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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me pidió que la dibujara desnuda

Tenía los dedos resbalando entre los muslos cuando el celular vibró sobre la mesa de noche. La pantalla iluminó toda la habitación y el zumbido se mezcló con mi respiración entrecortada. Estaba a un movimiento de terminar, a un suspiro de soltar todo lo que había estado acumulando esa tarde encerrada en mi cuarto, dibujando hasta que la mano se me cansó y el cuerpo me pidió otra cosa.

—No, no, no, no —murmuré contra la almohada.

Aparté la sábana de un tirón y manoteé el teléfono. La voz que escuché del otro lado me dejó la mano paralizada a medio camino.

—¡Lucía! Estoy abajo. Traigo papas, traigo vodka, traigo malas decisiones. Ábreme.

Camila. Mi mejor amiga desde la facultad, la chica con la que había llorado más de una serie, la única persona en el mundo que sabía que detrás de la cuenta de Twitter «Lady Carmín» estaba yo, dibujando viñetas de estilo manga que coqueteaban con el hentai y que tenían casi treinta mil seguidores. Camila, también, la chica por la que me había guardado un secreto desde los diecinueve años: cada vez que se reía con la boca abierta, yo dejaba de respirar dos segundos.

—Bajo en un minuto —respondí, mientras me limpiaba la mano contra una toalla que tiré después al canasto.

Me cambié los shorts por unos limpios, me até el pelo y bajé las escaleras de dos en dos. Cuando abrí la puerta del edificio, ella estaba apoyada en el marco con una bolsa transparente colgándole de la muñeca y una sonrisa que no le había visto en semanas.

—Tardaste —dijo.

—Tardé tres pisos.

—Y eso que te apuré.

Subimos en silencio. En el ascensor, ella miraba el techo y yo miraba el reflejo de las dos en la puerta de acero. Llevaba el pelo castaño cortado más corto que la última vez que la había visto, justo encima de los hombros, y un mechón se le caía sobre el ojo izquierdo cada vez que ladeaba la cabeza.

Ya en el departamento, vacié las papas en dos cuencos y serví el vodka con hielo. Camila se sentó con las piernas dobladas debajo del cuerpo en el sillón del salón. Encendió la luz suave del rincón, esa amarilla que dejaba todo en penumbra, y subió un poco la música desde el parlante. Era nuestro ritual de los viernes.

Hablamos un rato de nada. De su trabajo en la inmobiliaria, de las comisiones de dibujo que se me habían acumulado esa semana, del café nuevo que abrió en la cuadra. Pero Camila estaba rara. Apretaba los muslos, se mordía el interior del labio inferior y miraba la copa más que a mí.

—Suéltalo ya —le dije al final.

—¿Tanto se me nota?

—Hablas como si me debieras dinero.

Soltó una risa corta, nerviosa.

—Bruno y yo terminamos.

Bruno. El novio de tres años con el que se peleaba por mensajes todos los lunes y se reconciliaba todos los sábados. Mantuve la cara lo más quieta que pude.

—¿Cuándo?

—Hace dos semanas. Pero no es eso lo que te quería contar.

Levantó la copa, tomó un trago largo, y la dejó sobre la mesita.

—Quiero pedirte algo —siguió—. Y antes de que digas que sí o que no, déjame terminar.

—Vale.

—Quiero que me dibujes.

Me reí.

—Es lo que hago. ¿Para qué tanto preámbulo?

—Quiero que me dibujes desnuda.

La risa se me quedó atragantada en algún lugar entre la garganta y el pecho. Levanté las cejas y la miré, esperando que se largara a reír y me dijera que era una broma. No se rió.

—No al estilo manga —agregó—. Algo realista. A lápiz. Como esos que haces cuando practicas anatomía.

—Camila…

—Dime que sí.

Me quedé callada. Sentí el calor subiéndome por el cuello hasta las orejas, y supe sin necesidad de tocarme que estaba colorada hasta la raíz del pelo. Lo único que atiné a decir fue una indicación seca:

—Ve, toma la libreta. Está sobre el escritorio.

***

Cuando volví del baño, había dejado el vestido doblado sobre el respaldo. Estaba recostada de costado en el sillón, con la cabeza apoyada en un codo y una pierna cruzada sobre la otra. Llevaba solamente unas medias finas que le llegaban hasta la mitad del muslo, sostenidas por una franja de encaje negro. Nada más.

