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Relatos Ardientes

Mi entrenadora era mujer y no supe decir no

El mercado solo se monta los domingos, en la plaza que hay frente al ayuntamiento. El verano viste de oro los campos y de verde los robledales, y le devuelve algo de vida a un pueblo que el resto del año se apaga despacio, devorado por el apetito de las ciudades. Desde temprano las cigarras avisan de que será un día de calor inclemente.

Dos ancianas recorren los puestos, repasando entre cuchicheos la pequeña vida del lugar. Se les cruza Bruna, una chica menuda y atlética, recién salida de la universidad, que aprieta con la yema de los dedos unos melocotones para calibrar si están maduros. El top deportivo y los pantalones cortos no pasan desapercibidos para las miradas de los lugareños.

—Mira esa fresca —murmura una de las ancianas, sin esconder el desprecio—. ¿Sus padres no le enseñaron lo que es la vergüenza?

—Es la nieta de Renata y Tomás Valverde, los de la finca junto al río. Don Tomás murió en enero, y sus hijos, que viven en la capital, solo vinieron para el entierro y para repartirse la herencia.

—Pues dicen que se la ve con otras dos chicas de la ciudad, y que están montando un gimnasio en la vieja bodega del abuelo.

—¿Quién va a ir a un gimnasio aquí? ¿Tu marido? —y las dos se ríen.

Ajena a todo, Bruna se aleja por la cuesta empedrada que sube hacia la iglesia, siguiendo la hilera irregular de puestos. Un vaso de cerámica tosca le llama la atención y lo levanta con cuidado; sus ojos, de un azul casi transparente, recorren el dibujo irregular del esmalte.

—¿Te gusta? —Mariela, la vendedora, una mujer de poco más de treinta y muchos, le sonríe a su joven y posible clienta.

Bruna alza la vista para abarcarla entera: alta, de cuello esbelto, melena de un rubio apagado recogida en la nuca con un moño coronado por una flor morada, ojos redondos y cálidos. El vestido ancho de tirantes, algo bohemio, le sostiene el pecho como una cesta de fruta.

—Perdona —dice Bruna sin soltar la pieza—. Me gusta mucho lo que tienes aquí. ¿Lo haces tú?

—Lo hace mi marido. Yo solo lo vendo. —Mariela inclina la cabeza, curiosa—. Tú no eres de aquí, ¿verdad?

—Vengo de la capital. Estoy en la casa del río, la de los Valverde.

—Así que eres su nieta. —La mujer arquea las cejas—. ¿Y es verdad eso del gimnasio?

—Es un centro de entrenamiento. Quiero abrirlo para la gente del pueblo. Estás invitada, si te animas.

Aquello la desconcierta. Mariela no se esperaba la invitación, y menos dirigida a ella.

—Me cae bien la gente valiente —responde al fin, y le tiende la mano—. Así que ya tienes una admiradora.

La mano de Bruna roza la suya apenas un instante. El tacto de aquella palma estilizada es áspero, castigado por el trabajo, pero conserva una calidez que se niega a doblegarse ante los callos.

—Me llamo Bruna.

—Mariela. Aunque los que tienen confianza me dicen Mari.

—¿Yo la tengo? —Bruna sonríe.

—Me has caído bien, así que contigo haré una excepción. —La mujer le devuelve la sonrisa—. Pero no tengo tiempo para gimnasios. Crío a dos niños y me paso la semana de pueblo en pueblo cargando cajas de tiestos.

—Pásate y lo ves, nada más. Primera sesión gratis. —Bruna le guiña un ojo—. Se te ve en buena forma.

Un matrimonio de excursionistas se acerca al puesto preguntando precios, y la burbuja que se había formado entre las dos se rompe sin remedio. Mariela vuelve a su mundo de platos y jarras. Pero el guiño se le queda pegado a la piel toda la mañana.

***

La furgoneta hace crujir la gravilla junto al cerezo del patio. Mariela apaga el motor y suspira. Da un trago largo a una botella de agua que lleva horas calentándose al sol en el asiento del copiloto.

En el cobertizo, al otro lado del árbol, su marido le da forma a una jarra en el torno, con las manos hundidas en el barro cremoso que le borbotea entre los dedos. El calor le empaña la frente de sudor y le gotea por las lentes de las gafas. Un delantal viejo y manchado es lo único que le cubre el torso.

