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Relatos Ardientes

La camarera de Gran Vía me llevó a la cama

A sus veintidós años, Lucía tenía un problema que rara vez admitía en voz alta: el hambre. No la del estómago, esa la saciaba con cualquier cosa. La otra. La que la obligaba a salir a correr de madrugada solo para gastar lo que le sobraba, la que la hacía mirar dos veces al chico de la frutería, al portero del gimnasio, a la becaria nueva de la librería del barrio.

Su amiga Irune se reía de ella y le decía ninfómana. Lucía le respondía que no, que ella era de buen paladar, y que no se acostaba con las piedras porque las piedras no se dejaban.

De complexión menuda, atlética, apenas alcanzaba el metro sesenta y tres descalza. Pechos pequeños, caderas justas, un trasero que explicaba dónde había ido a parar el resto del material genético. Lo sabía. También sabía que su cara de niña buena, con esa melena negra que le caía hasta media espalda, despistaba a más de uno antes de que abriera la boca.

La historia empieza un lunes de marzo, gris como suelen ser los lunes de marzo en Granada. Lucía iba tarde. El sábado había acabado en un bar del Realejo con un chico que tocaba la guitarra, y la madrugada se le había escapado entre risas y vino malo. El domingo durmió poco y mal. El lunes, el despertador sonó en algún momento que ella no oyó.

Bajó las escaleras de su edificio de dos en dos, con unas mallas de yoga, un top fino y una sudadera encima. Sin sujetador. Sin desayunar. Sin ducharse. Cogió la bici aparcada en el portal y salió pedaleando hacia la escuela con diez minutos de margen.

Mientras pedaleaba iba haciendo cuentas mentales de qué cafetería pillaba abierta antes de las ocho. Acabó decidiéndose por un sitio nuevo que había visto en la Gran Vía, casi enfrente de la escuela. Echó el candado a la bici contra una farola y entró atropellada por la puerta de cristal.

La chica que la recibió desde el otro lado de la barra le habría quitado el aliento si le quedara algo. Piel morena, ojos castaños, pelo corto, labios que convertirían a un vegano en carnívoro. Bajo la blusa blanca sin mangas se adivinaba un cuerpo trabajado, cintura estrecha, pechos que llenaban la tela con generosidad. Cara latina, sin acento.

—¡Buenos días, cielo! ¿Qué te pongo? —saludó con una sonrisa de oreja a oreja.

Lucía tragó saliva.

—Un café con leche. Y un cruasán. Por favor.

Y a ti, para llevar.

Salió del local con la bolsa en una mano y el café tibio en la otra. Llegó a clase con el tiempo justo de que el conserje le dirigiera una mirada de reproche. La mañana se le hizo eterna. El aula de fotografía olía a revelador y a aburrimiento, y la humedad entre los muslos de Lucía no la dejaba concentrarse. Cada vez que el top le rozaba los pezones se mordía la lengua. Tuvo que escaparse al baño dos veces antes del descanso.

A media mañana, cuando por fin sonó la campana, no se le ocurrió otra cosa que volver al café. En lo que a pesca se refería, Lucía era más sutil que un mazazo en la cabeza, pero esa mañana le dio igual.

—¡Anda, si es la velocista de las ocho! —la recibió la camarera—. ¿Ya puedes hablar o todavía no has recuperado el aliento?

—Ja, ja —respondió Lucía, roja hasta las orejas—. Vengo a ver si me das algo de comer.

—Pues mira, solo te puedo poner lo que ves. La cocina la tengo cerrada.

Lucía la miró. La miró de verdad. Y decidió que no tenía nada que perder.

—Pues entonces… —apoyó los codos en el mostrador— me llevo una camarera joven, morena, para llevar. Por favor.

La chica del otro lado levantó las cejas. Después soltó una carcajada limpia, contagiosa, una risa de las que no se fingen. Se inclinó hacia delante hasta acercar la boca a la oreja de Lucía y bajó la voz.

—¿Te la caliento o te la llevas tal cual?

Un escalofrío recorrió a Lucía de arriba abajo.

—Escucha —siguió la otra, todavía cerca—, termino el turno en cinco minutos. Pide un café, espérame y, cuando termines, pregunta por Daniela. Invita la casa.

El café que le sirvió quemaba. Lucía pensó después que se lo había servido así a propósito, para obligarla a quedarse. No fue capaz de probarlo durante un par de minutos. Solo podía pensar en que Daniela olía a cerezas y en que la mañana entera se le acababa de derrumbar como una casa de naipes.

