Aquella mujer del bar despertó mi deseo lésbico
La llamada me llegó pasadas las cinco, cuando todavía estaba archivando carpetas en la oficina y la lluvia golpeaba con saña los ventanales del segundo piso. Renata me dijo que venía a buscarme, que no aceptaba un no, y que me pusiera algo que no le diera vergüenza arrancar. Colgué con el corazón a destiempo y la sonrisa idiota de siempre instalada en la cara.
La esperé bajo el alero. Cuando frenó la moto en la esquina y se bajó con ese vestido verde que se le pegaba al cuerpo por la humedad, tuve que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio. Llevaba el cabello recogido en un moño suelto, dos mechones cobrizos cayéndole por la nuca, y ese aire de tener todo bajo control que la convertía en una amenaza dulce.
—¿Te dejo subir o te quedas mirándome? —preguntó sin sacarse el casco.
Subí.
Hicimos tres diligencias en menos de una hora. Yo iba abrazada a su cintura, sintiendo el cuero de la chaqueta contra la mejilla, y ella manejaba con esa calma desafiante que tienen las personas que saben exactamente lo que están haciendo. Para cuando salimos del último trámite ya había escampado y el cielo tenía ese azul herido de los lunes de otoño.
—Una cerveza —dijo de pronto, mientras esperábamos un semáforo—. Tú y yo. Ahora.
—Es lunes.
—Más razón.
***
El bar quedaba en una calle empedrada del barrio viejo, con luces tibias y música chill saliendo por unas bocinas escondidas entre las plantas. Pedimos dos cervezas. Después otras dos. Renata hablaba con ese acento extraño que arrastraba un poco las eses, y mientras hablaba se tocaba el pelo, se mordía el interior del labio, se inclinaba sobre la mesa hasta que su escote dejaba de ser un detalle y se convertía en un problema.
Yo escuchaba a medias. La verdad es que solo quería quitarle el vestido, o besarla y después quitarle el vestido. No había logrado decidir el orden todavía. Empecé a tocarle la rodilla por debajo de la mesa, primero como un descuido, después como una pregunta. Cuando vi que se le subían los colores a las mejillas, supe que la pregunta tenía respuesta.
La besé sin avisar.
Fue un beso lento, húmedo, que duró más de lo que cualquier beso debería durar en un bar de lunes a las ocho de la noche. Su lengua se mezcló con la mía y sentí cómo el cuerpo entero me hablaba al mismo tiempo. Ella quería ir más rápido. Me mordía el labio inferior cada vez que me separaba a respirar, y cada mordida era más profunda que la anterior. Yo no sabía a qué estábamos jugando. Simplemente me dejé llevar.
Cambió la música. Lo chill se transformó en disco, perreo intenso, bajos que retumbaban en el piso.
—¿Nos quedamos? —preguntó.
—Báilame algo —dije, sin pensarlo.
Se levantó.
Verla en la pista fue una conmoción privada. Alta, blanca, con el pelo cobrizo cayéndole sobre los hombros una vez que se soltó el moño, los ojos verdes turbios bajo las luces. Bailaba como si supiera exactamente qué hacían sus caderas con la cabeza de cualquiera que la mirara. Se pasaba las manos por el cuello, bajaba por el escote, se levantaba el dobladillo del vestido apenas un segundo. Era plena, generosa, con unos pechos grandes que el sostén apenas contenía y unas caderas que se movían en un círculo perfecto con cada compás.
Yo, sentada con mi falda corta y mis dos cervezas, ya estaba mojada de solo mirarla.
Volvió a la mesa cuando terminó la canción. Se sentó tan cerca que su muslo me quemaba el muslo, y me miró con unos ojos que no eran los de antes. Estaban encendidos. Querían algo concreto.
—Te ves más linda cuando me miras así —murmuró.
—¿Así cómo?
—Como si me quisieras comer.