—Hola, amor —dice Esteban sin levantar la vista—. ¿Qué tal la mañana?

—Bien. Las jarras se venden. —Deja la caja del día a su lado y se queda un momento callada—. Oye, me ha pasado algo raro. Ha venido a comprar la nieta de los Valverde. Está montando un gimnasio y me ha propuesto apuntarme. Y estaba pensando que igual me vendría bien.

Los dedos de Esteban aprietan demasiado y la jarra se desmorona en el torno, que gira hasta detenerse.

—Vaya, perdona —murmura ella—, no quería desconcentrarte.

—Estamos en plena campaña de verano, Mari. No podemos perder el tiempo en tonterías. —Por fin la mira—. Además, ¿quién va a ir a un gimnasio aquí?

—Yo. Yo puedo ir.

—Tú estás perfecta así. No necesitas nada de eso.

—Eso debería decidirlo yo, ¿no crees?

—Esta tarde hay mercadillo en Valderoble. Hay que prepararlo todo. —Y con eso da la conversación por zanjada.

Mariela entiende el mensaje. Entra en casa por la puerta de la cocina y pasa junto al salón, donde sus dos hijos, de seis y nueve años, juegan a la videoconsola pegados a la pantalla. La saludan sin mirarla. Cuando les pregunta qué quieren comer, ni responden. Frustrada, apaga el televisor de golpe y rompe el hechizo; las quejas estallan, pero al menos la miran.

En su habitación, frente al espejo de los muebles barnizados y antiguos, se quita el vestido por la cabeza y se observa en ropa interior. Sus pechos rebosan el sujetador, hermosos y generosos, algo castigados por dos maternidades. El vientre acumula alguna arruga, pero si aguanta la respiración aún se le marca. No está mal, para dos embarazos, piensa. Las piernas se mantienen firmes; las caderas, no tanto.

—Mari… —Lucas, el hijo del primer matrimonio de Esteban, de poco más de veinte, asoma la cabeza por la puerta.

Ella se cubre de golpe, roja hasta las orejas.

—¡Lucas! ¿No sabes llamar?

—Perdona —el chico aparta la mirada—, es que los niños no quieren comer arroz.

—Me da igual. En esta casa nadie hace nada, así que yo decido qué se come. —Se envuelve en un batín de lino—. Y tú podrías empezar a echar una mano.

El chico se marcha murmurando. Mariela se deja caer de espaldas en la cama y se queda mirando las grietas del techo, con el corazón aún latiéndole fuerte, mientras las cigarras siguen cantando afuera.

***

Las tardes de verano son largas. Algunas familias se bañan en el río que serpentea entre los árboles. Mariela observa la estampa desde su furgoneta, detenida junto al puente de piedra, con el motor todavía encendido y el pelo recogido en una coleta. Tarda en decidirse. Después cruza, se desliza bajo las pérgolas de los parrales y aparca frente a la fachada de la vieja finca, de dos plantas y balcones, que rezuma historia por cada piedra.

Bruna la espera en la puerta, con su atuendo deportivo de siempre y una bolsa al hombro. Sonríe sin caber en sí cuando repasa a la mujer de arriba abajo, disimuladamente. Mariela lleva una camiseta de tirantes negra que le ciñe la cintura y unos pantalones cortos y anchos. Las zapatillas, flamantes, parecen recién sacadas de la caja.

—Me alegra mucho que hayas venido.

—Esta tarde he podido escaparme. —Mariela está nerviosa, como pez fuera del agua—. Vivo con cuatro hombres, así que imagínate.

—Y se creen que recoger los platos ya es colaborar, ¿verdad?

—Cuando los recogen…

Bruna se ríe y la guía hacia el rosal en flor que hay junto al muro.

—Era el favorito de mi abuela. Estoy intentando que vuelva a florecer.

—Las cáscaras de plátano —dice Mariela, agachándose a su lado—. Entiérralas cerca; le dan potasio a la tierra.

Bruna le lanza entonces una mirada furtiva al canalillo que se asoma por el escote. Mariela, acostumbrada a las miradas indiscretas, la nota, pero prefiere no entenderla. Al fin y al cabo, ella también le ha repasado el cuerpo tonificado a la chica cuando bajaba del coche.

