Lo que descubrí con Carolina en la playa nudista
Carolina y yo habíamos elegido esa playa porque era la más alejada de la zona del hotel. Una franja de arena dorada entre dos acantilados, con apenas veinte personas dispersas sobre toallas y un pequeño grupo de chicos y chicas a unos metros de nosotras que llevaba puestos los bañadores como quien lleva un sombrero: por costumbre, no por necesidad.
—¿Pero qué haces? —exclamó horrorizada cuando me vio llevarme las manos a la espalda y desatar el sujetador del bikini.
—Topless —contesté con naturalidad, dejando que la tela cayera sobre la toalla y mis pechos firmes y bronceados quedaran al aire—. Ya ves que no soy la única.
Señalé con la barbilla al grupo de al lado. Tres chicas con los pezones al sol, dos chicos en bañadores tan ajustados que dejaban poco a la imaginación. Nadie miraba a nadie con escándalo. Nadie miraba, en realidad, salvo Carolina, que apartó la vista de mis pechos como si la hubiera quemado.
Mi amiga seguía tapando su cuerpo maravilloso con un bañador negro entero que su abuela habría considerado pudoroso. Pero la lycra estaba tan tensa contra su piel que, en lugar de esconder nada, marcaba cada curva como si la hubieran dibujado con un lápiz fino. Los pechos llenos, la cintura estrecha, las caderas redondas, los muslos que se rozaban suavemente al juntarse las piernas.
La había deseado en secreto desde el último año de instituto. Ella no lo sabía. Posiblemente ni siquiera sospechaba que yo era bisexual, aunque a estas alturas se lo había contado a casi todo el mundo. Con ella callaba. Con ella tenía miedo de romper algo que no podía permitirme perder.
Su melena rubia le caía por la espalda hasta casi rozarle las nalgas. Tenía la piel pálida, salpicada de pequeñas pecas que solo aparecían en verano, y una boca pequeña y carnosa que se mordía cuando se concentraba. Esa tarde se la mordía mucho.
Me tumbé boca abajo sobre mi toalla, a su lado. La braguita diminuta del bikini se me metía entre las nalgas como un tanga, y sabía perfectamente que desde su posición ella estaba viendo casi todo: el culo casi desnudo, el lateral de un pecho rozando la arena, el pezón endurecido que no se endurecía por el frío. Hacía treinta y dos grados.
—Estás loca —murmuró—. Te van a ver.
—Eso espero.
Me arrepentí en cuanto lo dije. Demasiado descarado. Carolina abrió la boca para contestar y la volvió a cerrar. Se giró sobre su toalla hasta quedar boca abajo también, con la cara apoyada en los brazos cruzados, y entonces vi que sus ojos no se habían movido. Seguían fijos en mí.
—¿Y tú? —dije con un tono que pretendía ser ligero—. Has venido a la playa y prácticamente no tienes nada al aire. Por lo menos bájate los tirantes.
Dudó tanto que pensé que iba a decir que no. Pero al final, con un movimiento lento, casi ceremonioso, se pasó los tirantes por los hombros y sacó los brazos. No dejó al aire los pechos. Sostuvo la lycra con un brazo cruzado sobre el escote, apretándola contra el cuerpo. Aun así, los pezones se le marcaban a través de la tela fina, dos pequeños bultos duros que la traicionaban.
—¿Mejor? —preguntó.
—Mucho mejor.
Saqué el bote de crema solar del bolso y lo agité.
—Hazme un favor. Ponme un poco en la espalda. No llego.
Tardó en moverse. Lo hizo con la torpeza de quien se concentra demasiado en parecer natural. Se incorporó hasta arrodillarse a mi lado, sosteniendo siempre el bañador contra el pecho con el codo, y empezó a deslizar las manos por mi espalda. La crema estaba fría. Sus manos no.
—Más abajo —pedí cuando se acercó al borde de la braguita—. Y en las piernas. No quiero quemarme.
