Mi amiga me besó en la ducha y ya no fui la misma
Me llamo Carla y llevo casi diez años casada con Diego. No voy a presumir de matrimonio perfecto, porque como casi todos hemos tenido nuestros altibajos. Ahora estamos en una calma rara, quizá porque dejamos de pelearnos por cambiar al otro. Esa guerra siempre se pierde, sobre todo en la cama.
Al principio Diego era apasionado. Hacíamos el amor seguido y con ganas. Entiendo que el tiempo, las cuentas y el cansancio pasen factura, pero a nosotros nos pasaron de más. Terminé resignándome a un sexo tibio, espaciado, sin chispa. Seguíamos teniendo relaciones, sí, pero solo por costumbre.
Hace un tiempo conocí a un compañero de trabajo de Diego y a su mujer, cuando los invitamos a cenar. Él se llama Rubén, un tipo serio que raya en lo pedante, de esos que creen tener siempre la razón. Ella, en cambio, me pareció encantadora desde el primer minuto: Lorena, alegre, despreocupada, con una risa que llenaba la casa. Nunca entendí cómo había terminado con alguien como Rubén.
A esa cena le siguieron muchas más. Diego y Rubén se hicieron uña y carne, y nosotras también. Una tarde Lorena me confesó que su matrimonio tampoco andaba bien, que su marido se había vuelto distante y que eso la apagaba por dentro. Nos reconocimos en la misma frustración.
En mayo, con unos días de fiesta, nos fuimos los cuatro a un pueblo de la costa. Tomamos dos habitaciones contiguas en el hotel, conectadas por una puerta interior, así que podíamos pasar de una a otra sin salir al pasillo. Eso nos daba una intimidad que entonces no supe medir.
El pueblo era pequeño y bonito, con una playa casi pegada al hotel y una piscina enorme. Diego y Rubén tenían planeado salir a pescar en una lancha alquilada que los llevaría mar adentro. Lorena y yo nos quedaríamos por nuestra cuenta. Todos contentos.
El primer día, después del desayuno, bajamos a la playa. Yo llevaba un bañador provocador, con un escote que apenas contenía mis pechos y la espalda al aire. Cuando Lorena me vio, soltó un silbido bajito.
—Tienes un cuerpo de envidia —me dijo.
—Mira quién habla —le respondí, y lo pensaba de verdad.
Nos dimos un baño largo. A esa hora la playa estaba casi desierta. Al salir del agua empecé a secarme y Lorena se ofreció a hacerme la espalda. No frotaba: acariciaba. Lo noté, pero preferí no darle vueltas. Después nos tumbamos al sol y ella, aprovechando que no había nadie, se quitó la parte de arriba del bikini. Era la primera vez que la veía así, y me sorprendió lo bonita que era.
—Hay que ponerse crema —dijo—. ¿Me das tú?
Le unté la espalda despacio. Cuando me la puso ella a mí, volvió esa caricia lenta, deliberada, que me recorría la columna como una pregunta.
—Tienes la piel suavísima —murmuró.
Esto no son imaginaciones mías. Pero no dije nada. Tenía miedo de equivocarme y arruinarlo todo.
***
A media mañana subimos a ducharnos antes del almuerzo. Nuestros maridos seguían en el mar y habían avisado de que no volverían a comer. Teníamos toda la mañana para nosotras.
Cada una entró en su habitación. Yo acababa de meterme bajo el agua cuando la mampara se abrió y entró Lorena, desnuda, decidida. Me quedé paralizada.
—Lorena, ¿qué…?
No terminé la frase porque me besó en la boca.
—Shhh. No digas nada.
Y volvió a juntar sus labios con los míos, esta vez más hondo, buscando mi lengua con la suya. Sin querer, abrí la boca y se la devolví. El agua nos caía encima y yo ya no sabía dónde terminaba el miedo y empezaban las ganas. Entonces me aparté.
—No. Esto no está bien.
—¿Por qué no? Me gustas. Y mucho.
Volvió a besarme y otra vez le respondí. Su boca bajó por mi cuello, por mis pechos, mientras sus manos me recorrían la espalda y se cerraban sobre mis nalgas con suavidad. Me gustaba, y eso era justo lo que me asustaba.
—Para —insistí, sin convicción.
Ella levantó la cabeza y me miró a los ojos.
—Tranquila. No va a pasar nada que tú no quieras.
