Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La masajista que mi amante me recomendó esa noche

Después del segundo encuentro ya no me quedaba ninguna duda: me gustaban las mujeres, y por primera vez en mucho tiempo me sentía completa. Lucía había cambiado algo en mí que no sabía explicar. Pensaba en su cuerpo a cualquier hora, en cómo encajábamos cuando estábamos juntas, en esa manera suya de mirarme antes de besarme.

Hablábamos casi todos los días, pero vernos era otra historia. Las dos trabajábamos demasiado. Yo soy secretaria en un estudio de abogados y mis semanas eran un caos de carpetas, llamadas y plazos. Aun así, en medio de cualquier reunión, mi cabeza se escapaba hacia ella.

Esa semana en particular me había dejado destruida. Entre el estudio y el gimnasio apenas dormía. Hago fisicoculturismo y estaba en plena preparación para competir, así que entrenaba duro todas las tardes. El cuerpo me pasó la factura: hombros agarrotados, la espalda hecha un nudo, un dolor sordo en las piernas que no se iba con nada.

Necesitaba descontracturarme con urgencia. Llamé a Esteban, mi masajista de siempre, pero estaba fuera de la ciudad y no volvía hasta la semana siguiente. No conocía a nadie más, así que marqué el número de Lucía.

—Hola, hermosa —contestó—. ¿Cómo estás?

—Hecha pedazos —le dije, dejándome caer en el sillón—. Necesito un masaje y Esteban no está. ¿No conocés a alguien de confianza?

—Conozco a la mejor. Se llama Vanesa, tiene unas manos increíbles. Te paso el número.

Un segundo después me llegó el contacto, y enseguida otro mensaje suyo: «Pedí turno tranquila, vas a quedar relajada y satisfecha. Confiá en mí, jaja».

—Gracias, amor —escribí—. Te debo una.

Sin perder tiempo llamé al número. Una voz grave y serena me atendió y acordamos el viernes a las siete de la tarde. Anoté la dirección: séptimo piso, departamento setenta y cuatro.

***

Llegué puntual. Toqué el timbre y la puerta se abrió. Frente a mí apareció una mujer que no se parecía en nada a lo que había imaginado. Alta, de pelo corto y negro, ojos marrones que parecían medir cada gesto. Tenía un cuerpo atlético y fuerte, brazos musculosos cubiertos de tatuajes, una espalda ancha y unas piernas largas que llenaban el short negro que llevaba. La playera de algodón se le pegaba al abdomen y dejaba adivinar cada músculo.

—Pasá —dijo con una media sonrisa, haciéndose a un lado.

El departamento olía a algo cálido, a madera y a flores. Me hizo pasar a una habitación con una camilla de sábanas blancas, una estantería con frascos de aceite, toallas dobladas y varias velas aromáticas encendidas. La luz era tenue y el perfume invitaba a soltar el cuerpo.

—¿Cuál de las opciones querés tomar? —me preguntó.

—Me da lo mismo. ¿Cuál me recomendás?

—La más larga. Lleva más tiempo, pero el resultado es otra cosa. Claro, si me aguantás el ritmo.

—Lo voy a aguantar —dije, picada—. Estoy en forma.

Me sostuvo la mirada un segundo de más y señaló un biombo en una esquina.

—Ahí podés cambiarte.

—¿Me saco toda la ropa? —pregunté.

—Quedate en ropa interior, pero sin corpiño.

Entré detrás del biombo, me desvestí y me recogí el pelo en un rodete. Me quedé con una tanga azul, agarré una toalla y subí a la camilla boca abajo. Acomodé la cara en el hueco, los brazos a los costados, y esperé. El perfume de las velas me fue aflojando la mente antes incluso de que ella entrara.

***

Escuché sus pasos y la puerta cerrarse. Puso música suave.

—Bueno —dijo—, empezamos tranquila.

Se ubicó al costado de la camilla, retiró la toalla y dejó caer el aceite tibio sobre mi espalda. Sus manos eran grandes y firmes. Empezó por los hombros, el cuello, la parte alta de la espalda, y el primer contacto me arrancó un suspiro. Sentí cómo el nudo de toda la semana cedía bajo su presión.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Me encanta cómo lo hacés —murmuré.