Sus dedos bajaron por mis lumbares y se detuvieron justo al llegar a la tela. Esperé. Ella esperó. Luego, muy despacio, como si estuviera cruzando una frontera que no debía cruzar, deslizó la palma por encima de mis nalgas, por encima del algodón, hasta el lateral de mis muslos. Sentí un temblor mínimo en su pulso.
—Por dentro también —dije sin levantar la cara de la toalla—. Por debajo de la braguita. No sea que se queme.
Pasaron tres segundos largos. Luego sus dedos se colaron bajo el borde de la tela, apenas un centímetro, lo justo para extender la crema en una franja de piel que normalmente no veía el sol. Lo hizo dos veces, en cada lado, con una concentración casi quirúrgica. Cuando terminó dejó la mano apoyada un instante en mi espalda baja, como si se le hubiera olvidado retirarla.
—Ahora yo a ti —dije incorporándome.
Ella se tumbó sin protestar. Boca abajo, todavía con el bañador enrollado bajo los pechos, los brazos a los lados, la cabeza vuelta hacia el mar. Cogí el bote y empecé por los pies. Pasé los dedos entre los suyos uno a uno, masajeé las plantas con los pulgares, subí por los finos tobillos, por las pantorrillas, por la parte interior de las rodillas. Cada palmo de su piel era más suave de lo que me había imaginado en cinco años.
Cuando llegué a los muslos, ralenticé. Subí muy lentamente por la cara interna, sin tocar nada todavía, solo dejando que el calor de mis manos se anticipara al contacto. Carolina respiraba muy quieta, con la cara contra el brazo. Cuando le acaricié justo debajo del bañador, en la curva donde la nalga se separa del muslo, soltó un suspiro pequeño, casi imperceptible. Lo oí porque estaba pendiente de oírlo.
Seguí subiendo. Le puse crema en la cintura, en los costados, donde el bañador estaba enrollado dejaba ver dos centímetros de piel que nadie veía nunca. Y entonces, sin preguntarle, bajé un poco más el bañador. Lo desplacé hacia la cintura, dejando sus pechos atrapados contra la toalla pero descubriendo el principio de la raja de las nalgas. Esperé a que me dijera algo. Ella no dijo nada.
Subí por la espalda. Masajeé cada vértebra con los pulgares, sentí la tensión acumulada bajo los omóplatos, deshice los nudos uno por uno. Para cuando llegué a la nuca, ella tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta.
Me tumbé a su lado, de costado, apoyando un pecho contra su brazo. Seguí trazando círculos lentos en su espalda con la yema de los dedos, fingiendo que era parte del masaje. Carolina no se movió. Tampoco se cubrió.
Le aparté un mechón de pelo del cuello y le besé el lóbulo de la oreja. No fue un beso casual. Fue un beso largo, abierto, con la punta de la lengua.
—Eres preciosa —le susurré—. Llevo años queriendo decírtelo.
No contestó. Pero su mano, la que tenía más cerca de mí, se desplazó hasta mi muslo. Subió por la cara interna sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo, hasta detenerse justo encima de la braguita. Me acarició por encima de la tela. Estaba empapada. Lo notó. Apartó la mano un instante, sorprendida, y luego la volvió a poner exactamente en el mismo sitio, esta vez presionando con dos dedos.
Me mordí el labio para no gemir. Estábamos en una playa pública, con un grupo a cinco metros y bañistas paseando por la orilla. Carolina abrió los ojos, me miró por primera vez en toda la tarde directamente a la cara, y entonces se incorporó.
Se incorporó del todo. El bañador resbaló hasta su cintura. Sus pechos quedaron al sol, llenos, redondos, con los pezones rosados y duros como pequeñas piedras. No se cubrió. No miró alrededor. Solo se inclinó sobre mí y me besó en la boca.