Y siguió bajando. Me apoyé contra los azulejos, rendida, adelantando las caderas casi sin pensarlo. Cuando llegó a mi sexo, separó mis labios con la lengua y empezó a lamerme el clítoris con una paciencia que yo no conocía. Eché la cabeza atrás y dejé de pelear. Nunca una mujer me había tocado así, y el placer era distinto, más fino, más exacto, como si supiera de antemano cada cosa que mi marido tardaba años en no aprender.
Me corrí con un temblor que me dobló las rodillas. Lorena se incorporó con la cara radiante, feliz no solo por el orgasmo, sino por haber vencido mi miedo.
—¿Estás bien? —preguntó.
Solo pude contestarle con un beso largo, agradecido.
***
Pedimos que nos subieran la comida a la habitación. No quería romper esa burbuja. Mientras esperábamos, Lorena me desnudó sin prisa, desabotonando mi blusa, soltando el sujetador, dejando caer la falda a mis pies. Cuando trajeron las bandejas, me eché un albornoz por encima para abrir la puerta, y en cuanto el empleado se fue, ella volvió a buscarme.
—Eres preciosa —dijo, metiendo las manos bajo la tela—. Preciosa.
Nunca había tocado a otra mujer. Temía no estar a la altura, pero la calentura mandaba más que el miedo. La besé en el cuello, la fui desvistiendo, le acaricié los pechos, la cintura, el culo. Cuando estuvo desnuda fuimos a la cama y dejé caer el albornoz.
Nos enredamos en una urgencia sin freno, brazos y piernas buscándose, bocas que se separaban solo para morder otra parte. Metí los dedos en ella y gimió con fuerza, los ojos cerrados, concentrada en mi mano. Aprendí sobre la marcha, repitiendo en su cuerpo lo que me gustaba en el mío, hasta que se arqueó y estalló contra mi palma.
—Se enfría la comida —dije, riéndome.
—Hay algo que me apetece más —respondió, y bajó de nuevo entre mis muslos.
Su lengua encontró el ritmo enseguida, mientras sus manos me apretaban los pezones. Me corrí por segunda vez, en una marea que me dejó sin aire. Comimos tarde y frío, y no nos importó. Teníamos otra hambre.
***
Desde ese viaje, Lorena y yo nos convertimos en amantes. Y descubrí que ya no necesitaba pelear con Diego por su falta de atención: lo que me faltaba lo tenía en ella, sin súplicas ni reproches. El sexo con Lorena era mejor que cualquier cosa que hubiera vivido. Sabía lo que yo quería y se ocupaba de dármelo.
Incluso Diego notó el cambio. Estaba más contenta, me arreglaba más, canturreaba mientras ordenaba la casa. No imaginaba la causa, pero mi nueva coquetería le despertó deseos que llevaban tiempo dormidos. A mí, en cambio, sus manos ya me decían poco. Comparado con Lorena, todo en él me resultaba tosco. Evitaba acostarme con él siempre que podía, y casi siempre conseguía salirme con la mía.
Una tarde en que había quedado con Lorena, Diego llegó antes de tiempo. Yo estaba en ropa interior frente al espejo, peinándome.
—¿Tienes una cita con tu amante? —soltó, medio en broma.
Me heló la sangre. Había acertado sin saberlo.
—No seas tonto. Voy de compras y a tomar café con Lorena.
—¿Y por qué te pones tan guapa?
—Ya sabes que soy presumida.
Me acerqué a darle un beso y lo noté excitado, al límite. Llevábamos más de una semana sin tocarnos y se le notaba la urgencia. Intenté apurar para irme, pero me agarró del brazo.
—Anula la cita. Quédate.
—Diego, voy tarde. Para, por favor.
No paró. Me empujó contra el respaldo del sofá, me levantó la falda y, pese a mis protestas, me forzó. Fue rápido, mecánico, sin mirarme a la cara. Terminó enseguida y se fue a la cocina sin decir palabra, un poco avergonzado. Me arreglé el vestido, me pinté de nuevo y salí sin despedirme, con una sensación amarga clavada en el pecho.
Llamé a Lorena de camino.
—Voy a llegar tarde. Te quiero.
Cuando le conté lo sucedido, se puso seria.
—Eso fue una violación, Carla. Que sea tu marido no le da derecho a nada.
—Ya. ¿Y qué hago? En parte es culpa mía, no quiero acostarme con él.
—No tiene nada que ver. Si no aguanta, que se busque la vida. Pero a ti te respeta.
Tenía razón. Nos quedamos calladas un momento. Después, en una mesa al fondo de la cafetería, lejos de las miradas, su mano se deslizó bajo el mantel hasta mi muslo.
—Si alguien tiene que tomarte sin permiso —susurró—, quiero ser yo.
Me estremecí entera.