Dentro, los fluorescentes parpadean al encenderse. El antiguo almacén, de unos cuarenta metros cuadrados, conserva su alma de bodega entre las pesas, las barras de dominadas, las esterillas y los balones medicinales. Se nota el cariño y la ilusión en cada rincón limpio.

—La gente lo llama gimnasio, pero es un centro de entrenamiento —explica Bruna con orgullo—. Aquí trabajo personal, a medida.

—Se nota que le pones empeño. No dejes que nadie te lo estropee; por aquí son muy brutos.

—Estoy decidida. Además, no necesito a nadie: trabajo por internet, entrenamiento online, y me va bien.

—Podrías estar en cualquier parte, entonces. Ver mundo. —Mariela se deja llevar—. A veces me siento un poco atrapada aquí.

—Y yo, en cambio, me enamoré de este sitio en cuanto lo pisé.

—Yo tengo familia. No puedo hacer lo que quiero. Viajar y eso son solo fantasías. —Mariela se templa de golpe—. No puedo quedarme mucho. ¿Esperamos a alguien más?

—Vamos a estar las dos solas. He preparado algo sencillo para empezar.

¿Las dos solas? La idea se le enreda en la cabeza, pero asiente intentando aparentar normalidad.

—No me responsabilizo de que mañana tengas agujetas —dice Bruna, con una sonrisa de cierta malicia, inquietante e irresistible.

***

Empiezan con un calentamiento sobre el sitio, trotando para subir pulsaciones. Bruna se coloca enfrente, observándola, sonriendo. Mariela se ruboriza; no puede evitar sentirse acomplejada frente a esa chica joven. Si me hubiera visto hace veinte años…, piensa. El sujetador, que no es deportivo, le sujeta el pecho a duras penas mientras se mueve.

Luego vienen las rotaciones de tronco. Bruna, tras guiarla, la agarra con delicadeza de la cintura, rozándole con los dedos la piel del vientre que asoma entre la camiseta y el pantalón.

—Mueve el torso sin mover las caderas.

A Mariela se le disparan los latidos. Los pensamientos se le amontonan sin orden. La siente demasiado cerca, y eso la abruma.

—Perdona, es que esto no es lo mío —alcanza a decir.

—No digas tonterías. Lo haces muy bien. —Bruna se aparta un poco—. Ahora adelanta la pierna y eleva los brazos.

Al hacerlo, la camiseta le trepa hasta las costillas y le deja el vientre al descubierto. ¿Y la mirada de Bruna, recorriéndolo? Los pezones se le endurecen bajo la tela.

—Uf —resopla Mariela, deteniéndose—. Disculpa, me está dando muchísimo calor.

—Hace calor —sonríe la chica—. ¿Quieres quitarte la camiseta?

—¡No! —salta ella como un resorte. Los segundos se alargan—. Perdona. Es que llevo mucho sin hacer ejercicio.

—Pues esto no ha hecho más que empezar. Deja de lamentarte. —Bruna se pone a su lado, mandona, y la voz le sale tan dulce y firme que Mariela no sabe defenderse—. Vamos con unas sentadillas. ¿Sabes hacerlas?

—Claro. Supongo.

Arrancan, pero a las pocas repeticiones la joven la detiene.

—Así no. Cargas las rodillas y lo que queremos trabajar es el culo. —Y le agarra la nalga derecha, en un gesto certero y sin reparos. Una corriente eléctrica le recorre a Mariela la espalda, como un latigazo—. Tranquila, yo te sujeto para que bajes bien.

—De acuerdo… —Mariela se deja hacer, sin fuerzas para negarse. ¿Está sobándome el culo? Baja despacio, con las piernas temblándole.

—Muy bien —le susurra Bruna casi al oído—. Aguanta ahí un poco.

—Cuesta… un poco…

La chica se aparta y la observa trabajar sola, siguiendo la curva de su espalda con los ojos.

***

El sol del ocaso se cuela entre los viejos barriles del fondo, por un ventanuco. El ventilador gira a toda velocidad, en contraste con los minutos lentos que parpadean en un reloj digital de la pared. Mariela está empapada; el sudor le resbala por el cuello y cae sobre la esterilla mientras aguanta una plancha. El pecho, rebosante y húmedo, le cuelga sujeto apenas por el sostén.

