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Relatos Ardientes

La trampa final de mi jefa hipnotizada

Llevaba tres meses dejando notas en mi bitácora privada. Cada entrada era un pequeño triunfo. Mi gatita había cambiado por completo: ahora la ropa de oficina mostraba un escote generoso, las faldas se ajustaban a sus caderas y los tacones altos hacían algo casi indecente con sus piernas. Hasta la ropa interior gris y aburrida había desaparecido. La reemplazó por encaje diminuto y sostenes de media copa que sostenían sus pechos como una ofrenda. Cada vez que llegaba «la hora del pastel», yo sentía la misma emoción que de niña en la mañana de Navidad: nunca sabía con qué sorpresa iba a encontrarme bajo sus medias.

Cerré la libreta y miré el reloj. Las cuatro en punto. Justo a tiempo.

Preparé la bandeja con café y un trozo de tarta de chocolate, atravesé el pasillo y empujé la puerta de cristal del despacho. Adriana Bensaude levantó la vista con esa sonrisa nueva, la que había aprendido a regalarme en las últimas semanas. Tiempo atrás no me hubiera dirigido más de dos frases secas. Ahora me hablaba como si yo fuera lo único bueno de su tarde.

—¡Buenas tardes, Camila! —dijo, recibiendo la taza—. Mi hora favorita del día.

Dejé la bandeja sobre el escritorio.

—Has mejorado muchísimo estos meses —comentó, partiendo la tarta con el tenedor—. ¿Agendaste lo de la agencia de viajes?

—Hoy a las cinco en punto, señorita Adriana.

—Perfecto. Este negocio me va a hacer rica. ¿Algo más?

—Una pequeñez —respondí, fingiendo revisar mi tablet.

—¿Qué cosa?

—Gatita caprichosa.

La frase salió limpia, neutra, sin énfasis. En el acto su columna se enderezó, la boca se le abrió apenas un milímetro y los ojos se le quedaron en blanco, como dos lunas vacías.

Volví a mi escritorio sin prisa, tomé el bolso y regresé. Ella seguía exactamente igual, una estatua con tacones.

—Ponte de pie y sígueme, gatita. Tenemos cosas que discutir —dije, acariciándole el mentón.

—Sí, ama Camila —respondió con voz lisa—. Soy una gatita obediente.

La conduje al baño privado del despacho. La hora del almuerzo era la única ventana segura.

—Cierra con seguro. No quiero molestias.

Obedeció. Yo me senté sobre la tapa del retrete, abrí el bolso y saqué un arnés con un consolador grueso. Me quité la falda y las bragas, ajusté las correas alrededor de mis caderas y dejé que el peso del juguete tirara hacia adelante.

—Desnúdate. Vamos a celebrar nuestra luna de miel anticipada.

Sus dedos se movieron solos. La blusa cayó al suelo, después la falda. Debajo llevaba una microtanga rosa de encaje y un sostén de media copa que dejaba más a la vista que a la imaginación. El sexo, perfectamente depilado. Lo único viejo eran las medias, su debilidad de siempre.

—La lencería también. Quiero verte entera.

Me obedeció en silencio. La hice apoyarse en el lavabo, con las nalgas en alto. Le pasé la palma por el culo, sentí su firmeza, y deslicé la punta del consolador entre sus piernas.

—Faltan pocos días, gatita. En cuanto pongamos un pie en el avión, todo lo que planeé se vuelve real.

—Sí, ama. Juntas para siempre.

Empujé hasta el fondo. Su cuerpo me recibió sin resistencia. Empecé a moverme con el ritmo lento que sabía que la enloquecía dormida.

—Es una pena que esa reunión de negocios nunca llegue a celebrarse —murmuré, y le di una palmada seca en la nalga derecha—. Pero el viaje no será en vano.

Le pegué otra vez, más fuerte. La piel se le encendió en rojo.

—Voy a hacer que te enamores de mí. Y después tú y yo desapareceremos en alguna playa donde nadie nos busque.

La sentí tensarse, contraerse alrededor del juguete. Un orgasmo silencioso le recorrió la espalda. Salí, dejándola temblando contra el lavabo.

—Suficiente por hoy. Vístete, vuelve a tu despacho y al sentarte despertarás sin recordar nada de lo que pasó aquí.

Salí del baño como si nada. Diez minutos después la oí dictarle un correo a recursos humanos con su voz de siempre.

***

Días más tarde conduje mi propio coche hasta un local discreto en las afueras. Para esa parada no quería usar el de Adriana: demasiados ojos, demasiadas cámaras corporativas. Ella iba a mi lado, con los lentes oscuros que le había puesto para tapar sus pupilas en blanco.

—¿Recuerdas qué venimos a hacer aquí, gatita caprichosa?