***
Nuestra mesa estaba medio escondida detrás de una columna, y aquello fue una invitación que las dos entendimos al mismo tiempo. Me besó otra vez, más fuerte, con presión. Sus manos buscaron mis piernas, mis manos, mi cuello. Pasó una uña por debajo de mi oreja y un escalofrío me recorrió la espalda entera.
Tuve que decírselo. Me separé un poco y le tomé la cara con las dos manos.
—Tengo que decirte algo. No puedo ir más allá de esto.
—¿Por qué?
—Tengo la regla.
Pensé que se iba a echar atrás. Pensé que iba a poner cara de fastidio o, peor, de comprensión, y que la noche se iba a desinflar como un globo viejo. Pero hizo lo contrario. Los ojos se le pusieron brillantes, casi negros, y la boca se le torció en una sonrisa que no era una sonrisa.
—Mejor —dijo.
Me besó de nuevo, esta vez con sabor a salgamos de acá ya. Yo le pedí más con un gemido bajito en la oreja. Ella se rio con una risa malvada, se acomodó encima de mí en el banco corrido del bar, y empezó a besarme con una urgencia que me dejó sin aire. Un beso, un movimiento, un gemido. Su perfume me invadía cada vez que cerraba los ojos. Su cuerpo era una pared tibia que me tenía contra el respaldo, y yo no podía hacer nada más que dejar que pasara.
Casi me corrí ahí mismo, vestida, sin que me tocara.
—Aguanta —me dijo de pronto, separándose—. Todavía no te toqué.
Se levantó como si nada, tomó un trago largo de su botella y volvió a la pista a bailar la siguiente canción.
Aguantar. Eso era lo único que me dejaba hacer. Aguantar y mirarla mover las caderas en círculos lentos a diez metros de mí, con el sabor de su boca todavía en mi boca. Qué mujer. Cómo no me había dado cuenta antes de hasta dónde podía llevarme.
Cuando volvió a la mesa fingió que no había pasado nada. Pidió la cuenta sin mirarme.
***
Llegamos a la moto y, antes de que yo entendiera la coreografía, ella ya me tenía de espaldas contra el asiento, abrazándome por la cintura, besándome el cuello.
—¿Te gusta? —me preguntó al oído.
Asentí con un gemido bajito. Cómo iba a decir que no.
El recorrido hasta el hotel fue corto. Yo la abracé fuerte, hundí la nariz en el cuello de su chaqueta y respiré su perfume todo el camino. Era la primera vez que la abrazaba sin pretexto.
La habitación tenía una lámpara amarilla y una colcha demasiado blanca. Hablamos un minuto, los dos minutos más nerviosos de la noche. Me bañé y salí en bata. Ella se bañó y salió con una toalla envuelta a la altura del pecho. Apagué la luz. La prendió ella. La volví a apagar. Solo quería verla, besarla y sentirla. Quería que nos comiéramos enteras.
El primer beso en la cama fue distinto de todos los anteriores. Más calmado, casi solemne. Pero su mordida volvió enseguida, y la mirada se le puso otra vez de loba. Pocas palabras. Mucha mirada. Mucho silencio cargado.
Quise tomar el control y bajé hasta sus pechos. Pasé la lengua por la curva entre los dos, los probé, los mordí despacio. Pero sus dientes en mi hombro me recordaron quién mandaba esa noche, y volví a quedar bocarriba sin haberlo decidido.
—Quédate quieta —dijo.
Bajó. Primero rápido, casi con prisa. Después se obligó a frenar. Lamía y subía. Me besaba la boca, me dejaba el sabor de mí en los labios y volvía a bajar. Hizo eso tantas veces que perdí la cuenta. Yo decía más, más, más sin parar. Mi voz era una sola sílaba repetida.
Cuando finalmente sus dedos rozaron mi clítoris en un círculo lento, me corrí casi sin previo aviso. Fue un orgasmo corto pero violento. Lo había tenido reprimido desde el banco del bar. Maldije en voz alta. Ella se rio con esa risita suya y bajó la mano por mi cuerpo, mordiéndome el labio mientras yo todavía me sacudía.
—Esa fue la primera —dijo—. Faltan.
