Detenida por error y atrapada por dos desconocidas
Tenía veintiún años cuando viví la noche más intensa de mi vida. Han pasado bastantes inviernos desde entonces y, sin embargo, ningún otro encuentro ha logrado destronarla. Sigue invicta en el primer puesto de mi memoria, como una mancha que no me molesto en borrar.
Era finales de febrero. Esos días pesados en los que el sol parte las baldosas durante el día y por la noche el aire baja de golpe y te hace abrazar la chaqueta. Aquel verano se me había escurrido entre los dedos. Entre el trabajo en la cafetería, los exámenes pendientes y un par de discusiones tontas con mi madre, ningún plan terminaba de cuajar. Hasta que Soledad insistió y conseguimos juntar al grupo entero para una noche de bar.
Estábamos a tope. Ya me dolía la garganta de tanto gritar por encima de la música y los cachetes de reírme con las idioteces de Maxi. Yo casi no había tomado: me había tocado ser la conductora asignada, así que me limité a un par de vasos de gaseosa y a observar cómo los demás se desarmaban.
No supe muy bien cuándo empezó la pelea. Un chico le dijo algo desubicado a Camila, mi amiga, y otro que estaba con nosotros le contestó. Tres segundos después había empujones, vasos rotos y un par de mesas que se cayeron como en cámara lenta. Intenté meterme para separar y me llevé un codazo en la ceja. Cuando vi mi propia sangre en los dedos, una bestia se apoderó de mí. Empecé a repartir manotazos al aire, casi todos sin dar, pero sintiéndome más grande de lo que era. Cuando llegó la policía, intentamos explicar, balbuceamos, mostramos las heridas. No sirvió de nada. Varios testigos nos señalaron a mí y a otros cuatro como los que habíamos empezado el lío.
Terminé pasando la noche en la comisaría.
***
Al entrar en la celda lo primero que noté fue la cama: un bloque de cemento con una colchoneta finita y manchada encima. En la esquina, un inodoro metálico sin tapa. Mis nervios, que hasta ese momento había logrado mantener a raya, se dispararon de golpe. Una parte de mí pensaba que al día siguiente pagaría una multa y volvería a casa, pero otra parte no podía dejar de imaginar lo peor. ¿Y si presentaban cargos formales? ¿Y si todo aquello me quedaba pegado al historial para siempre?
Las manos me empezaron a temblar. Me obligué a sentarme en aquella ridícula representación de cama y a respirar despacio, contando hasta cuatro al inhalar y hasta seis al soltar el aire. Funcionaba más o menos.
Pasó un buen rato. Calculé que sería pasada la medianoche cuando escuché un coro de voces que se acercaba por el pasillo. Me enderecé de inmediato. La reja chirrió y un par de mujeres fueron prácticamente lanzadas dentro de la misma celda, riéndose y gritándole al policía que les cerraba la puerta.
Sus auras eran imponentes. Una de ellas tenía el pelo negro como tinta, peinado hacia atrás de una forma casi quirúrgica. Llevaba los ojos delineados con una raya gruesa que le agrandaba la mirada, y los brazos cubiertos de tatuajes en azul tinta india. La otra era pelirroja auténtica, con las pestañas y las cejas del mismo tono cobrizo que la trenza que le caía sobre el hombro. Tenía la cara, el cuello y el pecho salpicados de pecas, como si alguien le hubiera tirado canela por encima.
Las dos vestían igual de informales: jeans anchos, zapatillas pesadas y camiseta sin mangas. Bajo la luz amarilla y temblorosa del fluorescente del pasillo, sus rostros transmitían una tranquilidad que me erizó la piel. Aquello parecía un viernes más para ellas. Yo, mientras tanto, estaba acurrucada en una esquina temblando como una hoja.
Después de gritarle un par de obscenidades al policía que ya se alejaba, se voltearon y notaron que no estaban solas. Se miraron entre ellas y sonrieron. Un gesto mínimo, casi educado, pero cargado de una intensidad que me aceleró el pulso como si me hubieran metido un dedo en un enchufe.
—Pero mira lo que tenemos aquí —dijo la pelinegra.
—¿Qué hace una princesita como tú en un lugar como este? —preguntó la pelirroja.
—¿Qué hiciste, eh? Confiesa.
—Seguro su novio se besó a otra y armó escándalo.
—O le encontraron polvitos blancos.
—No, no, no tiene pinta.
—Bueno, sí, mírala, parece la nena de la casa —se reía la pelirroja.
Se turnaban para hacerme preguntas y burlarse con un descaro que jamás había visto. Mi miedo se olía a kilómetros y ellas lo percibieron antes incluso de cruzar el umbral de la celda.
Como no respondía nada, la pelinegra se cansó. Cruzó el espacio en dos zancadas y me agarró por la mandíbula. Sus dedos eran ásperos, y apretaban más de lo necesario.
—¿Acaso eres muda? Contesta —escupió cada palabra.
