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Relatos Ardientes

La repartidora se quedó a cenar conmigo esa noche

Llegué a casa pasadas las nueve, con la blusa pegada al cuerpo y el ánimo arruinado por el calor. Madrid en julio es una sentencia. Me deshice de la ropa en el pasillo, dejando los zapatos junto a la puerta, la falda sobre una silla y la blusa hecha un ovillo encima del sofá. Me quedé sólo con un tanga negro mínimo y un kimono corto de seda granate que no se molestaba en cubrir gran cosa.

Cocinar quedaba descartado. Marqué el número de la pizzería de la esquina, pedí una grande de jamón con rúcula y dos refrescos, y me serví una copa de vino blanco mientras esperaba.

Veinte minutos después escuché el motor de un ciclomotor frenar frente a la verja. Me asomé desde el ventanal del salón. La figura que se bajó de la moto no era la del chico de siempre. Era una chica, menuda, con el pelo recogido bajo el casco. Cuando se lo quitó, una melena castaña le cayó sobre los hombros.

Salí al jardín descalza, ajustándome a medias el cinturón del kimono. Caminó hasta el porche con la caja de pizza apoyada en el antebrazo y la bolsa de las bebidas colgando de los dedos. El polo del uniforme le quedaba justo, demasiado justo. Le marcaba dos pechos pequeños y firmes, y en mitad de la tela se le adivinaban los pezones erguidos por el aire acondicionado del recibidor.

—Le traigo el pedido —dijo, y me sonrió.

Era guapa. Rasgos finos, mandíbula marcada, cejas pobladas y oscuras. No le eché más de veinte años. Las uñas las llevaba pintadas de rojo brillante, perfectamente cuidadas, y al sostener la caja se le marcaban unas manos pequeñas y elegantes.

—Genial, me muero de hambre —contesté.

Me esforcé en cargar la frase con un doble sentido que no le pasó desapercibido. Le pedí que entrara mientras yo buscaba el bolso, y dejé que pasara hasta el recibidor.

Le di la espalda y me incliné hacia la consola sin doblar las rodillas. Sabía perfectamente lo que estaba ofreciendo: el kimono apenas me cubría las nalgas, y por debajo sólo había una tira finísima de tela negra. Cuando me giré con los billetes en la mano, sus ojos tardaron un instante de más en subir desde mis muslos a mi cara. El escote estaba abierto hasta el ombligo. Mis pechos asomaban casi por completo.

Se ruborizó. Una mancha rosa le subió por el cuello hasta las mejillas, y la respiración se le aceleró. No dijo nada. Yo aproveché para mirar sin disimulo el bulto de sus pezones a través de la tela del polo. No llevaba sujetador. Era evidente que no lo necesitaba.

—¿Te queda mucho turno? —pregunté, dejando caer el cinturón del kimono como por descuido.

La prenda se abrió del todo. El encaje rojo de mi tanga apenas tapaba el pubis depilado, y sus ojos volaron hacia allí sin disimulo.

—Eres la última entrega —murmuró—. Iba a devolver la moto al local.

—Para mí sola es demasiada pizza —dije—. Si quieres, te quedas. Me harías un favor.

Se mordió el labio. Miró hacia el ciclomotor aparcado en la verja, y luego me miró otra vez. Asintió. Cerré la puerta a su espalda.

—Ponte cómoda —añadí, con esa media sonrisa que se usa cuando ya sabes cómo termina la noche.

***

Ella empezó por los pies. Se sentó en el banco del recibidor y se quitó las playeras y los calcetines blancos con cuidado. Tenía los pies pequeños, las uñas pintadas de un rosa pálido, más claro que el de las manos. Habían pasado todo el día encerrados en zapatillas de trabajo y, aun así, eran preciosos.

La conduje al salón sin volver a cerrarme el kimono. Sentí su mirada recorriéndome la espalda, las nalgas, la línea de las piernas. Dejé la pizza sobre la mesita baja, abrí los refrescos y, cuando me giré hacia ella, dejé que la seda resbalara hasta el suelo.

—¿No tienes calor con esa ropa? —pregunté.

Se desabrochó el vaquero con una lentitud calculada. Lo deslizó por las caderas y dejó al aire un tanga de algodón color crema, mucho más recatado que el mío. Justo donde la tela cubría los labios había una mancha de humedad. Se dio cuenta de que yo la había visto y bajó la mirada un segundo, antes de levantarla otra vez con un brillo distinto.

Se sentó a mi lado en el sofá. Nuestras piernas desnudas se rozaron. Empecé a hablar de cualquier cosa, del trabajo, del barrio, del calor, para que se relajara antes de avanzar. Le pregunté por su vida. Me contó que estudiaba mientras hacía el reparto, que vivía con una compañera de piso, que no tenía pareja estable. Le pregunté si sólo le gustaban los chicos.

—Tengo algunas amigas —dijo, y se rió bajito—. Para experimentar.

Apoyé la mano en su rodilla. Subí los dedos por el interior del muslo con la misma calma con la que ella se había bajado el pantalón. La piel se le erizó. No retiró la pierna.

***

Le sujeté el borde del polo y lo levanté sin prisa. Ella alzó los brazos para ayudarme. Le aprisioné las muñecas con la tela enrollada por encima de la cabeza y me incliné a besarla por primera vez. Abrió la boca de inmediato. Su lengua era tibia, ágil, con un leve sabor a refresco.