—Sí, ama Camila.

El estudio de tatuajes era apenas una puerta sin cartel. Dentro me esperaba Lorena, una rubia de pelo corto con los brazos cubiertos de tinta.

—¡Camila, mi amor! —me abrazó.

—Tesoro, te traje a la chica de la que te hablé.

Lorena observó a Adriana con curiosidad profesional.

—Así que esta es la hembra que querés marcar.

—Esta misma —dije, y le acaricié la nalga por encima de la falda.

Hojeé su carpeta hasta encontrar el diseño: un corazón pequeño, estilizado, con dos iniciales adentro.

—Este. Justo en el nacimiento de las nalgas.

—Atrevida —sonrió.

Mientras Lorena se la llevaba al cuarto del fondo, yo me acomodé en el sofá de la sala de espera. Abrí el banco en el móvil. La transferencia hacia mi cuenta en una isla pequeña del Caribe estaba lista para ejecutarse al cierre del día.

Mi gatita tiene mucho dinero. Y no solo de amor se vive.

Cuatro horas después salieron las dos. Adriana caminaba con cuidado.

—Ya está marcada —dijo Lorena—. Propiedad firmada y sellada.

Le pagué en efectivo, recibí las instrucciones de cuidado y volvimos al coche.

—En casa me mostrás cómo quedó, ¿de acuerdo, gatita?

—Sí, ama Camila —respondió sin emoción.

Faltaba una última parada. Un sex shop minúsculo, atendido por una mujer afrodescendiente que sonrió en cuanto la campanita sonó sobre la puerta.

—¡Yamila! ¿Está mi pedido?

—Por supuesto.

Sacó dos cajas. La primera contenía un biquini negro con corbata de moño, parodia de un esmoquin, la parte baja con enganche para dildo. La segunda, un conjunto de corsé blanco con liguero y velo corto: la novia. La tanga tenía una abertura estratégica.

—Perfectos. Gracias.

—Espera —dijo, y se metió en la trastienda. Volvió con un ramo improvisado hecho con consoladores de distintos tamaños atados con cinta blanca—. Regalo. Y mandame fotos de la boda.

Reímos las dos. Salí con la bolsa al brazo, todavía riéndome, y me senté frente al volante.

—Bueno, gatita, hora de volver a casa.

Dejé a Adriana a un par de calles de su apartamento, le susurré las órdenes para que despertara al cruzar el portal y arranqué hacia el mío.

No llegué nunca.

***

Las puertas se bloquearon solas. Un zumbido agudo brotó de los altavoces, me llenó la cabeza, me apretó las sienes. Intenté taparme los oídos. Inútil. Lo último que vi fue el semáforo en rojo de la esquina antes de que todo se apagara.

Cuando volví a abrir los ojos estaba atada a una mesa de acero. Cables, sensores, monitores que pitaban con un ritmo cansino. Un hombre alto, de piel oscura y bata blanca, revisaba pantallas sin mirarme. Otro, pelirrojo y de lentes finos, entró por una puerta corredera.

—El jefe va a pedir explicaciones —dijo el pelirrojo.

—Las tendrá —respondió el otro sin levantar la vista.

—¿No deberías estar haciendo control de daños?

—Ya casi está resuelto. Sus «amigas» están siendo procesadas y el apartamento se está vaciando ahora mismo.

—¿Y la misión de Camila? El cliente no va a estar contento.

—El cliente quería la empresa rival —respondió el pelirrojo—. Camila estuvo jugando con Adriana todo este tiempo. Solo necesitamos su palabra gatillo y la propia Adriana firma la venta.

Ahí entendí que sabían demasiado.

Me desperté de nuevo, no sé cuánto después, atada a una silla frente a una pared de monitores. Forcejeé. Las correas no cedieron.

—¿Quién eres? —preguntó una voz electrónica, sin género.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde estoy?

—Responde la pregunta.

—No les importa.

En las pantallas aparecieron tres mujeres, todas de piel clara, con distintos colores de pelo y de ojos.

—¿Reconoces a alguna de ellas?

Las miré una por una. Algo se removió en mi pecho, algo viejo, algo que no podía nombrar.

—Nunca las vi en mi vida —dije.

En la habitación contigua los dos hombres miraban la grabación.

—Hace unos meses se llamaba Andrea —comentó el de la bata—. Antes, Marilyn. El primer nombre que tuvo fue Sofía.

—Curioso que cada vez que se sale del programa, en el medio aparezca una mujer.

—Era una de las mejores neurólogas del mundo. Y de gustos muy concretos. No me extraña.

Sonó un teléfono. Cuando colgaron, el pelirrojo se acercó al monitor.

—El cliente aceptó el trato alternativo. Sacale la frase gatillo, sin demoras.

