La novia de mi primo me besó junto a la piscina
La finca de mis tíos era el lugar al que toda la familia escapaba cuando el calor de la ciudad se volvía insoportable. Mi primo Mateo llegó esa mañana con Renata, su novia, y bastó verla bajar del auto para que el día completo se me desordenara por dentro.
Renata tenía una belleza que parecía no saberse. Estatura media, piel clara, el pelo castaño cayéndole hasta la mitad de la espalda. Unas pecas le salpicaban los pómulos y la nariz, y le daban un aire infantil que contrastaba con todo lo demás: la cintura estrecha, las caderas anchas, esos muslos que llenaban cualquier pantalón que se pusiera.
—¿Te ayudo con el bolso? —le ofrecí, más por tener una excusa para acercarme que por cortesía.
—Gracias, sos un amor —dijo, y me apretó el brazo con esa confianza que habíamos construido en años de reuniones familiares.
Porque éramos amigas, eso era lo complicado. Cada vez que Mateo la traía a casa, yo me las arreglaba para sentarme a su lado, para cogerle las manos cuando hablábamos, para acariciarle el pelo como quien no quiere la cosa. Nos contábamos casi todo. Lo único que ella no sabía de mí era lo más importante: que me gustaban las mujeres y que estaba completamente perdida por ella.
Sabía guardar las apariencias. Llevaba años haciéndolo, sonriendo cuando se besaban delante de mí, fingiendo que no se me iban los ojos cuando se inclinaba a recoger algo. Pero ese día, en bikini, junto al agua, todas mis defensas empezaron a fallar.
—¡Carga montón! —gritó alguien, y la piscina se convirtió en un revoltijo de cuerpos y risas.
Aproveché el caos. En el desorden del juego, mis manos encontraron su cintura, rozaron su espalda, se demoraron un segundo de más en sus caderas. Ella se reía, ajena, salpicándome agua en la cara. Yo me reía también, pero por dentro me ardía algo que no tenía nada que ver con el sol.
***
Bebimos desde temprano. Pasamos la tarde entera entre la piscina, la música y las cervezas que nadie dejaba de repartir. Al caer la noche encendimos el asado, alguien puso a sonar las canciones de siempre y seguimos tomando como si el día no fuera a terminar nunca.
Después de comer sacaron las cartas. El que perdía, tomaba. Y Mateo perdía como si lo hiciera a propósito. Una mano tras otra, vaso tras vaso, hasta que la lengua se le trababa y los ojos se le cerraban solos.
—Hay que acostarlo —dijo mi tía, divertida.
—Yo lo llevo —me ofrecí enseguida.
Lo acompañé hasta el cuarto con una sonrisa que ningún familiar entendía. Cada paso que daba cargando a mi primo borracho me acercaba a lo que de verdad quería: quedarme a solas con Renata. Lo dejé sobre la cama, le quité los zapatos, comprobé que dormía profundo. No iba a despertarse en horas.
Cuando volví, casi todos se habían retirado. Renata seguía despierta, con una copa en la mano, mirando el cielo desde el borde de la piscina.
—Quedamos las dos —dijo, y palmeó el suelo a su lado.
Me senté. El agua nos devolvía el reflejo tembloroso de las estrellas. Hablamos de cualquier cosa, como siempre, solo que esa noche las dos estábamos bastante mareadas y los silencios se llenaban de una tensión nueva.
De vez en cuando le hacía cosquillas y ella se retorcía de risa, y yo me derretía mirándola. En una de esas, con la guardia baja por el alcohol y por las ganas acumuladas durante años, dejé caer la pregunta.
—¿Alguna vez besaste a otra mujer?
Renata se quedó quieta. Por un momento pensé que lo había arruinado todo.
—No —respondió despacio—. Pero lo he pensado. ¿Por qué me lo preguntás?
—Porque de un momento a otro me dieron muchas ganas de besarte —dije, y sentí el corazón golpeándome en la garganta.
Me miró fijo, sin decir nada. Lo dije, ya está, no hay vuelta atrás. El alcohol me había soltado la lengua y ahora no me quedaba más que esperar el rechazo.
Pero ella se acercó y me besó.
Fue suave, apenas un roce de labios, y aun así sentí que el suelo desaparecía. Nunca imaginé que sería ella la que diera el paso. La tomé de la mano antes de que pudiera arrepentirse y la llevé hacia mi habitación, sin importarme si alguien quedaba despierto en la finca. Ese beso me había encendido de una forma que no admitía retrasos.
***
Cerré la puerta y la apoyé contra la pared. Volví a besarla, esta vez sin la timidez del primero, y ella me respondió con una entrega que no esperaba. Mis manos empezaron a recorrerla. Llevaba unos shorts encima del traje de baño, nada más; yo estaba igual.
Subí por sus piernas hasta colar la mano bajo la tela y apretarle las nalgas. Dios, qué cuerpo. Dejé que mis dedos bajaran hasta su sexo, todavía por encima del bikini, y lo presioné despacio. Renata soltó el primer gemido contra mi boca.
—¿Estás segura? —le pregunté en voz baja, separándome apenas.
—Más segura que nunca —contestó, y me buscó otra vez los labios.
No me aguanté las ganas de saber cuánto la deseaba su cuerpo. Aparté la tela y mis dedos encontraron una humedad que me confirmó todo. La acaricié así, sintiéndola resbalar, mientras seguíamos besándonos sin tregua. Me llevé los dedos a la boca para probarla; el sabor me desarmó por completo.
Volví a besarla para que se reconociera en mi lengua. Le desaté la parte de arriba del bikini y por fin la vi: pechos suaves pero firmes, con los pezones rosados y duros. Bajé la boca hacia ellos, los recorrí despacio, los succioné con cuidado mientras ella enredaba los dedos en mi pelo.