—¿No vas a sentarte a dibujar? —preguntó.

Tragué saliva. Me senté en el suelo, con la libreta apoyada sobre las rodillas y el lápiz a medio sostener entre los dedos. Tenía el pulso disparado.

—Acomódate como quieras —dije, intentando sonar profesional.

Ella se acomodó. Boca arriba, una pierna apoyada contra el respaldo del sillón y la otra estirada hacia mí. Una mano detrás de la nuca, la otra abierta sobre el vientre. La luz amarilla le caía sobre el pecho y dejaba el resto en una penumbra que tenía algo de cine en blanco y negro.

Empecé a trazar. Las líneas del hombro, la curva de la clavícula, el comienzo del esternón. Cada vez que levantaba la vista, me obligaba a mirarla como modelo, no como persona. Funcionó durante diez minutos.

Después dejó de funcionar.

—¿Estoy quieta? —preguntó.

—Estás perfecta.

—¿Y entonces por qué te tiemblan las manos?

No le contesté. Bajé la vista al cuaderno y traté de concentrarme en el ángulo del muslo. Sentí el latido empujándome contra los shorts, sentí la humedad propia volviendo a aparecer, esa que el celular había interrumpido una hora antes y que ahora regresaba con más fuerza. Si me hubieran dicho esa mañana que terminaría con mi mejor amiga desnuda en mi salón, me habría reído fuerte y largo.

—Ay…

El sonido me hizo levantar la cabeza de golpe. Camila tenía una mano entre las piernas y la otra había bajado hasta el pezón derecho, que pellizcaba con el pulgar y el índice. Tenía los ojos entreabiertos y la boca floja.

—Perdón —murmuró, sin sonar perdida en absoluto—. Es que llevo todo el día imaginando esta escena.

El lápiz se me quedó suspendido en el aire. La libreta cayó al suelo, contra mis pies.

—¿Te gusta lo que ves, Lucía? —preguntó, esta vez en un tono distinto, más bajo, más despacio—. ¿O prefieres seguir dibujando?

—Camila…

—Dímelo.

Apoyé las manos en el suelo y me arrastré hacia ella. No fue una decisión razonada; fue lo único que el cuerpo me permitió hacer. Cuando llegué al sillón, le pasé la lengua por el interior del muslo derecho, desde el borde de la media hasta la ingle. Ella abrió las piernas más y me clavó los ojos encima.

—Sabía que podías ser valiente cuando querías —dijo.

Le tomé la muñeca de la mano que tenía entre las piernas y la guie, sin sacarle los dedos de adentro. Empecé yo a marcarle el ritmo. Con la otra mano, le froté el clítoris con el pulgar, en círculos lentos primero, después más cerrados.

—Así —jadeó—. Justo así, no pares.

Le seguí moviendo la mano y el pulgar, y le besé el vientre, y le pasé la lengua por el ombligo, y le mordí la cadera. Su cuerpo empezó a temblar bajo el mío. Un par de embestidas más y soltó un gemido largo, ahogado contra el dorso de su mano libre. Sentí cómo se le contraía toda la pelvis.

Le saqué los dedos. Un hilo brillante le quedó conectándole los dedos con los labios. Sin pensar, me incliné y se lo limpié con la lengua, recorriéndola entera de abajo hacia arriba. Camila gimió de nuevo, esta vez más suave.

—Te debo una confesión —le dije, con la boca todavía cerca, mirándola desde abajo.

—¿Una sola?

—Llevo años masturbándome pensando en ti, mucho antes de que terminaras con Bruno.

Soltó una risa breve, todavía agitada, y me agarró del pelo para acercarme la cara a la suya.

—Yo dejé a Bruno hace dos semanas porque la última vez que estuvimos juntos no pude terminar pensando en él. Tuve que pensar en ti.

No supe qué decir. La besé. Era la primera vez que la besaba en serio en diez años de amistad, y tenía sabor a vodka, a sal y a ella.

***

Volví abajo. Le pasé la lengua por el ombligo otra vez, después más abajo, después más abajo, hasta que llegué al lugar al que llevaba demasiado tiempo queriendo llegar. Empecé con lamidas pequeñas sobre el clítoris, apenas rozándolo. Las manos de ella se me enredaron en el pelo.

