La desconocida del bar de ambiente que me hizo arder
Salí a la calle sin nada debajo de la falda.
Era una falda corta, de tela ligera y mucho vuelo, de esas que el aire mueve a su antojo entre los muslos. Arriba llevaba un top fino, sin nada que me sujetara los pechos, así que los pezones se marcaban a cada paso. Unas sandalias de tiras completaban el conjunto, y solo las llevaba porque no me dejaban caminar descalza, que era lo que de verdad me apetecía esa noche de junio.
Si pudiera, iría desnuda del todo. A veces lo consigo en alguna cala perdida y me encanta. Hay algo liberador en sentir el cuerpo entero al descubierto, sin una sola costura que te recuerde dónde termina tu piel. Y es todavía mejor cuando la gente a tu alrededor va igual, cuando todos miran y todos se dejan mirar sin pudor.
Pero esa noche no había playa, solo asfalto tibio y farolas. Caminaba libre y ligera, dejando que la brisa me acariciara casi sin barreras, y mientras lo hacía pensaba en compartir esas sensaciones con alguien. Con alguien que me gustara de verdad. Tengo la mente abierta para eso, y a veces también los muslos.
Solo me faltaba encontrar a esa persona. Alguien dulce, de manos suaves, capaz de dar y de recibir sin pedir explicaciones. Mis pies me llevaban casi solos hacia un pub de ambiente que quedaba a pocas calles de mi barrio, un local pequeño que se llamaba Náyade y al que iba cuando el cuerpo me pedía exactamente esto.
A mitad de camino, una ráfaga me levantó la falda más arriba de lo que pretendía. Alguna mirada de reojo alcanzó a ver los labios de mi vulva depilada antes de que la tela volviera a caer. No me importó lo más mínimo. Quien mira de reojo y aparta la vista no me interesa.
Yo buscaba lo contrario. Buscaba a alguien capaz de mirarme de frente. De ver mi pubis, sonreír y subir despacio hasta mis ojos sin un gramo de vergüenza. Estaba segura de que la encontraría justo donde iba.
***
Y allí estaba, acodada en la barra como si me llevara esperando toda la vida.
Lo supe en cuanto crucé el umbral y la luz baja del local me la mostró. Tenía los ojos azules, de un azul que cortaba la penumbra, y una melena negra, ondulada y larga que le caía sobre los hombros. Me atrajo de inmediato, antes incluso de pensarlo. Llevaba un corsé negro como la noche, y el encaje que bordeaba el escote era lo único que cubría a medias las areolas de sus pezones.
La falda era igual de oscura, tan corta como la mía, rematada con dos volantes de encaje, y debajo se alargaban unas botas que le subían por encima de la rodilla. El corsé le ceñía la cintura y le empujaba los pechos hacia arriba, de modo que la parte superior se le desbordaba de la prenda de una manera que me secó la boca.
Como para llamarme sin palabras, bajó la barbilla y se pasó la mano por el escote, acariciando despacio aquellas dos masas tibias de carne suave. No hizo falta que dijera nada. Ya nos entendíamos. Yo también la miraba de frente, claro que sí, a los ojos primero y luego recorriendo el resto de su cuerpo sin esconderme, dejando que notara cada centímetro de mi atención.
Me acerqué a la barra y me apoyé a su lado, lo bastante cerca para sentir el calor que despedía. Su sonrisa pícara me invitaba a seguir avanzando. Ella aprovechaba cada pausa para repasarme también, los muslos, el vientre, la curva del top donde se adivinaba todo.
El camarero dejó dos copas frente a nosotras sin que ninguna las hubiera pedido. Ella deslizó una en mi dirección con un solo dedo, sin dejar de mirarme, y el gesto valió más que cualquier frase de presentación. Bebí un sorbo solo para tener algo que hacer con las manos mientras decidía con cuál de sus curvas empezar.
La música cambió a algo más lento, más espeso, y el local entero pareció bajar la voz. A nuestro lado, una pareja se besaba con descaro contra la pared, y al fondo dos chicas reían pegadas la una a la otra. Nadie estaba allí para fingir. Era justo la clase de sitio donde el deseo no necesita disculparse, y ella lo sabía tan bien como yo.
Entonces noté sus dedos. Suaves, sin prisa, rozándome el interior del muslo, subiendo apenas un poco, probando hasta dónde la dejaba llegar. La dejé llegar. Sin una palabra, directa, se adueñó de mí.
Se me escapó un sonido ahogado que la música se tragó antes de que nadie pudiera oírlo. A nuestro alrededor, otras mujeres buscaban exactamente lo que nosotras ya habíamos encontrado, y eso me gustaba todavía más: estar rodeada de deseo y haber ganado la partida tan rápido.