Solté sus manos. Las suyas fueron directas a mis nalgas y apretaron con fuerza. Me amasó el culo como si llevara horas pensando en hacerlo. Le hundí más la lengua en la boca, mientras mis manos buscaban sus pechos. Eran pequeños, firmes, bronceados hasta el borde donde antes había habido un top minúsculo. Le retorcí los pezones, le pasé las yemas por las costillas marcadas, le rodeé la cintura.

Bajé por su cuello besando despacio. Las axilas le sabían a sudor y a desodorante gastado. Le pasé la lengua por el hueco y noté cómo se estremecía. Le mordí con suavidad la piel debajo de los pechos y dejé que mi boca subiera hasta uno de los pezones. Se le escapó un gemido cuando lo atrapé entre los dientes.

—Eres preciosa —le dije contra el vientre plano.

***

Seguí bajando. Le rocé el ombligo con la punta de la lengua, recorrí la línea del pubis, y dejé los muslos para después. Me arrodillé en la alfombra entre sus piernas y me dediqué a los pies primero. Cogí uno con las dos manos y me lo apoyé contra los pechos. Le pasé las plantas por los pezones, le besé el empeine, le metí el dedo gordo en la boca y lo chupé con calma, como si fuera otra cosa.

Ella echó la cabeza atrás y se rió en un gemido. Le hacía cosquillas, pero no apartó el pie. Le pasé la lengua por la planta, por el arco, le mordí el talón. Luego subí por la pantorrilla bronceada hasta el muslo, hasta el borde del tanga húmedo de algodón.

Aparté la tela con dos dedos. Su vulva ya estaba empapada. Sin perder más tiempo, hundí la lengua entre los labios hinchados y la oí inspirar de golpe. Me agarró del pelo con las dos manos. No tiraba; sólo me sostenía, marcándome el ritmo.

Encontré el clítoris asomado entre los pliegues y me concentré allí. Largas pasadas con toda la lengua. Pequeños círculos con la punta. Volví a recorrer los labios para regresar al clítoris. La oí gemir cada vez más alto. La primera vez que se corrió me llenó la boca de su humedad y de un sabor salado y dulce a la vez.

***

No esperé a que recuperara el aliento. Le levanté los muslos hasta echárselos sobre los hombros. Por un segundo cerró las piernas, avergonzada. Le di una palmada suave en la nalga y volvió a abrirse. Le pasé la lengua por el ano, sin vello, apenas más oscuro que el resto de la piel. La sentí estremecerse entera.

Se giró en el sofá y se puso a cuatro patas sobre los cojines, con las nalgas en alto. Se las abrió con sus propias manos. Le tiré del tanga de un golpe y le prometí que le regalaría uno mío. Le mordí con cuidado las posaderas antes de devolver la lengua al sitio donde quería estar. Hundí dos dedos en su sexo mientras seguía lamiendo, buscándole el punto interior que la hacía retorcerse. Cuando lo encontré, supe que se estaba corriendo otra vez por los espasmos que le recorrieron el cuerpo entero.

Se dejó caer de espaldas sobre los cojines, sonriendo con esa mirada de quien todavía no ha tenido suficiente. Tiró de mi brazo y me arrastró sobre ella. Nuestros pechos chocaron. Me amasó las tetas con las dos manos y se llevó uno de mis pezones a la boca con una fuerza que me hizo arquear la espalda.

—Sube —me dijo contra la piel.

Subí. Me coloqué con una rodilla apoyada entre su cabeza y el respaldo, el otro pie en el suelo, y dejé bajar la cadera hasta que su lengua me alcanzó. La sentí entrar tan profundo como pudo. Me corrí casi sin querer, casi sin tocarme, sólo por la imagen de su cara entre mis piernas.

Sus manos curtidas por el trabajo me agarraban las nalgas y me movían a su antojo, adelante y atrás. Me recorría la vulva, el clítoris, el perineo. Cuando su lengua se aventuró más atrás, no le pedí que parara. La nariz respingona se le hundía contra mí cada vez que respiraba. El aire caliente sobre el perineo me hacía temblar las rodillas.

Me arrancó tres orgasmos seguidos antes de dejarme caer a su lado sobre los cojines. Le comí la boca con mi propio sabor todavía entre sus labios. Mis dedos volvieron a buscarle el sexo con ternura, recorriéndolo despacio, ya sin prisa.

***

Habíamos olvidado la pizza. La caja seguía abierta sobre la mesita, fría, intacta. Ninguna de las dos parecía con ganas de levantarse.

—¿No te molesta que huela así? —preguntó, casi tímida.

Me reí contra su hombro y le dije que no, que era exactamente eso lo que me gustaba. Que ahora iríamos juntas a la ducha y que el jabón y el agua resbalándonos por encima iba a ser otra escena entera.

Pensé en llevarla después a mi cama. En no dejarla salir hasta el día siguiente. La moto aparcada al otro lado de la verja podía pasar la noche ahí. La pizzería ya estaría cerrada y su jefe podía esperar.

Le pasé la mano por la melena, le aparté un mechón húmedo de la frente y la besé otra vez. Su cuerpo todavía olía a sudor, a calle, a sol y a algo mío. No tenía ninguna intención de lavarlo del todo.

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Comentarios (5)

SofiNoche21

increible!!! una de las mejores que lei en mucho tiempo

Roxana77

Por favor seguila, quede con ganas de saber que paso despues. Segunda parte!!!

TaniaPaz

El principio me engancho desde la primera linea. Se siente muy real, muy natural.

MartinaCordoba

Me recordo a una situacion parecida que viví hace unos años jaja, aunque no tan intensa. Muy buena onda el relato.

KarinaRosa

¿Hay segunda parte planeada? Porque si no la hay la espero con ansias jajaja

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