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Relatos Ardientes

Lo que ella me hizo sentir sin habernos tocado nunca

Hace algo más de un año, justo antes de un viaje pequeño con mi madre, conocí a una chica dentro de un juego de realidad virtual. Se llamaba Belén y vivía a más de diez mil kilómetros de mí. No nos tocamos nunca, y aun así, fue una de las experiencias más intensas que recuerdo.

Para entonces yo acababa de salir de una relación a distancia que se había roto y reanudado tantas veces que ya nadie llevaba la cuenta. Lo quería de verdad, eso fue lo peor. Él decía quererme también, pero las palabras le salían fáciles y los gestos le costaban una eternidad.

Cuando por fin entendí que dos años de promesas no equivalían ni a una sola decisión concreta, lo dejé. Otra vez. Esta vez, me prometí, en serio.

Estaba aburrida, estresada y con la cabeza llena de ruido. Así que hice lo que siempre hago en esas circunstancias: me encerré en mi cuarto y me metí en un juego nuevo. Una especie de simulador social en realidad virtual, parecido a esos clásicos donde uno construye casas y vidas enteras, pero con cuerpos detallados, voces verdaderas y la posibilidad de hablar con cualquier persona conectada al servidor en cualquier parte del mundo.

La encontré la segunda noche. Estaba sentada en una terraza virtual frente a un mar de cartón pintado, jugando con un perro que ladraba con un sonido demasiado real. Me acerqué para acariciar al perro y ella se rió. La risa me llegó por los auriculares con una nitidez que me dejó tonta unos segundos.

—Eres la primera persona que se acerca al perro y no a mí —dijo en español, con un acento dulce que no terminé de ubicar.

Le contesté algo torpe, algo sobre que los perros son mejores que las personas. Ella se rió otra vez y me invitó a sentarme.

Belén tenía veintipocos. Vivía en una ciudad costera al otro lado del océano, en un país que yo solo conocía en fotos. Esa misma noche me enseñó las suyas, las verdaderas, las de fuera del juego. Tenía la piel del color de la canela tostada y el pelo recogido en una trenza floja que dejaba escapar mechones por todas partes.

En una de las fotos llevaba un vestido blanco y miraba a la cámara con un gesto que no sabría definir: medio desafío, medio promesa. Le dije que era hermosa y ella respondió que se le notaba el bronceado del verano. A ella sí le gustaba la playa. A ella sí le gustaba el sol.

A mí no. A mí el sol me derrota. Pero esa noche, mientras la escuchaba contar historias del mar al otro lado del mundo, pensé que tal vez si era con ella, hasta el sol me caería bien.

***

Hablamos cada noche durante dos semanas. Belén era extrovertida de la manera en la que yo siempre quise ser y no fui. Hablaba con las manos aunque yo no pudiera verlas; lo notaba en la cadencia. Tenía dos gatos que se le subían al teclado y un perro al que le hablaba como si fuera su hijo.

En lo demás éramos opuestas. Yo soy callada, ella era una catarata. Yo desconfío, ella se entregaba al instante. Yo era flaca y pálida, con una cintura que apenas se notaba; ella tenía un cuerpo de modelo de pasarela, hombros estrechos, caderas anchas que sabían moverse incluso en el modo en que se sentaba en una silla, y un par de tetas grandes y firmes que se le marcaban debajo de cualquier camiseta. Se vestía como si supiera exactamente qué hacía con cada centímetro de tela. Y se reía de mí cuando se lo decía.

—Tú también eres guapa, boba —me dijo una noche—. Solo que no te lo crees.

Una semana después, después de muchísimas risas y de algunas confesiones que ya no eran del todo inocentes, me lo dijo. No en el juego, sino en un chat privado al que habíamos terminado mudándonos para ciertas conversaciones.

—Con la gente que me da confianza —escribió—, te aviso que puedo ser bastante caliente. Muy caliente. De las que hablan sucio y no se cortan.

Leí esa frase tres veces. Sentí el calor subiéndome desde el estómago hasta el coño, un tirón bajo y espeso que me obligó a apretar los muslos. Me quedé mirando la pantalla con la boca medio abierta y, por primera vez en mucho tiempo, todo el ruido de mi cabeza se calló.

