Bruna me besó en el baño y todo cambió esa noche
Éramos cinco amigas de la universidad y nos juntábamos como mínimo una vez al mes. Cada una había seguido carreras distintas, pero el primer año habíamos compartido tantas materias del tronco común que la costumbre del almuerzo en grupo se había vuelto algo sagrado. De ahí nos quedó esa amistad rara: una mezcla de hermanas, de cómplices, de testigos de cada etapa.
Esa noche nos reuníamos en casa de Pilar para hacerle compañía a Lorena. Su novio la había dejado dos semanas antes por una compañera del trabajo, y desde entonces ella respondía los mensajes con monosílabos. Pusimos una picada en la mesa, abrimos un vino tinto y dejamos que llorara todo lo que tuviera que llorar.
—Sos hermosa, sos joven, no tenés hijos con él —le dije, apoyando mi copa en su rodilla—. Si te dejó, te hizo un favor.
—Eso lo dicen todas —contestó Lorena, sonriendo a la fuerza.
—Lo decimos porque es verdad —saltó Sofía, que de las cinco era la más impaciente con los dramas amorosos. Se incorporó del sillón y nos miró una por una—. ¿Saben qué es lo único que arregla esto? Salir. Ahora. ¿Cuánto hace que no salimos las cinco juntas?
Bruna levantó la mano desde el suelo, donde estaba acomodada contra unos almohadones. Era la más alta del grupo, de ojos castaños grandes, labios carnosos, pelo lacio hasta los hombros y unas caderas que las demás envidiábamos sin disimulo. Hasta ese momento siempre había sido más cercana a Sofía que a mí. Esa noche, sin embargo, no se le iba a despegar la mirada en toda la velada.
—Yo me apunto —dijo Bruna—. Pero alguien que me preste algo, no traje ropa para salir.
Pilar le revoleó un vestido negro corto desde el placard y, en menos de una hora, las cinco estábamos en un taxi camino al bar.
***
Llegamos cerca de la una. La música ya estaba fuerte, el ambiente cargado, y olía a perfume mezclado con alcohol. Sofía, Pilar y Lorena se metieron en la fila de la barra para conseguir los primeros tragos; Bruna y yo nos quedamos rezagadas buscando una mesa lo bastante alta como para no perder de vista al grupo.
—Allá —señaló ella—. La del rincón.
Mientras nos abríamos paso entre la gente, sentí su mano apoyarse un segundo en mi cintura para guiarme. Fue tan breve que pude haberlo imaginado, pero no lo imaginé. Los dedos me apretaron justo arriba del hueso de la cadera, con esa firmeza que no se le pone a una amiga.
Yo nunca le había escondido a mis amigas que era bisexual. Lo habían sabido desde la primera vez que alguien hizo la pregunta en una mesa de bar, hacía años, y ninguna había hecho un drama. Por eso jamás pensé demasiado en ellas en ese sentido. Eran mis amigas. Eran un terreno donde no se entraba.
Hasta esa noche.
Cuando las otras tres llegaron con la bandeja de tragos, Bruna ya estaba inclinada hacia mí contándome no sé qué historia del trabajo, riéndose con esa risa suya tonta de chistes malos. Le brillaban los ojos. Yo me reía también, más por inercia que por entender lo que decía.
—Pista —ordenó Sofía levantando el vaso—. Vamos.
Lorena, Pilar, Sofía y yo nos metimos a bailar. Bruna prefirió quedarse en la mesa cuidando los bolsos.
Empecé a moverme sin pensar. La música era de esas que te entran por la cadera, y a Lorena, después del segundo trago, se le aflojó el gesto. Bailamos pegadas, riéndonos, exagerando el meneo para llamar la atención de algún chico simpático. Sentí algo en la espalda, como si me observaran, y supuse que era Bruna haciéndose cargo del puesto de vigilancia.
En una de las vueltas, cuando giré hacia las mesas, la vi. No miraba a Lorena. No miraba a Sofía ni a Pilar. La mirada de Bruna estaba clavada en mí, en mi cintura, en mi cuello, en la parte de la espalda que el vestido dejaba al aire. Tenía la copa pegada al labio, sin tomar.
