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Relatos Ardientes

El viaje de trabajo donde descubrí a mi compañera

Me llamo Marina, tengo treinta y cuatro años y siempre he sido de las que ponen la carrera por delante de todo lo demás. Trabajo en el departamento de marketing de una agencia mediana, y durante años mi vida cabía entera en una hoja de cálculo: reuniones, plazos, objetivos trimestrales. Hago yoga tres veces por semana y corro los domingos, más por disciplina que por placer. Nunca me había permitido demasiadas distracciones.

Lucía entró a la agencia hacía un par de años. Tiene treinta, el pelo rubio y ondulado que siempre lleva recogido a medias, y unos ojos azules que parecen mirarte un segundo de más. Es de las personas que llenan una sala sin esforzarse. Curvas que la ropa de oficina nunca termina de disimular, una risa fácil y una ambición tan grande como la mía. Por eso encajábamos: pensábamos rápido, las dos, y casi siempre en la misma dirección.

Hace un par de meses nos asignaron juntas a una cuenta importante. El cliente estaba en otra ciudad y la agencia nos pidió que nos trasladáramos allí dos semanas. Para ahorrar y para que rindiéramos más, nos reservaron una sola suite en un hotel a pocas calles de las oficinas del cliente. Dos camas, un escritorio enorme y un balcón pequeño con vistas a una avenida que nunca dormía del todo.

Desde el primer día hubo algo en el aire que no supe nombrar. Nos conocíamos de los pasillos, de los cafés de máquina, de alguna cena de empresa. Pero nunca habíamos estado tan cerca, tantas horas seguidas, compartiendo el mismo espacio reducido. La complicidad creció rápido. Terminábamos las frases de la otra, nos reíamos de los mismos correos absurdos del cliente, discutíamos estrategias hasta tarde sin darnos cuenta de la hora.

Había detalles que empecé a notar sin querer. La forma en que Lucía se mordía el bolígrafo cuando pensaba, cómo se estiraba al levantarse del escritorio y la camiseta se le subía un par de centímetros, el modo en que se peinaba el pelo con los dedos antes de las videollamadas. Me sorprendí mirándola más de lo necesario y luego apartando la vista, fingiendo concentrarme en la pantalla. Por las noches, cada una en su cama, escuchaba su respiración al otro lado de la habitación y tardaba en dormirme.

No era la primera vez que una mujer me llamaba la atención, pero sí la primera en mucho tiempo que me costaba ignorarlo. Me decía a mí misma que era el cansancio, la convivencia forzada, el encierro de aquellas dos semanas. Que se me pasaría en cuanto volviéramos a casa. No me lo creía del todo.

El cuarto día, después de una jornada agotadora, decidimos parar. Pedimos algo de cenar al servicio de habitaciones y nos sentamos en el balcón con dos copas de vino. La brisa de la noche era tibia. La conversación dejó de ser sobre el trabajo casi sin querer y pasó a ser sobre nosotras: viejas relaciones, planes que no habíamos cumplido, miedos que nunca decimos en voz alta en la oficina.

Mientras hablaba, me quedé mirándola más de lo que debía. La luz de la avenida le caía sobre el cuello, sobre la clavícula que asomaba bajo la blusa que se había aflojado al llegar. Había algo en ella que me tiraba, una corriente que no quería reconocer.

—¿Te has dado cuenta de lo bien que funcionamos juntas? —preguntó Lucía, jugando con el pie de la copa.

—Claro que sí —respondí—. Es como si pensáramos a la misma velocidad.

Se acercó un poco en la silla. Su rodilla rozó la mía y ninguna de las dos la apartó. Sentí el roce subir por la pierna como una descarga pequeña.

—Creo que deberíamos celebrar que vamos adelantadas —dijo, y lo dijo mirándome a los ojos, sin sonreír del todo.

Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Y yo también.

Asentí, incapaz de apartar la vista. Nos inclinamos hacia adelante casi al mismo tiempo, como si lo hubiéramos ensayado, y nuestros labios se encontraron. Fue un beso suave al principio, una pregunta más que una afirmación. Duró lo justo para que las dos entendiéramos que no era un error.

Después fue distinto. Nos besamos como si lo hubiéramos estado conteniendo durante días, con prisa, buscándonos. Metí los dedos en su pelo y le solté el recogido. Sus manos me recorrieron la espalda por encima de la blusa, deteniéndose en cada curva como si quisiera memorizarla.

—Adentro —murmuró contra mi boca.

***

Entramos a la habitación sin separarnos, tropezando con la silla del escritorio. La ropa empezó a caer pieza por pieza: mi blusa, su falda, el sujetador de encaje que llevaba debajo y que se quedó un instante colgando de su brazo antes de caer al suelo. Quedamos desnudas frente a frente, respirando fuerte, con la única luz del cartel de la avenida entrando por la ventana.

La empujé despacio hacia la cama y caímos juntas. Su piel estaba caliente, tensa. La recorrí con las manos sin prisa, aprendiéndola: la cintura, las caderas, la curva de los pechos. Le acaricié los pezones con la yema de los dedos y noté cómo se endurecían bajo mi tacto.