Le contesté que también podía serlo yo. Que hacía meses que nadie me tocaba y que se me estaba acumulando todo por dentro.

Esa noche no dormí. Me metí la mano debajo del pijama y me corrí dos veces pensando en su boca, en su acento, en la idea de tenerla arrodillada entre mis piernas diciéndome guarradas en ese español dulce.

***

A partir de ahí, las conversaciones cambiaron. No de golpe. Fue más bien como cuando se abre una puerta despacio, ese ruido apenas perceptible, y uno sabe que del otro lado hay algo que va a entrar.

Mi cabeza empezó a llenarse de escenas en las que ella y yo éramos las protagonistas. Cuando estaba sola, que era casi siempre, cerraba los ojos y la inventaba a mi lado. La imaginaba primero hablando, todavía vestida, mirándome con esa media sonrisa. Después acercándose, oliéndome el cuello, mordiéndome el lóbulo de la oreja con la misma risa con la que se reía de mí en los chats.

Imaginarla era casi como tenerla. Casi.

Le recorría la espalda con la palma abierta y la sentía arquearse. Le ponía las manos sobre la cintura, donde se le marcaba esa curva que tantas veces le había visto en las fotos, y bajaba despacio hasta las caderas, hasta meterle los dedos por debajo del elástico de las bragas y notarle el culo firme, tibio, apretado. Le desabrochaba el sujetador y le sacaba las tetas a la luz, esas tetas grandes con los pezones oscuros y erectos que yo llevaba semanas imaginando. Le lamía uno mientras le pellizcaba el otro entre el índice y el pulgar, sacándole ese jadeo torpe que me tenía obsesionada. Le mordía el pezón hasta hacerla gritar bajito y después le pasaba la lengua plana, despacio, para calmarla.

Belén echaba la cabeza hacia atrás y los párpados se le entrecerraban, como cuando alguien está a punto de quedarse dormido, pero al revés: despertando hacia adentro. Me agarraba del pelo y me empujaba hacia abajo, sin decir nada, solo con la mano.

Su voz era lo que más me obsesionaba. La voz que ya conocía, la real, la que me había hecho reír durante semanas, ahora sonaba en mi imaginación entrecortada, con una respiración que se quebraba cada vez que la tocaba en el lugar correcto. Los jadeos no eran teatrales. Eran torpes, casi infantiles, como si ella misma se sorprendiera de lo que su cuerpo era capaz.

—Sigue, no pares, más abajo —me pedía en mi cabeza, con el acento cortado por el aire que le faltaba—. Métemela, cómemela, por favor.

Bajaba, ponía mi boca donde había puesto antes las manos. Le abría los muslos con las dos manos y le encontraba el coño hinchado, brillante, con el clítoris ya duro asomándose entre los pliegues. Le pasaba la lengua entera, de abajo hacia arriba, despacio, saboreándola. Ella soltaba un gemido largo, sucio, y me clavaba los talones en la espalda. Le chupaba el clítoris con los labios, se lo mordía apenas, se lo dejaba entre la lengua y el paladar mientras le metía dos dedos y los curvaba hacia adentro buscándole ese punto que la hacía retorcerse. La oía clavarme las uñas en los hombros, decirme algo en su acento dulce que ni siquiera era una palabra, solo un sonido animal. Mi nombre lo gemía siempre torcido, partido en dos sílabas que casi no sonaban a mí.

La follaba con los dedos hasta que se le apretaba el coño entero alrededor de mi mano y me venía en la cara con un temblor largo, jadeando, empujando la pelvis contra mi boca mientras yo no dejaba de lamerle el clítoris hinchado. Después subía por su cuerpo, le pasaba los labios mojados por los pezones, por el cuello, y le metía la lengua en la boca para que se probara.

Y después, lo que más me asombraba de mí misma: no quería terminar rápido. Mi cabeza, que había aprendido a apurar todo, aprendió a alargarla. A hacerla correrse dos, tres veces seguidas antes de subir a besarle la boca. A imaginar que ella me devolvía cada cosa, que me abría de piernas y me hacía lo mismo, que me chupaba el coño hasta dejarme sin voz.

Me corría siempre pensando en su lengua entre mis muslos. Siempre.

***

Unas semanas más tarde, en pleno desorden de esa fantasía que había crecido sola, nos fuimos de viaje con mi madre.