***
Su mano volvió a recorrer el camino. Pechos, abdomen, vientre. Sus dedos encontraron mis labios húmedos y empezaron a girar sobre el clítoris, primero suaves, después con una presión que me sacó de mí. Estaba a punto otra vez cuando retiró la mano de golpe y me miró con esa cara de gato satisfecho.
—Relájate —dijo.
Relajarme. Solo quería acabar.
Bajó el rostro entre mis muslos sin avisar. Me agarró fuerte por la cara interna de las piernas y empezó a pasar la lengua entre los labios, despacio, mientras me miraba con la cara de loba que ya conocía. Puse las dos manos sobre su cabeza y presioné. Quería más, quería rápido, quería todo. Entre lamida y mordida me corrí otra vez, un orgasmo largo, profundo, sin contención. Grité. Me estremecí. Sentí el cuerpo abrirse en dos.
Cuando todavía no me había recuperado, vi cómo se mojaba los dedos en mí. Rojos o no. Ya no quería saberlo.
Metió un dedo. Después otro. Empezó a moverlos tan rápido que el ruido acuoso de la penetración se escuchaba en toda la habitación. Yo gritaba pidiendo más. Más, más, más, era lo único que me salía. Aumentó el ritmo hasta que me corrí por tercera vez, un chorro tibio que mojó las sábanas y me arrancó un grito que no se parecía a ningún sonido mío anterior. Me temblaba el cuerpo entero. Repetía «qué rico, qué rico» como una idiota, una y otra vez, sin poder parar.
Se tumbó a mi lado. Yo seguía temblando. Me besó la frente.
—Vamos a lavarnos —dijo.
***
En el baño hablamos, nos reímos, recuperamos el aire. Yo seguía con esa sensación rara de cuerpo recién devuelto. La miré entre el vapor de la ducha y le dije que sí. Sin pregunta. Solo un sí.
Ella entendió.
Volvimos a la cama. Otra mirada, otro beso profundo. Su lengua jugando con la mía, su mordida suave, mis manos recorriéndole la espalda. Ella me agarró del pelo con una fuerza que me arrancó otro gemido. Yo decía más sin saber si lo decía o solo lo pensaba.
Esta vez no dudó. Jugó con mis pechos con fuerza, me sujetó las muñecas contra la cama con una sola mano, me presionó el abdomen con su peso. Cada beso era más intenso que el anterior, cada mordida más larga. Su mano libre me apretó el cuello, no fuerte, lo justo. La otra me bajó por la espalda como un gato, las uñas marcándome la piel hasta llegar a las nalgas.
—Más —dije.
—Pídelo bien.
—Más, por favor.
En un movimiento que no entendí, me puso encima de ella. Quedamos abiertas, su entrepierna mojada contra la mía, y empecé a moverme tan rápido como podía. Sus manos me agarraron las nalgas. Una se hundió por la cara interna de mis muslos.
—Pídelo —repitió.
—Más. Quiero más. Quiero ser tuya.
Me sentía encima de una montaña. Mientras más me movía, más le brillaban los ojos. Me pasó los dedos por los labios y los chupé uno a uno, primero el índice, después el medio, mientras seguía moviéndome contra ella. Iba a acabar otra vez.
Cambié de posición sin avisar. Quería sentirla detrás de mí. Su mano volvió enseguida al pelo, tirando, marcándome el ritmo. La otra me agarró una nalga y me dio una palmada que me arrancó un sonido nuevo. Otra. Otra más.
—Más —dije, casi sin voz.
Se acercó. Mientras yo me movía contra ella, una de sus manos encontró mi clítoris y empezó a frotarlo en ese círculo lento que ya me sabía de memoria. Sus pechos contra mi espalda, su respiración en mi nuca, su otra mano apretándome la cadera para que no me escapara. Me corrí con un grito largo, un orgasmo que se desbordó hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo. Su mano entera me cubría el sexo y no se movió hasta que dejé de temblar.
Me tumbé a su lado con la respiración hecha pedazos.
—Continuará —dijo, y me besó el hombro.