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Relatos Ardientes

Mi orientadora me citó en un mirador al atardecer

Después de aquel primer miércoles, algo se había roto entre nosotras y ninguna de las dos quería repararlo. Seguí yendo a sus charlas de orientación como cada semana, en el mismo despacho pequeño del segundo piso de la facultad, pero ya no eran lo que habían sido. Hablábamos más, nos escribíamos por las tardes, y en los descansos ella salía de su oficina y se sentaba conmigo en el mismo banco del patio. Para cualquiera que pasara, éramos una alumna y su asesora conversando sobre matrículas y plazos. Solo nosotras sabíamos lo que de verdad cruzaba el aire cada vez que se rozaban nuestras rodillas.

Se llamaba Mariana y llevaba años trabajando en el centro de orientación de la universidad. Tenía esa serenidad de quien ha aprendido a esperar, y una manera de mirarme por encima de la taza de café que me dejaba sin argumentos. Yo tenía veintitrés años y creía saberlo todo sobre mí misma hasta que ella empezó a desmentirme con cada silencio.

Un viernes por la tarde me llegó un mensaje suyo. Quería que nos viéramos, fuera del campus esta vez. Lo leí tres veces antes de responder, con el corazón golpeándome en la garganta. Le escribí que había un parque cerca de mi casa donde podíamos vernos, y le pasé una referencia para que me encontrara. Ella contestó enseguida con una hora exacta y un «allí estaré» que releí más veces de las que admitiría.

Todavía faltaba un rato, así que me bañé sin prisa y me arreglé pensando en ella. Elegí una falda que no me ponía casi nunca y me miré demasiado tiempo en el espejo. Antes de salir le dije a mi madre que iba a casa de una amiga, a pocas calles de la nuestra, y que volvería algo tarde. Me dio permiso sin levantar la vista del televisor. Mentir me resultó más fácil de lo que esperaba, y eso me asustó un poco.

Cuando vi su coche detenido junto al parque, caminé lo más rápido que pude sin echar a correr. Abrí la puerta, subí y me abroché el cinturón con dedos torpes. Era la primera vez que estaríamos juntas en un lugar que no fuera la facultad, y los nervios me apretaban el estómago. Ella se inclinó y me dio un beso en los labios, breve, como quien sella algo. Yo solo pude sonreír.

—Te voy a llevar a un sitio cerca de mi casa —dijo, poniendo el coche en marcha.

—Vale —respondí, con la voz más firme de lo que sentía por dentro.

—Tenía muchas ganas de verte. Hoy no encontré ni un hueco para pasar por el patio y te eché de menos toda la tarde.

—Yo también —admití—. Te vi muy ocupada y no quise molestarte.

—Nunca me molestas. —Apartó un segundo la mirada de la carretera para clavarla en mí—. Tuve mucho trabajo, es verdad. Pero pienso compensarlo esta noche.

El trayecto se me hizo a la vez eterno y demasiado corto. Hablamos de tonterías, de una película que las dos habíamos visto, de lo mal que olía el ambientador de su coche, y entre frase y frase su mano dejaba el cambio de marchas para posarse un momento sobre mi rodilla. Llegamos a una urbanización tranquila, le franquearon el paso en la entrada y condujo por calles silenciosas hasta una especie de mirador en lo alto. Estaba vacío. Desde allí, las casas quedaban muy abajo, como un mapa de luces, y nosotras arriba, lejos de todo y de todos.

Apagó el motor y se quitó el cinturón.

—Vamos atrás —dijo.

Salimos las dos y nos acomodamos en los asientos traseros, dejando las puertas entornadas para que entrara el aire fresco de la tarde que ya caía. Yo sabía que nadie nos vería ni nos oiría. La altura nos regalaba una libertad que en la facultad jamás habríamos tenido, y esa certeza me aflojó algo en el pecho.

—Estás preciosa —murmuró, recorriéndome con los ojos—. ¿Te pusiste esa falda por mí?

—Sí —confesé, notando el calor subiéndome a la cara—. Pensé que te gustaría. Tú también estás muy guapa.

—Gracias. —Dio dos palmaditas sobre sus muslos—. Ven aquí. Quiero tenerte cerca.

No lo dudé. Me senté a horcajadas sobre sus piernas y ella deslizó las manos bajo mi falda, acariciándome despacio, dibujando círculos lentos que me erizaban la piel. No esperé más y uní mi boca a la suya. Empezó suave, un beso de tanteo, hasta que se volvió hondo y mis manos encontraron los botones de su blusa. La abrí más rápido de lo que pretendía. Sus labios bajaron por mi mandíbula hasta el cuello, donde dejó una hilera de besos húmedos que me obligaron a cerrar los ojos.