—Lucía, por favor…

Aplané la lengua y la pasé entera, de abajo hacia arriba, una vez, dos, tres. Le metí la lengua, le hice círculos, le volví a buscar el clítoris. Mientras tanto, llevé la mano izquierda entre mis piernas y por encima de los shorts apreté con el dorso, después por debajo, hasta hacerme dos dedos. Estaba empapada. Hacía rato que estaba empapada.

—Sube —pidió ella, con la voz quebrada—. Sube aquí. Quiero probarte yo también.

Me levanté en menos de un minuto. Me quité la camiseta, me bajé los shorts, me arranqué la ropa interior de un tirón. Camila se acostó boca arriba en el sillón, y yo me senté a horcajadas sobre su cara, agarrándome del respaldo con las dos manos.

El primer contacto de su lengua me sacó un gemido ronco que no me pertenecía. Me sostuve más fuerte. Ella me sujetó las caderas con las dos manos y me marcó el ritmo: lamida lenta, lamida lenta, después un dedo entrando despacio, después dos. Cuando los curvó hacia arriba y dio con ese punto que llevaba años buscando sola, casi me caigo encima.

—Para —jadeé—. Para o me corro ahora mismo.

—¿Y? —murmuró ella desde abajo.

—Quiero correrme contigo.

Me bajé. La tomé de la pierna, me acosté en el otro extremo del sillón y la acomodé de manera que su pierna izquierda quedó cruzada sobre mi vientre y la mía sobre el suyo. Junté mi sexo con el de ella. Mojados los dos, calientes los dos, hinchados los dos.

Empezamos a movernos. Despacio al principio, después con más urgencia. Yo le miraba los pechos rebotando con cada empuje, y ella me agarraba el muslo con una fuerza que iba a dejarme marca al día siguiente. Sentí su pelvis chocando contra la mía, el calor subiendo desde el bajo vientre hasta el cuello, los muslos empapados los dos.

—Lucía, ya está, ya está.

—Un poco más, Cami, espérame.

Apreté los dientes, le clavé los dedos en el muslo, empujé más fuerte. Llegamos casi a la vez. Ella primero, por unos segundos. Yo después, agarrándome del borde del sillón para no patear nada. Tardé un buen rato en abrir los ojos.

***

Cuando recuperé la respiración, Camila estaba mirándome desde el otro extremo del sillón, con una rodilla doblada y la mejilla apoyada en el respaldo. Tenía el pelo pegado a la sien por el sudor.

—Lucía —dijo, despacio—. Me gustas.

Me quedé un segundo en silencio. La cabeza me iba a mil. Acababa de pasar lo que llevaba diez años imaginando, y ella acababa de salir de una relación de tres años. No quiero ser el ensayo de nadie, pensé.

—¿Estás segura? —le pregunté—. ¿No me lo estás diciendo solamente porque acabas de romper con Bruno?

—Hace meses que lo sé, Lucía. Lo único que me faltaba era confirmarlo con alguien que me importara.

—¿Y si me importas tú a mí?

—Mejor todavía.

Estiró el brazo y me apartó un mechón de pelo de la frente. El gesto, después de todo lo otro, me pegó más fuerte que cualquier mordida.

—Bueno —le dije—. Entonces tengo una propuesta.

—Dime.

—Necesito seguir practicando anatomía. Mucha. Y necesito más material para subir como Lady Carmín. ¿Quieres ser mi musa fija?

Se rió. Esta vez con la boca abierta, y por dos segundos dejé de respirar como siempre, solo que esta vez me daba permiso a mí misma.

—Solo si me prometes que cada sesión de dibujo termina como esta.

—No te puedo prometer eso —le dije—. Algunas van a terminar peor.

Me besó. Largo, lento, con sabor a las dos.

Algo me dice que los viernes en mi departamento ya no van a ser lo que eran. Y, francamente, mejor así.

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Comentarios (3)

silvana_bcn

increible, de las mejores que lei en mucho tiempo!!!

RosaLuna

segunda parte porfa, no puedo quedarme con esa intriga

Luciana_Sur

me recordo a una situacion que tuve con una amiga hace años, estas cosas pasan mas de lo que la gente cree jaja

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