—Esperá, recién arranco. Falta lo mejor.

Sus manos recorrían mi espalda con una intensidad creciente. Subían y bajaban desde la cintura hasta el cuello, trazaban círculos con las palmas y a veces con los codos. Caí en una calma profunda, como si el cuerpo se me volviera líquido.

Después de unos minutos bajó a mis pies. Los untó con aceite y los presionó punto por punto. El tacto me hizo estremecer de una manera distinta, menos relajada, más despierta.

—Tranquila —dijo, y empezó a subir despacio por mis piernas.

—Tenés unas piernas bien talladas —comentó, deteniéndose en los gemelos.

—Gracias.

—¿Cómo te sentís?

—Como en las nubes.

Sus manos siguieron subiendo. Cuando llegaron a la curva de mis glúteos, los apretó con fuerza, una, dos, varias veces. No se detuvo, no se disculpó. Siguió amasando como si fuera parte del trabajo, y yo no dije nada. Algo se había encendido y las dos lo sabíamos.

La sentí ir y venir por la habitación. Y de pronto noté su peso: se montó a horcajadas sobre mis muslos, apoyada en mí. Por reflejo apoyé las palmas en la camilla para incorporarme, pero ella, con una mano firme en mi espalda, me volvió a recostar.

—Tranquila —dijo, con voz baja—. Relajate, que ahora viene lo mejor.

Echó más aceite y el calor de sus manos sobre mi piel me recorrió entera. Mi respiración empezó a cambiar y ella lo notó. Se acostó sobre mi espalda con todo su cuerpo, me tomó de los hombros y sentí sus pechos firmes contra mí, sus caderas pegadas a las mías.

Acercó la boca a mi oído.

—Sos hermosa —susurró, y empezó a besarme el cuello, a mordisquearlo con suavidad.

Quise arquearme, pero su peso me sostenía. Su aliento tibio me erizaba la nuca.

—¿Querés que pare? —preguntó.

—No —contesté sin dudarlo—. No pares.

Giré la cabeza buscando su boca y ella ya venía hacia la mía. Nos besamos hondo, sin apuro al principio y luego con hambre. Mientras tanto movía las caderas contra mí, despacio, marcando un ritmo que me dejaba sin aire.

—Date vuelta —dijo, apartándose.

Le hice caso. Recién entonces la vi de frente: la firmeza de sus pechos, lo tensa que estaba. Se montó otra vez sobre mí y nos besamos con los cuerpos enredados, piel contra piel.

Con una destreza que delataba experiencia, deslizó mi tanga hacia abajo. Abrí las piernas y dejé que se acomodara contra mí. Nos abrazamos fuerte, las lenguas buscándose, el cuerpo entero pidiendo más.

Empezamos a movernos juntas, sexo contra sexo, en un vaivén que fue subiendo de intensidad. Le pasé un brazo por la espalda y con la otra mano le agarré los glúteos, clavando las uñas. Ella se sostenía de mis hombros, y entre las dos el ritmo se volvió frenético.

—¿Te gusta así? —preguntó, agitada.

—Sí —jadeé—. Más fuerte.

Nos mirábamos a los ojos sin dejar de movernos. La camilla se corrió unos centímetros con el empuje. Ninguna aflojaba.

—Esta noche quiero ser tuya —le dije.

—Esta noche vas a ser mía —respondió.

Eso terminó de encendernos. Seguimos hasta que el orgasmo nos alcanzó casi a la vez, dejándonos temblando, sudadas y sin aire sobre la camilla angosta.

***

Tomamos un respiro y Vanesa me llevó de la mano a otra habitación, a una cama de verdad. Me recostó y empezó a bajar por mi cuerpo con la boca, dejando un rastro de besos hasta llegar entre mis piernas. Lo que hizo con la lengua me arrancó un orgasmo intenso en pocos minutos. Después subió a besarme y me hizo probar mi propio sabor en su boca.

Quise devolverle todo. La acosté boca arriba y bajé por su vientre hasta hundir la cara entre sus muslos. Mientras la recorría con la lengua, ella me empujaba la cabeza con una mano y con la otra se acariciaba los pechos. No tardó en llegar, y yo no me detuve hasta sentirla aflojar.

