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Relatos Ardientes

La hija de mi pareja y un secreto en nuestra cama

Estaba recostada sobre nuestra cama, hablando con Esteban por teléfono, cuando vi entrar a Renata con esa sonrisa suya que ya había aprendido a temer. No tardó nada en subirse al colchón. Pasó un brazo por encima de mi cuerpo, se acostó de lado pegada a mí y dejó los labios a un par de centímetros de mi cuello.

Supongo que la situación pide una explicación. Renata tiene veintiséis años, su padre cincuenta y cinco, y yo treinta. La mayoría daría por hecho que estoy con un hombre mucho mayor por interés, que es mi sostén o algo parecido. No es así. A Esteban lo conocí en el estudio donde los dos trabajábamos; coincidimos meses en un mismo proyecto y de tanto vernos terminamos juntos. Lo quiero, de verdad. El problema apareció después, el día que me presentó a su hija.

Cuando me mudé con ellos, algo se encendió entre Renata y yo desde el primer cruce de miradas. Al principio las dos resistimos. Sabíamos lo que estaba en juego, lo absurdo y lo prohibido que era. Pero una tarde nos dejamos llevar, y desde entonces no hemos sabido parar.

—Sí, amor, estamos por ver una película juntas —dije al teléfono.

No era del todo mentira. Renata había puesto algo en la pantalla, aunque yo no miraba nada que no fuera la forma en que ella empezaba a besarme el cuello. El primer suspiro se me escapó sin permiso.

Sus besos bajaron despacio por el escote del vestido de seda que usaba de pijama. Como la tela no cedía como ella quería, sentí que una de sus manos subía por mi muslo, buscando el borde del vestido para empezar a levantarlo.

—No te preocupes por eso —seguí, fingiendo calma—. Sabes que nos llevamos bien. No hay ningún problema con que pasemos el fin de semana sin ti.

Renata levantó la mirada para verme la cara. Movió los labios sin hacer ruido, preguntándome si era cierto lo que acababa de decir. Le contesté que sí con un susurro apenas audible. Eso pareció bastarle. Dejó de tironear del vestido para montarse encima de mí y empezó a besarme, lento y profundo, hasta que tuve que separarme porque su padre seguía esperando una respuesta del otro lado de la línea.

—Sí, mi amor, si hace falta comprar algo uso tu tarjeta, no te preocupes.

Para comprar otro juguete, como el de la semana pasada, pensé, mientras Renata me leía la mente y reía sin voz. El mismo con el que me follaste en esta cama, en la que duermo con tu papá, mientras él se duchaba a tres metros.

Tuve que apartar el teléfono un instante para que él no me oyera reír.

—Pero bien que te mojabas igual —le murmuré, tapando el micrófono con la palma—. Sabías que podía descubrirnos en cualquier momento y me pedías que no parara.

Ella se rió, porque era verdad y no podía negarlo. Después volvió a lo suyo. Sus manos recorrieron cada parte de mi cuerpo mientras me subía el vestido de nuevo, y yo seguía hablando, peleando por mantener la respiración firme. Cada vez me costaba más.

Traté de concentrarme en la conversación. Imposible. Renata ya me había bajado la tanga; o mejor dicho, su tanga, porque desde la última vez que lo hicimos me obligó a ponerme la que ella traía puesta y se quedó con la mía. Tuve que llevarme la mano libre a la boca cuando sentí su lengua pasar entre mis labios, rápida y constante.

En un momento bajó el ritmo y aproveché para quitarme la mano de la boca. Error. Sin aviso volvió a acelerar y se me escapó un gemido demasiado alto.

—¿Te pasa algo? —preguntó Esteban.

—No, nada, tranquilo —improvisé—. Me reí con una escena de la película.

Justo entonces alguien lo llamó. Me dijo que tenía que cortar, que quizá me marcaba más tarde o a la mañana siguiente. En cuanto colgó, por fin pude gemir con todas mis fuerzas, algo que no había podido hacer desde que casi nos pescan. Renata no había dejado de comerme en ningún momento, de esa forma rápida y exacta que solo ella sabe.

—Ay, sí, no pares —le pedí, aunque sabía perfectamente que no iba a hacerlo.

Succionaba, soltaba, volvía a pasar la lengua una y otra vez. Entonces me sorprendió: me empujó con suavidad hasta dejarme un poco de costado. No entendí qué buscaba, hasta que sentí dos de sus dedos rozarme por detrás, en el otro punto.

Retomó el trabajo de su lengua justo cuando esos dedos empezaron a abrirse paso, entrando de a poco. Llevé las manos a mis pechos, apreté, y gemí sin medida, pidiendo más, pidiendo que no se detuviera. Me encanta cómo lo hace. Hay algo que solo una mujer sabe darle a otra mujer.