Disimulé. Seguí bailando, pero algo se había desordenado adentro de mí. Cada movimiento ya no era para los chicos guapos del bar; era para ella. Me arqueé un poco más, dejé que la tela se me subiera por los muslos, sentí que el coño se me humedecía debajo de la bombacha sin permiso ninguno.
***
Volví a la mesa cuando empecé a transpirar. Lorena me siguió, dejándose caer en el banco a mi lado.
—Bailás bárbaro —me dijo Bruna mientras me alcanzaba mi copa—. Sos sexy haciéndolo.
—No exageres —contesté, tomando un trago largo para esconder el calor que me había subido a la cara.
—No exagero nada. ¿Te enseñaron en algún lado o te sale así?
—Me sale así.
Se rió. Me apoyó la mano en el brazo, los dedos abiertos, y la dejó ahí un instante de más. Yo bajé la vista a su mano y después a sus ojos. Ella no apartó ni una cosa ni la otra.
Saqué el teléfono para mirar las notificaciones y darme algo que hacer con las manos. En eso volvieron Pilar y Sofía, casi al trote.
—Mirá quiénes están —dijo Sofía—. Los chicos de tu secundario, los de la foto.
Levanté la vista. Del otro lado del bar había un grupo de varones que efectivamente reconocí: Joaquín, Diego, Sebastián, Mauro. Habíamos coincidido en algún cumpleaños hacía siglos.
—¿Me los presentás? —pidió Sofía, con esa sonrisa de cazadora—. Pilar quiere al rubio.
—El rubio es Mauro —dije, riéndome—. Te lo presento, pero no me hagan quedar mal.
Crucé el bar, los saludé con un par de besos y los invité a sumarse a la mesa. Diego puso cara de no creerlo del todo y trajo a los otros tres como si fueran su tropa. Pidieron una botella de espumante y una jarra de algo con energizante. Lorena se enganchó hablando con Sebastián, Pilar se sentó frente a Mauro, Sofía se hizo cargo de Joaquín y Diego.
Bruna no decía nada. Tomaba despacio, asentía cuando alguien la incluía en la conversación y, cada cierto rato, me miraba.
Me levanté.
—Voy al baño —avisé.
Caminé esquivando a la gente. Empujé la puerta del tocador de mujeres, llena de chicas retocándose el rímel y gritándose chistes contra los espejos. Encontré un hueco frente al espejo, abrí la cartera, saqué el labial.
La puerta volvió a abrirse a mi espalda. Vi por el reflejo que era ella.
***
Bruna se acercó hasta quedar a un paso. No fingió que había venido por otra cosa. No buscó su propio espejo. Se quedó parada, mirándome maquillarme.
—Ese vestido te queda increíble —dijo, despacio—. Hace notar todo tu cuerpo.
—Gracias —contesté, sin desviar la vista del espejo.
Apoyó la palma en mi brazo izquierdo y la deslizó hasta el codo. Una caricia entera, lenta, sin disimular. El labial me tembló un milímetro.
—¿Estás bien? —le pregunté, mirándola a través del reflejo.
—Sí —dijo ella—. Estoy bien.
Y entonces se acercó más, me tomó la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso de prueba. Fue un beso largo, hondo, con la boca abierta y la lengua adentro de la mía desde el primer segundo. Tenía gusto a vino tinto y a menta del chicle que masticaba. Le respondí antes de pensar. Le chupé la lengua, se la mordí apenas, y sentí cómo se le escapaba un gemido bajito contra mi boca. Se apretó contra mí y noté sus tetas pesadas aplastarse contra las mías a través de la tela fina de los dos vestidos.
Cuando se separó, me quedé tres segundos mirándola y entendiendo que esto iba a pasar de verdad. Después la agarré de la muñeca, la metí en uno de los cubículos y trabé el pestillo.
La empujé contra la puerta con las dos manos en los hombros. La volví a besar, esta vez más sucio, chupándole el labio de abajo hasta dejárselo hinchado. Le mordí el cuello, le lamí desde la clavícula hasta atrás de la oreja, y ella echó la cabeza para atrás golpeándola despacio contra la madera. Le subí el vestido prestado de Pilar hasta arriba de las caderas, le bajé la bombacha con dos dedos hasta media pierna y le metí la mano derecha entre los muslos.
Estaba mojada. Estaba completamente empapada, con el coño chorreando como si lo hubiera estado toda la noche. Pasé los dedos por los labios hinchados y los sentí abrirse solos, calientes, resbaladizos. Me llevé la mano a la boca y me chupé un dedo mirándola a los ojos.
