Mi primera vez con una mujer terminó en castigo
Empecé la carrera de Diseño hace dos años, y desde el primer mes descubrí que la libertad de vivir sola en otra ciudad tenía una cara que no había considerado. Por las noches, cuando terminaba de estudiar y mi compañera de piso se encerraba en su cuarto, yo abría el portátil y entraba en foros de citas. Era la forma más fácil de calmarme sin que nadie supiera nada de mí, sin compromisos, sin tener que dar la cara al día siguiente en la cafetería.
Una madrugada, navegando entre salas, di con un foro que se llamaba algo así como «El rincón de ellas». Mujeres con mujeres, fotos, audios, descripciones detalladas. Yo nunca había estado con una chica, ni siquiera había besado a una, pero llevaba meses leyendo cosas que me ponían más nerviosa de lo que estaba dispuesta a admitir. Hojeé los hilos. La mayoría eran parejas estables buscando un tercer juguete, alguna intercambiadora, varias cuentas obviamente falsas. Hasta que llegué a uno con un título muy directo: «Busco novata real, sin prisa pero sin pausa».
Lo abrí.
La chica que escribía decía llamarse Lía. Treinta y pocos, según contaba, con experiencia y paciencia para iniciar a alguien. No pedía fotos por delante. Pedía una conversación honesta. Le escribí esa misma noche, con el corazón a mil, y le mentí en lo más fácil: le dije que tenía veintidós, no veinte. Como si dos años cambiaran algo.
Pasamos al WhatsApp al día siguiente.
Lo primero fueron mensajes largos, casi como cartas. Me preguntó qué quería, qué no quería, qué me daba miedo. Yo, que no había hablado de esto con nadie, le solté todo: que me ponían las mujeres mayores, que me ponía no llevar el control, que me daba vergüenza decirlo en voz alta. Ella respondía despacio, sin presión. Pasados unos días me mandó un audio. Su voz era grave, pausada, con la pereza de quien acaba de fumarse algo lento. Lo escuché diez veces seguidas en la cama, con la mano por debajo de las sábanas, mordiéndome la manga del pijama para que mi compañera no oyera nada.
Después vinieron los vídeos. Ella sola, en su cuarto, mostrándome lo que sabía hacer. Y las videollamadas. Eso ya era otra cosa. Vernos las caras mientras nos tocábamos, mientras ella me iba diciendo lo que tenía que hacer con los dedos, dónde apretar, cómo respirar, cuándo parar. Yo obedecía. Y cuando ella se corría, lo hacía mirándome fijo, y yo me sentía la chica más importante de su lista.
A las dos semanas, no aguantaba más.
Le escribí un mensaje largo. Le decía que necesitaba verla en persona, que estaba dispuesta a viajar si hacía falta, que prometía portarme bien, que no me importaba ser la última en acabar mientras ella me enseñara. Le puse cosas que ahora me dan vergüenza releer, cosas que sonaban a personaje de novela barata, pero que en aquel momento me salieron del estómago.
Su respuesta llegó a los diez minutos.
—Me encanta que te lances —decía—. El viernes por la mañana puedo. Hay un hotel en la calle Reverte que me gusta. ¿Estás segura?
Le dije que sí antes de pensarlo.
***
El jueves no dormí. Repasé la conversación entera tres veces, borré dos veces el mensaje de cancelación, lloré una vez en el baño sin saber por qué. A las siete de la mañana del viernes me duché por segunda vez en la noche y me puse el conjunto de lencería que había comprado expresamente: encaje negro, sencillo, con un lazo en la cadera que en la tienda me pareció ridículo y que esa mañana me pareció perfecto.
Falté a las clases sin avisar. Pedí un taxi y le di la dirección del hotel. El conductor era un señor mayor, callado, y yo iba en el asiento de atrás apretando las rodillas, sintiendo cómo me palpitaba todo por debajo de la falda. Estuve a punto de meterme la mano y acabar yo sola antes de llegar. No lo hice. Quería llegar entera. Quería que cada gemido de esa mañana fuera suyo.
La habitación era la 412. Llamé. Me abrió con el pelo recogido, una camiseta blanca sin sujetador y unos vaqueros que dejaban ver el hueso de la cadera. Más guapa que en los vídeos. Más alta también.
—Pasa —dijo, y cerró la puerta detrás de mí.
No le di tiempo a nada. La besé. Ella respondió al beso, me sujetó la cara con las dos manos y me empujó contra la pared. La diferencia de altura me obligó a ponerme de puntillas. Me cogió del culo, me levantó y yo le rodeé la cintura con las piernas como llevaba semanas imaginando. Me llevó hasta la cama y me dejó caer despacio sobre el edredón.
—Qué bien —me susurró al oído—. Pensé que me ibas a temblar en la puerta.
—Te prometí ser tu puta y eso voy a ser —dije.
Se rio bajito.
—Eso me gusta mucho.
Me empezó a desnudar muy despacio. La camisa primero, botón a botón, mirándome a los ojos. Cuando llegó al sujetador soltó un silbido pequeño.
