Las dos chicas del club que cambiaron mi noche
Conté hasta cincuenta antes de aceptar que el motor no iba a arrancar. La aguja del depósito llevaba media hora avisándome, pero entre la lluvia que había caído por la mañana y la radio puesta a todo volumen, no había prestado atención a ninguna de las dos señales. Saqué el móvil del bolsillo del vaquero y la pantalla negra me confirmó la segunda mala noticia de la noche: sin batería.
Aparté el coche todo lo que pude del arcén. La carretera comarcal estaba a oscuras salvo por un letrero de neón que parpadeaba a unos trescientos metros, en lo alto de una colina pelada. Las letras eran rosadas y se leían a medias: «Club». Lo que faltaba estaba claro sin necesidad de adivinar.
Caminé pisando charcos hasta la entrada. Empujé una puerta de cristal templado y me encontré en una recepción que parecía sacada de un hostal de carretera: mostrador de melamina barnizada, un casillero metálico con llaves, un calendario del año pasado todavía colgado en la pared. Lo único que rompía la estética de motel cualquiera era la chica detrás del mostrador.
Tenía la melena oscura recogida con un pasador y un corsé de encaje negro que apenas le cubría los pezones. Las copas se ajustaban justo por debajo de la areola, como si el patrón hubiera sido cortado a propósito para insinuar más que para esconder. Llevaba unos shorts elásticos del mismo color que dejaban a la vista la mitad inferior de unas nalgas firmes y redondas. Cuando me sonrió, comprendí que llevaba años sin ver a alguien tan tranquila a las once de la noche.
—Hola —dije, intentando que no me temblara demasiado la voz—. Necesito un teléfono. Se me ha estropeado el coche.
—Pasa —contestó, y giró el aparato hacia mí sobre el mostrador.
Hablé con mi seguro, hablé con dos grúas, repetí la matrícula tres veces y la ubicación cuatro. Nadie me prometió nada antes de tres horas. Cuando colgué, ella seguía mirándome con una sonrisa paciente, como si supiera de antemano cómo iba a terminar la conversación.
—Tres horas —dije.
—¿Tres horas en el coche o tres horas aquí dentro?
La pregunta no necesitaba respuesta. Asentí, y ella señaló una puerta a su derecha.
—El bar está ahí. Yo me llamo Brenda, por cierto. Si quieres ir al baño antes, lo tienes al fondo.
Crucé el bar para llegar al servicio. Había tres mesas ocupadas, dos parejas y un hombre solo, todos demasiado entretenidos para fijarse en mí. Las chicas, en cambio, sí me miraron. Cinco o seis repartidas entre la barra y los reservados, todas con prendas mínimas: lencería, vestidos hasta el ombligo, medias hasta el muslo. Sentí varias miradas curiosas posándose en mis vaqueros ajustados a la altura de las caderas. Era una cara nueva en un sitio donde las caras nuevas suelen ser de hombre.
Siempre he sido bastante abierta con el sexo. Tan abierta que el género de mi pareja no ha sido nunca un dato importante. Verme rodeada de mujeres con tan poca ropa, todas distintas y todas dispuestas, me produjo una excitación que no me esperaba. Me senté en el cubículo, me obligué a respirar despacio, y al levantarme estaba más concentrada en el calor entre mis muslos que en el coche averiado.
Frente al espejo había otra chica retocándose el delineado. Era pequeña, delgada, con el pelo castaño cortado por encima de los hombros y unos ojos enormes que parecían pintados al carbón. Llevaba un top minúsculo con la espalda al aire y una falda tan corta que me dieron ganas de bajarle un par de centímetros con la mirada.
—¿Empiezas hoy? —me preguntó sin dejar de pintarse el ojo.
—No, sólo se me ha estropeado el coche.
Sonrió como si yo le hubiera contado un chiste viejo. Dejó el delineador y se giró hacia mí.
—Te ahorras una noche horrible —dijo—. Hoy hay calma, pero los lunes esto se llena de babosos. Soy Camila.
—Lucía.
Me lavé las manos a su lado y, al secármelas, dejé que mi cadera rozara la suya sin disimular. No la retiró. Apoyó la mano en mi muslo, justo por encima de la rodilla, y subió tres dedos antes de mirarme a los ojos.
