La foto de Twitter que me hizo perder la cabeza
Llevaba tres semanas sola en el departamento y empezaba a perder la cuenta de los días. Mis clases en línea no arrancaban hasta dentro de un mes, había limpiado cada rincón del piso dos veces, había terminado los libros que tenía en la mesita de luz y había maratoneado tres series y media. Esa tarde de jueves me sorprendí mirando el techo del living como si en el yeso pudiera aparecer algo nuevo que hacer.
Agarré el celular más por inercia que por ganas. Abrí Facebook: cumpleaños de gente que no recordaba, fotos de bebés ajenos, una receta de canelones que nadie iba a cocinar. Cerré. Instagram tampoco prometía nada distinto: las mismas tres amigas en el mismo bar, los mismos influencers vendiéndome cremas que no iba a comprar. Cerré también.
Twitter era mi último recurso, y siempre lo abría con cierta cautela. La línea de tiempo era un caos de política, fútbol y gente peleándose por nada. Pero esa tarde el algoritmo me regaló otra cosa.
Lo primero fue un video corto. Dos chicas en una cama, una rubia y una morena, besándose con una lentitud que no tiene la pornografía cualquiera. La rubia le sostenía la nuca a la otra como si tuviera miedo de que se le escapara entre los dedos. La morena tenía la mano metida entre las piernas de la rubia, y aunque la cámara no mostraba todo, se le veían los dedos moviéndose bajo la tela empapada de la bombacha. Me quedé mirando más tiempo del que iba a admitir después. Sentí el primer tirón en el bajo vientre, un latido caliente entre las piernas, y crucé los muslos sobre el sillón sin darme cuenta. Ya estaba mojada, y todavía no había hecho nada.
Bajé un poco más con el pulgar y entonces la encontré a ella.
Era una foto sin filtros, tomada frente a un espejo con poca luz. Una mujer mayor que yo —treinta y largos, calculé— mostrando los pechos sin pose, sin la histeria de quien busca aprobación. Tenía las tetas grandes, pesadas, con los pezones oscuros y duros que apuntaban ligeramente hacia arriba, como si el frío del espejo se los hubiera puesto así. Tenía el pelo recogido en un rodete deshecho, un tatuaje diminuto en la clavícula y una sonrisa de costado que no era inocente. Debajo de la foto, un texto breve:
«Mujeres de la ciudad: ¿alguna se anima a una tarde de jueves? Mando privado, sin compromiso».
Hice clic en el perfil. Se llamaba Marisol, o por lo menos eso decía el nombre de usuario. Tenía pocas fotos, todas con la misma luz tenue, la misma estética de no estar buscando nada y al mismo tiempo estar pidiendo todo. En una aparecía dentro de la bañera, con las rodillas asomando sobre la espuma y una mano perdida entre los muslos, como si la hubieran fotografiado justo cuando empezaba a tocarse. En otra estaba sentada al borde de una cama deshecha, con un conjunto de lencería negro que le marcaba el coño a través de la tela, las piernas apenas abiertas, la mirada fija en cámara, como si me hubiera estado esperando a mí.
Volví a la primera. A la de los pechos.
¿En serio le voy a escribir?
No le escribí. No tuve el coraje, o no en ese momento. Pero dejé el celular abierto sobre el apoyabrazos, con su perfil bien arriba, y empecé a deslizar la mano por debajo del short de pijama.
Estaba empapada antes de tocarme. Lo descubrí casi con asombro, como si mi cuerpo hubiera empezado el partido sin avisarme. Los dedos se me hundieron entre los labios del coño sin ninguna resistencia, y cuando los saqué para llevarlos al clítoris venían chorreando, brillantes de mi propio flujo. Los rodeé despacio, de lado a lado, mientras volvía a leer el texto debajo de la foto. «Sin compromiso». La palabra se me repetía en la cabeza con una voz que no era la mía. Metí dos dedos en el coño, hasta el fondo, y los curvé hacia arriba buscando ese punto que sabía encontrarme sola. La piel de adentro me palpitaba, apretada alrededor de mis nudillos.