No es que no disfrute con su padre. Esteban me folla como pocos hombres lo han hecho. Pero si tuviera que elegir entre él o ella, la elijo a ella sin dudarlo un segundo. Y lo confirmé cuando empezó a mover los dedos más rápido, una vez que ya los tenía del todo dentro.

No tardé en correrme. Me había calentado muchísimo correr el riesgo de que me descubriera mientras la tenía entre las piernas. Cuando terminó de limpiarme con la lengua, se levantó la camiseta del pijama y dejó sus pechos al descubierto, solo para mí. No dudé en tomarlos con las dos manos mientras pegaba mi boca a la suya.

Sus labios son tiernos, casi dulces, todo lo contrario de su lengua, que entró en mi boca buscando la mía sin pedir permiso. Así terminé probándome a mí misma en su beso.

—La semana pasada no compré un solo juguete —dijo separándose un poco—. Compré varios. Y estos días que vamos a estar solas los vamos a estrenar todos. Pero hoy quiero probar uno en especial.

Me bajé de la cama y caminé hasta el baño, donde escondo mis cosas en un sitio que su padre nunca revisa. Encontré justo el que ella quería. Cuando volví a la habitación, Renata ya estaba completamente desnuda sobre la cama, una mano sobre los pechos y la otra entre las piernas, con dos dedos entrando y saliendo sin pausa. Su espalda se arqueaba un poco con cada movimiento.

—¿Te diviertes sin mí? —pregunté.

Sin dejar de tocarse, buscó mi mirada. Después abrió mucho los ojos al ver lo que traía en las manos.

—Claro que no —contestó, deteniéndose por fin—. Solo me mantenía en calor. ¿Por qué no me habías contado que tenías esa preciosidad?

Era un juguete doble, de unos veinte centímetros, de un rosa tan intenso que parecía brillar en la penumbra. Subí a la cama, me arranqué el vestido y lo tiré a cualquier parte sin importarme dónde cayera. Pasé una de las puntas por su boca, delineando sus labios, hasta que ella los abrió y empezó a chuparlo despacio, sin dejar de mirarme a los ojos.

Esperé unos minutos antes de retirarlo y besarla. Fue lento, más lento de lo que cualquiera imaginaría de dos mujeres a punto de perder la cabeza. Nos tomamos nuestro tiempo. Sus manos recorrían mi cuerpo mientras yo, con una mano libre, deslizaba el juguete entre sus piernas, rozando apenas la entrada.

Cuando nos separamos, se recostó y abrió las piernas para mí. Froté la punta contra ella, una y otra vez, de forma cada vez más insistente, hasta que empezó a ceder sola. Estaba tan mojada que entró sin esfuerzo. Seguí empujando hasta dejar la mitad dentro. Entonces lo solté y me acomodé yo también, entre sus piernas, de frente a ella.

Renata no esperó. Se movió ella misma para guiar mi mitad del juguete dentro de mí, gimiendo en el proceso porque cada movimiento agitaba también el otro extremo, el que la llenaba a ella. Cuando por fin lo tuve dentro, las dos gemimos a la vez al sentir nuestros cuerpos tocándose en el centro.

Empezamos a movernos despacio y enseguida perdimos la cuenta del ritmo. Se sentía demasiado bien el choque de nuestras caderas, el ir y venir que nos llenaba a las dos al mismo tiempo. Yo la miraba, ella me miraba, y ninguna apartaba los ojos. Seguimos así, cada vez más fuerte, hasta que ella llegó primero, con un grito que me obligó a taparle la boca con la mano por pura costumbre. Yo me corrí unos minutos después, temblando sobre ella.

Cuando recuperamos algo de aire, chupamos el juguete juntas, cada una el lado que la otra había tenido dentro, hasta dejarlo limpio. Lo apoyé en la mesita de noche y nos abrazamos, desnudas y sudadas, dejando que la película siguiera de fondo sin que ninguna le prestara atención. Nos repartimos besos lentos mientras se enfriaban nuestros cuerpos.

Esa noche hicimos una videollamada con Esteban. Mientras hablábamos con él de cualquier cosa, nos tocábamos por debajo de la cámara, lentas y disimuladas, conteniendo cada reacción para que él no notara nada. Apenas cortamos, volvimos a empezar.

Y así fue cada uno de los días que pasamos solas, sabiendo que lo nuestro no debería existir y que justo por eso no íbamos a poder dejarlo.

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Comentarios (5)

ClaraVP

Dios mio que relato!!! me dejo con el corazon acelerado y ganas de mas. Excelente!!

Nocturnita_X

por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como sigue todo esto

MarceloGLP

La tension que se genera es increible. Muy bien logrado, se siente autentico sin ser burdo. Bravísimo

Cami_Neu

jajaja lo de la llamada telefonica me mato, tremendo momento 😂

Sandra_Cba

Hize bien en leerlo a esta hora. Que manera de escribir, felicidades en serio

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