El beso fue dulce los primeros segundos. Luego dejó de serlo. Su lengua entró en mi boca con una determinación que no me esperaba, y la mía respondió con la misma. Una de sus manos encontró uno de mis pechos y me apretó el pezón entre el índice y el pulgar. Gemí contra sus labios.
El grupo de al lado se había callado. Por el rabillo del ojo vi que dos chicas se habían girado hacia nosotras y nos miraban sin disimulo. Un chico se incorporó sobre los codos. No me importó. A Carolina tampoco pareció importarle.
—Vamos al agua —murmuré contra su boca.
Asintió. Se levantó dejando el bañador caer hasta los tobillos. Se quedó un segundo desnuda del todo en plena playa, sin disimulo, sin prisa, mostrándole su cuerpo al sol y a quien quisiera mirarlo. Luego cogió el bañador, se lo pasó por las caderas, dejó los pechos al aire y me tendió la mano.
***
El mar estaba caliente, pero no tanto como nosotras. Caminamos hasta que el agua nos cubrió por la cintura y allí, lejos de la orilla pero no tan lejos como para no ser vistas, Carolina se abalanzó sobre mí. Me agarró por la cintura y me besó como si llevara cinco años queriendo hacerlo. Quizás los llevaba.
Sus dedos encontraron el borde de mi braguita por debajo del agua. La apartó a un lado. Me acarició el monte de Venus depilado, bajó hasta los labios, separó los dedos y encontró mi clítoris con una precisión que no debería haber tenido en su primera vez con una mujer. O quizás no era su primera vez. Quizás llevaba años pensándolo tanto como yo.
—Más —le pedí al oído.
Dos dedos entraron en mí. Apreté las piernas alrededor de su muñeca y dejé que el agua disimulara mis movimientos. Por encima de la superficie nos abrazábamos como dos amigas que se ríen entre las olas. Por debajo, sus dedos me llevaban al borde con cada empuje.
Aproveché que ella seguía con el bañador enrollado en la cintura para meter la mano por detrás. Le agarré una nalga, le clavé los dedos, deslicé el pulgar entre las nalgas hasta el ano y le acaricié con la yema. Carolina enterró la cara en mi cuello y gimió contra mi piel, un gemido apagado y largo que solo yo pude oír.
—No puedo más —susurró.
Le levanté el muslo y le pasé la pierna alrededor de mi cadera. Mi mano libre encontró su pecho bajo el agua, le pellizqué el pezón, lo retorcí suavemente. Ella seguía dentro de mí con dos dedos, y yo había bajado mi otra mano hasta encontrar su pubis, su clítoris, su humedad propia mezclándose con la del mar.
Nos corrimos casi a la vez. Ella primero, mordiéndome el hombro para no gritar. Yo segundos después, apretándole la mano entre los muslos. Nos quedamos abrazadas, jadeando, mientras una ola pequeña nos empujaba hacia la orilla.
No iba a poder mirarla nunca más como antes.
Cuando salimos del agua, el grupo de al lado había recogido sus cosas. No supe si por discreción o por excitación. Las dos chicas que nos habían mirado se habían ido caminando muy juntas hacia las dunas.
Nos tumbamos otra vez en las toallas, esta vez muy pegadas. Carolina ya no se molestó en subirse el bañador. Se quedó con los pechos al sol, la melena mojada pegada a la espalda, una sonrisa pequeña que no le había visto en años.
—Quedan diez días de vacaciones —dijo mirando al cielo azul.
—Lo sé.
—No vamos a poder hacer nada en las tiendas. Están todas pegadas.
—Lo sé.
—Tendremos que volver al agua.
—Cada día.
Cerró los ojos sonriendo. Le pasé un dedo por el costado, por la curva de la cintura, por la cadera. Ella se estremeció.
Diez días. Diez días de caricias furtivas que solo iban a avivar el fuego que ya ardía entre nosotras. Diez días para descubrir todo lo que el mar nos había dejado pendiente. Diez días, y después un curso entero por delante, y después una vida.
Ya estaba contando las horas hasta la mañana siguiente.