Ella estaba embarazada de mi hermana menor y necesitaba descansar, así que reservamos cinco noches en un hotel pequeño frente al mar, a un par de horas de casa. El sitio era precioso, todo blanco y madera, con una piscina infinita que daba a la arena.

A mi madre se le notaba feliz. A mí, que no soy fan del sol ni de la playa, me bastó con un día entero al borde del agua para terminar con fiebre.

La fiebre me dejó tirada en la cama del hotel mientras mi madre se ocupaba del bebé que todavía no había nacido. Tenía las cortinas corridas, la luz dorada filtrándose apenas, y el rumor del mar entrando por la ventana entreabierta. Era el escenario perfecto para extrañar a alguien.

Le escribí a Belén. Le mandé una foto del techo del cuarto. Le conté que me sentía un desastre, que estaba sola, que no la quería molestar pero quería oírla.

Ella me llamó.

Me hablaba bajito porque a esa hora su casa, en su huso horario, ya dormía. Yo cerré los ojos y escuché. Me contó tonterías, que su perro estaba enfadado con ella porque no le había sacado a pasear, que el día siguiente trabajaba doble turno y que estaba cansada. Me hablaba como se le habla a alguien al que se quiere cuidar.

En un momento, sin venir a cuento, me dijo:

—Si yo estuviera ahí ahora mismo, te pondría la mano en la frente para ver si te ha bajado la fiebre.

Le contesté que no me la pusiera ahí.

Hubo un silencio del otro lado. Un silencio corto, denso, que solo se entiende cuando alguien está pensando lo mismo que tú.

—¿Dónde, entonces?

—Más abajo —le dije, con la voz ya ronca—. Mucho más abajo. Métemela entre las piernas.

La oí soltar el aire de golpe. Ella, que era valiente donde yo nunca lo había sido, no dudó ni un segundo.

—¿Estás desnuda debajo de la sábana?

—Solo con la camiseta.

—Quítate las bragas. Ya.

Obedecí. Levanté las caderas y me las bajé despacio, sintiendo el algodón húmedo despegárseme del coño. Las tiré al suelo. Me quedé con la camiseta subida hasta las tetas y las piernas abiertas debajo de la sábana, esperando su voz como si fuera una orden.

—¿Ya está? —le dije.

—Ya está. Ahora ábrete de piernas para mí. Abiertas del todo. Quiero imaginarte así.

Lo hice. Doblé las rodillas y las dejé caer a los lados. El aire del ventilador me pegó justo entre los muslos y sentí el frío contra la humedad que ya tenía ahí desde antes de descolgar el teléfono.

—Métete un dedo —me dijo—. Solo uno. Despacio. Como te lo metería yo si estuviera ahí.

Me chupé el índice y me lo bajé por la barriga, por el pubis, hasta encontrarme el clítoris hinchado y latiendo. Me lo pasé por encima haciendo círculos pequeños. Solté un gemido contra la almohada.

—No te lo aguantes —susurró—. Quiero oírte.

—No puedo, mi madre está en el cuarto de al lado.

—Pues muérdete la almohada, pero déjame oírte respirar. Y méteme ese dedo ya, no me hagas esperar.

Me lo hundí entero. Estaba tan mojada que entró sin resistencia. Se me escapó un jadeo largo que Belén cazó al vuelo.

—Eso es. Ahora dos. Métete dos y muévelos despacio, como si fuera mi lengua. Yo te la estaría chupando ahora mismo, ¿lo sabes? Te tendría el clítoris entre los labios y te estaría comiendo el coño hasta que me pidieras que parara.

—No pararía —le dije contra la almohada, con la voz rota—. No te dejaría parar nunca.

—Entonces sigue tocándote por mí. Ponte la palma encima, sobre el clítoris, y muévela en círculos mientras te sigues follando con los dedos. Sí, así. ¿Estás húmeda?

—Empapada.

—Chúpate los dedos después. Quiero que sepas a qué sabes tú, porque yo quiero probarte algún día.

Yo escuchaba con la cara hundida en la almohada para que el sonido no se escapara al pasillo. Una mano sostenía el teléfono. La otra hacía justo lo que ella me iba describiendo, despacio, al ritmo de su voz. Me metía dos dedos hasta el fondo, los curvaba, los sacaba brillantes y me los volvía a meter. Con la palma me apretaba el clítoris contra el hueso y movía la mano entera en pequeños círculos que me ponían los muslos a temblar.