Sentí el primer latido entre las piernas, una palpitación que se volvió calor, humedad. Me pregunté si ella estaría igual y lo comprobé cuando llevé la mano bajo la cintura de su pantalón. Estaba tan mojada que el solo roce me arrancó un suspiro. Quería frotarme contra ella, perder la cabeza, y como si me leyera el pensamiento se apartó un poco.

—Quítate la ropa —pidió, y no era una orden brusca sino algo más bajo, más caliente, que no admitía duda.

Obedecí. Me deshice de la falda y de todo lo demás mientras ella se quitaba el pantalón con una calma que me ponía aún más nerviosa. Después me hizo recostarme en el asiento y se colocó sobre mí, sosteniendo su peso con un brazo.

—Te ves tan hermosa así —dijo contra mi oído—. Ahora mismo eres solo mía.

—Siempre voy a ser tuya —respondí, y lo decía en serio.

Cuando empezó a moverse sobre mí, no pude contener los gemidos. Mis manos subieron a sus pechos, los acaricié, jugué con sus pezones hasta sentir cómo se le aceleraba la respiración. Ella se frotaba contra mí con un ritmo que me hacía perder el hilo de todo. Cada vez que intentaba seguirle el paso, un escalofrío me recorría entera y me dejaba temblando, incapaz de hacer otra cosa que sostenerme de sus hombros.

Bajó la boca a mis pechos y los lamió, los mordió con una suavidad que me volvió loca. Yo me agarraba a donde podía, al respaldo, a su espalda, mientras los espasmos empezaban a adueñarse de mi cuerpo. Notaba que ella estaba tan cerca como yo. Dejó pequeñas marcas en mi abdomen y en lugares que nadie vería, y esa idea —que llevaría su rastro escondido durante días— me empujó todavía más al borde.

—No pares —le supliqué, y no paró.

Se movió más rápido, más fuerte, hasta que las dos llegamos casi a la vez. Me oí decir su nombre como si fuera lo único que recordaba decir. El placer me dobló, me vació, y por un instante el mundo entero se redujo al interior de aquel coche en lo alto del mirador, al peso tibio de su cuerpo sobre el mío y al sonido de nuestras dos respiraciones tratando de calmarse.

***

Después nos quedamos quietas, recolocadas en el asiento, ella rodeándome con un brazo y yo con la cabeza apoyada en su pecho. Afuera, las luces de las casas titilaban y un viento suave entraba por las puertas todavía entornadas.

—Estuviste increíble —dijo, acariciándome el pelo—. Me encantó poder hacerte llegar así, tenerte solo para mí. Eres muy buena conmigo.

—Te prometí que siempre lo sería —le contesté, dibujando con el dedo una línea sobre su clavícula.

—Lo sé.

Nos quedamos un rato más en ese silencio cómodo, el que solo cabe entre dos personas que acaban de dejar de fingir. Cuando empezó a refrescar de verdad, nos vestimos entre risas torpes, buscando una prenda perdida bajo el asiento. Hablamos un poco más, de nada y de todo, antes de que me llevara de vuelta a casa para que no se hiciera demasiado tarde. En el camino de regreso volvió a posar la mano sobre mi rodilla, y esta vez la dejé ahí.

Aquella tarde abrió una etapa que duró más de lo que ninguna de las dos imaginó. Nos veíamos varias veces por semana, casi siempre lejos del campus, a veces en su casa cuando sabía que estaría sola. Hubo tardes robadas, mensajes a deshora, planes inventados para poder estar juntas un rato más. Lo nuestro vivía en los márgenes, en lo no dicho, y quizá por eso ardía tanto.

Con el tiempo, como pasa con casi todo, fuimos espaciando los encuentros. Yo terminé la carrera, ella cambió de centro, y un día simplemente dejamos de escribirnos sin una despedida formal, sin un portazo. No hubo drama; solo dos caminos que dejaron de cruzarse. A veces creo que ese final discreto fue lo más honesto que pudimos darnos.

No me arrepiento de nada. Si cierro los ojos todavía puedo volver a aquel mirador, al olor barato del ambientador, al peso de Mariana sobre mí y a la sensación de descubrir, por primera vez con total claridad, lo que de verdad deseaba. Fue una de las mejores experiencias de mi vida, y la guardo entera, sin recortes, exactamente donde nadie puede tocarla.

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Comentarios (5)

CamiLectora

Que increible!!! me dejo sin palabras

ValeriaR_Bs

Por favor que haya segunda parte, necesito saber como sigue esto entre ellas

Lena_Rivas

La tension desde el principio es increible, me tuvo enganchada hasta el final. Se nota que saben escribir.

Mari_VT

Me recordo a algo parecido que me paso hace años jaja. Me transporto de vuelta. Muy bueno

ElenaM22

Esto es real o inventado? se siente demasiado autentico!!

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