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Relatos Ardientes

Mi vecina me suplicó ser mi esclava por correo

Desde hacía años, yo manejaba un perfil discreto en internet bajo el nombre de Ama Mariela. No era un juego para mí: adiestraba a mujeres que me lo pedían, mujeres que necesitaban a alguien que les marcara los límites que ellas solas no podían imponerse. Recibía decenas de mensajes a la semana, y casi todos los descartaba. Buscaba algo específico: obediencia real, no fantasía de un rato.

Una tarde de octubre llegó un correo distinto. La mujer escribía con una urgencia que se notaba en cada línea, suplicando ser mi esclava, prometiendo hacer cualquier cosa que yo le ordenara. Decía que llevaba toda la vida soñando con arrodillarse ante otra mujer y que necesitaba discreción absoluta porque tenía una posición que cuidar.

Le respondí pidiéndole una foto. Quería ver qué tan dispuesta estaba a exponerse desde el principio.

La imagen que me envió me dejó sin aire. Aparecía de pie frente a un espejo, desnuda de cintura para arriba, con un pequeño antifaz negro cubriéndole los ojos. Creyó que el antifaz la protegía. Pero yo conocía esa marca de nacimiento bajo la clavícula, ese cuello largo, ese gesto de morderse el labio. Era Noelia.

Noelia, mi vecina de enfrente. La maestra impecable que cada mañana saludaba con una sonrisa medida, la mujer de Andrés, un tipo con dinero que la paseaba como un trofeo. La misma que cruzaba el jardín en tacones y vestidos planchados, intocable.

Me quedé mirando la pantalla un largo rato, sin poder creer mi suerte.

Comprobé la dirección de correo. Coincidía: las dos pertenecíamos al grupo vecinal del barrio, y ella había escrito desde la misma cuenta con la que organizaba las reuniones de la comunidad. No había duda.

***

No le revelé que sabía quién era. Durante semanas la fui guiando con tareas pequeñas y humillantes, exigiéndole fotos como prueba de obediencia. Cada noche se conectaba para mostrarme cómo se tocaba pensando en mí, sin sospechar que la mujer al otro lado de la pantalla vivía a treinta metros de su cama. Yo guardaba cada imagen, cada confesión, esperando el momento exacto.

Una mañana le ordené algo nuevo. Debía ponerse un plug y un corsé ajustado bajo la ropa, salir al jardín delantero y arrancar las malas hierbas de su macizo de flores. Y debía quedarse ahí, ocupándose del jardín, hasta que yo decidiera lo contrario.

Salí de mi casa con una excusa cualquiera y crucé la calle. La encontré agachada entre los rosales, con la cara encendida y la respiración entrecortada cada vez que se movía.

—Qué prolijo te está quedando todo —le dije, apoyándome en la cerca con total naturalidad.

—Gracias —murmuró sin mirarme, las manos temblándole sobre la tierra.

Disfruté de su incomodidad unos minutos, hablándole del clima y de la próxima reunión vecinal como si nada, mientras ella se retorcía por dentro. Después me despedí y volví a casa. Desde la ventana la vi terminar de arreglar la jardinera, sin saber que cada gesto suyo había sido para mí.

***

Cuando reuní suficiente material, le envié la orden definitiva. Esa tarde debía desnudarse por completo, ponerse el plug, levantarse los pechos con una mano y frotarse con la otra, de pie en un rincón de su habitación, durante media hora. Sin moverse.

La puerta de su casa estaba entreabierta cuando llegué. Entré sin hacer ruido. La encontré en el rincón del dormitorio, exactamente como le había ordenado, empujando el plug dentro y fuera mientras se acariciaba con un consolador. No me había escuchado.

Me quedé observándola un momento, saboreando lo que estaba a punto de pasar.

—Te ves preciosa así, Noelia. No pares por mí.

Pegó un salto al oír su nombre en mi voz. Se giró y su cara pasó del placer al espanto en un segundo. Se quedó congelada, tratando de entender, hasta que el cuerpo le ganó al pensamiento y corrió hacia la cama buscando esconderse. El plug se le cayó al suelo a mitad del pasillo. El consolador rodó tras él.

La seguí sin apuro. La encontré agazapada detrás de la puerta del dormitorio, tapándose con los brazos.

—Vas a tener que salir de ahí —dije, sentándome en el borde de la cama—. Sé exactamente lo que eres. Me llevas mandando fotos más de tres meses. Si no me obedeces, todo esto le llega a Andrés y a tus colegas de la escuela. Imagina la cara de la directora.

Noelia me miró desde su escondite con los ojos muy abiertos. Vi el momento exacto en que comprendió que no había salida. Llevaba años soñando con ser la esclava de una mujer, sí, pero habría preferido a cualquiera antes que a la vecina de enfrente.

Salió despacio y se quedó de pie frente a mí, desnuda y temblando, sin saber dónde poner las manos.

—Recoge eso del suelo —le ordené, señalando el plug—. Date la vuelta y agáchate. Vuelve a ponértelo donde estaba. Y ábrete bien.

Obedeció en silencio. Me acerqué y disfruté de la vista antes de volver a colocárselo, empujando despacio, deleitándome con cada centímetro hasta que quedó dentro del todo.

—Yo no te di permiso para usar el consolador mientras esperabas en el rincón, ¿verdad? —le pregunté sin levantar la voz.

—No, Ama. Lo siento, Ama —respondió con un hilo de voz.