Vanesa se levantó y fue hasta el placard. Volvió ajustándose un arnés con un consolador grande.

—Esto es para más tarde —dijo, con una sonrisa pícara—. Primero, ponete en cuatro.

Obedecí. Me separó las nalgas y me dedicó un rato largo a esa zona con la boca y la lengua, hasta dejarme temblando otra vez.

—Ahora subí a cabalgarme un rato —dijo, acostándose boca arriba—. Después te tengo una sorpresa.

—Me encantan las sorpresas —contesté.

Me monté sobre ella y empecé a moverme, sintiendo cómo mis caderas chocaban contra las suyas. Me incliné hacia adelante y ella me abrazó por la espalda, firme.

—Ahora viene tu sorpresa —me susurró al oído.

De repente sentí que alguien más subía a la cama, unas manos que me agarraban las caderas desde atrás, que me acariciaban con una familiaridad que reconocí al instante. Quise girarme, pero Vanesa me tenía bien sujeta.

—Soy yo —dijo una voz que conocía de memoria—. Sorpresa.

Era Lucía. Mi Lucía. Estaba ahí, detrás de mí, y todo cobró sentido de golpe: la recomendación, el «confiá en mí», el «jaja» del mensaje. Lo habían planeado entre las dos.

—Vos también traés arnés —alcancé a decir, entre la sorpresa y las ganas.

—Para vos, mi amor —contestó, besándome la espalda.

Quedé entre las dos, entregada por completo. Mientras una me llenaba, la otra esperaba su turno, y el ritmo de las dos me tenía al borde sin descanso. Me dejé llevar entre gemidos, repitiendo sus nombres, perdida en una marea que no me daba respiro.

—¿Te gusta tener a tus dos amantes juntas? —me preguntó Lucía al oído.

—Sí —jadeé—. No paren.

Las tres llegamos casi al mismo tiempo, deshechas, sudadas, riéndonos entre el cansancio. Después me apoyé contra la pared, de pie, y Vanesa me abrió las piernas mientras Lucía se ocupaba de ella desde atrás. El vaivén de las tres nos dejó otra vez al borde, las estocadas cada vez más profundas.

En algún momento Vanesa me empujó de nuevo a la cama, se montó encima y me mordió los hombros mientras me embestía. Lucía la apartó con suavidad para ocupar su lugar, me tomó los pechos y me hizo terminar mirándome en el reflejo del espejo, viendo cómo subía y bajaba sobre mí.

***

Estábamos las tres rendidas cuando Vanesa apareció con unas cervezas frías para recuperarnos. Brindamos entre risas, todavía agitadas, la piel pegajosa y la cabeza flotando.

El último round lo marcó ella: me puso en cuatro y me tomó de las caderas, susurrándome al oído que esa noche era suya. Lucía se sumó otra vez, una mano enredada en mi pelo y la otra clavada en mi cintura, hasta que el placer me partió en dos y grité sin poder contenerme.

Después de eso caímos dormidas casi al instante, una encima de la otra, sin fuerzas para nada más.

Cuando desperté, Vanesa estaba en el medio. Lucía y yo dormíamos de costado, las cabezas apoyadas en su pecho, abrazadas a ella. Sonreí en la penumbra. Había llegado buscando aflojar los músculos una hora, y me iba con la certeza de que esas dos mujeres, cada una a su manera, se habían vuelto imprescindibles para mí.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

carla_mdq

Que relato!! me lo lei de un tiron sin parar. Increible.

PrimeraLectora

Por favor seguí con esto, quede con ganas de mas. La situacion que armaste es genial

NachoQ_lector

jajaja el titulo ya me atrapó antes de empezar a leer, y el relato cumplió de sobra. Muy bueno!

Valeria_NocheBQ

Me encanto la forma en que lo narraste, sin ser vulgar y con mucho detalle de lo que siente la protagonista. Espero que haya segunda parte!

LectoRosa_cl

Que bien escrito, uno se imagina todo claramente. Seguí escribiendo por favor!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.