Belén respiraba más fuerte al otro lado. Me di cuenta de que ella estaba haciendo lo mismo. No me hizo falta preguntarle. Se le oía el roce húmedo de la mano contra su propio coño, un sonido pequeño, casi obsceno, que se colaba entre sus palabras.

—Yo también me estoy tocando —me confesó—. Tengo las tetas fuera y me estoy pellizcando un pezón mientras me froto. Estoy pensando en tu boca. En cómo me la comerías. Me follaría tu lengua ahora mismo.

—Dímelo todo —le supliqué—. No pares de hablar.

—Te la metería hasta el fondo, hasta que me sintieras palpitar contra los labios. Te agarraría del pelo y no te dejaría subir hasta que me corriera en tu boca. ¿Me la beberías?

—Toda. Sin dejar una gota.

Sus frases se fueron acortando. Las mías también. Hasta que dejaron de ser frases y se convirtieron en respiraciones, y las respiraciones en su nombre dicho contra la almohada, y el suyo dicho contra el auricular.

—Me voy —jadeó ella—. Me estoy corriendo, joder, me estoy corriendo pensándote.

—Yo también, Belén, yo también, no pares.

Oí cómo se le rompía la voz en un gemido largo, apretado, que intentaba contener con la boca cerrada y no podía. Ese sonido me tiró del coño hacia adentro y me hizo correrme yo también, mordiendo la almohada con los dedos hundidos hasta el nudillo, sintiendo cómo los músculos se me apretaban una y otra vez alrededor de mi propia mano. Me mojé entera. Se me quedó la mano brillante, el muslo pegajoso, la sábana con una mancha oscura debajo del culo.

Cuando terminó, las dos nos quedamos calladas. Ninguna de las dos colgó. Escuchamos respirar a la otra durante varios minutos. Yo me chupé los dedos, obediente, como me había pedido, y solté un suspiro que ella cazó al otro lado.

—¿Sabes a algo? —me preguntó, con una risa cansada.

—A sal. A mar.

—Algún día te voy a tocar —dijo ella.

—Algún día —contesté.

***

Nunca pasó. La vida siguió, las distancias se hicieron más pesadas, los planes de viaje quedaron en planes. Ella conoció a otra persona, yo a otra, y nos fuimos espaciando los mensajes hasta que dejaron de existir. La última vez que vi su perfil fue hace meses, casi por accidente, mientras buscaba a alguien más.

Pero a veces, cuando me quedo sola y la cabeza vuelve a llenarse de ruido, me acuerdo de aquella semana en el hotel frente al mar. De la fiebre, del rumor del mar entrando por la ventana, de su voz subiéndome despacio por el auricular mientras me metía los dedos hasta el fondo. Del sonido de ella corriéndose al otro lado del mundo, solo para mí.

Y entiendo algo que entonces no supe nombrar: no necesité tocarla para que ella me cambiara el cuerpo entero.

Belén me enseñó que el deseo entre dos mujeres no necesita carne para ser real. Que dos chicas pueden encenderse a través de una pantalla, una voz, una promesa que ninguna de las dos cumplirá. Y que algunas fantasías, las mejores, no tienen final feliz: tienen un final que se sigue contando solo, una y otra vez, cada vez que cierro los ojos y meto la mano debajo de la sábana.

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Comentarios(8)

NataliaBR

Me llego directo al corazon, que manera de escribir!!!

CaroDSur

Por favor una segunda parte! me quede con ganas de saber como termino todo esto

Caro_1991

Increible como captaste esa sensacion de querer a alguien sin haberse tocado nunca. muy real y muy bien narrado

lectora_libre

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, esa conexion tan intensa que sientes aunque la persona este lejos... hermoso relato

Violeta_noc

Se nota que hay sentimiento detras de cada palabra. Espero que sigas publicando, me gustaria leer mas tuyo

Marisol_M

Se hizo corto!!! quiero mas

LecturaNoche

Lo lei dos veces. Es de esos relatos que te dejan dando vueltas en la cabeza un rato largo despues de terminar

Rodrigo_NE

Muy original el concepto, la distancia como protagonista de todo. Buen trabajo

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