***
Tuve que parar para sacarme la ropa. Me arranqué la remera por encima de la cabeza —los pezones me quedaron duros al aire, tensos, casi doliendo— y me bajé el short y la bombacha de un tirón. La bombacha tenía una mancha oscura, empapada, que se me pegó al muslo al bajarla. La dejé tirada en el piso del living junto con el short y caminé descalza y desnuda hasta el dormitorio con el celular en la mano. La luz de la pantalla se reflejaba en el espejo del placard cada vez que pasaba al lado, y de reojo me vi las tetas moviéndose con cada paso, los muslos brillándome de humedad hasta las rodillas.
Me acosté boca arriba en la cama, con la espalda contra el respaldo y las piernas bien abiertas, y abrí una pestaña nueva. Busqué videos de chicas con chicas, soy exigente con lo que miro, así que tardé un rato largo en encontrar el adecuado. Mientras tanto, no dejaba de tocarme con la otra mano para no perder la temperatura: dos dedos entrando y saliendo del coño con un ruido húmedo que llenaba el dormitorio, el pulgar dando vueltas sobre el clítoris hinchado. La pantalla me iluminaba la cara y las tetas en intervalos, según iba pasando de uno a otro.
Cuando por fin encontré uno que me funcionó —dos morenas en una habitación de hotel, sin música de fondo, sin diálogos forzados, una arrodillada entre las piernas abiertas de la otra chupándole el coño con hambre— lo dejé en pausa un segundo y volví a la foto de Marisol. La quería de fondo. La quería como si fuera ella la que estaba en la habitación del video, ella la que tenía la cara enterrada entre esos muslos.
Le di play.
Los gemidos de las dos mujeres llenaron el dormitorio. Se oía nítido el chapoteo de la lengua contra el coño, la respiración entrecortada de la que estaba abajo, el «así, así, no pares» dicho entre dientes. Yo cerré los ojos y dejé que la imagen se acomodara sola en mi cabeza. Ya no eran las chicas del video. Era Marisol arriba de mí, con el rodete deshecho cayéndole sobre la cara, con ese tatuaje de la clavícula a la altura de mis ojos. Le veía la sonrisa de costado mientras me besaba el cuello, mientras me mordía el lóbulo de la oreja, mientras bajaba lento por el escote y me atrapaba un pezón entre los dientes.
—Sabía que ibas a entrar a mi perfil —me decía, con una voz que me inventé en el momento, ronca y baja, hablándome contra la piel—. Las nenas como vos siempre entran. Y siempre terminan mojadas antes de escribirme.
Apreté los muslos contra mi mano. La fantasía se fue armando capa por capa, sin que yo tuviera que esforzarme. Marisol pasándome la lengua por el escote, chupándome un pezón hasta dejármelo rojo y después el otro. Marisol bajando por el vientre, dejando un rastro de saliva. Marisol abriéndome las piernas con las dos manos, sin apuro, mirándome el coño abierto como quien se sienta a comer despacio. Marisol pasando la lengua plana, de abajo hacia arriba, en un solo lengüetazo largo que me arrancaría un gemido. Marisol chupándome el clítoris, envolviéndolo con los labios, succionando suave y después fuerte, mientras dos dedos suyos entraban en mí y me la abrían por dentro.
Yo me estaba haciendo todo eso con mi propia mano, pero era ella la que lo hacía. Metí un tercer dedo. Me ardió un segundo y después se acomodó, y el coño me apretó como si supiera que había algo nuevo. Con la otra mano me agarré una teta entera, me la apreté hasta hacerme mal, me pellizqué el pezón entre el índice y el pulgar y lo torcí. Me arqueé sola contra la almohada y solté un «ay, la puta» que me salió entero, sin filtro, en la voz gruesa que me sale cuando estoy sola y cachonda de verdad.