***

—Agárrate los tobillos y echa el culo hacia atrás. Veinticinco en cada nalga. Si se te cae el plug, primero va a tu boca y después vuelve a su sitio. ¿Entendido?

—Sí, Ama.

Se sujetó los tobillos y apretó cuanto pudo para retener el plug. Empecé a darle, contando en voz alta, escuchando cómo cada palmada le arrancaba un gemido más alto. La piel se le fue marcando de rojo. Al golpe número veinte el plug cedió y cayó al suelo, y ella rompió a llorar.

Le di las últimas cinco en cada lado de todas formas. Después recogí el plug, caminé hasta ponerme frente a su cara y le ordené abrir la boca. Negó con la cabeza, así que le di una bofetada seca.

—La boca. Ahora.

Abrió, y deslicé el plug entre sus labios, disfrutando del asco en su gesto.

—Parece que no distingues un extremo del otro —me burlé—. Tengo muchos planes para ti. Sácatelo, vuelve a metértelo donde va y ponte a cuatro patas.

Se quitó el plug de la boca y se lo colocó de nuevo, gimiendo por la molestia, antes de apoyarse en manos y rodillas. Me quité el vestido, me senté un momento a horcajadas sobre su espalda y le tiré del pelo oscuro.

—Empieza a gatear.

La hice avanzar por el pasillo hasta el comedor, dándole en el culo y tirándole del pelo, gozando de cada queja. Cuando llegamos, le ordené detenerse. Me quité el resto de la ropa y me senté en el sillón.

—Ven aquí y úsame la boca.

Se arrastró hacia adelante con la cara mojada de lágrimas. La agarré del pelo y le hundí la cara entre mis piernas. Apoyé los muslos sobre sus hombros y la apreté para que no se le ocurriera escapar. Su lengua trabajaba con una desesperación que delataba cuánto había deseado ese momento, aunque jamás lo hubiera querido conmigo.

***

Me corrí contra su boca y la dejé tomar aire apenas un instante antes de darme la vuelta y sentarme sobre su cara de otra forma. Sentí su lengua moverse donde le ordené, obediente, mientras yo me balanceaba despacio. La levantaba de vez en cuando para que respirara y volvía a bajar.

Cuando terminé por segunda vez, me incorporé y volví al sillón. Noelia se quedó en el suelo, con la mirada perdida, sin moverse. Sabía que ya era mía por completo.

—Vuelve al rincón —le dije—. Pega la nariz a la pared y quédate ahí mientras descanso.

Se levantó de un salto y obedeció. Volvía a estar igual que cuando entré, salvo que ahora estaba empapada de excitación, esperando mi próxima orden. La dejé así más de veinte minutos, admirando su cuerpo y pensando en todo lo que iba a hacer con ella.

—No sé qué pensaría Andrés de esto —dije al fin—. ¿Se iría de casa, o le gustaría tanto que querría disfrutarte de todas las formas posibles?

—Si se entera, hará conmigo lo que quiera, Ama —gimió ella—. A él le excita ver a dos mujeres juntas.

—Entonces así quedamos. Cuando él esté en casa, será dueño de tu culo. Cuando se vaya, me avisarás y vendrás a atender lo que yo necesite. ¿Está claro?

—Sí, Ama. Soy tu puta.

***

La obligué a abrir las nalgas para mostrarme cómo retenía el plug, a menear el culo para mí mientras le rogaba permiso para correrse. Se lo concedí solo bajo mis condiciones: tocándose mientras caminaba por la habitación, metiéndose y sacándose el consolador con la otra mano. La vi temblar entera, a punto de caer al suelo cuando el orgasmo la sacudió.

—Ven aquí y lámeme otra vez —le ordené—. Quiero ese culo bien caliente para seguir.

Se acercó al sillón, se arrodilló y puso la cara entre mis piernas mientras yo le daba en el culo al ritmo de su lengua. No tardé en correrme de nuevo.

—Tienes media hora hasta que vuelva Andrés —le dije al levantarme—. Limpia todo esto. Y mañana, cuando él salga, vendrás a mi casa desnuda. ¿Entendido?

—Sí, Ama.

***

A la mañana siguiente me desperté temprano y la esperé en la cocina con una taza de café. Sonaron los golpes en la puerta. Abrí y ahí estaba Noelia, completamente desnuda, cubriéndose con las manos en mitad del rellano por si alguien pasaba.

—Arrodíllate y pide entrar —le dije.

—Por favor, Ama. Deja entrar a esta zorra —murmuró, cayendo de rodillas.

—Arrástrate hasta la cocina mientras termino el café.

Se arrastró detrás de mí. Apoyé los pies sobre su espalda y la usé de reposapiés mientras bebía sin prisa, admirando su cuerpo doblegado en el suelo de mi cocina. La maestra impecable de enfrente, la mujer de Andrés, convertida en mi mueble.

Cuando terminé el café, le di la primera orden del día y supe, mirándola obedecer sin dudar, que aquello era apenas el principio. Su vida acababa de cambiar para siempre, entregada por completo a mí con tal de que su marido jamás supiera lo que de verdad era. Y yo pensaba tomarme todo el tiempo del mundo.

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Comentarios (4)

NocturnaCBA

tremendo!!! me quede sin palabras

Sil_lectora

por favor segunda parte, necesito saber como sigue eso jajaja

Lena_Rosario

me recordo a algo que me paso hace tiempo, esa tension de reconocer a alguien cuando menos lo esperas... muy bien logrado

CuriosaSalta

como se te ocurrio lo del correo anonimo? original como pocas cosas que leo por aca

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