La esgrimista que me esperó en el vestuario
Nunca había deseado nada con la claridad con la que deseé llegar a esa final. No por la medalla. No por el ranking. Sino porque al otro lado de la pista estaría ella: Tamara, la mujer a la que llevaba años mirando desde las gradas sin atreverme a decir su nombre en voz alta.
El torneo había entrado en su fase eliminatoria. Combates directos, uno contra uno, sin segundas oportunidades. A mí me habían ubicado en el sector sur del cuadro; a ella, en el norte. Lo entendí apenas vi el tablón: solo volveríamos a cruzarnos si ambas vencíamos a todas nuestras rivales. Solo en la final.
Respiré hondo. Ese destino me pareció justo. Casi poético.
Durante esos días, cada asalto fue una prueba de algo más que técnica. El cuerpo dolía. Las piernas ardían bajo la malla. El sudor no alcanzaba para enfriar lo que se me había metido en la cabeza. Pero yo seguía ganando. Una rival, y otra, y otra más.
Y sin embargo, no la veía.
Tamara no estaba en el pabellón cuando yo terminaba mis duelos. No en la zona de atletas, ni en las gradas, ni en los pasillos entre pistas. Alguien comentó que competía siempre por la mañana y que, al terminar, desaparecía. Que tenía un trabajo que la reclamaba. Otra decía que era médica forense, que llegaba tarde con restos del uniforme de esgrima todavía bajo la bata.
Lo confirmé cuando escuché a uno de los técnicos hablar de «la doctora que esgrime como si cortara, y que nunca se queda a celebrar». Eso bastó para encenderme algo en el pecho que no supe nombrar.
No era rabia. Era una tristeza difícil de tragar. Era también, aunque me costara admitirlo, un calor bajo, entre las piernas, cada vez que la imaginaba sola en un cuarto, con la malla a medio bajar y los pezones marcándose contra la tela húmeda.
Tamara ganaba todos sus combates con la misma frialdad quirúrgica que tanto me había inspirado. Pero algo no encajaba. Una de las asistentes médicas comentó, sin darse cuenta de que yo escuchaba:
—A veces parece que no está del todo ahí. Como si el cuerpo se moviera solo y la cabeza estuviera en otra parte.
Apreté los puños. Yo sí estaba ahí, entera, presente, peleando con cada fibra por merecer ese reencuentro. Pero ella seguía escapándose.
***
Gané la semifinal un jueves por la tarde, con el último toque marcado a falta de tres segundos. Cuando me quité la careta y vi mi nombre subir hasta la casilla de la final, junto al suyo, no celebré. Me quedé quieta en medio de la pista, escuchando mi propio corazón.
Nos veríamos de nuevo. Pero ya no como admiradora y referente. Ni como sombra y estrella. Nos enfrentaríamos como iguales.
O eso quería creer.
Los combates de esa jornada habían terminado. Caminaba hacia los vestuarios interiores del coliseo mientras el cielo, allá afuera, empezaba a teñirse de naranja. Entonces la vi: una silueta cruzando la zona de carga trasera.
No necesité pensarlo. Era ella.
Iba sola, todavía con la malla bajo la chaqueta abierta, el florete colgando de la mano. El rostro escondido tras unos lentes oscuros que no disimulaban el cansancio. Caminaba con paso firme, como si quisiera huir antes de que alguien intentara detenerla.
Sentí el impulso inmediato de correr tras ella. No sabía qué le diría. Solo quería alcanzarla.
—¡Tamara! —grité, apenas unos metros antes de llegar.
Pero justo cuando estaba por alcanzarla, una figura emergió desde el lateral del pabellón y me cerró el paso.
—Ni un paso más.
Frené en seco. Reconocí enseguida a Mireia, otra de las veteranas de la federación. El cabello recogido, los ojos serenos, aunque esta vez con una tensión que no le había visto antes.
—¿Mireia? ¿Qué haces…?
—Eso iba a preguntarte yo —dijo sin alzar la voz—. ¿Qué buscas exactamente con ella?
Tragué saliva, todavía agitada por la carrera.
—No busco nada malo. Solo… quiero hablar con ella. Saber si está bien.
Mireia entrecerró los ojos.
—¿Sabes cuántas han intentado acercarse desde que volvió a competir? Algunas por morbo. Otras por fama. Otras solo para derribar al ícono. Tamara no se permite caer. Pero cuando lo hace, arrastra consigo todo. —La voz se le quebró un instante—. Yo ya la vi caer una vez. No quiero volver a verla así.
Me erguí, con los ojos firmes.
—No quiero ganarle para destruirla. Quiero encontrarla de verdad en la pista. Tú lo viste igual que yo: en los combates de clasificación, ella no estaba ahí. Parecía tener miedo. Si me vence, que sea porque volvió a ser ella. Y si gano yo, que sea porque la respeté lo suficiente como para darlo todo.
