La empollona de la clase me esperaba en el baño
Salí del despacho del profesor Linares con las piernas de gelatina. No era deseo. Era adrenalina pura. Me había enfrentado a la fiera y le había robado el almuerzo delante de su propio escritorio. Solté una carcajada apagada, casi histérica, mientras me apoyaba en la pared del pasillo desierto.
El plug seguía dentro de mí, latiendo como un trofeo, como un recordatorio palpitante de que el control esta vez había sido mío. Necesitaba el baño. Necesitaba un minuto a solas, mirarme al espejo y reconocerle la cara a la mujer que acababa de humillar verbalmente al docente más temido de toda la facultad de Derecho.
Empujé la puerta del baño de mujeres convencida de que estaría vacío. No lo estaba. De pie frente al espejo, lavándose las manos con una calma exasperante, estaba Carolina. La de las gafas redondas. La empollona que siempre ocupaba la primera fila. La misma a la que había visto con la boca abierta durante mi pequeña escena en el aula.
Se detuvo. Nuestros ojos se encontraron en el reflejo. Su mirada no era de sorpresa. Era analítica. Demasiado analítica para mi gusto.
—Marina —dijo con tranquilidad, cerrando el grifo.
El goteo del lavabo fue el único sonido durante unos segundos eternos.
—Carolina —respondí, intentando que mi voz sonara firme. Fracasé estrepitosamente.
Me apoyé contra los azulejos fríos, agradecida por el soporte. Ella se secó las manos papel a papel, con una lentitud metódica que me sacó de mis casillas. Después se giró despacio. Sus gafas magnificaban la intensidad del escrutinio.
—¿La tutoría extra ha sido reveladora? —preguntó.
Usó mis propias palabras. Las mismas que yo había murmurado entre dientes al cerrar la puerta del despacho de Linares. Me ardió la cara entera.
—No sé de qué me hablas —mentí.
Ella sonrió. Una sonrisa diminuta, más afilada que la del profesor.
—Hueles a él —dijo sin rodeos—. Hueles a su colonia. Y a adrenalina.
Se acercó un paso. Me tensé. Carolina se detuvo a un metro de mí, con la mirada bajando muy despacio por mi cuerpo hasta posarse en el dobladillo de mi falda.
—Vi cómo te miraba en clase, Marina. Vi tu falda. Vi tu jugada. Fue impresionante. Magistral.
—Yo…
—Y después vi cómo se le marcaba bajo el pantalón —siguió, bajando la voz hasta un susurro—. Y vi cómo lo mirabas tú. Y cómo te mirábamos todas.
Tragué saliva. Su voz me estaba poniendo más nerviosa que la del propio Linares.
—Y luego te llamó al despacho —añadió—. Tardaste cinco minutos largos en salir. Él sigue ahí dentro. Y tú estás aquí, temblando.
Me quedé sin argumentos. Toda mi arrogancia, toda mi sensación de control, se evaporó delante de esos cristales redondos.
—Enhorabuena —susurró—. Has cazado a la fiera y la has dejado con hambre.
La miré, confundida. ¿Estaba molesta? ¿Me admiraba? ¿Las dos cosas a la vez?
—Era legendario, ¿verdad? —preguntó con una curiosidad casi académica—. Su… bulto.
Asentí sin pensar. Tenía la garganta seca.
—Lo era.
—Y no te folló.
No era una pregunta. Negué con la cabeza.
—No.
Carolina inspiró hondo, como si estuviese saboreando el aire de la habitación.
—Yo también estaba cachonda.
Eso me descolocó por completo.
—¿Por él?
Ella ladeó la cabeza.
—Al principio sí. Es innegable. Ese poder, esa fuerza bruta. Es como ver descarrilar un tren: no puedes apartar la vista. —Hizo una pausa—. ¿Pero sabes qué me ponía mucho más?
Negué.
—Tú.
El corazón me dio un vuelco. El plug dentro de mí pareció moverse solo.
—Verte jugar, Marina. Verte retorcerte en esa silla. Verte ganar. Verte disfrutar de tu propio poder. Verte tan jodidamente llena…
Se acercó tanto que pude olerla. No usaba perfume caro. Olía a té verde y a papel viejo de biblioteca.