Las yemas atrevidas de sus dedos alcanzaron los labios finos de mi sexo. Cuando notó la humedad resbalando sobre su piel, algo parecido a la sorpresa le cruzó la cara, y enseguida sonrió como quien descubre un regalo que no esperaba tan pronto.
Yo también subí la mano entre sus muslos. Su falda, tan corta como la mía, me dejó alcanzar enseguida el encaje minúsculo de un tanga empapado. Le sostuve la mirada mientras lo hacía, para que supiera que no iba a apartar los ojos por nada del mundo.
***
Nuestras caras se aproximaron despacio, midiendo la distancia. El rojo de mis labios era casi del mismo tono que el suyo, y se confundieron en un beso largo y caliente. Mi lengua entró a explorar su boca y se cruzó con la suya a mitad de camino. Era jugosa, dulce, suave y endiabladamente juguetona.
Sentí su lengua casi en el fondo de mi garganta justo cuando uno de sus dedos encontró mi clítoris. Un suspiro nos separó un instante las bocas, pero seguían unidas por un hilo de saliva. Y cuando aparté su tanga hacia un lado, el gemido que se me escapó casi llegó a oírse por encima de la música. Todavía no nos habíamos dicho una sola palabra.
No me importa que nos vean. Que miren. Que se queden.
Nos estábamos haciendo el amor a la vista de todos, y yo estaba segura de que más de uno se había fijado en nosotras. Lejos de cortarme, eso me encendía más. Noté su otra mano en mi cintura desnuda, tirando de mí, acercándome a ella con firmeza y delicadeza al mismo tiempo.
Esa mano siguió bajando hasta mi nalga y me subió la falda sin preocuparse de quién pudiera estar mirando. Me agarró el culo desnudo, amasándome con fuerza, pegándome a su cuerpo con mi entera colaboración. Yo no quería estar en ningún otro sitio.
Me incliné un poco para besar lo que se le desbordaba del corsé. Quería lamerle los pezones, pero la prenda me los prohibía por muy poco; apenas alcanzaba a rozarle la areola con la punta de la lengua. Aun así insistí, paseándome por la frontera de encaje hasta que la sentí estremecerse.
Recorrí su piel con la boca, de los pechos a los hombros, del cuello a la curva detrás de la oreja, mientras la mía quedaba cada vez más expuesta a las demás. Y sin que me importara nada. Que miraran. Que aprendieran.
Entre nosotras sobraban las palabras. No nos hacían falta para entendernos. Hablaba el deseo, hablaban las caricias, los besos, la punta de las lenguas rozando la piel de la otra como si tuvieran un idioma propio.
***
Deslicé de nuevo la mano entre sus muslos, encontré el tanga y aparté la tela. Sus labios húmedos llevaban rato esperando esa caricia. Di con su clítoris sin esfuerzo, duro e hinchado bajo mis dedos, y supe que no iba a parar hasta arrancarle el orgasmo. Ella estaba igual de cerca de conseguir el mío.
Con un dedo había alcanzado el borde de mi ano y lo acariciaba despacio, sin prisa, en círculos lentos. Eso, sumado a saberme en público, me tenía al filo. Notaba que mi falda apenas tapaba aquella mano traviesa colada entre mis nalgas, y la idea de que alguien lo adivinara me empujaba todavía más al borde.
Elegimos ese momento para besarnos otra vez. Para intercambiar saliva como si en lugar de dos mujeres ardiendo fuéramos dos sedientas en mitad de un desierto. Su lengua recorría mi boca con la curiosidad de quien explora un territorio nuevo, y la mía buscaba el fondo de la suya sin llegar nunca del todo.
Supe el instante exacto en que se corrió. Lo noté en mis dedos y en su boca, que ahogaba el temblor contra la mía. Me llevé los dedos a los labios para probarla. Como todo en ella, estaba deliciosa.
Su otra mano había estado dedicada a las mismas atenciones en mi sexo, y segundos después fui yo la que se deshizo, con el placer bajándome por la cara interna de los muslos. Ella me imitó: recogió mi humedad con los dedos y la saboreó con un deleite que me hizo temblar otra vez.
Volvimos a besarnos, por si quedaba algún rastro de nuestros sabores más íntimos en las lenguas. No habíamos intercambiado ni una palabra y, sin embargo, las dos habíamos saciado el deseo con el que habíamos cruzado esa puerta.
Me giré y enfilé la salida. Ella me siguió hasta la calle, donde el aire fresco de la madrugada me recordó de golpe que seguía sin nada debajo de la falda.
—Renata —dijo por fin, casi en un susurro, como quien deja una pista.
—Que duermas bien, Renata —respondí, y le robé un último beso.
Con una sonrisa cómplice nos separamos en la acera, y cada una siguió su camino. No hizo falta prometer nada. Las dos sabíamos que algunas noches, cuando el aire vuelve a colarse entre los muslos, los pasos saben solos a qué barra volver.