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Relatos Ardientes

La niñera a la que ayudé a bañarse aquella última noche

Tuve una infancia cómoda y solitaria a partes iguales. Mis padres vivían más para sus negocios que para mí, y desde muy chica delegaron mi crianza en una mujer que hacía las veces de niñera y se ocupaba de todo lo que ellos no querían ocuparse.

Con los años, como era natural, dejé de necesitar sus cuidados. Pero nunca dejé de necesitarla a ella.

Sentía por Mariana una devoción que rozaba lo enfermizo. Soñaba con ella. No conseguía sacármela de la cabeza ni un solo día. Y, sin embargo, creía haber escondido aquella pasión en algún rincón hermético de mí misma, sin que se le escapara ni el más leve indicio.

La víspera de su marcha definitiva nos quedamos las dos solas en la casa. Mis padres estaban de viaje, como casi siempre.

Fue entonces cuando me hizo una petición extraña.

—Voy a darme un baño. ¿Te importaría venir conmigo y ayudarme? —dijo, con esa cortesía suya que no admitía sospecha.

Caminó hacia las escaleras y yo la seguí sin entender del todo a qué se refería. Entró directa en el baño y se sentó en la misma silla donde tantas veces la había esperado yo, de niña, para que me desvistiera antes de meterme en la bañera.

Y poco a poco fui yo quien empezó a retirar las prendas que la cubrían.

Tomé sus botas por la punta y por el tacón, tiré con cuidado hasta liberarlas de sus piernas, y le ofrecí la mano para que se incorporara. Desabroché su pantalón, bajé el cierre y lo deslicé hacia abajo hasta salvar la curva de sus caderas. Después fueron sus medias altas de elástico, que retiré despacio, dejando al descubierto unas piernas no demasiado largas pero firmes, bien moldeadas, perfectamente suaves.

Desabotoné su blusa uno a uno, lentamente. Por respeto. Por miedo. Por pudor. Porque era exactamente así como ella lo hacía conmigo cuando yo era pequeña.

Llegué al último botón. La tela blanca se abrió en dos mitades cortadas a cuchillo contra el tono tostado de su piel, unidas apenas por el puente del corpiño. Empujé la blusa hacia atrás por los hombros y la dejé caer con torpeza.

Bajé la vista, cohibida, y me dispuse a retirar la última prenda. Descubrí entonces que, igual que sus ingles, todo alrededor de su sexo estaba libre de vello, salvo un coqueto triángulo invertido que parecía calcar la forma de la ropa que acababa de quitarle.

Me incorporé otra vez y la rodeé con los brazos para soltar el broche de la espalda. Los tirantes perdieron tensión, la prenda resbaló hacia adelante y su pecho recuperó su forma natural.

Di un paso atrás para devolverle su espacio, y luego, sin pensarlo, di otro más, solo para poder verla entera, completamente desnuda frente a mí.

Logré contener una exclamación de asombro, pero la boca me traicionó igual.

—Eres preciosa —susurré, sin poder evitarlo.

—Qué encanto… —alcancé a escuchar, mientras seguía absorta en su contemplación.

Era la proporción hecha cuerpo. Sus curvas, la armonía de cada línea, el dorado de su piel: la antítesis exacta de mi figura flaca y fibrosa, de mi blancura lechosa. Su rostro, ligeramente redondeado, quedaba enmarcado por una melena castaña que le caía por encima de los hombros, y aquellos dos ojos enormes lo volvían inolvidable.

Del cuello a los tobillos, una sucesión aturdidora de curvas describía su silueta. La espalda recta, la cintura mínima, las caderas amplias, las piernas torneadas. Sus pechos se erguían orgullosos, cálidos, las areolas oscuras reclamando una boca que las cubriera. El vientre plano y firme, con el ombligo navegando en aquel mar en calma, y más abajo el triángulo de sombra señalando la entrada del único paraíso que yo había deseado en mi vida.

Volví en mí del aturdimiento y, con torpeza, le ofrecí la mano para acompañarla hasta la bañera.

***

Una vez dentro, mis manos iniciaron solas el ritual del baño. Lo tenía tan grabado en el cuerpo que no me exigía esfuerzo alguno, y mi mente podía vagar libre, en otra dimensión, hipnotizada por su belleza.

Su expresión tranquila, los ojos cerrados, los brazos abandonados, su cuerpo insinuándose bajo el reflejo oscilante del agua. La idea perturbadora de que ese cuerpo de diosa esperaba ahora las mismas atenciones que ella me había dedicado a mí me impedía concentrarme en nada que no fueran sus pechos coronados por dos pezones hermosísimos.

Le acariciaba el rostro con una veneración inconsciente, mientras imaginaba recorrer sus brazos como ella recorría los míos. Le masajeaba las sienes mientras fantaseaba con deslizar las manos por su vientre hasta rozar el vello suave de su pubis.

Sin darme cuenta llegué al momento del aclarado. Me incliné sobre su pelo mojado, extendí las manos enjabonadas a lo largo de sus brazos, y entrelacé mis dedos con los suyos.

Y no pude seguir.

Con los ojos cerrados apoyé la cabeza en su hombro húmedo, cerré mis dedos sobre sus palmas, dejé mis brazos sobre los suyos y así permanecí unos segundos, los labios pegados a su cuello, aspirando su olor, sintiendo su calor. Hasta que noté cómo sus manos se cerraban sobre las mías, cómo sus labios me regalaban un beso tierno en la frente, y su voz me llegó desde muy lejos.