—Porque yo también lo he notado —murmuró.
—¿El qué?
—Tu secreto. El que tenías encima antes de que él entrara al aula.
Abrí los ojos como platos.
—¿Cómo…?
—No soy la única que lleva uno —dijo.
Y con una calma que me heló la sangre, se dio la vuelta y se levantó la falda. Una falda larga, de lana gris, de profesora vieja. Yo esperaba ver bragas de algodón blanco. No llevaba bragas. Y hundido entre sus nalgas, sujeto por una cadenita fina que desaparecía hacia delante, había un plug. No era un corazón rosa. Era de metal negro, con la base en forma de media luna.
El mundo dio una voltereta. Carolina. La de las gafas redondas. La empollona silenciosa de la primera fila.
—La diferencia, Marina —dijo bajándose la falda y girándose de nuevo hacia mí—, es que el tuyo es una declaración de guerra. El mío es para disfrute personal.
Avanzó hasta que nuestros pechos casi se rozaban. Y entonces, con una lentitud que me mataba, fue hasta el pestillo de la puerta principal del baño y lo echó. El clic fue mil veces más ruidoso que el de la puerta del despacho de Linares.
—Su polla es enorme, sí —dijo, con la voz más ronca, su aliento cálido en mi mejilla—. Es un terremoto. Te abre en canal. Te hace gritar. Es masculino. Es obvio.
Apoyó una mano en la pared, a mi lado, atrapándome con suavidad.
—¿Pero sabes qué es mejor que la fuerza bruta, Marina?
Su otra mano, en lugar de buscarme la cadera como había hecho el profesor, se posó suave sobre mi vientre, justo debajo del ombligo. El calor de su palma me atravesó la tela.
—La precisión.
Se inclinó y me besó.
Fue como si me cayera un rayo encima. No hubo furia. No hubo invasión. No hubo dolor. Su boca era suave, pero hambrienta. Sabía a té verde y a una acidez que me arrancó un gemido sin pedirme permiso. No era una conquista. Era una pregunta.
Y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Mis manos, que habían estado pegadas a los costados, se enredaron en su pelo. El moño se deshizo al primer tirón, liberando una cascada castaña que olía a champú de manzanilla. Mi cuerpo, que se había preparado para la batalla con Linares, entendió de golpe que esta era otra guerra. Una guerra distinta. Nueva. Aterradora. Jodidamente caliente.
El intelecto de Carolina, combinado con el secreto que compartíamos, era el afrodisíaco más potente que había probado en mi vida.
El beso se profundizó. Su mano dejó mi vientre y bajó. No hacia atrás, hacia el lugar que yo había ofrecido como cebo al profesor. Hacia delante. Hacia mi sexo. Mis bragas de encaje negro estaban empapadas, pegajosas, vergonzosamente delatoras.
—Él te habría rellenado —susurró contra mis labios, su voz vibrando dentro de mi boca—. Te habría castigado. Te habría hecho gritar de dolor y después de placer. Pero te habría ignorado esto.
Sus dedos, largos y hábiles, rozaron mi clítoris por encima de la tela. Solté un grito agudo, eléctrico, que rebotó en los azulejos. Mi cuerpo, que había aprendido a temblar desde un punto profundo y gutural, redescubrió de pronto su primer idioma. El clítoris. Estaba hipersensible por la adrenalina, por la fricción constante del plug, y el toque de Carolina fue demasiado.
—Joder… —jadeé.
—Calla —dijo ella—. Tú has jugado con él. Ahora yo juego contigo.
Y sus dedos empezaron a moverse. No era la embestida rítmica que yo misma me daba en las noches sola. Eran círculos precisos. Una presión experta. Era una mujer que sabía exactamente lo que estaba haciendo, porque tenía el mismo mapa que yo.
—Él te ha enseñado la profundidad, Marina —murmuró, deslizando la boca hasta mi oreja mientras los dedos aceleraban—. Yo te voy a enseñar la altura.
Me empujó. No contra un escritorio, sino contra la pared de azulejos fríos. Su cuerpo se aplastó contra el mío, su falda de lana rozando mi minifalda.
—Abre las piernas.
Obedecí sin pensarlo. Su mano se coló bajo mis bragas. El contacto de su piel con la mía fue puramente eléctrico.
