Lo que pasó con mi amiga junto a la piscina
Nos juntamos en mi casa de campo un sábado de julio que prometía ser de los más calurosos del verano. Me llamo Bárbara y había invitado a Renata, mi amiga de toda la vida, a estrenar conmigo la casa que acababa de comprar. La idea era simple: una comida tranquila en la terraza, la piscina toda para nosotras y nada de relojes. Las dos rondábamos los cuarenta y nos conocíamos desde la universidad. Habíamos pasado por divorcios, mudanzas y noches enteras de confidencias, así que entre nosotras no quedaban secretos.
Tengo el pelo castaño y ondulado y los ojos verdes. Ese día me había puesto un bikini rojo que me favorecía más de lo que quería admitir. Renata, en cambio, era rubia, de ojos claros, y llevaba uno amarillo que resaltaba contra su piel dorada. Las dos cuidábamos nuestros cuerpos con disciplina, y al vernos en la terraza nos reímos como dos adolescentes que se escapan de clase.
Comimos algo ligero, una ensalada y fruta, acompañado de un vino blanco bien frío. Después nos tumbamos en las hamacas junto al agua, dejando que el sol nos secara la espalda mientras dábamos sorbos a unos mojitos que yo había preparado con demasiado ron.
El calor apretaba y el segundo mojito me soltó la lengua.
—Renata, ¿te molestaría si me quito el bikini? Tengo ganas de tomar el sol sin nada encima. Aquí no nos ve nadie —dije, con una sonrisa que pretendía ser inocente y no lo era.
Ella se incorporó apoyándose en un codo y me miró por encima de las gafas de sol.
—Estás en tu casa. Y mira, me parece tan buena idea que voy a hacer lo mismo. Hace años que no me siento libre de verdad.
Nos desnudamos sin dramatismo, como si fuera lo más natural del mundo, y nos lanzamos al agua. La frescura nos cortó la respiración y nos pusimos a salpicarnos y a perseguirnos por la piscina entre carcajadas. Cuando salimos, nos tendimos al sol con la piel erizada, y yo no pude evitar mirarla.
—Me encanta sentir el agua sin ropa —dije, y alargué la mano para rozarle el brazo—. Tienes la piel tan suave.
—La tuya tampoco está nada mal —respondió ella, divertida.
Sus pechos eran redondos y firmes, y subían y bajaban con cada respiración. Tenía los pezones rosados y endurecidos por el contraste del agua y el sol. Yo me sorprendí pensando en ellos más de lo prudente.
—Tú sí que tienes un cuerpo de escándalo —siguió Renata, recorriéndome con la mirada sin ningún disimulo—. Daría lo que fuera por tener tus piernas.
—Gracias —respondí, y noté que me ardían las mejillas, y no era por el sol.
Volvimos a las hamacas, a los mojitos y a la conversación de siempre, esa que tarde o temprano terminaba en nuestros ex.
—¿Te acuerdas de los inútiles que tuvimos por maridos? —pregunté—. En la cama eran un desastre.
—Hablaban mucho y duraban poco —se rió Renata—. Una se quedaba siempre a medias, esperando algo que no llegaba.
—Llevo más de tres años sola y, te juro, no echo de menos nada. Me apaño perfectamente —dije, y dejé la frase colgando a propósito, sabiendo que picaría.
—¿Cómo que te apañas? —preguntó ella, incorporándose otra vez.
—Hace un tiempo me compré un par de juguetes. Son una maravilla. Espera, que los traigo.
Me levanté antes de que pudiera responder y entré a la casa. Cuando volví, le tendí uno de los vibradores con la naturalidad de quien presta un libro.
—Toma. Empieza despacio. Lo enciendes y te lo pasas por el clítoris, así, en círculos suaves. No tengas prisa.
Renata lo cogió entre risas nerviosas, mirándome como para confirmar que hablaba en serio. Lo encendió y se lo llevó entre las piernas con timidez.