—Pena destrozarlo —dijo, y de un tirón limpio me arrancó las bragas por el lado del lazo.
Los nervios seguían ahí, en algún rincón de la nuca, pero ya no podían con las ganas. Me tumbó completamente. Me separó las piernas con la rodilla y me pasó la mano por encima del coño, sin entrar, sólo describiendo círculos por encima del vello. Yo arqueaba la espalda buscando más.
—Estás empapada —dijo—. ¿Seguro que es tu primera vez?
—Te lo juro.
—Mentirosa. Las novatas no se mojan así.
No supe qué responder. Ella tampoco esperó respuesta. Me dio la vuelta y me puso boca abajo sobre sus muslos, con las nalgas apuntando al techo. La primera palmada fue tan inesperada que solté un grito agudo y me tapé la boca yo misma.
—Cállate o nos echan —dijo.
Vinieron diez más. No las conté en el momento, pero después me miré en el espejo del baño y me las conté por las marcas. Diez palmadas firmes, alternando una nalga y otra, dejándome el culo del color de un melocotón maduro. Entre palmada y palmada me pasaba los dedos por entre las piernas, sin llegar a meterlos, recogiendo lo que iba saliendo y volviendo a empezar.
Cuando me dejó las nalgas ardiendo, me dio la vuelta otra vez y bajó la cara. Lo hacía como alguien que llevaba años haciéndolo. Subía y bajaba con la lengua plana, después se concentraba en el clítoris haciendo círculos muy lentos, después metía la lengua dentro como si estuviera buscando algo concreto. Yo no podía cerrar la boca. Repetía «no pares, no pares», y de vez en cuando me daba una palmada seca en el coño que me hacía respingar y derretirme otro poco.
Cuando sentí que ya no podía más, cuando notaba que faltaba un suspiro para acabar, ella se apartó.
—¿Adónde vas? —le dije.
Se sentó sobre los talones, sonriendo, con la barbilla brillando.
—¿De verdad creías que iba a dejarte acabar?
—Por favor.
—Mentirosa. Acuérdate que esto es un castigo por mentir.
Yo no entendí a qué mentira se refería. Lo único que se me ocurrió fue lo de la edad, pero no podía saberlo. O sí. Daba lo mismo. Estaba claro que esa parte la había decidido ella mucho antes de que yo entrara por la puerta.
Se quitó los vaqueros y la ropa interior con una calma que me ponía aún más nerviosa. Se sentó sobre mi cara antes de que me diera tiempo a moverme.
—Ahora demuestra que has aprendido viendo porno.
Hice lo que pude. Empecé como me había imaginado mil veces, pasando la lengua por todo el surco, despacio, mojándola entera. Después me concentré en el clítoris, dibujando círculos como ella me había hecho a mí hacía un minuto. Ella se balanceó sobre mí, agarrándose al cabecero de la cama, y empezó a gemir con la garganta abierta, sin reservarse nada. Sus muslos se me cerraron sobre las orejas. Sentí el sabor de otra mujer por primera vez en mi vida y entendí, justo en ese momento, por qué llevaba meses sin pensar en otra cosa.
No paré hasta que ella acabó. Me dejó la cara empapada y los labios entumecidos. Se incorporó, respirando hondo, y se quedó un instante mirándome con una expresión que no supe leer.
Ahora me toca a mí, pensé. Pensé que volvería a por mí, que íbamos a dormir un rato, que íbamos a quedar el sábado, el domingo, todos los días.
Se levantó de la cama. Se puso los vaqueros sin la ropa interior. Se ató el pelo. Cogió el bolso de la silla.
—Lía, ¿qué haces?
—Las novatas mentirosas se quedan así —dijo.
Se acercó a la cama. Me miró desde arriba. Y me escupió encima del coño abierto, con una puntería que sólo se aprende practicando.
—Si quieres acabar, acábate tú sola pensando en mí.
Cerró la puerta y se fue.
Me quedé veinte minutos sin moverme, tumbada de espaldas, mirando el techo del hotel. El conjunto de encaje hecho jirones a los pies de la cama. La marca de las palmadas todavía ardiendo. La saliva enfriándose entre mis piernas.
Hice lo que me había dicho. Acabé yo sola, con los dedos, pensando en su cara. Tardé menos de un minuto.
Después me vestí, bajé a recepción, pagué la habitación sin levantar la mirada del datáfono y volví a casa en otro taxi distinto. Mi compañera no estaba. Me metí en la ducha y me lavé el escupitajo, las palmadas, el rímel corrido, las ganas de volver a verla. De eso último no pude lavarme nada.
Han pasado dos años. No he vuelto a escribirle. No la he buscado en el foro. He estado con otras dos mujeres después, dos veces con cada una, en circunstancias normales y aburridas. Ninguna se ha acercado, ni de lejos, a lo que esa desconocida me hizo en una habitación de hotel un viernes por la mañana.
Sigo entrando al foro alguna noche. Sigo leyendo hilos. Y de vez en cuando aparece uno con un título que me recuerda al suyo, y sé que voy a tardar dos horas en cerrarlo.