***
Un sábado nos invitaron a cenar a casa de unos amigos comunes. Éramos cuatro parejas. La casa quedaba a las afueras, una mansión con piscina y una mesa puesta en el jardín. Los anfitriones eran Hugo y Beatriz, él con dinero nuevo y ella todavía guapísima, alta y morena. A la otra pareja no la conocía: Sergio y Vanesa, de mi edad más o menos. Él, atractivo; ella, espectacular, con un escote enorme, tacones altos y unos ojos verdes que sabía usar.
Después de cenar, los hombres se quedaron fumando junto a la mesa. Beatriz nos invitó a bañarnos, y dijo entre risas que podíamos hacerlo desnudas si queríamos. Lorena aceptó enseguida; yo preferí esperar y fui al baño. Al salir, me topé con una escena que me clavó al sitio: Hugo y Vanesa se besaban en la cocina. Ella le tenía la polla fuera del pantalón y él le había metido la mano entre los muslos. No temían que los pillaran. Luego Hugo la empujó hacia abajo y Vanesa, obediente, se la metió en la boca.
Me escondí, pero no pude apartar la vista. Y casi sin darme cuenta, empecé a tocarme. Tan absorta estaba que no oí entrar a Vanesa en el baño, hasta que la tuve al lado. Giré la cabeza y me besó en los labios, sujetando mi mano para que no parara.
—Sigue —murmuró—. No te cortes.
La sorpresa no me cortó nada. Me la subió, y al poco la tenía de rodillas devorándome con una habilidad que me dejó temblando.
—Dios, así, me corro —jadeé, y estallé contra su boca.
Vanesa se levantó y me besó otra vez.
—Podemos repetir cuando quieras —dijo—. Llámame.
Cuando me recompuse y salí, Lorena seguía sola en la piscina. Me desnudé y entré con ella.
—Mira que eres guarra —me dijo, sonriendo.
Me llevó a la esquina más alejada de la casa. Desde allí, solo Beatriz y Vanesa podían vernos, y solo si se empeñaban. Lorena metió los dedos en mí sin que se notara demasiado; de frente, parecíamos dos amigas charlando. Yo le devolví la caricia bajo el agua y se armó un duelo silencioso por ver quién se corría antes. Gané yo, que aún arrastraba el calor de Vanesa. Un minuto después la hice temblar a ella, con unas convulsiones que agitaron el agua. Vanesa nos miraba desde la sala, pero a esas alturas ya sabía que aquello no la escandalizaba.
***
Vanesa nos invitó a cenar a su casa poco después. Estaba claro lo que buscaba, y yo me vestí para la ocasión. Cuando llegamos me miró de tal modo que me sentí desnuda. Al rato fue a la cocina por los entrantes y pidió que alguien la ayudara. Me ofrecí sin dudar.
Me recibió con un beso y empezó a frotarme entre las piernas por encima del pantalón.
—¿Te gusta, cariño?
—Dios, sí —suspiré.
Como tardábamos, apareció Lorena. Lejos de enfadarse, se unió: besaba a Vanesa mientras me acariciaba el culo.
—Esta noche va a ser mágica —dijo Vanesa—. Solo hay que entretener a los maridos.
Cené pensando en el postre. La casa era pequeña y arriesgada, así que cuando los hombres se fueron a ver la tele, terminamos escapándonos a un hotel con cualquier excusa.
—Es mi primer trío —confesé sin saber bien por qué.
—Pues te has estado perdiendo algo bueno, cariño.
Vanesa tenía un imán difícil de explicar, y sabía aprovecharlo. Nos sentó a Lorena y a mí en la cama, nos ordenó quitarnos las bragas y empezó a masturbarnos a la vez. Lorena me sujetó la cabeza y me obligó a besarla mientras Vanesa me tumbaba y sustituía los dedos por la boca. Era el mejor sexo de mi vida: la lengua de una, las manos de la otra, sin un solo hueco para pensar. Estallé en un orgasmo que me vació.
Después Vanesa y Lorena siguieron entre ellas, masturbándose hasta que Lorena se vino primero. Yo, todavía encendida, hundí la cara en el sexo de Vanesa hasta arrancarle un orgasmo hondo y silencioso. No nos hizo falta ningún hombre. Nos prometimos repetir cuanto antes.
***
Vanesa entró en nuestras vidas como una más. Salíamos a bailar, de compras, a tomar café. A Lorena y a mí nos bastaba la una con la otra, pero Vanesa era insaciable: podía acostarse con nosotras y media hora después con un desconocido. Adicta al sexo en cualquier forma. Yo arrastraba reparos y algo de miedo, pero ella me fue empujando con cuidado hacia un mundo que ni sospechaba.
