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Relatos Ardientes

La logopeda de mi hijo me enseñó lo que era el deseo

Empecé otra vida cuando mi marido decidió que la nuestra ya no le servía. Acepté un traslado dentro de la empresa pública en la que trabajaba, dejé atrás la costa de Alicante y aterricé en un pequeño adosado a las afueras de Bilbao, lo bastante cerca del aeropuerto como para llegar a tiempo a los turnos. Me llevé conmigo lo único que de verdad me importaba: mi hijo Aitor, catorce años recién cumplidos y una afasia que le complicaba hasta pedir agua.

Los primeros meses fueron una mezcla de cajas sin abrir y noches en vela. Conseguí un horario diurno y, después de muchísimo papeleo, le concedieron un grado de dependencia. La asistencia social asignó una logopeda que vendría dos tardes por semana a casa. Yo esperaba a una mujer mayor, seria, con maletín y carpeta. Lo que llegó un martes a las cinco era otra cosa.

Vega tenía veintiocho años, era bajita y muy delgada, con el pelo teñido de un rubio casi blanco. Llevaba un piercing pequeño en la nariz y otro en la lengua que solo se le notaba cuando hablaba muy rápido. Los brazos los tenía cubiertos de tatuajes finos, ramas y palabras en cursiva. Lo primero que pensé fue que mi hijo iba a perder el respeto a cualquier maestra después de aquella aparición. Me equivoqué de medio a medio: a las dos semanas, Aitor sonreía cuando oía el timbre.

Vega trabajaba con él dos horas largas en el salón. Yo me quedaba en la cocina o tendiendo ropa, intentando no molestar, pero ella me llamaba cada tanto para que viera un ejercicio nuevo. Al cabo de un mes empecé a ofrecerle un café cuando terminaba. Al cabo de dos, ya se quedaba a cenar. Hablaba poco al principio y mucho después, sobre todo cuando se servía la segunda copa de vino. Me hacía preguntas que nadie me hacía: si dormía bien, si tenía amigas en la ciudad, si había salido alguna vez de copas desde la separación.

—Pareces una monja, Marisa —me dijo una noche entre risas—. Una monja muy guapa, pero monja.

Yo me reía y desviaba la mirada hacia el plato. No me daba cuenta entonces, pero llevaba meses durmiendo del lado izquierdo de la cama porque el derecho me daba miedo. No me daba cuenta de que había empezado a maquillarme un poco antes de su llegada. Tampoco me daba cuenta de que había vuelto a tocarme por las noches, después de mucho tiempo, y de que esas dos cosas estaban conectadas.

***

Pasó lo que tenía que pasar un jueves cualquiera. Salí de la ducha con la toalla mal puesta y abrí la puerta del baño sin pensar. Vega estaba al otro lado, esperando para entrar. Se quedó quieta, mirándome de arriba abajo sin disimulo. Yo me llevé la toalla al pecho y noté que se me ponían rojas las orejas.

—Perdona —murmuré.

—Perdona qué —respondió ella sin moverse—. Estás muy bien, Marisa. ¿Cuántos años decías que tenías?

—Treinta y nueve.

—Pues estás muy bien para treinta y nueve.

Pasó por mi lado rozándome el brazo con la punta de los dedos. Yo seguí derecha hacia mi habitación, cerré la puerta y me senté en la cama con la toalla todavía mojada. Tenía la piel de gallina y no era por el frío. Esa noche, después de que Vega se marchara, me metí en la cama y me toqué pensando en cómo me había mirado en el baño. Me sentí ridícula y, al mismo tiempo, viva.

***

El viernes siguiente Aitor se iba con su padre. Lo dejé en la estación del AVE con una azafata que lo acompañaría durante el viaje, y volví al adosado con la intención clara de no hacer nada en todo el fin de semana. Comprar, fregar, ver una película y dormir doce horas. Estaba metiendo la compra en la nevera cuando sonó el timbre.

—¿Qué haces aquí? —pregunté al abrir.

—Te invito a cenar —dijo Vega, entrando sin pedir permiso—. Lo dijimos la semana pasada. Estás sola, yo también, no se hable más.

—No me apetece, en serio.