Mireia me observó en silencio, midiendo cada palabra, cada gesto. Después, despacio, bajó la guardia. Sus hombros se aflojaron.
—Está en el vestuario tres —dijo al fin, casi en un susurro—. Lo desocuparon para ella. Si entras… entra con el corazón limpio. No quiero volver a verla convertida en una sombra.
Y se fue, dejándome ahí, con el nombre de Tamara latiéndome en la boca.
***
El pasillo de los vestuarios olía a metal, a caucho y a cloro. Mis pasos resonaban demasiado. Cuando empujé la puerta del número tres, la encontré de espaldas, sentada en el banco de madera, con la chaqueta del uniforme ya quitada y la malla blanca de esgrima ceñida al torso. Se había soltado el pelo. Le caía húmedo sobre los hombros.
—Sabía que vendrías —dijo, sin girarse—. Lo supe cuando te vi ganar.
—Tamara, yo…
—No digas que me admiras. —Por fin volteó. Tenía los ojos rojos, pero la voz firme—. Lo dicen todas, y todas mienten un poco. ¿Por qué corriste detrás de mí?
Me quedé sin aire. La verdad estaba ahí, en la punta de la lengua, y supe que si la callaba la perdería para siempre.
—Porque hace años que no miro a nadie más cuando entras a una pista —dije—. Porque me aprendí tu forma de avanzar, tu manera de respirar antes de atacar. Y no era por la esgrima. Nunca fue solo por la esgrima. Era por cómo se te marcaba el culo en la malla cuando te agachabas en guardia. Por cómo se te transparentaban los pezones cuando terminabas empapada en sudor. Me hacía la dura en las gradas, y después me encerraba en mi cuarto y me tocaba pensando en vos.
El silencio se hizo espeso. Tamara se levantó. Era más alta de cerca, o quizá era yo la que me sentía pequeña frente a ella. Dio un paso, y otro, hasta quedar tan cerca que sentí el calor que todavía despedía su cuerpo después del esfuerzo.
—Mañana voy a intentar destrozarte en la final —murmuró—. ¿Lo entiendes?
—Lo prefiero a que no me mires —respondí.
Algo se quebró en su gesto. Levantó una mano y me apartó un mechón de pelo pegado a la sien, con una delicadeza que no encajaba con la mujer fría de la pista. Su pulgar bajó por mi mandíbula, despacio, midiéndome, como si todavía pudiera cambiar de idea. Se detuvo sobre mis labios y los abrió apenas. Le chupé el pulgar sin pensarlo, mirándola a los ojos, y sentí cómo se le cortaba la respiración.
No cambió de idea.
Me besó. Primero apenas, un roce que era casi una pregunta. Después, cuando le respondí, con una intensidad que me dobló las rodillas. Su boca sabía a sal y a cansancio, y yo la abrí para ella sin un segundo de duda. Su lengua entró buscando la mía, y me la mordió el labio inferior con la misma precisión con la que sabía marcar un toque. Me sostuvo por la nuca con la misma mano que empuñaba el florete y me apretó contra su cuerpo, y sentí su respiración acelerarse contra mi mejilla. El muslo se le metió entre mis piernas y empujó, y yo me apreté contra ese muslo firme sin ningún pudor, buscando fricción como una perra en celo.
—La puerta —alcancé a decir.
—No vendrá nadie —respondió contra mis labios—. Mireia se asegura de eso.
***
Me empujó con suavidad hasta que mi espalda dio contra los casilleros fríos. El contraste con el calor de sus manos me arrancó un escalofrío. Tiró del cierre de mi chaqueta hacia abajo, despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo, y la prenda cayó al suelo entre las dos. Debajo solo llevaba la camiseta húmeda de competir, sin sujetador. Se le notó en la cara que lo notaba.
Sus dedos encontraron el borde de la tela y la subieron. Levanté los brazos para ayudarla. Cuando el aire frío del vestuario me tocó la piel desnuda del pecho, ella se quedó un instante mirándome, y esa mirada me encendió más que cualquier caricia. Los pezones se me pusieron duros al segundo, hinchados, oscuros, apuntándole a la boca.
—Llevo todo el torneo huyendo —confesó, con la voz ronca—. De ti también. De estas tetas. De cómo te vi en la grada el año pasado con el vestido rojo y no pude concentrarme en toda la tarde.
—Pues deja de huir —dije.
Se inclinó y cerró la boca sobre uno de mis pezones. La lengua trazó círculos lentos alrededor de la aureola antes de chuparlo entero, con hambre, tirando con los labios y soltándolo con un chasquido húmedo. Yo eché la cabeza hacia atrás contra el metal y dejé que un gemido se me escapara entero, sin contenerlo. Llevaba demasiado tiempo conteniéndolo todo. Pasó al otro pecho y lo mordió justo lo suficiente para que el placer me atravesara desde el pezón hasta el coño, y sentí cómo se me escapaba una gota espesa por dentro del calzón.