El zumbido volvió a entrarme por los oídos. Esta vez no me desmayé. Quedé paralizada, encerrada en mi propio cuerpo. De los brazos de la silla brotaron tentáculos delgados, mecánicos, fríos. Vi cómo me rasgaban la blusa y se ajustaban sobre mis pezones como pequeñas ventosas. Otros dos bajaron, partieron la falda, las bragas y las medias y se acomodaron entre mis piernas.

No pude gritar.

Empezaron a moverse. Despacio, primero. Después con un ritmo que parecía conocer cada punto de mi cuerpo mejor que yo misma. Los tentáculos sobre los pechos se encendieron en azul. Sentí los pezones hincharse, cubrirse de pequeñas líneas brillantes, como una red de circuitos creciéndome bajo la piel.

—No es la primera vez que lo veo —dijo el pelirrojo al otro lado del vidrio—, y sigo impresionándome.

—Los nanobots que le inyectaron en la conversión no solo la controlan —respondió el otro—. Convirtieron sus pechos en discos duros biológicos. Cualquier cosa que sepa queda almacenada ahí.

—¿Puede resistirse?

—Esa fue buena. Lo está disfrutando, te lo garantizo.

Y era verdad. Mi cara, en el monitor, ya no expresaba miedo. Acomodaba las caderas para que los tentáculos entraran mejor. Cada orgasmo me dejaba más vacía, más maleable. Horas después, mi inconsciente entregó la palabra que buscaban.

—Listo —dijo el de la bata—. Tenemos lo que veníamos a buscar.

—Entonces ya no necesitamos a Camila.

Los tentáculos cambiaron de azul a rojo. Los circuitos se extendieron desde mis pechos hasta cubrirme entera. Mi piel fue perdiendo color, mi pelo se decoloró hasta quedar blanco como un papel, mis ojos se vaciaron del todo. La silla y yo nos hundimos por un conducto en el suelo.

—Cuando dicen que las despojan de toda identidad, no exageran —oí decir al pelirrojo, en algún lugar lejos.

***

Epílogo.

Adriana Bensaude esperaba ser recibida por Rebeca Mendoza, presidenta de Lumen Corp. Se veía obligada a venderle su empresa: un fraude bancario millonario, ejecutado por su exsecretaria actualmente fugitiva, la había dejado sin opciones. Miraba la puerta del despacho como un condenado mira el cadalso. Jamás imaginó que la única oferta seria vendría justo de esa compañía.

Me hace esperar porque lo disfruta.

—Señorita Bensaude, la señora Mendoza la recibe —dijo la secretaria, una morena de pelo corto.

Adriana entró. El despacho estaba decorado con figuras de gatos: cuadros, esculturas pequeñas, hasta un par de muñecos rosados con lazo. Le pareció ridículo. Sonrió a medias.

—¿No te gustan mis figuritas? ¿Demasiado infantiles? —dijo una voz a su espalda.

Pegó un salto. Frente a ella estaba una mujer afrodescendiente de mediana edad, traje impecable, un gato negro de ojos verdes acomodado en los brazos.

—Perdón, no quise sonar despectiva.

—Tranquila, no la traje aquí para presumir mi colección. Siéntese.

Rebeca rodeó el escritorio. El gato la miraba sin parpadear, y Adriana sintió una incomodidad muy concreta, como si fuera un ratón en una habitación cerrada.

—¿El animal tiene que estar?

—Sombra es una gatita caprichosa. No puedo dejarla sola.

Adriana se quedó tiesa. La columna recta. La boca apenas abierta. Los ojos en blanco.

Rebeca pulsó el intercomunicador con una sonrisa torcida.

—Sofía, ratoncito de biblioteca, ven enseguida.

—Sí, ama —respondió una voz hueca al otro lado.

La puerta se abrió. Entró una mujer pálida, de pelo blanco como la nieve y ojos vacíos, vestida apenas con medias de red y botas de tacón alto. Rebeca le pasó el gato.

—Cuídamela mientras me entretengo con esta puta, ¿de acuerdo, linda?

—Sí, ama —respondió, y se retiró en silencio con el felino entre los brazos.

Rebeca se subió al escritorio, se levantó la falda y se separó las medias para mostrar lo que había debajo.

—Primera orden del día, puta. Lámeme.

—Sí, ama —respondió Adriana, mecánica.

Rebeca acarició el pelo blanco que asomaba detrás de la puerta entreabierta y sonrió.

—Me gusta cómo suena eso —murmuró—. Me gusta mucho.

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Comentarios (2)

NocheDePlata

Increible relato, no me lo esperaba para nada. El giro al final me dejó con la boca abierta!

LunaRosada_03

Necesito la segunda parte yaaaa, no puedes dejarnos así!!!

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