Renata me desató a mí también y empezó a devolverme cada caricia con torpeza tierna, descubriendo. Me besó el cuello, lo lamió como yo había hecho con el de ella, y un escalofrío me corrió de arriba abajo.
—¿Te gusta cómo lo hago? —murmuró contra mi piel.
—No tenés idea de cuánto —respondí, temblando entera.
—Es la primera vez que toco a una mujer —confesó—. Espero estar haciéndolo bien.
Lo estaba haciendo mejor de lo que cualquiera podría imaginar. Todo en ella era delicadeza, una suavidad que se ajustaba a su cara de niña y que me tenía al borde de la locura. La tomé de los hombros y la guié hasta la cama, la recosté boca arriba y me acomodé sobre ella.
***
La besé largo, mordiéndole apenas el labio inferior. Bajé por su cuello, por el pecho, por el vientre, dejando que mi lengua marcara un camino lento sobre su piel. Ella se arqueaba, respiraba entrecortado, repetía mi nombre en susurros que apenas se oían.
Le quité los shorts, que se atascaron un instante en sus caderas, y los aparté de un tirón. Le tomé los pies y subí desde los tobillos, besando, lamiendo, mordiendo los muslos a medida que me acercaba a su centro. Cada vez que rozaba el borde de su sexo con la lengua, ella dejaba escapar un gemido y volvía a tensarse.
—Nadie me había besado así —dijo con la voz quebrada.
—Y todavía no empecé en serio —le contesté.
Aparté la última tela y por fin puse la boca donde más lo deseaba. La recorrí entera, de abajo hacia arriba, hasta cerrar sobre su clítoris. Renata arqueó la espalda y se aferró a las sábanas. La probé con calma, jugando, dibujando círculos con la lengua mientras la penetraba despacio con dos dedos, buscando ese punto interno que la hiciera perder el control.
No tardé en encontrarlo. En cuanto lo presioné, todo su cuerpo se contrajo. Se tensaba y se relajaba, una y otra vez, la respiración convertida en pura urgencia. Y entonces se quedó muy quieta, dejó de respirar un segundo, apretó con fuerza alrededor de mis dedos y se vino temblando en mi boca.
—¿Te gustó? —le pregunté, subiendo a besarla.
—Mirá cómo quedé —dijo, mostrándome las manos que le temblaban—. Nunca me vine así.
No le di tregua. Volví sobre ella, esta vez chupando su clítoris con más insistencia, y Renata se retorció como si no pudiera soportarlo y quisiera más al mismo tiempo. La miré a los ojos mientras la hacía gozar, y ella me sostuvo la mirada sin apartarla, hasta que un nuevo orgasmo la sacudió de la cabeza a los pies.
—Ahora me toca a mí —dijo, empujándome con suavidad sobre la cama.
***
Renata me acomodó boca arriba y se tomó su tiempo. Me besó el cuello, me apretó los pechos, paseó la lengua por mi piel con una lentitud que me volvía loca. Yo, que estaba acostumbrada a llevar el control, me descubrí entregada por completo a sus manos.
Bajó con la yema de los dedos por mis muslos, acercándose a mi sexo sin tocarlo, provocándome con mordiscos suaves en el cuello que me arrancaban gemidos. Estaba tan mojada que cuando por fin me acarició no necesitó nada más que mi propia humedad para deslizarse sobre mí.
—Estás temblando —susurró, divertida.
—Es lo que provocás —admití sin aliento.
Empezó despacio sobre el clítoris y fue subiendo la intensidad de a poco, hasta que me metió dos dedos y con el pulgar siguió acariciándome. Yo empujaba las caderas contra su mano, incapaz de quedarme quieta. Llevaba tanto tiempo deseando este momento que el placer me golpeó casi de inmediato. Tuve uno de los orgasmos más largos de mi vida, aferrada a ella, mordiéndome los labios para no gritar.
—No pares —le pedí.
—No pienso parar —respondió, y se deslizó hacia abajo.
—Me muero por saber a qué sabés —dijo, sin un gramo de pudor, y separó mis piernas.
Su lengua me recorrió entera, imitando todo lo que yo le había hecho a ella. Lo descubría por primera vez y lo hacía con una entrega que me dejaba sin palabras. Se concentró en mi clítoris mientras volvía a penetrarme, y ahora era yo la que se revolcaba, la que perdía la compostura, la que se dejaba convertir en pura sensación bajo su boca.
No paró hasta que me vine de nuevo, empujándome contra ella, ahogando los gemidos contra la almohada para que nadie más en la finca pudiera oírnos.
***
La atraje hacia mí y la besé despacio, las dos agitadas, compartiendo el sabor que ya no sabíamos de quién era.
—No me imaginé nunca que esto pasaría —dijo ella, apoyando la cabeza en mi pecho.
—Yo me lo imaginé mil veces —confesé—. Solo que en mi cabeza nunca me animaba a decirlo.
Se rió bajito y me besó otra vez. Nos quedamos un rato así, enredadas, escuchando los grillos afuera y la respiración del otro adentro. En algún momento volvimos a buscarnos, sin prisa esta vez, descubriendo de nuevo cada rincón ahora que la urgencia había pasado.
Antes de que el cielo empezara a aclarar nos vestimos, todavía con la piel marcada por la otra. Renata me tomó de la mano antes de salir del cuarto.
—Esto queda entre nosotras —dijo, y no era un reproche, era una promesa.
—Entre nosotras —repetí.
Salimos a la finca dormida como si nada hubiera ocurrido, dos amigas que habían trasnochado conversando. Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaron en los días siguientes, las dos supimos que la próxima reunión familiar nunca volvería a ser una tortura para mí. Ahora era una espera.