Para su trabajo de fin de curso no necesitaba estar exactamente en clase. La única persona que podía echarla de menos era Irune, y a esas horas Irune estaba con Mikel, su novio, en cualquier rincón del campus. Vivía sola en un piso alquilado a diez minutos de la escuela. Nadie iba a preguntarle nada.

Apuró el café, recogió la mochila y se acercó a la barra. Detrás del mostrador había un señor mayor del siguiente turno.

—Hola, perdone, ¿sabe por dónde ha salido Daniela?

—Sí, cariño. Está esperándote fuera.

Lucía notó que las orejas le ardían. Salió.

***

Daniela estaba apoyada en la esquina del callejón, con los brazos cruzados y una chaqueta de cuero negra encima del uniforme. La cogió por la cintura en cuanto la vio aparecer, la atrajo hacia sí y la besó. No fue un beso de cortesía. Fue un beso que decía «llevo dos horas pensando en esto».

Las lenguas se encontraron en algún punto entre las dos. Las manos de Lucía subieron al cuello de Daniela; las de Daniela, sin pedir permiso, bajaron por la espalda de Lucía hasta detenerse en sus nalgas. Un coche pasó por la Gran Vía a un metro de ellas y ninguna se enteró.

—Aquí no —murmuró Lucía cuando consiguió separarse—. ¿Vienes a mi casa?

—Tú también me gustaste en cuanto te vi —respondió la otra—. Tira.

De camino al piso fueron del brazo, hablando como si llevaran meses conociéndose. Daniela tenía veintiséis años, era de Granada aunque la cara despistara, vivía sola con una gata que se llamaba Luna y estudiaba un grado a distancia en Música y Sonido. Trabajaba en el café por las mañanas para pagarse la matrícula. Tocaba la guitarra los fines de semana en un grupo que tenía concierto el viernes siguiente en una sala detrás del ayuntamiento.

—Yo no me corto un pelo —avisó en algún momento—. Ni hablando ni en la cama. Lo digo para que lo sepas.

—Mejor —respondió Lucía, y la arrastró hacia un portal cualquiera para robarle otro beso.

***

Tardaron en abrir la puerta del edificio. Las llaves se le caían a Lucía de los dedos cada vez que Daniela le mordía el cuello. Subieron los dos pisos riéndose como adolescentes. En cuanto cruzaron el umbral del apartamento, la sudadera de Lucía voló hacia algún rincón del pasillo.

Daniela la empujó contra la pared del recibidor sin dejar de besarla. Una mano le pasaba por debajo del top y le subía por las costillas; la otra exploraba la elasticidad de las mallas justo por debajo de la cintura. Lucía suspiraba contra su boca. No por teatro, sino porque llevaba horas mojada y aquello le estaba costando la cordura.

—Hueles a cerezas —consiguió decir.

—Y tú a café y a desesperación —respondió Daniela, y le pasó la lengua por debajo de la oreja.

Lucía contraatacó. Sus manos buscaron los botones de la blusa. Cuando descubrió, dos botones después, que Daniela tenía un piercing en cada pezón, soltó un «joder» que sonó más a oración que a sorpresa. El sostén negro de encaje no quería soltarse y Lucía no tenía paciencia para combatirlo, así que tiró. Daniela protestó con un mordisco en el cuello que dejaría marca al día siguiente.

—Eso es un sujetador nuevo, animal.

—Te compro otro.

Sin previo aviso, Daniela se agachó, le pasó un brazo por debajo de las rodillas y la cogió en volandas.

—¡Que no soy una niña, bájame!

—No follo de pie, cielo. O me dices dónde está la cama o esto pasa en el suelo.

—La puerta de la derecha —murmuró Lucía con la cara enterrada en el cuello de Daniela.

—¿Ves? No era tan difícil.

La depositó en el centro de la cama y se quedó un momento mirándola. Lucía estaba colorada, despeinada, con el top torcido y los pezones marcando la tela. Daniela pensó que era la chica con cara de ángel que mejor besaba que se había cruzado en mucho tiempo, y se subió encima de ella.

Lucía aprovechó la pausa para incorporarse, obligar a Daniela a sentarse a horcajadas y terminar de quitarle la blusa y el sostén roto. Los pechos de la otra eran exactamente lo que había imaginado: generosos, calientes, coronados por dos pezones oscuros atravesados por sendas bolitas metálicas. Le rozó una con el pulgar y Daniela cerró los ojos un segundo. Acto seguido, Daniela le quitó el top y descubrió dos tetas pequeñas, duras, puntiagudas, cuyo simple roce con el aire de la habitación hizo temblar a Lucía.

—Estas mallas están empapadas —dijo Daniela.

