La cita de Carmen me besó en plena pista
Un año más, la misma despedida. Fiesta de fin de año con los compañeros de la facultad y media ciudad metida en el mismo local. Una de esas noches en las que todo el mundo come, pero sobre todo bebe sin medida, como si al día siguiente fuera a acabarse el mundo. Yo había conseguido algo casi imposible: que Carmen viniera conmigo.
Convencer a su padre fue un trabajo de paciencia. La familia de Carmen era muy cerrada, muy de guardar las formas, y cualquier cosa que pudiera manchar el «buen nombre» de su hija pesaba más que sus ganas de divertirse. Ella, sin embargo, era mucha Carmen. Le daba igual lo que opinara nadie. Tenía cuidado para no buscarse problemas serios, pero solía decir que, si alguna vez la pillaban, lo peor que podía pasar era una bronca enorme. Su padre la quería demasiado como para algo más.
Yo nunca quise complicarle la vida, así que siempre le preguntaba si podía venir o no, sin enfadarme cuando me decía que no. Pero aquella noche estábamos las dos allí, recién cenadas y bien cenadas, siguiendo mi consejo: si después íbamos a beber en serio, había que tener el estómago preparado para aguantar hasta la madrugada.
En el momento en que la pista estaba más llena, cuando ya no cabía ni un alma, sentí que alguien me agarraba por detrás. Un cuerpo se apretó contra mí y dos manos me rodearon la cintura para subir despacio hasta justo debajo de los pechos. Reconocí la voz antes que la cara.
—Cuánto tiempo sin verte. Te echaba de menos —me murmuró Rubén al oído.
—No me ves porque no quieres —le contesté girándome—. ¿Hoy vienes solo o con alguna de tus conquistas?
—Con mi novia —dijo, y se rió de mi cara de sorpresa.
—Vaya, al final te han pescado. ¿Y todo este abrazo a qué viene, entonces? ¿Quieres ponerle los cuernos antes de empezar? A mí no me metas en tus líos, que no quiero problemas.
—Qué va. Le he dicho que eres una amiga de toda la vida y que venía a saludarte, nada más. —Sonrió con esa cara de niño travieso que tan bien conocía—. Es que me pones, ya lo sabes.
En ese instante llegó hasta nosotros una chica que se colgó de su brazo con la familiaridad de quien marca territorio. Él, casi obligado, hizo las presentaciones.
—Mira, esta es Lorena, mi novia.
—Encantada, soy Marina —dije—. Rubén y yo coincidimos en la facultad hace mil años.
—Igualmente. Ya nos veremos para que me cuentes anécdotas de este diablillo —respondió ella con una sonrisa que no terminaba de creerse nada, y tiró de él—. Cariño, nos esperan los demás.
—Lo siento, tenemos que atender a la gente —dijo Rubén, con un tonito que dejaba claro que no le apetecía irse.
Donde manda capitán no manda marinero, chaval. Me parece que se te acabaron las diabluras.
Me di la vuelta y barrí con la mirada aquel mar de cabezas que se movían. A lo lejos distinguí la trenza rubia de Carmen. Estaba bailando frente a una chica un poco más baja que ella, y de lejos ya se notaba que la cosa iba bien. Pensé que mi amiga había ligado, algo que no era nada raro cuando ella andaba suelta.
Cuando llegué hasta ellas pude ver que la otra chica era, efectivamente, guapísima. No muy alta, con un escote generoso que sabía lucir y unos pechos firmes que se movían al ritmo de la música. Al girar en un lance del baile descubrí que tenía un culo precioso, embutido en unos pantalones finos que apenas dejaban nada a la imaginación. Para no estropearle el ligue a Carmen me acerqué con discreción y le pregunté si quería beber algo.
Carmen me miró, sonrió y me empujó suavemente hacia su acompañante.
—Vera, esta es Marina, la amiga con la que vine.
—Así que tú eres la famosa Marina —dijo Vera, y me plantó dos besos en las mejillas que, sin ser descarados, fueron mucho más sensuales de lo que exige cualquier saludo—. Ya que te ofreces, tráeme uno de esos combinados que te gustan a ti.
Asentí y me fui a la barra dejándolas riéndose la una de la otra. Volví, les dejé las copas y me marché otra vez. Sé reconocer cuándo sobro, y entonces sobraba. Hay que saber quitarse de en medio a tiempo.
***
Estuve un rato dando vueltas por la fiesta, saludando a unos y a otros según me caían o según con quién estuvieran. Después de varias copas el cuerpo me pidió tregua, así que pregunté por los servicios. El camarero me señaló un pasillo estrecho y mal iluminado, de esos que parecen sacados de una película de terror, repleto de gente: unos esperando turno y otros aprovechando la penumbra para cosas que no tenían nada que ver con esperar.
