Lo que descubrí con mis dos amigas la última noche
Me llamo Marisol y hasta hace poco más de un año creía conocerme bastante bien. Tengo cuarenta y seis años, estoy casada, dos hijos ya mayores que hacen su vida lejos de casa, y una rutina que parecía cerrada para siempre. Soy de pelo cobrizo y ojos oscuros, de las que aún se giran a mirar por la calle, aunque eso lo digo yo, no sé si lo dirían los demás.
Todo empezó el verano pasado. Mi marido decidió pasar los meses de más calor trabajando desde la casa que tenemos en un pueblo de la sierra, y se llevó a los chicos. Yo me quedé en la ciudad, sola, con demasiadas horas por delante. Una cosa llevó a la otra: primero fueron mensajes subidos de tono con él, y de ahí, casi sin darme cuenta, terminé curioseando lugares y conversaciones que nunca habían formado parte de mi vida. Descubrí que me atraían cosas que jamás me había permitido pensar.
Así conocí a Lorena y a Dafne, las mujeres de dos amigos de mi marido. Las tres habíamos coincidido en cenas y barbacoas durante años, sonriéndonos por encima de la mesa, sin imaginar lo que vendría. Bastó una tarde, un par de copas de más y una confesión a medias para que se rompiera el hielo. Desde entonces nos habíamos visto varias veces, siempre con la casa vacía y la promesa silenciosa de que nadie más se enteraría.
A finales de diciembre me llamó Lorena.
—Su marido vuelve tarde toda esta semana —dijo, sin rodeos—. Tenemos la casa para nosotras. Deberíamos despedir el año como Dios manda.
No hizo falta que explicara qué quería decir. Quedamos el último jueves de diciembre, el día de los Santos Inocentes, para nuestra propia celebración privada.
***
Llegué la primera. Lorena me abrió con un vestido rojo cortísimo, escotado hasta un punto en que costaba mantener la mirada arriba. Yo había elegido uno negro, igual de corto, aunque escondido bajo un abrigo largo que me protegía del frío de la calle. En cuanto crucé el umbral cerró la puerta, me ayudó a quitarme el abrigo y se quedó un instante observándome.
—Este año ha sido especial por haberos conocido a vosotras dos —murmuró.
Y me besó allí mismo, en el recibidor, despacio, como si tuviéramos toda la noche por delante. La tenía.
Me llevó de la mano hasta su dormitorio. Nos tumbamos sobre la cama de matrimonio y volvimos a besarnos, esta vez sin prisa pero sin tregua. Le bajé los tirantes del vestido, ella tiró del mío, y entre risas tontas y dedos torpes nos fuimos quedando en ropa interior. Ella, un conjunto color piel; yo, uno negro a juego con el vestido.
—Levántate —le pedí—. Quiero hacerlo bien.
Aceptó. Me coloqué detrás, le desabroché el sujetador y sus pechos quedaron libres. Bajé las manos por su vientre, enganché el borde de su tanga y lo deslicé hacia abajo, centímetro a centímetro, hasta dejarla completamente desnuda. La hice tumbarse y yo terminé de quitarme lo que me quedaba.
Me coloqué sobre ella, encajando mi cuerpo contra el suyo hasta que el roce nos arrancó a las dos un suspiro. Nos movíamos despacio, besándonos con la respiración cada vez más entrecortada.
—Esto que tenemos las tres es de lo mejor que me ha pasado en años —dijo ella contra mi boca.
Me incliné para atrapar uno de sus pezones entre los labios. Perdimos el contacto de antes, pero su sabor y la manera en que arqueaba la espalda compensaban de sobra. Gemía bajito, una mano enredada en mi pelo, empujándome para que no parara.
—Lo haces mejor que nadie —jadeó—. No pares.
No tenía intención de parar. Cuando noté que sus gemidos cambiaban de tono, que se volvían más cortos y urgentes, supe que estaba cerca. Quería que aquello fuera intenso, así que volví a subir y a unir nuestros cuerpos, marcando un ritmo firme. Ella se aferró a mis caderas, clavó los talones en el colchón y se dejó ir con un temblor largo que sentí recorrerla entera.
No me aparté. No quería romper el momento. Pero entonces sonó el timbre.
—Esa tiene que ser Dafne —rió Lorena, todavía agitada.
Se puso una bata y salió a abrir. Las oí hablar en el pasillo, sus voces acercándose, y al rato Dafne entró de su mano. Llevaba una minifalda negra, medias a juego y una blusa de un morado brillante. Me miró desnuda sobre la cama, miró a Lorena soltando la bata, y arqueó una ceja.
—Veo que no me habéis esperado —dijo, fingiéndose ofendida.
***
Me levanté y me situé detrás de ella mientras Lorena se ponía delante. La rodeamos entre las dos. Lorena la besó en la boca; yo le giré el rostro hacia mí y la besé también, sintiendo cómo se le erizaba la piel del cuello. Le desabrochamos la blusa y descubrimos que no llevaba nada debajo. Lorena se lanzó a sus pechos y yo bajé por la línea de su garganta, dejando un rastro de besos.
—Si os ponéis así, os perdono —dijo entre risas, aunque la voz ya le temblaba.
Encontré la cremallera de su falda y la dejé caer al suelo. Quedó cubierta solo por un tanga azul celeste que tampoco duró mucho. Cuando estuvo tan desnuda como nosotras, la tumbamos en la cama. Lorena se colocó entre sus piernas y empezó a lamerla; yo me senté a horcajadas sobre su cara y le ofrecí mi sexo. Dafne aceptó la invitación sin dudarlo.