Lucía gimió bajito y arqueó la espalda contra mí. Bajé la boca hasta su pecho, tracé círculos con la lengua, primero alrededor y luego encima, mientras ella me sujetaba la nuca y me pedía sin palabras que no parara. Sus manos buscaron las mías, mis pechos, devolviéndome cada caricia con la misma intensidad.

Las dos fuimos bajando al mismo tiempo. Mis dedos encontraron su sexo empapado y los suyos el mío, y nos quedamos un momento así, tocándonos, mirándonos, encontrando el mismo ritmo casi sin proponérnoslo. Cada movimiento de su mano me acercaba un poco más al borde, y yo le hacía exactamente lo mismo, devolviéndole el favor caricia por caricia.

—No pares —jadeó.

—No pienso parar —le contesté contra el cuello.

Se subió encima de mí, abrió las piernas a cada lado de mis caderas y se inclinó hacia adelante para besarme. Sus pechos se aplastaron contra los míos y sentí el calor de su sexo deslizarse sobre el mío. La sujeté de las caderas y la guié, marcando un vaivén lento que fue ganando velocidad. La fricción era exacta, deliciosa, imposible de soltar.

—Te sientes increíble —susurré, sin dejar de mirarla.

Ella sonrió, mordiéndose el labio, y se movió más rápido. La respiración se le cortó, se le tensaron los muslos, y se corrió con un gemido largo que intentó ahogar contra mi hombro, temblando entera sobre mí.

***

No nos detuvimos ahí. Lucía se giró sobre la cama y nos colocamos al revés, cada una con la cabeza entre las piernas de la otra. La exploré despacio con la lengua, sintiendo cómo se humedecía más con cada pasada, mientras ella me devolvía cada movimiento, sus manos subiendo a mis pechos para no dejarme descansar.

—Así —la oí gemir, con las caderas buscando mi boca—. No te detengas.

Aguanté todo lo que pude, pero ella sabía exactamente dónde insistir. Me corrí con un grito que apreté contra su muslo, el cuerpo sacudiéndose mientras ella me sostenía firme por la cintura para que no me escapara.

Cuando recuperé el aliento, me colocó de costado y se pegó a mi espalda. Una de sus manos me rodeó hasta los pechos y la otra bajó entre mis piernas, primero un dedo y luego dos, entrando despacio mientras me besaba la nuca. Sus caderas se apretaban contra mí, su sexo húmedo frotándose contra la curva de mi trasero, y mis gemidos llenaron la habitación.

—Más fuerte —le pedí, empujando hacia atrás contra su mano—. No te detengas.

Me obedeció, moviéndose con más fuerza, hasta que las dos perdimos el ritmo y lo encontramos de nuevo, esta vez más desesperado.

Cambiamos otra vez. Enredamos las piernas, una sobre la otra, hasta que nuestros sexos quedaron juntos, y empezamos a movernos al mismo tiempo. Nos besábamos profundo, sin separar las bocas más que para respirar. Sus pechos contra los míos, la fricción exacta entre las dos, todo empujándonos hacia el mismo punto.

—Vamos juntas —jadeó, agarrándome del trasero para pegarme más a ella.

Y lo hicimos. Las dos a la vez, temblando, con los cuerpos arqueados, sin dejar de mirarnos hasta que ya no pudimos mantener los ojos abiertos.

***

Nos quedamos tumbadas una frente a la otra, agotadas, todavía buscándonos con los dedos sin ninguna prisa. Nos besamos suave, mordisqueando los labios, los pezones, alargando el placer hasta que volvió a encenderse una última vez, más lento, más cansado, pero igual de intenso.

Al final nos quedamos quietas, enredadas, su frente apoyada en mi clavícula. Escuchaba el tráfico lejano de la avenida y su respiración acompasándose con la mía. No dijimos nada. No hacía falta.

Amaneció antes de que nos diéramos cuenta. Nos despertó la luz colándose por la cortina mal cerrada, las dos abrazadas, con una mezcla de satisfacción y asombro que ninguna se atrevió a romper con palabras. Lucía me miró, sonrió a medias y me dio un beso en el hombro antes de levantarse a preparar el café.

Todavía nos quedaban días en aquella ciudad. Seguimos trabajando duro, terminamos el proyecto a tiempo y el cliente quedó encantado. Pero también dedicamos casi todas las noches a aquello que habíamos descubierto en el balcón. Y lo curioso es que el proyecto terminó hace meses, volvimos cada una a su escritorio en la agencia, y sin embargo lo que empezó en aquella suite todavía sigue. Solo que ahora ya no necesitamos un viaje de trabajo como excusa.

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Comentarios (3)

luciab_reads

que relato tan lindo, me encanto de principio a fin!!

CristinaBA_86

Muy bien narrado, se siente cercano y autentico. Me gusto mucho la forma en que lo contaste

karinaLP

queremos segunda parte por favor!!!

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