La cola no avanzaba. Decidí salir a tomar el aire y aguantar como pudiera. Volví a la barra y le pedí otra copa al mismo camarero, que me vio cruzar las piernas con ese gesto inconfundible de quien se está meando.
—¿Qué, no has podido ni entrar? —me preguntó con media sonrisa.
—Imposible. Está lleno y nadie se mueve. En el pasillo la gente hace de todo menos avanzar.
Tendría unos cincuenta años, las sienes plateadas y esa calma de quien ha visto pasar muchas noches como aquella. Le devolví la sonrisa, jugando.
—No me digas que tenéis un baño privado y que vas a ofrecérmelo a cambio de algo.
El hombre se quedó cortado, no esperaba semejante ataque, y se giró a ordenar cajas de refresco evitando mi mirada. Me dio pena.
—Perdona, no quería incomodarte —le dije—. Es que estoy desesperada de verdad. ¿Me llevas a algún baño antes de que me lo haga encima?
Se apiadó de mí.
—Ven, pero rápido, que no nos vean los demás camareros.
—¿Por qué? —pregunté con toda mi inocencia, caminando a su lado.
—Porque si te ven pensarán cualquier cosa, y al final el del problema soy yo. Tú entra, haz lo tuyo y sales, que yo vigilo.
Así fue. Entré, oriné por fin y salí mucho más tranquila. Él seguía allí, cumpliendo su palabra. Recogí mi copa, le di un beso de agradecimiento en la mejilla y volví a la pista.
***
No quería buscar a Carmen y arruinarle la noche con Vera, así que me puse a bailar sola. Al rato noté que alguien se acercaba por detrás y me hablaba pegado a la oreja.
—Hueles increíble.
Me di la vuelta sorprendida y me encontré con la cara de Vera. Antes de que pudiera reaccionar, me sujetó por las caderas y empezó a bailar conmigo de una forma que no dejaba lugar a dudas. Había metido un muslo entre mis piernas y cada movimiento era un roce buscado, mientras me miraba a los ojos y luego a la boca, mordiéndose el labio.
—¿Y Carmen? —pregunté, aunque el cuerpo me pedía justo lo contrario de frenar.
—Fue al baño y me dijo que te buscara mientras tanto. Te encontré aquí, bailando solita, y me pareció un crimen. Si te molesto me voy, ¿eh? No quiero estropear nada... si es que tienes algo —dijo, riéndose, y empezó a girar a mi alrededor.
Se movía con una soltura hipnótica. Yo no podía apartar la vista de ella, y sus manos no dejaban de recorrerme por todas partes. Me gustaba, pero a la vez seguía buscando a Carmen con la mirada, temiendo que aquello le sentara mal.
Justo entonces la música cambió a algo más lento, y todas las parejas aprovecharon para arrimarse. Intenté escaparme con la excusa de ir a por copas, pero Vera me agarró de la mano, me llevó al centro de la pista y me abrazó. Acercó la boca a mi oído.
—Carmen lo sabe. Ella me lo contó todo, lo vuestro también. Así que tranquila y disfruta mientras vuelve.
Mientras lo decía, una de sus manos había bajado hasta mi culo, acariciándolo en círculos, y la otra se apoyaba sin pudor sobre mi entrepierna, moviéndose despacio de abajo arriba. Yo flotaba. Sin pensar en nada más, busqué su boca. La encontré entreabierta, esperándome, y su lengua salió a recibir la mía.
En ese momento tuve la sensación de que todo lo que nos rodeaba se desvanecía. No había nadie más, solo ella y yo. Recorría mi boca con calma, parándose en cada punto, chupándome la lengua mientras seguía moviendo la mano entre mis piernas. Yo empecé a empujar la pelvis contra ella, buscando un contacto que la ropa me negaba. A día de hoy me río al imaginar la estampa: las dos besándonos en mitad de la pista, en una época en la que aquello bastaba para llevarte a comisaría.
Por suerte llegó Carmen y nos abrazó a las dos con tono de reproche fingido.
—Menudo par de descaradas. Tenéis a medio local mirando.
Nos separamos al instante. Carmen nos empujó hacia la barra, donde pedimos otra ronda. Mientras el mismo camarero de antes nos servía, ella seguía riñéndonos entre risas.
—En serio, por algo así nos pueden montar un lío. Que se nos echa todo el mundo encima.
El hombre se inclinó hacia mí y bajó la voz.
—Salid por donde fuiste a mear antes; al fondo hay una puerta que da al aparcamiento. Hay policía en la entrada. A lo mejor es una visita rutinaria, pero mejor no os arriesguéis. Quedaos fuera y os aviso cuando se vayan.
Le hicimos caso. Salimos al aparcamiento y nos metimos entre los coches, simulando fumar un cigarro. Pasó un buen rato sin novedad. Vimos un coche salir y perderse por la carretera, y poco después apareció el camarero.