Una de sus manos subía por mi costado y la otra bajaba hasta el elástico de mis pantalones. Me los desabrochó de un tirón. Los empujó por las caderas y cayeron a mis tobillos con un ruido sordo. Me quedé en calzón, apoyada contra el metal, con las tetas mojadas de su saliva y las piernas separándose solas.
—Estás empapada antes de que te toque —murmuró, mirando la mancha oscura entre mis muslos—. ¿Todo esto por mí?
—Todo esto por vos —le respondí, sin vergüenza.
Metió la mano por encima de la tela y presionó con la palma abierta sobre mi coño. Empujé las caderas contra ella, buscando más. Se rio bajito, complacida, y por fin apartó el calzón hacia un lado con dos dedos. Sus dedos se colaron y encontraron lo que buscaban. Estaba empapada, y los dos lo sabíamos. La sentí sonreír contra mi piel.
—Tan presente —murmuró, repitiendo, sin saberlo, la palabra que tanto le habían negado a ella—. Tan aquí. Tan mojada para mí.
Empezó a moverse. Dos dedos despacio, trazando el contorno de los labios, resbalando entre ellos, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez, sin entrar todavía, midiendo cada reacción mía como medía la distancia en un asalto. Yo apretaba sus hombros, le clavaba las uñas, le pedía más sin palabras. Le mordí el cuello. Le lamí la clavícula. Le supliqué al oído que me la metiera de una vez.
—Metémelos —jadeé—. Por favor, metémelos ya, no aguanto más.
—Pedímelo bien —susurró contra mi oído, con esa voz de médica que ordena, esa voz que me había estado matando en cada gala.
—Metémelos, Tamara. Cogéme con los dedos. Por favor.
Cuando por fin me penetró, se me cortó la respiración. Dos dedos hasta el fondo, curvados justo donde tenía que curvarlos. Me llenaron entera. El ritmo era lento, deliberado, exacto. La misma precisión de su florete, ahora vuelta contra mí, deshaciéndome de adentro hacia afuera. Sacaba los dedos casi por completo y volvía a hundirlos, y con cada empuje sonaba un chasquido húmedo que me daba más vergüenza y más ganas al mismo tiempo.
—Escuchate —me dijo, mordiéndome la oreja—. Escuchá cómo suena tu concha cuando te la trabajo.
—Más —le pedí—. Metéme otro.
Añadió el tercero sin dejar de mirarme. Sentí el estiramiento, ese ardor delicioso, y grité contra su hombro para no gritar contra la puerta. Su pulgar encontró el punto justo y empezó a girar en círculos cada vez más cerrados, sincronizado con el ritmo de los dedos que me follaban. El banco, los casilleros, el olor a metal, todo se volvió lejano. Solo existía su mano y la tensión que crecía en mi vientre como una cuerda a punto de romperse.
—Vení para mí —ordenó—. Ahora. Delante mío. Sin pedir permiso.
Me sostuvo cuando me temblaron las piernas. Aceleró en el momento exacto, ni un segundo antes, y el orgasmo me partió en dos contra los casilleros. Me convulsioné entera alrededor de sus dedos, apretándolos por dentro con espasmos que no podía controlar, y sentí cómo se me escapaba un chorro caliente por los muslos hasta las medias. Grité su nombre con la boca abierta contra su frente, y ella no dejó de moverse hasta el último temblor, ordeñándome cada segundo del clímax, con su frente apoyada en la mía.
Cuando por fin sacó los dedos, los levantó entre las dos, brillantes y goteando, y se los metió en la boca. Los chupó uno por uno, sin dejar de mirarme, como si estuviera catando el vino más caro que hubiera probado en años.
—Sabés a triunfo —dijo—. A mucho tiempo aguantándote.
***
Cuando recuperé el aliento, fui yo quien la empujó hacia el banco.
—Ahora tú —dije.
Negó apenas con la cabeza, por costumbre, por esa coraza de no dejarse nunca. Pero le puse una mano en el pecho y la senté. Le bajé los tirantes de la malla blanca, despacio, descubriendo una cicatriz pálida bajo la clavícula que ella intentó tapar por reflejo. Le aparté la mano y la besé justo ahí, sobre la marca, y la sentí estremecerse. La malla resbaló hasta la cintura y le quedaron las tetas al aire, más pequeñas que las mías, firmes, con los pezones rosados ya duros de anticipación. Se las agarré con las dos manos y las apreté, se las lamí, se las mordí despacio hasta que arqueó la espalda contra los casilleros y soltó un gemido bajito que sonó a rendición.