Al tenerla tan cerca pude ver los detalles que la luz del pasillo se había guardado. Los ojos marrones, casi negros, pero con un brillo extraño por el delineado. Los labios carnosos, rosados, sin pintar. Olía a perfume de hombre, algo amaderado y caro. Y cuando habló otra vez, vi el destello de un piercing metálico que le atravesaba la punta de la lengua.
—Más te vale contestarle, princesa. Su paciencia es muy cortita —dijo la pelirroja desde la esquina, en un tono casi aburrido.
Mis labios seguían sellados. No por valentía, sino porque no encontraba la voz. Y de pronto, en lugar de miedo, sentí rabia. ¿Quién se creía esa mujer para agarrarme de esa manera? Le escupí en la cara.
La pelinegra se echó hacia atrás. Por un segundo creí que me iba a partir la otra ceja de un golpe. Pero se limitó a reírse con una risa baja, irónica.
—Así que te crees la gran cosa, zorra —dijo mientras se limpiaba el rostro con el dorso de la mano.
—¡Uy, tiene carácter! Me interesa, me apunto —dijo la pelirroja acercándose con una sonrisa que ya no era cordial.
—¿Por los viejos tiempos?
—Por los viejos tiempos.
No tenía la menor idea de qué viejos tiempos hablaban, pero supe que nada bueno me iba a pasar.
Las dos quedaron paradas frente a mí, mirándome divertidas, como un par de gatas que acaban de descubrir que el ratón no se sabe esconder.
—Ya que no te gusta hablar, vamos a hacer algo —dijo la pelinegra—. Si emites un sonido, aunque sea bajito, te vamos a castigar. Y no te va a gustar.
—O quizás sí. Eso lo vamos a descubrir —agregó la pelirroja con una risita—. Me muero por saber cuánto aguantas sin respirar.
Me dio un golpecito en la nariz con el dedo índice, como se le hace a un cachorro. El gesto fue casi tierno, y mi reacción fue inhalar profundo. Su perfume era completamente distinto al de la otra: floral, suave, con un fondo de alcohol del aliento.
Las dos manos de la pelinegra se posaron sobre mis hombros. Empujó con fuerza y me tiró al suelo.
—De rodillas, manos en la espalda —ordenó.
—Y la lengüita afuera, que la quiero ver.
El pánico me ahogó por un instante. Hice cuentas rápidas. Eran más altas, más anchas, más fuertes y, sobre todo, las dos contra una. Si quería que esto durara lo menos posible, no me quedaba otra que ceder y rezar para que terminaran pronto.
La pelirroja se bajó el cierre del pantalón arrastrando consigo la ropa interior. Me agarró por la nuca y acercó mi cara a su pubis. Me concedió dos o tres segundos para reconocer el terreno y enseguida sentí sus pliegues presionando mi lengua. Era ella quien guiaba los movimientos, dominante, brusca, con una energía que me obligaba a seguirla.
—Ni se te ocurra cerrar los ojos —siseó.
Las rodillas y el cuello ya me dolían. Me las arreglaba para respirar en los huecos que sus movimientos me regalaban. Su sabor era abrumador, intenso, distinto a todo lo que había probado antes. Sus jadeos no eran jadeos, eran gruñidos cortos, casi animales. Y para mi sorpresa, empezaron a hacerme cosquillas en lugares donde no quería que pasara. Duró unos minutos que me parecieron eternos, hasta que la sentí venirse en mi boca con un espasmo largo.
La pelinegra, que hasta entonces se había limitado a mirar apoyada en la pared, interrumpió.
—Ahora ven aquí.
Me dispuse a levantarme.
—No. De rodillas. Gatea hasta mí.
La orden me hizo arder la cara entera de vergüenza. Apoyé las manos en el cemento frío y avancé. Al menos ya terminé con una, solo falta esta y vuelvo a la esquina.
Primero me hizo lamer entre sus piernas por encima del pantalón. Después por encima de la ropa interior. Por último, sobre la piel. Para entonces ella estaba completamente mojada y palpitando, y yo respiraba como si hubiera corrido tres cuadras. Esta iba a ser más rápida que la pelirroja, me dije.
Estaba concentrada cuando sentí que la pelirroja se sentaba al lado y me agarraba el brazo. Me guió la mano hacia su entrepierna y empujó mis dedos hacia dentro. El mensaje era clarísimo. Empecé a penetrarla con dos dedos mientras seguía lamiendo a la otra.
Una me pedía más rápido. La otra, más profundo. Una me apretaba la cabeza contra su pubis. La otra me clavaba las uñas en la muñeca.
Estaba dando lo mejor de mí. Sus cuerpos me iban indicando con pequeñas sacudidas cuándo acertaba, y yo repetía esos movimientos una y otra vez. Necesitaba que acabaran ya, que esto se terminara. Y, sin embargo, no podía ignorar lo que se estaba acumulando entre mis piernas, una humedad delatora que no había pedido permiso para aparecer. No era ajena a sus gemidos contenidos, a sus pelvis moviéndose en círculos chiquitos, a la presión cada vez más nerviosa de sus manos.