—Ya podéis entrar, pero comportaos, por favor.
Antes de volver a la sala me acerqué a darle las gracias. Le pregunté cómo se llamaba.
—Tomás.
—Gracias por todo, Tomás. A ver si nos tomamos una copa otro día y te lo cuento con calma.
—Cuando quieras.
***
Dentro me esperaban mis amigas, muertas de curiosidad. Les conté lo de los dos favores y que solo había querido agradecérselos.
—No me digas que has estado ligando con el camarero —soltó Carmen riéndose—. Ya me extrañaba a mí tanta complicidad.
—Pero si es muy mayor —se asombró Vera.
—También le gustan mayorcitos —insistió Carmen, y yo la miré con cara de pocos amigos hasta que me puso un puchero y me desarmó, como siempre.
El susto de la policía nos había cortado el rollo. Vera, que era la más lanzada de las tres, propuso lo evidente.
—¿Pedimos unas copas y nos las bebemos en un sitio tranquilo?
—Nosotras vinimos andando —dije yo—. ¿Dónde vamos a parar, en mitad de la calle con el frío que hace?
—Tengo coche —contestó Vera—. Os llevo a casa después, no os preocupéis.
Carmen la miró fijamente, sonriendo.
—Pues siendo así, me apunto.
Recogimos los abrigos del guardarropa y nos despedimos de Tomás. El coche resultó ser un cochazo, prestado por su padre, con esos asientos delanteros de una sola pieza que, al abatirse, se unen con los de atrás y forman una especie de cama. Vera dio un rodeo hasta una zona de descampados junto al río, donde no molestábamos a nadie. Eran casi las cinco de la mañana y hacía un frío que pelaba, así que nos quedamos dentro.
Abatimos los asientos, nos repantingamos y empezamos a beber y a reírnos. Entre risa y risa, un beso con Vera; entre beso y beso, otro con Carmen. Vera, que se notaba experta en estas lides, nos puso una sola condición.
—No os desnudéis del todo, por si aparece algún mirón y hay que salir corriendo.
Se giró hacia mí, me empujó los hombros hasta tumbarme y empezó a besarme como en la pista, recorriéndome la boca con calma. Mis manos buscaron sus pechos, esos que tanto me habían llamado la atención al conocerla, y comprobé que eran como imaginaba: firmes, los pezones ya duros. Quise desabrocharle el sujetador, pero ella negó con la cabeza: solo bajárselo. Le di la razón y se los saqué de las copas. Bajé la cara y empecé a lamerle un pezón mientras le amasaba el pecho.
A su lado, Carmen le comía la boca y le acariciaba el culo. Vera se había sentado sobre mi vientre, muy cerca de donde yo la quería, y se balanceaba buscando el roce. Luego deslizó su boca por mis pechos, mucho más pequeños que los suyos, y se entretuvo allí jugando con la lengua, mientras yo notaba que Carmen me quitaba la ropa interior. No me hizo nada de inmediato: esperó hasta que Vera bajó del todo, y entonces le hizo lo mismo a ella.
Lo que vino después fue un desorden glorioso de manos y bocas. Vera me separó las piernas y su lengua me llenó por completo, entrando y subiendo hasta el punto exacto, una y otra vez, con un ritmo que sabía que no iba a poder aguantar mucho. Carmen se puso a horcajadas sobre mi cara y yo empecé a lamerla, a morderle el clítoris cada vez que ella se mecía hacia mi boca. Los cristales del coche se habían empañado, regalándonos una intimidad que afuera no existía.
Estábamos las tres a punto de estallar. Sentí cómo Carmen, sin avisar, alargaba la mano hacia el cuerpo de Vera, y Vera respondía con un gemido contra mí. Cada una buscaba el placer de la otra al mismo tiempo, encadenadas en una especie de efecto dominó: cuanto más cerca estaba una del orgasmo, más arrastraba a las demás. Vera empezó a temblar primero, recogiendo con la boca todo lo que yo le daba mientras seguía moviendo la mano dentro de Carmen.
Yo arqueé la espalda con el coño de Carmen sofocándome los gritos. Cuando ella se inclinó hacia delante, agarrándose a Vera para besarla con desesperación, se corrió temblando de una forma que nunca le había visto. Casi al instante me solté yo, sacudida por una corriente que me recorrió de la cabeza a los pies.
Cuando por fin abrimos las puertas, ya era de día. Eran casi las nueve de la mañana. Le quitamos el vaho a los cristales, nos recompusimos como pudimos y cada una se fue para su casa, despeinadas y muertas de risa.
Seguimos viéndonos las tres durante mucho tiempo. Y aunque luego tuvimos sitios mucho más cómodos donde hacerlo, por alguna razón siempre preferíamos aquel coche.