—Déjame verte caer —susurré—. Yo te sostengo.
Le quité la malla del todo. La tiró ella misma de un puntapié cuando le llegó a los tobillos. Debajo no llevaba nada. El vello púbico recortado, oscuro, y el coño ya brillante, hinchado, con los labios abiertos por el deseo. Me arrodillé en el suelo frío del vestuario, entre sus piernas, y le besé el interior de los muslos, primero uno y después el otro, subiendo sin prisa mientras ella enredaba los dedos en mi pelo. Le raspé la piel con los dientes justo antes de llegar, y la oí soltar un jadeo brusco.
—No me tortures —dijo, y por primera vez la voz le tembló como a una mortal.
Cuando llegué al centro, cuando mi lengua la tocó por primera vez, soltó un sonido que no parecía suyo: rendido, humano, sin armadura. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, lento, saboreando cada pliegue, saboreando esa mezcla espesa y salada que era ella. Me detuve en el clítoris y lo chupé como si fuera lo único que existiera, dando succiones cortas que la hicieron gritar en voz alta.
—Mierda —jadeó—. Mierda, mierda, no pares.
La saboreé despacio, aprendiéndola igual que me había aprendido sus movimientos desde las gradas. Tracé líneas largas y lentas con la punta de la lengua, después insistí justo donde su respiración se entrecortaba, dibujándole el alfabeto entero sobre el clítoris. Cuando ya estaba temblando entera, le metí dos dedos hasta el fondo sin dejar de chupársela. Estaba tan mojada que entraron de una, y por dentro estaba caliente y apretada, contrayéndose alrededor de mis dedos como si no quisiera soltarlos.
Sus caderas empezaron a buscar mi boca, y yo la sostuve por las piernas y dejé que lo hiciera, que por una vez fuera ella la que no controlaba nada. Me follaba la cara con desesperación, con la mano enredada en mi pelo empujándome contra ella. Yo sacaba y metía los dedos al mismo ritmo, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto rugoso que la hizo gritar sin control cuando lo encontré.
—Ahí —jadeó—. Ahí, ahí, no te muevas de ahí.
—No pares —jadeó de nuevo, más urgente—. Por favor, no pares.
No paré. Aceleré. Le chupé el clítoris más fuerte, le froté ese punto por dentro sin misericordia, le dejé toda la boca cubriéndola, y la oí desmoronarse de a poco, soltar el aire que llevaba años guardando, decir mi nombre como si lo descubriera. Su cuerpo entero se puso rígido durante un segundo entero, esa milésima suspendida antes del clímax, y después estalló. Cuando se vino, se arqueó entera, una mano aferrada al borde del banco y la otra en mi nuca aplastándome contra ella, y sentí cómo me inundaba la cara con un chorro caliente que me bajó por el mentón hasta el cuello. Grité contra su coño de puro orgullo. La lamí hasta la última contracción, tragándome todo lo que me daba, y por fin, por fin, dejó de huir.
Cuando levanté la cara, empapada de ella, me miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa cansada. Me atrajo hacia su boca y me besó saboreándose en mis labios, chupándome la lengua con la misma hambre con la que yo le había chupado el coño.
—Otra vez —murmuró contra mi boca—. Antes de que amanezca. Otra vez.
Y hubo otra vez, y otra más. Terminamos las dos desnudas sobre el banco de madera, ella encima de mí, montándome el muslo mientras yo le apretaba el culo con las dos manos y le mordía las tetas. Se vino una vez más así, restregándose contra mí, dejándome el muslo empapado hasta la rodilla. Después me montó la cara sin pedir permiso, y me lo pidió esta vez con palabras sucias, y yo se lo di todo con la lengua hasta que me clavó las uñas en los hombros y se convulsionó por tercera vez de la noche.
***
Después nos quedamos en el suelo, espalda contra los casilleros, su cabeza en mi hombro. Afuera, el coliseo se vaciaba. Adentro, solo se oía nuestra respiración encontrándose poco a poco con la calma. Yo tenía la marca de sus dientes en el cuello y su semen espeso todavía secándose entre mis muslos. Ella tenía el pelo hecho un desastre y una sonrisa que no le había visto nunca en la pista.
—Mañana sigo queriendo ganarte —dijo al rato, con media sonrisa.
—Inténtalo —respondí, y le besé la sien—. Pero ya te vi caer. Ya no me das miedo.
Se rio bajito. Era la primera vez que la oía reír de verdad. No sé quién ganó la final al día siguiente, y la verdad es que dejó de importarme en algún momento de esa noche. Lo único que recuerdo con nitidez es eso: el frío del metal en la espalda, el calor de su cuerpo en el mío, el sabor de su coño todavía en mi boca a la mañana siguiente y la certeza, por fin, de que la mujer a la que tanto había mirado también me estaba mirando a mí.