nunca crucé palabra con él. Y tampoco he mencionado tu nombre con nadie. —Acentué el «nadie», y Mariana entendió que me refería a Daniela.

—Entonces no hay forma de que él lo supiera por casualidad.

—Por eso las cité aquí. Él no debía saberlo. Eso significa que alguien dentro de la investigación está filtrando información.

—Ese nombre… Adrián Solano… —murmuró Renata—. Lo he leído antes. No sé dónde, pero lo he visto.

Renata sacó la tableta y empezó a abrir expedientes médicos, registros de víctimas, informes de autopsia. Mariana y yo hicimos lo mismo desde nuestras computadoras. Durante más de una hora revisamos archivos digitales y fotografías mal escaneadas.

—Aquí —dijo Renata de pronto—. Una de las últimas víctimas identificadas tiene un informe médico firmado con iniciales: A. S.

—¿Podría ser él? —preguntó Mariana.

Me acerqué a la pantalla. Mi mirada se afiló. Pedí buscar más expedientes, no recientes, sino anteriores. Y di con él.

—Aquí. Esta chica, una de las encontradas en la fosa, fue paciente suya. Adrián Solano figura como su médico tratante antes de su desaparición. —Apreté los labios con rabia—. Esto cambia todo.

Me levanté. Algo se encendió detrás de mis ojos, esa chispa que llegaba siempre que un caso me devolvía a mi terreno. Había vuelto a ser la soldado. La estratega. La mujer que no temía ir hasta el fondo.

Y por primera vez en días, el corazón dejó de dolerme.

Solo para empezar a arder.

Porque en esa sala no solo acabábamos de encontrar un nombre. Acabábamos de encontrar el siguiente eslabón del miedo. Y lo peor era que ese eslabón estaba durmiendo del otro lado de la cama de Daniela.

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Comentarios (2)

nochedeluna77

me dejo sin palabras. que hermoso

Romina_88

Por favor seguí!! quede con ganas de mas, necesito saber que pasa despues

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