—Tenés un gusto rico, hija de puta —le susurré.
—Hace rato que tenía ganas —contestó ella, con la voz ronca, contra mi oreja—. Desde que te vi entrar acá con ese vestido tengo el coño hecho una sopa.
—Yo también —le dije, sin saber bien desde cuándo era cierto—. Callate y abrí más las piernas.
Obedeció. Le pasé el pulgar por el clítoris, primero apenas, después en círculos lentos, sintiéndolo endurecerse debajo de la yema como un botoncito duro. Bruna me agarró del pelo de la nuca y me besó otra vez para no gemir fuerte. No alcanzó. Soltó un quejido contra mi boca, hondo, y enseguida el siguiente.
—Shh —le tapé los labios con la otra mano—. Hay gente afuera.
Asintió, los ojos cerrados, la frente apoyada en la mía. Le introduje dos dedos despacio y el coño se le cerró alrededor como un puño caliente. Arqueó la espalda. Le empujé los dedos hasta el fondo, saqué, volví a empujar, y a la tercera embestida ya se movía sola contra mi mano, cabalgándome los dedos con las caderas.
—Así, así, más adentro —gimió bajito—. Cogeme con la mano, dale.
Le pegué el cuerpo entero contra la puerta y empecé a moverme con un ritmo más firme, metiéndole los dos dedos hasta los nudillos, girándolos para tocarle el punto de arriba, ese que la hacía apretar los dientes. Con el pulgar seguía frotándole el clítoris. El chapoteo de mi mano contra su coño mojado se oía por encima de la música que llegaba amortiguada desde afuera.
Ella tampoco se quedó quieta. Como pudo, con las manos torpes por el alcohol y la urgencia, me desabotonó los primeros botones de la camisa que llevaba debajo del vestido y me sacó una teta. Me la amasó entera, me la apretó fuerte, me pellizcó el pezón hasta hacerme soltar un jadeo. Después agachó la cabeza y me la chupó con una mezcla de hambre y curiosidad que me hizo aflojar las rodillas. Me lamió el pezón en círculos, me lo mordió, me lo chupó como si fuera un caramelo, y con la otra mano me buscó debajo del vestido y me metió los dedos por encima de la bombacha, apretándome el coño por sobre la tela empapada.
—Estás igual de mojada que yo —murmuró contra mi teta.
—Callate —le dije, sintiendo que yo también estaba al borde sin que me hubiera tocado bien todavía—. Esperá.
Me arrodillé. El piso del baño no era el lugar más glorioso del mundo, pero ya no me importaba. Le levanté una pierna, se la apoyé sobre mi hombro, y le abrí el coño con los dos pulgares. Estaba rosa, hinchado, brillante de sus jugos, con el clítoris ya afuera y palpitando. Me quedé unos segundos mirándolo, respirándole encima, y ella me empujó la cara contra su entrepierna con la mano en la nuca.
—No me hagas esperar, por favor.
Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, de la entrada al clítoris, chupando todo lo que tenía. Sabía dulce y salado a la vez, y me lo tragué sin asco, con ganas. Le clavé la lengua en la raja y se la lamí como si quisiera bebérmela. Después me concentré en el clítoris, primero lento, después con más insistencia, chupándoselo entre los labios, jugando con la punta de la lengua. Bruna se mordió el dorso de la mano para no gritar y con la otra me apretaba la cabeza contra su coño, sin dejarme respirar.
Le metí dos dedos otra vez mientras la lamía, curvándolos hacia arriba, y empezó a moverse contra mi cara, las caderas adelante y atrás, cada vez más rápido, cabalgando mi boca y mi mano al mismo tiempo. Le sentía el temblor de los muslos apretándome las sienes, el sudor bajándole por el interior de la pierna, la respiración cortada.
—Me corro, me corro, no pares, no pares —jadeó con la voz ahogada.
Acabó así, apretando los muslos contra mis sienes hasta casi taparme los oídos, conteniendo un grito largo entre los dientes. Sentí su temblor en los dedos, en la boca, en todo el cuerpo. El coño se le contrajo tres, cuatro veces alrededor de mis dedos, y una oleada nueva de flujo me mojó la barbilla y el mentón. Me lo tragué todo, chupando despacio hasta que ella me apartó la cabeza con un gemido roto porque ya no aguantaba más.