—Estás chorreando, Marina. No por él. Por ti. Por el poder. Y ahora también por mí.
Sus dedos me encontraron. Dos de ellos. Se deslizaron dentro con una facilidad obscena. Gemí contra su hombro. Estaba tan jodidamente abierta. Linares me habría penetrado. Carolina me estaba descubriendo.
Sus dedos se movieron despacio, abriéndose en tijera dentro de mí, mientras su pulgar buscaba mi clítoris. El movimiento de pinza. El mundo se estrechó hasta desaparecer. El baño dejó de existir. Solo existían sus manos.
—¿Sientes eso? —susurró—. No es un terremoto. Es un incendio.
Y entonces su otra mano empezó a moverse también.
Bajó por mi espalda, se metió bajo la falda. Yo esperaba que me agarrara las nalgas, que me apretara con fuerza, que marcara terreno. Pero no. Sus dedos bajaron, fríos y precisos, y encontraron la base de mi plug. El corazón de cristal rosa que me había acompañado toda la mañana.
Me quedé helada.
—Dos frentes, Marina —susurró—. La rebelión total.
Y mientras su pulgar frotaba mi clítoris a una velocidad enloquecedora, y sus dos dedos seguían moviéndose dentro de mi sexo, su otra mano empezó a girar el plug. Despacio. El cristal frío rotando dentro de mí.
El placer fue tan intenso, tan confuso, tan total, que grité. No fue un gemido. Fue un grito desgarrado. Mi cuerpo se arqueó contra los azulejos.
El placer ya no era un terremoto ni un incendio. Era una puta supernova.
El plug girando enviaba pulsos profundos, sísmicos, que hacían vibrar cada nervio de mi pelvis. Y su pulgar… su pulgar era un taladro eléctrico, golpeando mi clítoris sin tregua. Era un orgasmo de dos cabezas. Un monstruo de placer que me estaba devorando viva.
—Carolina… Carolina… voy a…
—Hazlo —ordenó—. Córrete para mí, Marina.
Y el mundo se volvió blanco.
Mi espalda chocó contra los azulejos. El grito que salió de mi garganta fue animal, gutural, un sonido que no reconocí como mío. Mi sexo se contrajo violentamente alrededor de sus dedos. Y al mismo tiempo, los músculos de mis nalgas se apretaron, abrazando el plug en espasmos largos, profundos, arrolladores que no podía controlar.
La primera ola me golpeó eléctrica, aguda, un chillido de mil voltios directo al cerebro cortesía de mi clítoris. Pero por debajo había una segunda ola. Una vibración grave, profunda, que retumbaba desde dentro y sacudía los cimientos de mi cuerpo. Era un orgasmo doble. Por delante y por detrás. A la vez. En el mismo instante.
Era demasiado. Era abrumador. Era jodidamente perfecto.
—¡Joder! —grité, mientras las piernas cedían por completo.
Me deslicé por la pared, hecha un desastre tembloroso, y habría terminado en el suelo si ella no me hubiera sujetado a tiempo. Me quedé allí, en el suelo del baño de mujeres, jadeando, temblando, con lágrimas calientes corriendo por mis mejillas. Lágrimas de placer puro.
Carolina se arrodilló a mi lado, sujetándome, su respiración agitada, los cristales de las gafas empañados por el calor. Me miró con los ojos brillando detrás de los reflejos.
—Una polla no es un plug —dijo, sonriendo—. Y la precisión no es fuerza bruta.
Apartó sus dedos, ahora cubiertos de mí. Se los miró sin asco. Casi con orgullo.
—Él te habría dejado dolorida —añadió—. Yo te he dejado deshecha.
Se levantó, se acomodó la falda gris y me tendió la mano. La acepté. Las piernas apenas me sostenían.
—El juego acaba de empezar de verdad, Marina —dijo, mientras abría el pestillo de la puerta—. Y ahora jugamos las dos.
Se fue, dejándome sola en el baño, temblando, empapada y con una lección nueva grabada a fuego en alguna parte que ningún libro había tocado nunca.
La ley más peligrosa no estaba en el código civil. Estaba detrás de unas gafas redondas, en la chica callada de la primera fila.