—¿Así? —preguntó, moviéndolo apenas.
—Exacto. Ahora prueba a metértelo, poco a poco. Siente cómo te llena.
La observé descubrirse a sí misma a plena luz del día. Cerró los ojos y se le entreabrió la boca.
—Madre mía —susurró—, esto es otra cosa.
—Relájate y disfruta —le dije en voz baja, alargando la mano para acariciarle el muslo—. Déjate llevar, no pienses en nada.
Ella asintió sin abrir los ojos, perdida en una sensación que claramente le faltaba desde hacía demasiado. Su respiración se volvió más profunda, más entrecortada.
—Tócate los pechos —le sugerí, casi sin reconocer mi propia voz—. Aprieta los pezones mientras tanto.
Renata obedeció, y un gemido suave se le escapó de los labios.
—Joder, Bárbara, me voy a tener que comprar uno de estos —murmuró entre jadeos.
Yo ya no podía fingir que aquello no me afectaba. Me acerqué a su hamaca hasta que mi sombra le cubrió la cara.
—Lo estás haciendo de maravilla —le dije—. Ahora ven aquí. Quiero besarte.
Abrió los ojos de golpe, sorprendida, pero no se apartó. Vi cómo dudaba apenas un instante y luego decidía. Se levantó, se acercó y nuestros labios se encontraron en un beso lento que enseguida se volvió hambriento. Nuestras lenguas se buscaron mientras las manos empezaban a recorrer la espalda, la cintura, todo lo que estuviera al alcance.
—Quiero más —susurró contra mi boca, con la voz ronca.
—Yo también —respondí, y la guie de la mano hacia la hamaca más ancha—. Túmbate. Déjame a mí.
***
Renata se recostó y yo empecé por su cuello, bajando despacio. Me detuve en sus pechos, los besé, atrapé sus pezones con los labios y los sentí endurecerse bajo mi lengua. Ella arqueó la espalda y enredó los dedos en mi pelo, pidiéndome más sin palabras.
—Tienes unos pechos preciosos —murmuré mientras seguía bajando por su vientre.
Le besé el interior de los muslos, acercándome a su sexo con una lentitud que la estaba volviendo loca. Se retorcía, impaciente, pero yo me tomé mi tiempo, disfrutando de cada centímetro.
—Por favor, Bárbara —suplicó.
—Tranquila —le dije, y por fin posé la lengua donde ella quería.
La lamí con cuidado al principio, después con ganas, sintiendo cómo respondía cada vez con más fuerza. Sus caderas se movían siguiendo mi ritmo y sus gemidos llenaban el patio vacío.
—Dios, sí, no pares —jadeó, con el cuerpo en tensión.
Sumé dos dedos a mi lengua, entrando y saliendo despacio, y ella terminó con un grito largo, temblando entera bajo mis manos. Me quedé un momento más, prolongando el espasmo, hasta que se relajó con una risa de incredulidad.
—No me lo puedo creer —dijo, recuperando el aliento—. Ahora me toca a mí.
Cambiamos de posición y fue ella quien se acomodó entre mis piernas. Empezó con torpeza, como quien aprende sobre la marcha, pero pronto encontró el ritmo. Su lengua exploraba sin prisa, y yo me dejé caer hacia atrás cerrando los ojos.
—Así, Renata, justo así —gemí—. Un poco más rápido.
Aceleró, acompañó la lengua con los dedos y la combinación me dejó sin respiración. Me corrí agarrándome a los bordes de la hamaca, con el cuerpo sacudido por una intensidad que hacía años no sentía.
Después nos quedamos abrazadas un rato, dejando que el sol nos secara el sudor y el agua.
—Ha sido perfecto —susurré contra su pelo—. Gracias por este día.
—Gracias a ti —respondió, acurrucándose contra mi pecho—. No lo cambiaría por nada.