Me quedé un momento arrodillada, mirándola de abajo hacia arriba, con la cara brillante y los labios hinchados. Ella me agarró de las axilas y me levantó, y me besó en la boca así, con su propio gusto todavía encima de mi lengua. No hizo ningún gesto de asco. Al contrario, me chupó los labios y el mentón como si me quisiera limpiar ella misma.
—Ahora vos —susurró, y bajó la mano hasta metérmela debajo del vestido.
Me corrió la bombacha para un costado con dos dedos y me tocó directo. Yo estaba tan mojada que se le resbaló la mano de entrada. Me buscó el clítoris con la yema del dedo del medio y empezó a hacer círculos rápidos, torpes al principio, mejores enseguida. Yo me agarré de sus hombros y separé un poco las piernas para darle espacio.
—Mirame —me dijo—. Miráme mientras te toco.
La miré. Tenía las mejillas coloradas, el rouge corrido, los ojos brillantes. Me metió un dedo, después dos, y empezó a bombear despacio. Me pegó la boca al oído y me susurró toda clase de guarradas mientras me cogía con la mano.
—Qué apretada estás, hija de puta. Qué caliente. Se te está chorreando por la muñeca. Corréte para mí. Dale, corréte en mi mano como una guarra.
Yo ya no aguantaba nada. Me colgué de su cuello, escondí la cara contra su hombro para amortiguar el ruido, y me dejé llevar. Con cada empujón de sus dedos sentía que el orgasmo me subía desde los pies. Le mordí el hombro cuando exploté. Se me escapó un gemido largo, apretado contra su piel, y las piernas me temblaron tanto que si no me hubiera sostenido me habría ido al piso.
Me quedé colgada de ella un rato, con los dedos suyos todavía adentro, sintiendo cada contracción del coño alrededor. Ella los movía apenas, chiquito, prolongándomelo.
—Ya está, ya está —le pedí—. No aguanto más.
Sacó los dedos despacio y se los llevó a la boca. Los chupó uno por uno, mirándome, y sonrió.
—Tenías razón. Tenés gusto rico.
***
Le subí la bombacha, le acomodé el vestido. Yo seguía con el corazón a mil. Le di un beso suave, casi de disculpa por la prisa de los anteriores, y le susurré:
—Vamos. Nos van a estar esperando.
Salimos del cubículo. En el espejo, una chica con flequillo hizo como si no nos hubiera visto. Nos arreglamos en silencio: yo el pelo, ella el rouge. Cuando estábamos por salir, Bruna me agarró de la mano un segundo.
—Era mi primera vez —dijo, sin mirarme—. Con una mujer.
La miré. No tenía cara de arrepentida. Tenía cara de alguien que acababa de descubrir algo.
—¿Y? —pregunté.
—Y quiero otra. Cuando quieras vos.
—Cuando quiera yo es ya —contesté.
Se rió bajito y me apretó la mano antes de soltarla.
Cuando volvimos a la mesa, nadie nos había extrañado. Lorena se reía con Sebastián, Pilar tenía la mano de Mauro en la rodilla, Sofía discutía algo con Joaquín. Bruna y yo nos sentamos al lado, separadas por el ancho de una silla, intercambiando miradas de cómplices cada vez que alguien decía algo gracioso.
Nadie se enteró esa noche. Nadie se enteró durante el mes siguiente, cuando empezamos a vernos en su departamento las tardes que ella salía temprano del trabajo. Nos encerrábamos en su pieza y no salíamos hasta la noche, cogiendo en la cama, contra la pared, en la ducha, con la boca, con las manos, con un consolador que ella tenía guardado en el fondo de un cajón y que resultó ser mucho menos tímida de lo que aparentaba. Después dejamos de esconderlo. A Lorena se le iluminó la cara cuando se lo contamos; Sofía dijo que ya lo había sospechado en algún almuerzo de la facultad; Pilar pidió detalles que no le dimos.
Hace casi un año de aquella noche en el bar.
Sigo pensando, a veces, mientras la miro dormir con el coño todavía caliente de haberla hecho acabar dos veces seguidas, que todo empezó por un baño, un labial y una mirada que ya no era de amiga.