—Esto no es una buena vida.
Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano. Era una piel tibia, fina, recién maquillada. Le rocé el filo de la mandíbula con los dedos y dejé que se detuvieran cerca de su boca.
—¿Por qué lo haces? —pregunté.
—Por dinero, claro. Aunque a los tíos les he cogido tanto asco que ahora sólo me gustan las chicas.
Y antes de que yo pudiera contestar, me besó. Fue un beso corto, apenas un toque de labios pintados sobre los míos, pero suficiente para que la calma de la recepción y los tres metros de baldosa fría dejaran de tener importancia.
—Vamos fuera —dijo—. Quiero presentarte a Brenda como es debido.
***
Brenda nos esperaba en la barra con dos refrescos y una sonrisa que no era de recepcionista. La habían sustituido en el mostrador por una rubia despampanante con vestido plateado que nos saludó con la cabeza desde lejos.
—El alcohol de aquí es veneno —avisó Brenda—. Sólo tenemos garrafón. Por eso he pedido Coca-Cola.
Me senté en un taburete entre las dos. La cadera de Camila se ajustó contra la mía. El brazo desnudo de Brenda se apoyó en el respaldo justo detrás de mi nuca. Sentí el roce de su corsé contra mi camiseta de tirantes y supe, sin necesidad de que nadie lo dijera en voz alta, hacia dónde iba la noche.
—Te hemos visto entrar las dos —dijo Brenda, con la boca pegada a mi oreja—. Hay otras que también te han echado el ojo, pero a ti te toca acompañarnos a nosotras.
—¿Y si yo digo que no?
—Entonces te llevamos hasta el coche y te esperamos contigo bajo la lluvia.
Me reí, y Camila aprovechó la risa para colar su mano entre mi muslo y el suyo. Brenda hizo lo mismo en el lado contrario y, durante diez minutos, mantuvimos una conversación de bar interrumpida cada dos frases por un dedo que subía un centímetro, por unos labios que rozaban mi cuello, por una respiración cálida en el lóbulo de la oreja.
Les conté la anécdota más morbosa que tenía guardada. Una compañera de piso, un fin de semana en el que sus padres salieron de viaje, una botella de vino tinto que terminó manchando una alfombra cara. Las dos escucharon con esa atención de quien lleva mucho tiempo sin oír nada que no sea una proposición barata.
—Tenemos una habitación libre en la primera planta —dijo Brenda cuando terminé—. ¿Subes con nosotras?
Apreté la mano de Camila. La giré lo justo para besarla. Esta vez no fue un toque rápido.
—Os estoy deseando —dije, y noté el escalofrío de Brenda contra mi espalda.
***
La habitación era convencional. Cama grande, sábanas blancas, una lámpara de mesilla que dejaba la luz justo donde tenía que estar. Ni espejos en el techo ni cuerdas colgando, ni el canal porno encendido. Camila cerró la puerta con la cadera y nos quedamos las tres mirándonos durante un segundo que se hizo más largo de lo necesario.
Brenda fue la primera en moverse. Me sujetó la cara con las dos manos y me besó como si llevara semanas planeándolo. Sentí los labios de Camila en la base del cuello, las manos pequeñas de Camila subiendo por mis costillas, los dedos de Brenda colándose entre el primer y el segundo botón de mi vaquero.
Entre las dos me sacaron la camiseta. Brenda se agachó hasta quedar a la altura de mis pechos y mordió suavemente sobre la tela del sujetador antes de desabrocharlo. Camila aprovechó para arrodillarse detrás de mí y mordisquearme la cintura mientras me bajaba los pantalones. Levanté un pie, luego el otro, y dejé que las sandalias salieran disparadas hacia cualquier rincón.
—Qué buena estás —murmuró Brenda contra mi pecho.
—Tú no te quedas atrás.
Le solté la cinta del corsé y los pechos se le derramaron pesados sobre mis manos. Los pezones se le habían puesto duros antes incluso de tocarlos. Bajé una mano, le hice sitio dentro del short elástico y encontré la humedad esperándome. Dos dedos resbalaron sin esfuerzo. El clítoris estaba inflamado, y el pequeño gemido que se le escapó fue el primer sonido genuino que oí en toda la noche.