***
En el video, las morenas habían cambiado de posición y una de ellas había sacado un arnés de un cajón. Le colgaba entre las piernas una verga de silicona negra, gruesa, con las venas marcadas, y se la estaba metiendo en la boca a la otra, empujándosela hasta el fondo de la garganta. La chica de abajo tenía la cara empapada de saliva y lo chupaba con los ojos entrecerrados, sacándola brillante y volviéndosela a meter entera. Después la primera se acomodó entre sus piernas, se escupió en la mano, se lubricó la verga y se la empezó a meter en el coño de a poco, primero la punta, después la mitad, hasta que la otra le pidió más y se la clavó de un solo golpe hasta las bolas de plástico.
Me quedé fija en la imagen un momento. No era algo que hubiera probado nunca. Lo había visto, lo había imaginado, pero siempre desde una distancia segura, como quien mira por la ventana algo que pasa en otra cuadra.
Esa tarde no había distancia segura. Tenía el coño abierto, chorreando sobre las sábanas, y necesitaba algo adentro. Algo más que mis tres dedos.
Estiré la mano hasta el cajón de la mesita de luz buscando algo, lo que fuera. Lo primero que encontré fue el mango de un cepillo de pelo, largo, redondo, frío. Me lo apoyé en la palma para pensarlo dos segundos y después decidí que no había nada que pensar. Me lo llevé primero a la boca. Lo chupé como había visto que la del video chupaba la verga del arnés, imaginándome que era la de Marisol, ensopándolo con saliva desde la punta hasta la base. Después lo bajé, lo froté un rato contra los labios del coño para entibiarlo, lo pasé por el clítoris haciéndolo resbalar sobre el flujo, y despacio empecé a meterlo.
Solté un gemido largo, sucio, que no sabía que tenía guardado. El cepillo no era ni tan grueso ni tan largo como para asustar, pero se abría paso con esa dureza distinta, esa firmeza que los dedos no tienen. La sola idea de estar haciéndome eso a mí misma —imaginando que era ella la que lo manejaba, ella la que me lo clavaba desde arriba con el arnés puesto— me llenó la cabeza de una intensidad que no me esperaba.
—Movete —me decía Marisol en mi cabeza, con la cara apoyada contra mi oreja, la voz ronca, la boca oliéndome a mí—. Movete vos, así, para mí. Cogételo. Mostrame cómo te la cogés.
Empecé a marcar el ritmo de las embestidas del video. Subía las caderas al encuentro del cepillo, lo retiraba casi entero hasta que la punta apenas asomaba entre los labios, lo volvía a meter hasta el fondo de un solo golpe. La muñeca me quedaba en un ángulo raro, pero no me importaba: el mango me golpeaba adentro cada vez, y cada golpe me arrancaba un jadeo. Con la otra mano me pellizcaba los pezones, primero uno y después el otro, tirándolos hacia arriba hasta que me dolían de verdad. El dolor entraba en el placer como si fueran la misma cosa. Cada tirón me llegaba directo al coño y el coño se apretaba alrededor del cepillo.
—Más fuerte —me pedía la Marisol de mi cabeza—. Más fuerte, nena, no seas gilada. Cogételo bien.
Me senté en la cama, apoyé el cepillo contra el colchón con el mango parado y me dejé caer encima de él. Sentí toda la vara entrar de golpe y grité contra la almohada que agarré para no despertar al edificio entero. Empecé a saltar sobre el mango con todo el peso del cuerpo, sosteniéndome con las dos manos en las rodillas, las tetas bailándome frente a la cara, el rebote húmedo del culo contra el colchón cada vez que bajaba. El pelo me caía sobre la cara, el sudor me bajaba por la espalda y entre los pechos y me goteaba desde las puntas de los pezones. Yo miraba hacia abajo y veía el mango del cepillo apareciendo y desapareciendo entre mis piernas, brillante, empapado, y me imaginaba que en cada bajada era ella la que empujaba desde abajo, embistiéndome.
En la pantalla del celular, que había quedado tirado a un costado de las sábanas, las dos morenas seguían en lo suyo, pero yo ya casi no las escuchaba. La del arnés le estaba dando por atrás a la otra, agarrada del pelo, hablándole feo, tirándole la cabeza hacia atrás con cada envión.