Una noche salimos las dos solas. Me llevó a un local con portero, de esos que dejan pasar según reglas que no entiendes. A nosotras nos abrió sin preguntar. Dentro había una barra, una pista y mesas en penumbra. Yo iba hacia allí, pero Vanesa me frenó.
—Eso es para los novatos. Sígueme.
Subimos. Otra puerta, otro portero. Vanesa le mostró algo y nos dejó pasar a un pasillo oscuro donde, cada pocos metros, se abrían pequeños salones con sofás y gente follando a la vista. Hombres con mujeres, mujeres con mujeres, parejas, tríos. Yo miraba con los ojos muy abiertos.
—Esto es el paraíso —me explicó—. Haces lo que quieras con quien quieras. O nada. Tú pones los límites. Pero prueba algo nuevo.
Se unió a un grupo y me dejó sola. Encima de una puerta vi un cartel: «Sauna». Decidí entrar. Había taquillas para la ropa y, dentro, una gran sala con reservados alrededor de una piscina. Me senté en uno vacío. Al rato entró una rubia de pechos enormes que me recorrió de arriba abajo con la mirada, se rió y vino a sentarse a mi lado.
—Soy Dakota.
—Carla.
Sin más, puso la mano sobre mi muslo. Iba a apartarla, pero recordé el consejo de Vanesa y me dejé llevar. Empujó para que abriera las piernas y llevó los dedos a mi sexo.
—Eso es, cielo.
Me miraba fijo, estudiando cada gesto. Cuando empecé a morderme el labio, bajó la voz.
—Vamos, enséñame cuánto te gusta.
Hurgaba con más prisa cuanto más me veía perder el control. Verme caliente la encendía a ella, y no paraba de hablarme al oído. Me llevó al límite sin esfuerzo y me corrí mordiéndome la mano, mientras ella gemía casi más que yo, solo con mirarme.
Salí, me duché, y un hombre me tendió un conjunto de lencería de encaje con medias y liguero.
—Póntelo.
Me calzó unos tacones de aguja y me llevó de la mano a una habitación totalmente a oscuras. Se marchó. Durante unos segundos no pasó nada. Después sentí unas manos en la espalda, en el culo, en los pechos. Alguien me puso a cuatro patas y, de frente, otro me acercó su polla a la boca. No veía nada, no sabía quiénes eran, y ese morbo me desbordó. Se la chupé mientras notaba que el de atrás me lubricaba y empujaba despacio.
Nunca me habían tomado por detrás. La presión, el ardor, la sensación de estar llena por completo, todo era nuevo y demasiado intenso. Aceleré la mamada al ritmo de sus embestidas, hasta que los dos terminaron casi a la vez. Después alguien me llevó de vuelta a las taquillas.
—Quédate la ropa interior —dijo—. Es un regalo.
***
Me acostumbré sin remedio a las sorpresas de Vanesa. Otro día me llevó a un salón de belleza con «un servicio muy especial»: un masaje a cuatro manos en una sala con dos camillas. Nos desnudamos, nos tumbamos boca abajo y entraron dos mujeres altísimas y preciosas, con batas blancas. Empezaron con una crema tibia que olía a vainilla, frotando la espalda, las piernas, el culo, hasta que dejé de pensar en nada.
Luego nos dieron la vuelta y la cosa cambió. Primero los pechos, con una delicadeza exquisita; después el sexo, llevándome a un punto que no creía posible en una camilla. Vanesa, como siempre, quería más: desató el cinturón de su masajista, una morena de cuerpo de modelo, y la hizo subirse a frotarse contra ella, piel contra piel. Verlo mientras unas manos expertas me trabajaban entre las piernas me arrancó el primer orgasmo de la tarde.
La imité con la mía, una pelirroja de melena sedosa que me barría el cuerpo mientras buscaba mi clítoris. Al otro lado, Vanesa ya masturbaba a su morena, que se vino primero. Eso me empujó al segundo orgasmo, pero yo seguía sin saciarme. Cuando al fin Vanesa terminó, las masajistas se marcharon y ella se acercó a mi camilla y me devoró sin pausa, hasta hacerme estallar en un tercer orgasmo devastador. Por fin, saciada.
Lorena me había mostrado el camino, pero fue Vanesa quien me abrió los ojos del todo. Ya no era la misma mujer. Diego y yo acabamos separándonos. Aquella vida gris, el sexo rutinario, la resignación de los primeros años: todo eso lo dejé atrás sin un solo remordimiento.