Camila se incorporó detrás de mí. Le saqué el top de un tirón y le abrí la falda por la cremallera lateral. Tenía los pechos pequeños y cónicos, los pezones diminutos y muy oscuros. Me agaché a probarlos. Eran salados por el sudor reciente del bar.
—La ducha grande del fondo está libre —dijo Camila con la voz ronca—. ¿Pasamos por allí antes de seguir?
Cruzamos el pasillo descalzas, envueltas en una toalla cada una. Era una sala con tres mamparas y una ducha de obra al fondo. El plato era ancho, hecho para más de una persona. Brenda abrió el grifo y dejó que el agua corriera hasta que el espejo se cubrió de vapor. Camila se quitó el tanga negro de encaje delante de mí. Yo me quedé en ropa interior dos segundos más, sólo para verlas a las dos desnudas antes de unirme.
El gel olía a coco y a azúcar. Brenda me lo deslizó por los hombros con las palmas abiertas. Camila se ocupó de la espalda y del culo, frotando con un descaro que no era propio de un masaje. Cuatro manos suaves, dos lenguas húmedas en mis pezones, agua tibia cayéndome por la cara. Cerré los ojos y dejé de saber a quién pertenecía cada caricia.
Brenda me sentó en el banco de mármol de la ducha. Me abrió las piernas y se acomodó entre ellas con la misma profesionalidad con la que había llevado la recepción. La diferencia es que ahora no quedaba nada profesional en su expresión. Tenía hambre de mí, y le bastaron dos minutos con la boca para arrancarme el primer orgasmo.
Camila no perdió el tiempo. Mientras yo todavía me retorcía, se subió al banco detrás de mí y me ofreció sus pechos pequeños para que los siguiera lamiendo. Brenda subió desde mi pubis hasta mi cuello, besándome cada palmo de piel mojada. Cuando llegó a mi boca, supe a mí misma en su lengua, y el sabor me empujó hacia el segundo orgasmo sin previo aviso.
Nos enredamos durante lo que pareció una hora. Yo entre las piernas de Camila, sintiendo cómo se contraía sobre mi cara mientras Brenda me lamía la espalda baja. Brenda apoyada contra los azulejos, con Camila arrodillada delante de ella, ambas mirándome para que no me perdiera ningún detalle. Me corrí tantas veces que perdí la cuenta al cuarto. Las dos hicieron lo propio entre gemidos que rebotaban en la mampara y se mezclaban con el ruido del agua.
Cuando salimos, las toallas estaban tibias en el radiador. Nos secamos riéndonos como si fuéramos amigas de toda la vida y no tres mujeres que se habían conocido tres horas antes. Brenda me prestó una camiseta limpia. Camila me devolvió las sandalias que había recuperado del rincón de la habitación.
—¿Cuánto te debo? —pregunté en algún momento, más por costumbre que por convicción.
Brenda negó con la cabeza.
—Esto no entra en la tarifa.
***
Bajé a la recepción con el pelo todavía húmedo. La rubia del vestido plateado me sirvió un refresco sin que yo se lo pidiera. Trina de manzana con hielo, que con la luz roja del local parecía whisky.
—Soy Iris —dijo, y me dejó un papelito doblado bajo el vaso.
Lo abrí cuando estuve sola un segundo. Un número de móvil y una frase corta debajo: «No siempre estoy en el club».
Brenda me dio el suyo en una servilleta. Camila apuntó el tercero en el dorso de mi mano con su delineador. Iba a decirle que se borraría con la primera lluvia cuando los faros de la grúa entraron por el aparcamiento. El conductor tocó la bocina dos veces. Eran las dos y media de la madrugada.
Salí a la noche con tres nombres nuevos guardados, el cuerpo todavía vibrando y el cuello oliéndome a coco. El gruista me preguntó si quería ir delante o detrás. Le dije que delante, porque desde el asiento del copiloto se ve mejor el letrero de neón cuando te alejas.
Se veía perfectamente. Y prometí, mientras la carretera nos llevaba hacia el taller, que volvería en una de sus noches libres. Esta vez en mi casa, sin grúas, sin clientes y sin la excusa de un depósito vacío.