—Lo sé.

—Voy a quitártelas con cuidado, porque son demasiado bonitas para romperlas.

Las bajó muy despacio, mirándola. Después se levantó de la cama, se quitó el pantalón negro del uniforme sin dejar de sostenerle la mirada y se quedó solo con un tanga oscuro empapado de tan abajo como podía estarlo. Lucía no aguantó más. Se incorporó, la cogió por la cintura y la tumbó a su lado.

Quedaron de cara, de lado, piel contra piel, intercambiando besos largos interrumpidos solo por suspiros largos. Las manos de las dos no estaban quietas. Daniela bajó. Lamió la clavícula de Lucía, después un pezón y después el otro, después el piercing del ombligo, después el pubis afeitado. La lengua le encontró el clítoris a la primera y se detuvo allí.

Lucía agarró el cabello corto de Daniela con las dos manos y dejó de pensar. Lo que vino después fue una mezcla confusa de pasadas largas, mordiscos suaves en la cara interna de los muslos, dedos que aparecían y desaparecían, suspiros propios que sonaban a los de otra persona. Cuando Daniela le metió la lengua sin previo aviso, Lucía supo que aquello terminaba en menos de un minuto.

—Voy a… —alcanzó a balbucear.

—Ya lo sé.

El orgasmo la dobló por la mitad. Tembló de la cabeza a los pies durante un tiempo que no fue capaz de medir. Daniela subió por su cuerpo, le pasó la lengua por los labios y la besó hasta que volvió a respirar despacio.

—¿Qué tal sabe? —preguntó Lucía cuando recuperó el habla.

—A ti. Ahora me toca.

***

Lucía no necesitó que se lo repitieran. Empezó por la boca, bajó por el cuello, se detuvo un rato largo en los pezones de Daniela, mordisqueando con cuidado las bolitas metálicas, descubriendo que el sabor del metal mezclado con la piel le gustaba más de lo que esperaba. Daniela gemía por lo bajo, sin teatro, y eso a Lucía le gustaba todavía más.

Siguió bajando. Vientre plano, cicatriz pequeña de algo antiguo, ombligo, pubis. El clítoris de Daniela estaba duro y la zona empapada antes incluso de que Lucía la tocara. Se acomodó entre sus piernas y combinó lo que sabía de sí misma con lo que había aprendido en otras camas. Dos dedos dentro, lengua fuera, sin prisa.

—Tienes las manos heladas —protestó Daniela en un susurro.

—Es marzo. Aguanta.

—No me hagas reír ahora.

No le hizo falta a Lucía esforzarse mucho más. A los pocos minutos, Daniela empezó a temblar y soltó un gemido grave que no tenía nada de fingido. Lucía no se movió de donde estaba hasta que la otra dejó de moverse del todo. Después subió, se metió bajo las sábanas y se acurrucó contra el costado caliente de Daniela.

Se quedaron dormidas un rato. No mucho.

***

Cuando Lucía abrió los ojos, el lado de la cama de Daniela estaba vacío. Por un segundo le dio un vuelco el estómago, pero enseguida escuchó el agua de la ducha y el eco lejano de una voz tarareando una canción que no reconoció. Se levantó, todavía desnuda, y se deslizó hasta el baño. Una silueta curvada se movía detrás de la cortina.

Entró sin avisar, abrazó a Daniela por detrás y le besó la nuca.

—Me has dejado sola en la cama —fingió un mohín.

—Mira, cielo —respondió Daniela girándose entre sus brazos—, me gustas mucho y no recuerdo cuándo lo he pasado tan bien una mañana, pero tengo ensayo a las tres. Si no aparezco, los del grupo me matan.

Lucía bajó la mirada.

—Eh —Daniela le pasó los dedos por el pelo mojado—. El viernes que viene toco en una sala detrás del ayuntamiento. Ven a verme.

—¿Y después?

—Después haremos lo que tú quieras.

Daniela le plantó un beso suave en los labios, salió de la ducha, se secó con una toalla que olía a Lucía y empezó a vestirse. Lucía se quedó bajo el chorro de agua un minuto más, con los ojos cerrados, intentando memorizar el olor a cerezas antes de que se le borrara.

Antes de salir del baño, todavía a medio vestir, Daniela asomó la cabeza por la puerta.

—¿Vas a venir el viernes?

—Por supuesto que voy a ir.

—Bien —sonrió—. Y ya sabes, cuando termine, todo tuyo.

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Comentarios (2)

SoleDelSur

que relato tan bonito!!! me encanto de principio a fin

Mariela_Rdz

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas. Muy bien escrito!

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