Lo único que escuchaba era mi propia respiración, el ruido pegajoso del cepillo entrando y saliendo, y la voz inventada de Marisol.
—Sos mi favorita —me decía, con la mano imaginaria en mi cintura, dirigiéndome desde abajo—. Mi nena favorita. La que se coge sola pensándome. Vení, vení a acabarme encima.
Me llevé la mano al clítoris sin dejar de saltar. Lo apreté con dos dedos y le hice círculos rápidos, sin ritmo, apretando fuerte porque a esa altura ya no me servía la caricia suave. Necesitaba fricción, necesitaba dolor, necesitaba que algo me sacara del cuerpo lo que se me había juntado adentro.
***
El final no llegó como otras veces. No fue una ola que sube y baja. Fue algo más parecido a una descarga, una sacudida que me partió en dos durante un segundo larguísimo en el que no escuché nada, ni el video, ni mi respiración, ni el ventilador del techo. El coño se me cerró alrededor del cepillo con una fuerza que me asustó, como si quisiera retenerlo adentro para siempre. Sentí una corrida caliente correrme por los muslos y por el mango, empapándome las manos, chorreando sobre las sábanas. Todo se quedó pasmado.
Después el cuerpo me empezó a temblar en serio. Me dejé caer de costado sobre la cama, con el cepillo todavía adentro, riéndome y jadeando al mismo tiempo. Las piernas no me respondían; me temblaban por dentro, con esos espasmos chiquitos que quedan después de un orgasmo demasiado largo. Tenía las mejillas mojadas y no sabía si era sudor o lágrimas; cuando me toqué la cara, decidí que un poco de cada cosa.
El video terminó solo. Un silencio profundo entró por la ventana abierta del dormitorio. Afuera estaba empezando a oscurecer, y en el living habían quedado prendidas las luces de la tarde, esas que ya no hacían falta.
Saqué el cepillo con cuidado —salió con un ruidito húmedo, empapado hasta la mitad del mango—, lo dejé envuelto en una toalla sobre la mesita de luz para limpiarlo después y me quedé un rato boca arriba, con las piernas todavía abiertas y el coño palpitándome despacio, mirando el techo. Esta vez no buscaba nada nuevo en el yeso. Ya había encontrado algo nuevo. Me lo había hecho a mí misma con la cara de una mujer que no conocía.
Estiré la mano y agarré el celular. La foto de Marisol seguía abierta en el perfil. La miré un rato largo, esta vez sin urgencia, casi con cariño. Le había debido más de lo que ella nunca iba a saber.
Pensé en escribirle. Pensé en mandarle un mensaje corto, una sola línea, algo del tipo «¿seguís con la propuesta del jueves?». Tenía el dedo encima del botón. La tarde de jueves se había terminado, pero el deseo recién empezaba.
Al final no le escribí. No esa noche. Bloqueé el celular, lo dejé boca abajo en la mesita y me metí en la ducha con la sensación de haber descubierto una puerta que no sabía que estaba ahí.
Mientras el agua me caía por la espalda —y todavía se me escapaba flujo por los muslos, mezclándose con el agua caliente antes de bajar por el desagüe—, me prometí dos cosas. La primera, que el jueves siguiente iba a abrir Twitter sin esperar nada, exactamente como había hecho esa tarde, a ver qué me devolvía el algoritmo. La segunda, que la próxima vez no me iba a conformar con una foto y un cepillo.
La próxima vez iba a querer la cosa entera. La sonrisa de costado, el rodete deshecho, las manos ajenas en el cuello, la lengua de otra mujer entre mis piernas, una verga de silicona bien gruesa entrándome hasta el fondo mientras me miraran a los ojos. A Marisol o a cualquier otra mujer que apareciera en mi pantalla un jueves a la tarde, con la luz tenue y la propuesta directa.
Ya no quería volver a la inercia de antes. Ahora sabía a qué prestar atención. Sabía qué buscar. Y sabía, sobre todo, lo que mi cuerpo era capaz de hacer cuando se le abría la puerta correcta.