Sus cuerpos empezaron a temblar casi al mismo tiempo. Las paredes internas de la pelirroja se contrajeron alrededor de mis dedos. La pelinegra palpitó contra mi boca mientras yo recogía todo, hasta la última gota. Y entonces, mi cuerpo me traicionó. Un gemido pequeño, ridículo, indefendible, se escapó de mis labios.
El policía gritó desde el pasillo, preguntando si todo estaba bien. Como pude, contesté que sí. Los pasos se acercaron unos metros y luego se alejaron.
La furia en esos dos pares de ojos me hizo sentir minúscula.
—¿Qué te dijimos? —ladró la pelinegra.
—Todo iba tan bien… —siseó la pelirroja—. Una lástima para ti, porque ahora cambia.
—De pie.
Quise protestar. Quise decir que no había sido a propósito, que fue un escape, que ni siquiera lo había sentido salir. Pero la batalla ya estaba perdida antes de empezar. Las dos me acorralaron contra la pared y empezaron a manosearme sin reparo, con una calma metódica que era peor que cualquier violencia.
—Mismas reglas —susurró una de ellas en mi oreja—. Un solo sonido y te las ves con nosotras. Pórtate bien y quédate calladita.
Justo entonces las luces del pasillo se apagaron. Algún protocolo nocturno, supongo. La oscuridad fue total. Ni siquiera el reflejo de la luna se colaba por la rendija alta del muro.
Ya no supe quién hacía qué. Sus perfumes se mezclaron, el amaderado y el floral, y formaron un olor nuevo que no podía nombrar. Cuatro manos se apoderaban de mí, y mi vestido se deslizó hacia el suelo con una lentitud dolorosa.
Una me pellizcaba los pezones mientras me chupaba el cuello. La otra me mordía la espalda mientras me amasaba las nalgas y deslizaba un dedo por toda la raja, con esa parsimonia que solo se permite quien sabe que no hay ningún lugar al que pueda escapar.
—Voy a empezar a creer que esto dejó de ser un castigo para ti. Estás chorreando —me dijo al oído una voz ronca.
La que estaba delante se arrodilló y empezó a chuparme el clítoris sin compasión, mientras me penetraba con dos dedos. Sentí algo metálico y frío contra mi sexo y supuse que era el piercing de la pelinegra. La otra, sin perder el ritmo, empezó a jugar con la entrada de mi ano, deslizando un dedo cada vez más profundo, y con la mano izquierda alternaba entre tirarme de los pezones, ahogarme apenas con dos dedos en la garganta y meterme esos mismos dedos en la boca para que los chupara.
La escena entera era una abominación. Estaban haciendo conmigo lo que les daba la gana, ocupando todos mis orificios al mismo tiempo, marcándome la piel con mordiscos y chupones que iba a tener que esconder con bufandas durante una semana. Y lo más cruel era el esfuerzo titánico que tenía que hacer para reprimir mis propios gemidos.
Mi respiración era entrecortada, desesperada. Mientras me destrozaban, mis manos las apretaban a ellas más contra mi cuerpo. Nunca había sentido tanto placer al mismo tiempo en todo el cuerpo. Tensé la mandíbula hasta que me dolió y todo se me sacudió en una serie de espasmos que parecían no tener fin.
No pude contenerme más. Sentí los pulmones vaciarse de golpe al gritar de placer. Me taparon la boca con una mano, pero los gemidos se filtraban entre los dedos como agua. El éxtasis parecía no terminar. La cabeza me daba vueltas y las piernas dejaron de sostenerme. Si las dos no me hubieran agarrado a tiempo, me habría escurrido al suelo como una muñeca de trapo.
—Perdón —articulé en voz muy bajita, cuando las réplicas empezaron a aflojar.
Una se rió. La otra me besó la frente.
***
A la mañana siguiente, muy temprano, vinieron a buscarme. Mi padre, blanco como un papel, había pagado la fianza. Mi caso, efectivamente, no pasó a mayores. Una multa, dos horas en una oficina firmando papeles, y a casa.
Antes de salir de la celda, me detuve y memoricé la escena. Las dos dormían como si nada, una abrazada a la otra sobre el bloque de cemento, la pelirroja con el brazo cruzado sobre la cintura de la pelinegra, la trenza despeinada cubriéndoles a las dos la cara. Como si no me hubieran regalado la mejor noche de mi vida. Como si yo no fuera nadie.
De solo recordarlas, todavía hoy, siento un vacío extraño debajo del ombligo que ningún encuentro posterior ha conseguido rellenar. He vuelto a buscar tatuajes azules y pecas en el pecho de otras mujeres, pero nunca encontré nada parecido. Tal vez fue la celda. Tal vez fue el miedo. Tal vez fueron ellas. O tal vez, simplemente, fui yo, descubriéndome por primera vez en el lugar más improbable del mundo.