Su lengua era hábil, paciente, y a la vez me clavaba los dedos en los muslos cada vez que Lorena la sorprendía abajo.
—Qué malas sois las dos —jadeaba, apartándose un segundo—. Me vais a volver loca.
Yo también gemía. El placer me subía en oleadas y, cuando llegué, ella no perdió detalle. Después se relamió, satisfecha, mientras Lorena seguía concentrada en su tarea.
Le tocaba a Dafne. Me bajé y me tendí a su lado, junté mi boca con la suya y llevé las manos a sus pechos, amasándolos despacio. Apenas hacía unos meses que nos conocíamos de este modo y, sin embargo, los tres cuerpos parecían saber ya dónde tocar, cuándo apretar, cuándo aflojar. Lorena no aflojó: insistió con la lengua hasta que Dafne se separó de mi boca para soltar un gemido largo, rendida del todo.
—Con vosotras lo paso mejor que con nadie —dijo cuando recuperó el aliento.
***
La noche se volvió un intercambio sin pausa. Dafne señaló a Lorena con una sonrisa pícara.
—Ahora me toca a mí hacerte gemir.
Lorena se tumbó con las piernas bien abiertas y Dafne se arrodilló entre ellas. Yo me deslicé debajo de Dafne, en posición invertida, de manera que su cuerpo quedó apoyado sobre el mío. Mientras ella trabajaba a Lorena, yo la atendía a ella, y el roce de nuestras pieles añadía una capa más a todo aquello.
—Qué bien has aprendido —jadeó Lorena, agarrada a las sábanas.
Dafne no tardó en correrse sobre mi boca, con un estremecimiento que la hizo reír y gemir a la vez. Lorena, por su parte, gritaba cada vez más fuerte, hasta que se rindió con un temblor que le sacudió todo el cuerpo.
Nos quedamos las tres tumbadas, recuperando el aliento, enredadas unas en otras. Lorena fue la primera en hablar.
—Con mi marido estoy bien —dijo, mirando el techo—, pero esto nunca lo había sentido.
—A veces me da miedo lo mucho que me gusta —confesó Dafne en voz baja—. Y a la vez no quiero que se acabe.
—Pues no dejemos que se acabe esta noche —respondí yo.
Me reí por dentro pensando en lo lejos que había quedado la mujer que era hacía un año. Quería a mi marido, de verdad que sí, y esperaba que nunca llegara a enterarse de nada de esto. Pero aquella parte de mí que había descubierto en silencio se había vuelto imposible de ignorar.
***
Lorena se levantó de pronto, con esa energía suya de quien siempre tiene un as guardado.
—Ya va siendo hora de algo de compañía masculina —dijo, guiñando un ojo.
Fue hasta el armario, abrió un cajón del fondo, rebuscó bajo la ropa interior y sacó un consolador de proporciones más que generosas. Dafne abrió mucho los ojos.
—¿Y tu marido nunca mira ahí? —preguntó—. ¿No te da miedo que lo encuentre?
—Para nada —rió Lorena—. Él siempre revuelve el otro cajón, el de los tangas bonitos. Este lo tiene completamente olvidado.
Volvió a la cama con su tesoro en la mano. Yo sujeté con suavidad las piernas de Dafne, que no apartaba la vista del juguete, entre el deseo y el nervio. Lorena lo deslizó en su interior con cuidado, primero despacio, luego con un ritmo firme, mientras yo me ocupaba de besarla y de jugar con sus pezones. Dafne se mordía el labio para no gritar demasiado.
—¿Qué me estáis haciendo? —gimió—. Me vais a matar de gusto.
Lorena no se detuvo hasta que Dafne se arqueó por completo y se dejó ir con un grito que llenó la habitación. Entonces me buscó con la mirada.
—Ahora tú, Mari.
Me abrí de piernas. Lorena me penetró con la misma paciencia y, de inmediato, la sensación me partió por la mitad. Dafne, recuperada, me devolvió las atenciones de antes con una destreza que no tenía meses atrás. Entre las dos me llevaron a un orgasmo que me dejó sin voz, agarrada a las sábanas, riéndome y temblando al mismo tiempo.
Cuando recuperé el aliento, Dafne miró a Lorena con picardía.
—¿Y por detrás te lo has metido alguna vez?
Lorena puso cara de susto.
—Eso es demasiado grande. No me va a entrar.
—Déjanos a nosotras —dije—. Ponte a cuatro patas.
Lo hizo. Yo me coloqué debajo y empecé a atenderla con la lengua mientras Dafne, que había captado la idea, preparaba el terreno con paciencia y cuidado. Poco a poco, lo que parecía imposible dejó de serlo. Lo que arrancó como un quejido de Lorena se transformó en gemidos cada vez más hondos, hasta que se corrió de nuevo, deshecha sobre la cama.
***
Me hubiera gustado detener el tiempo, pero la noche se acababa y cada una tenía su casa esperando. Mientras nos vestíamos, hablamos del año que estaba por empezar. No eran los típicos propósitos vacíos de fin de año; después de todo lo que habíamos descubierto juntas, sabíamos que lo que prometíamos lo íbamos a cumplir.
—El año que viene tenemos que atrevernos con algo más —dije, abrochándome el abrigo.
—Con calma —respondió Lorena—. Lo bueno no hay que apurarlo.
Dafne y yo salimos juntas a la calle helada. Caminamos un trecho en silencio, todavía con la sonrisa pegada, y en la esquina cada una tomó su camino. Subí al coche pensando que aquella había sido, sin ninguna duda, la mejor despedida de año de toda mi vida. Y que la siguiente prometía ser aún mejor.