—Un poco más… —Bruna saborea el sufrimiento de su compañera, que aprieta los dientes pero no cede.

Suena la alarma del móvil y la mujer se desploma boca abajo, temblando.

—Vas a tener… que poner aire acondicionado —jadea, aireándose la camiseta empapada.

—Quítatela.

Mariela tarda en reaccionar.

—¿La camiseta?

—Claro. Está calada. Llevas sujetador debajo, no pasa nada; aquí lo hacemos siempre. —Bruna se señala a sí misma.

—Ya… pero el mío no es deportivo —los latidos le retumban en la cabeza.

—¿Y qué más da?

Mariela duda. Después se reclina hacia atrás sobre las piernas y se levanta la camiseta por encima de la cabeza, perdiendo de vista a la chica un instante, sintiéndose absolutamente vulnerable hasta que la tela abandona su cuerpo.

El sujetador es blanco, sencillo, de copa fina; deja transparentar las aréolas y las puntas endurecidas de los pezones. Se siente desnuda, expuesta, y nunca se había sentido así frente a otra mujer. La respiración acelerada apenas la deja pensar.

—Ahora, plancha invertida. Algo suave: veinte segundos por serie —Bruna no se detiene.

La posición parece sencilla: manos atrás, caderas en alto, talones clavados en el suelo. Pronto el torso de Mariela se tensa, comprimiéndole la respiración, y entre el valle de los senos ve a Bruna acercarse.

La alarma vuelve a sonar. Mariela toca el suelo con el culo y toma aire de golpe.

—Tienes que subir un poco más.

—No sé si voy a poder.

—Yo te ayudo, ¿vale?

Mariela mira esos ojos transparentes y se siente presa de una felina que ya casi la rodea entre las fauces. Las manos de Bruna le sostienen la espalda; los dedos se le hunden en la piel humedecida, le elevan las caderas, le inclinan los hombros y la cabeza hacia atrás. La piel se le eriza. La boca se le entreabre con cada respiración y empieza a soltar leves quejidos.

—Cuenta conmigo: quince, dieciséis, diecisiete…

—Dieciocho… —jadea Mariela— diecinueve…

La alarma. La mujer se derrumba en las manos de la chica, que la arropa y le amasa la respiración con caricias. Las dos se miran a los ojos.

Bruna le toma la mano derecha. Mariela ya solo es capaz de dejarse llevar. La joven le besa los dedos, le roza las yemas y, con una ternura que asusta, le lleva la mano temblorosa hasta el sudor de sus propios pechos, sujetos por el top deportivo, y se la hunde lo suficiente para que Mariela sienta que su corazón no es el único que late deprisa. Y, como una boba, deja la mano ahí.

Para cuando su cuerpo reacciona, ya es tarde. La mano de Bruna le baja por el vientre, se cuela bajo el pantalón, bajo la ropa interior, y descubre el tesoro empapado que guarda entre las piernas. Un espasmo le recorre el cuerpo, una contracción sin clemencia que le arranca un gemido largo. Acaba de correrse sin que nadie la haya tocado apenas.

Agitada, con las pupilas dilatadas, se aferra a esa chiquilla que ahora la mira muy seria, como si acabara de quitarse una máscara y la lujuria asomara por fin su verdadero rostro, desde unos ojos azules ardientes como el hielo. Hay dominio en ese gesto, y eso la sobrecoge.

Lo que Mariela no espera es que ese orgasmo no sea el final, sino apenas el principio; y el dedo de su joven depredadora se hunde en su cuerpo, doblegándola a la voluntad del placer.

Afuera, el sol se pone entre los árboles. El río fluye sin prisa. Revolotean las primeras luciérnagas. Y un grito se abre paso en la quietud del crepúsculo.

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Comentarios (4)

Valentina_SR

Que bueno!!! me quede sin palabras de verdad.

patri88

Por favor hace una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo. No me dejes asi jaja

LuciaRosaM

Me recordo a algo que me paso hace unos años en el gimnasio... nunca lo hable con nadie. Gracias por animarte a escribirlo.

Rosi_lectora

¿Es autobiografico? Se siente muy autentico, muy bien narrado. Espero que si.

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