—No pares, cariño. Sigue.

Recorrí el camino inverso con las manos y acaricié la piel delicada de sus axilas. Con mucha suavidad, apenas dos dedos, las repasé con reverencia, temiendo molestarla con las cosquillas que a mí siempre me turbaban. Pero, para mi sorpresa, vi un estremecimiento en su rostro, y sus codos se abrieron a modo de invitación.

Repetí el gesto un par de veces más y reconocí en ella algo que conocía bien de mí misma: torció la cara, se mordió el labio, en un signo inconfundible de excitación. Sentí flaquear mis piernas. Entre mis muslos algo me traicionaba, un hormigueo que subía sin permiso. Mis manos abandonaron sus axilas y, por fin, rodearon sus pechos, presas de un temblor reverente.

Un sudor frío se apoderó de mí. Las manos me temblaban sin control, los brazos eran cables por los que circulaban descargas. Pero su sensibilidad seguía intacta, y mis dedos saturaban mi cerebro con la tersura de su piel.

En ese instante el tiempo se detuvo. Me olvidé de Mariana, me olvidé de mí, me olvidé de todo lo que había vivido antes y de todo lo que tendría que vivir después.

Solo existían mis dos manos, recogiendo amorosamente aquellos pechos suaves por su contorno exterior. Los abrigaban. Intercambiaban calor. Sentían su delicadeza. Y, despacio, empecé a acariciarlos, bajando por su perímetro hasta que el dorso de mis manos se encontraba en su curva interior, para separarse luego y completar el recorrido entero.

Y repetía el movimiento. Me deleité durante una eternidad adorando su forma, su tamaño, su tibieza, la mirada perdida y poseída por la visión de sus pezones erectos.

Tanto deseaba el momento de subir las manos hasta sus areolas que temí que mi propio cuerpo volviera a sacudirse como aquella vez en el campamento, cuando Diego y Bruno me robaron el juicio sin tocarme apenas.

Cerré los ojos. Mis manos se quedaron quietas, abrigando sus pechos por fuera. El corazón me latía desbocado, las sienes me dolían. Los apreté uno contra el otro y, poco a poco, deslicé los pulgares, separándolos del resto de la mano, recorriendo la piel divina hasta encontrar la rugosidad tibia de la areola. Me detuve un momento ahí. Suspiré. Y por fin los toqué. Duros, firmes, pequeños, puntiagudos. Jugueteé con ellos, doblándolos con suavidad, hasta cerrar las manos por completo sobre sus pechos, los pezones atrapados entre el pulgar y el índice.

Empecé a masajear todo su volumen con un ansia irreverente. Dos dedos retenían sus pezones tiesos; los otros tres se abrían y cerraban para abarcar el máximo de su carne, que se me escurría entre los dedos cuando apretaba. Y el pulgar y el índice frotaban sin medida.

Unos gemidos me hicieron volver en mí.

Abrí los ojos.

Mariana tenía la cabeza ladeada, los ojos apretados, la boca entreabierta. Su mano derecha estaba sumergida entre sus piernas, y un escalofrío casi me derriba al ver con qué intensidad rabiosa se frotaba el clítoris, mientras la izquierda rodeaba su muslo para perderse más abajo, dos o tres dedos entrando y saliendo de su sexo sin descanso.

Dominada por una excitación que ya no podía contener, tomé sus pezones y tiré de ellos hacia arriba. Ella respondió con un gemido profundo. Presa de un temblor que me recorría entera, castigué sus pechos con una mano mientras la otra bajaba por su vientre, acariciando todo lo que quedaba a mi alcance: el vello de su pubis, la mano que se masturbaba, la piel tibia del interior de sus muslos. Posé los dedos sobre los suyos, sobre el lugar exacto donde se hundían, y al fin ahogué mis gemidos contra los suyos, cerrando su boca con la mía, buscando su lengua con la mía.

Compartimos un mismo gemido que fue apagándose despacio, a medida que las fuerzas nos abandonaban a las dos. Ella quedó inerte en el agua; yo, arrodillada a su espalda, la cabeza en su hombro, los labios en sus labios, las manos hundidas hasta los codos reposando sobre su vientre todavía palpitante.

Su mano empapada se enredó en mi pelo revuelto y me acarició con dulzura.

—Ven, cariño —susurró, invitándome a meterme con ella en la bañera.

Me incorporé, aún turbada por el arrebato que nos había arrastrado, pero su sonrisa tierna —en la que no cabía nada remotamente parecido al reproche— me reconfortó como siempre lo había hecho su sola presencia.

Me desnudé bajo su mirada atenta y, con pasos tímidos, algo cohibida, entré en el agua y me abandoné a su abrazo tibio y acogedor. Era la última noche, y por una vez no quise pensar en la mañana.

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Comentarios (4)

Gabi_lect

Que relato tan hermoso, me llego al alma. Se nota que hay sentimientos reales detras de cada palabra.

Juli_Bsas

necesito una segunda parte urgente!!! me quede con las ganas

Sabrina_ER

precioso

Marta_Cba

Me recordo a alguien que tuve muy cerca cuando era chica y nunca me anime a nada. Esas cosas que uno no hace y despues lamenta.

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