—Sí te apetece. Ponte algo bonito.

Lo dijo como una orden suave, sin levantar la voz. Yo me quedé mirándola dos segundos demasiado largos y después fui a la habitación. Ella vino detrás. Abrió mi armario como si fuera el suyo, descartó tres faldas y una camisa, y por fin sacó una falda negra y una camisa blanca que yo no me ponía desde antes del divorcio.

—Esto.

—Hace frío.

—Esto.

Me senté en la cama y empecé a cambiarme con ella todavía dentro. Me quité los pantalones y me puse la falda. Cuando me iba a abrochar la camisa, Vega me detuvo la mano.

—El sujetador fuera.

—Vega…

—Confía en mí.

Me lo quité por debajo de la camisa, sin mirarla. Ella se acercó, se puso delante de mí y empezó a abotonarme la camisa de abajo arriba. Al llegar al pecho, sus dedos se entretuvieron más de la cuenta. Me rozó los pezones a través de la tela, despacio, una vez y otra, hasta que se me pusieron duros. Yo cerré los ojos.

—Mírame —me dijo.

La miré. Tenía esa mirada brillante de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Acercó la cara a la mía y yo aparté la cabeza en el último momento. Ella sonrió como si esperara el gesto, se giró y me eligió unas sandalias de tacón del fondo del armario. Mientras me las abrochaba, arrodillada delante de mí, sus dedos me subieron por la pantorrilla hasta media rodilla. No dijo nada. Yo tampoco.

***

Cenamos en una pizzería del casco viejo. Hablamos de tonterías, de sus tatuajes, de un viaje que ella quería hacer a Berlín. A media cena me llegó un WhatsApp de Aitor diciendo que ya había llegado a casa de su padre. Respiré y volví a llenar la copa. Después fuimos a un pub que estaba lleno de chavales de veintipocos y nos sentimos las dos viejas, así que salimos antes de tomarnos la segunda copa. Caminamos hasta el coche por una calle muy oscura y muy vacía.

Cuando me senté al volante, Vega miró por el retrovisor, por la ventanilla, otra vez por el retrovisor. Después se inclinó sobre el cambio de marchas y me besó. Fue un beso corto, casi un picotazo. Yo me quedé inmóvil, con las manos sobre el volante y el corazón disparado.

—Entre semana cuido de tu hijo —me dijo muy cerca de la boca—. Este fin de semana quiero cuidar de ti.

—No puede ser —balbuceé—. Vega, no.

—Arranca.

Arranqué. Conduje despacio, en silencio, mientras su mano izquierda se metía debajo de mi falda y me acariciaba el muslo. Subió un poco más y un poco más, hasta que sus dedos me rozaron las bragas por encima. En un semáforo me incliné hacia ella y la besé yo, sin pensarlo. Vino otro coche por detrás y nos separamos. En el siguiente semáforo no me importó nadie y nos besamos con la lengua, despacio. Noté el piercing de su lengua contra la mía y se me cerró el estómago de golpe.

—Te voy a hacer perder el sentido —me murmuró al separarse.

—¿Cómo? —pregunté, idiota.

—Cuando te coma el coño te vas a olvidar hasta de cómo te llamas.

***

Aparqué delante del adosado de cualquier manera. Apenas cerré la puerta de casa, Vega me empujó contra la pared del recibidor. Me abrió la camisa de un tirón, me besó el cuello, el escote, los pechos. Me chupó un pezón mientras con la otra mano me pellizcaba el otro. Yo me sostenía contra la pared con la espalda y dejaba caer la cabeza hacia atrás.

—¿Por qué me haces esto? —susurré, sin saber muy bien si era pregunta o súplica.

—Porque el primer día que entré en tu casa supe que iba a follarte —dijo contra mi piel.

Me llevó al dormitorio sin soltarme la muñeca. Allí me terminó de desnudar de un par de tirones. Me tumbó boca abajo sobre la colcha y me dio dos azotes secos en el culo, uno en cada nalga. Yo grité de la sorpresa y noté un calor distinto subiéndome por la espalda. Después me giró, me arrodilló a la altura de los pies y me desabrochó las sandalias muy despacio. Me besó el empeine. Me lamió entre los dedos sin dejar de mirarme.