***
El deseo, lejos de apagarse, volvió a encenderse mientras descansábamos.
—Renata —dije en voz baja—, ven a mi habitación. Aquí afuera nos vamos a quemar, y quiero seguir.
Ella me miró con los ojos brillantes y una sonrisa traviesa.
—Me encantaría.
Corrimos por el pasillo cogidas de la mano, desnudas y muertas de risa, y caímos sobre mi cama todavía sin sábanas estrenar. La besé otra vez, lento, mientras nuestras manos volvían a recorrer cada curva conocida hacía apenas una hora y ya familiar.
—Chúpame los pezones —pidió ella, guiando mis manos hacia sus pechos.
Le hice caso, y bajé después por su vientre besando cada palmo de piel.
—Quiero que te sientes sobre mi cara —le dije, mirándola desde abajo—. Quiero saborearte entera.
Renata se colocó a horcajadas sobre mí y bajó hasta apoyarse contra mi boca. Empecé a lamer y a explorarla mientras ella se movía buscando el ángulo exacto, agarrada al cabecero.
—No pares, por favor —gimió, con el cuerpo tenso.
Hundí la lengua en ella y la sentí contraerse hasta que se corrió otra vez, dejándose caer a un lado, agotada y feliz. Después me devolvió el favor con una entrega que ya no tenía nada de tímida, y yo terminé mordiendo la almohada para no gritar demasiado fuerte.
—Ha sido increíble —dije, riéndome contra su hombro—. Pero todavía quiero más.
—Eres insaciable —respondió ella, encantada.
Decidí llevar las cosas un paso más allá. Me levanté, abrí el armario y saqué un arnés de cuero negro con un consolador que guardaba para mis noches solitarias.
—¿Te animas a probar esto? —pregunté, mostrándoselo.
Renata abrió mucho los ojos, entre la sorpresa y la curiosidad.
—Pruébalo conmigo —dijo, y se tumbó abriendo las piernas.
Me ajusté el arnés a las caderas y me coloqué entre sus muslos. Empecé frotando, sin entrar, hasta que la noté lista. Después fui despacio, dándole tiempo a acostumbrarse, observando su cara para no equivocarme.
—Más, Bárbara, no tengas miedo —pidió, agarrándome de los antebrazos.
Aumenté el ritmo poco a poco, mis caderas chocando contra las suyas, y ella respondió con gemidos cada vez más intensos. Se aferró a las sábanas, arqueó la espalda y se corrió por enésima vez, repitiendo mi nombre como una letanía. La sensación del arnés moviéndose con cada empuje terminó por arrastrarme a mí también, y me dejé caer sobre ella, sin aliento.
—Me he divertido mil veces más contigo que con cualquiera de mis ex —dijo, abrazándome cuando recuperamos la calma.
—Me alegra oírlo —respondí, acariciándole el pelo—, porque yo también.
Renata apoyó la cabeza en mi pecho mientras los dos corazones iban frenando.
—No me puedo creer lo bien que te mueves con esto —dijo, todavía asombrada—. Eres otra persona en la cama.
—La sorprendente eres tú —contesté—. Aprendiste todo en una tarde y lo disfrutaste como si llevaras años.
Ella levantó la cabeza para mirarme, con esa sonrisa pícara que ya empezaba a reconocer.
—Pensé que era yo la que tenía que darte las gracias.
—Digamos que las dos tenemos motivos —me reí—. Pero quiero que esto se repita. Me encantaría seguir descubriendo cosas contigo.
—A mí también —respondió, con los ojos encendidos de nuevo—. No puedo esperar a ver qué más se nos ocurre.
Nos besamos despacio, sellando un acuerdo que ninguna de las dos había planeado al levantarse esa mañana.
—Entonces está decidido —susurré contra sus labios—. Convertimos esto en costumbre.
—Suena perfecto —dijo Renata, radiante—. Y la próxima vez, traigo yo el ron.