—Eres una guarra muy bien guardada —me dijo, casi con ternura.

Me abrió las piernas con las dos manos. Me pasó un dedo por encima del sexo, sobre el vello, sin meterlo todavía. Cuando por fin me rozó el clítoris yo solté un jadeo agudo que ni reconocí como mío.

—Pídemelo.

—Vega, por favor…

—Pídemelo bien.

—Cómemelo —dije bajito, tapándome la cara con las dos manos—. Cómemelo, por favor.

Vega bajó por fin la cabeza y me lamió de abajo arriba, una sola vez, larga. Yo arqueé la espalda contra el colchón. Empezó a comerme con una lentitud que era un castigo. Su lengua entraba, salía, se quedaba quieta sobre el clítoris durante segundos eternos. Después aceleraba sin avisar. La puntita metálica del piercing me arrancaba escalofríos cada vez que rozaba el sitio justo.

—Me vas a volver loca —gemí.

—Ese es el plan.

—No pares, no pares, no pares.

—Ahora este coño es mío, ¿entendido?

Le dije que sí mil veces, sin pensar lo que decía. Sentí cómo me subía un orgasmo desde las piernas, le agarré el pelo con las dos manos y la apreté contra mí sin querer. Me corrí dando un grito que tuvo que oírse en la casa de al lado. Cuando se me pasó el temblor, cerré las piernas con fuerza y ella tuvo que apartarse riéndose, con la cara brillante.

—Tenías ganas —dijo, subiéndose por mi cuerpo.

Me besó en la boca y me hizo probarme a mí misma. Sus dedos volvieron a mis pezones y yo me arqueé otra vez. Pensé que ya estaba, que aquello terminaba ahí. Me equivoqué.

—Para —susurré cuando noté que me metía dos dedos dentro—. Para, no puedo más.

—Sí puedes.

—Vega, en serio.

—Mírame mientras te follo.

La miré. Sus dedos entraban y salían de mí muy despacio al principio, después con más fuerza, girando dentro como si buscaran algo concreto. Y lo encontraron. Sentí una ola distinta, mucho más honda, que me venía desde dentro del vientre. Me agarré a sus hombros y le mordí la clavícula sin pensar. Me corrí otra vez, esta vez con un grito ronco, y noté que algo húmedo y caliente se escapaba debajo de mí, empapando las sábanas. Me dio una vergüenza inmediata.

—Tranquila —me dijo ella, besándome la sien—. Eso pasa cuando una está muy a gusto.

Me quedé temblando un buen rato. Ella se tumbó a mi lado y me abrazó por la espalda, con los labios pegados a mi nuca. No intentó nada más. No hacía falta. Yo lloraba en silencio sin saber muy bien por qué, y ella me dejó llorar.

—No soy así —dije por fin, con la voz rota.

—Ahora sí —contestó—. Pero solo si tú quieres.

Me quedé dormida con su brazo cruzándome la cintura, oliendo a su champú y a mí misma. Antes de cerrar los ojos pensé en el lunes, en el timbre a las cinco de la tarde, en mi hijo abriendo la puerta y en cómo iba a mirarla yo cuando entrara. No supe si me daba miedo o ganas. A los pocos minutos dejé de pensarlo. El sueño llegó por sí solo, como llega el sueño cuando alguien por fin te cuida.

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Comentarios (6)

NormaBA

Ay que hermoso, me tuvo pegada a la pantalla hasta el final!!

Rox_lectora

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas. No puede terminar asi...

Fiamma_sf

Me recordo a algo que vivi hace unos años, esas situaciones inesperadas son las que te cambian. Muy bueno

GabiN_23

increible!! esto es exactamente lo que buscaba leer hoy jaja

SilviaMar

Me gusto mucho como estan escritas las emociones, no es solo morbo sino que se siente la tension desde el principio. Muy bien logrado

LucianaOK

Empece sin saber bien de que iba y me engancho enseguida. Eso de que algo comienza como algo cotidiano y de repente lo cambia todo... esta perfectamente escrito. Gracias por compartirlo

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