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Relatos Ardientes

La noche en que Mariana me enseñó a usar la lengua

Ilustración del relato erótico: La noche en que Mariana me enseñó a usar la lengua

Este último año estuvo lleno de descubrimientos. Aprendí más sobre mi propio cuerpo y mis deseos que en toda la década anterior, y casi todo empezó con una conversación por mensajes. Llevaba unos días escribiéndome con una mujer de unos treinta y pico, morena, de ojos claros y una manera de hablar que me desarmaba. Se llamaba Mariana, era carismática y nada tímida, y desde el principio dejó claro que sabía exactamente lo que le gustaba.

Una tarde me lanzó la propuesta sin rodeos: que fuera a su departamento, que exploráramos juntas, que ella me mostraría todo lo que yo nunca me había animado a probar con otra mujer. Dudé durante horas. Borré tres respuestas distintas antes de escribir un simple «sí».

Nunca había estado con una mujer. Había fantaseado mil veces, en la oscuridad de mi cuarto, imaginando cómo sería tocar otra piel tan parecida a la mía, pero siempre me había faltado el coraje para dar el paso. Mariana lo sabía. Se lo había confesado en uno de esos mensajes que se escriben de madrugada, cuando una se anima a decir cosas que de día calla. Y en lugar de asustarse, ella se ofreció a ser la primera. A enseñarme.

Era viernes por la noche y los nervios me apretaban el estómago mientras subía en el ascensor. La curiosidad pesaba más que el miedo, así que seguí adelante. Cuando se abrieron las puertas, ella ya estaba esperándome, recostada contra el marco de su puerta con una sonrisa suave. Tomó mi mano sin decir nada y me hizo pasar.

—Estás temblando —dijo, divertida—. Tranquila, déjate llevar. Relájate.

Nos sentamos en el sofá. Hablamos un rato, aunque yo apenas registraba las palabras: solo sentía su mirada fija en mí, como si me estuviera leyendo. En un momento apoyó la mano en mi muslo y ladeó la cabeza.

—¿Por qué no intentaste besarme todavía? —preguntó.

Me quedé muda. Ella se rió por lo bajo, retiró la mano y se acomodó contra el brazo del sofá, alargando el silencio a propósito. Después movió el dedo índice, llamándome de arriba abajo, y yo me acerqué como hipnotizada. Quedé a un palmo de su boca. Sentí un escalofrío recorrerme entera cuando me rodeó el cuello con los brazos y se mordió el labio.

La distancia se borró sola. Nos besamos. Su lengua estaba inquieta, ansiosa, pero ella la dominaba con una calma que me volvía loca. Me atreví a morderle el labio inferior y le gustó, así que insistí. De pronto me apartó con delicadeza, abrió las piernas y me dejó acomodarme entre ellas mientras las apretaba poco a poco contra mi cuerpo.

Bajé los labios hasta su cuello. Le di un par de besos suaves y ella inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndomelo. No me detuve: fui aumentando la intensidad, marcando la piel con la boca hasta que la sentí estremecerse bajo mis labios.

Volví a su boca mientras le sostenía la cintura. Deslicé las manos hacia arriba, por debajo de la tela de su top, palpando su abdomen tibio, hasta rozar su pecho. Recién entonces noté que no llevaba sujetador. Me pregunté si estaría igual de libre más abajo, pero no quise apurarme.

—Apartate un segundo —murmuró.

Obedecí. Se puso de pie y se quitó el top con una lentitud calculada, deslizando primero las tiras por los hombros. Su torso moreno y tonificado quedó al descubierto y yo me la quedé mirando, sin disimular el asombro. Apoyó la mano en mi hombro, me empujó con suavidad contra el respaldo y se sentó a horcajadas sobre mí.

—Tranquila —repitió, esta vez casi al oído—. Es hora de que aprendas.

Le puse las manos en la espalda y empecé a dibujar círculos lentos mientras nos besábamos. Ella se apartó apenas, llevó su propia mano al cuello y la fue bajando despacio, marcándome el camino. Acompañé el recorrido con mis labios. Entonces tomó mi mano y la guió entre sus piernas. A través de la ropa interior sentí la humedad que la delataba. Moví los dedos despacio, adelante y atrás, y sus brazos se tensaron alrededor de mi cuello.

Le besé el cuello otra vez sin dejar de acariciarla por encima de la tela. Después retiré la mano y bajé la boca hasta sus pechos. Los tomé entre las manos y los apreté con suavidad; ella exhaló y me sostuvo la mirada. Fui pasando de uno a otro, llevándomelos a la boca, jugando con la punta de la lengua sobre sus pezones, moviéndola de lado a lado y en círculos, apretándolos apenas entre los labios.

—Más —pidió.

Le di más. Cuando me detuve, fue ella la que tomó el control. Me hizo levantar, bajó despacio el cierre de mi campera mordiéndose el labio, y la dejó caer al piso. Después me abrió la blusa botón por botón mientras me besaba el cuello. Me hacía cosquillas, pero no se detuvo hasta dejarme con la blusa abierta y el sujetador a la vista. Me recorrió con la mirada, de abajo arriba, y sin una palabra caminó hasta la habitación de al lado. Volvió con algo rosado en la mano.

***

Se recostó boca arriba en el sofá. Quise acercarme, pero apoyó los pies contra mi pecho y me detuvo en seco. Entendí el mensaje: empecé a besárselos, despacio, y fui descendiendo por sus piernas. Me encontré con su ropa interior blanca y le di besos cortos sobre la tela, hasta el borde, hasta el abdomen. Enganché los dedos en los costados y se la bajé sin prisa, dejándola caer al piso.

Me abrí paso de nuevo entre sus muslos. Los besé acercándome cada vez más al centro, y cuando llegué, recorrí sus labios con la lengua de abajo hacia arriba, una y otra vez, abriéndome camino hasta el clítoris. Empecé a lamerlo con suavidad. Me detuve, humedecí la yema de mis dedos con saliva y dibujé círculos sobre él. La oí exhalar despacio. Eso me prendió muchísimo: saber que le gustaba me daba una confianza que no me conocía.

Dejé el juguete rosado sobre la mesa, a un costado, y seguí. Lamí con más intensidad, concentrándome en la entrada y en los labios, chupé el clítoris unos segundos y, sin avisar, empecé a succionarlo. Sus gemidos subieron de tono y las piernas se le cerraban poco a poco contra mi cabeza. Se las junté y se las levanté para tener mejor acceso, lamiéndola de abajo arriba.

Me animé a introducir un dedo. Sentí lo mojada que estaba y noté cómo apretaba los puños. Lo moví adelante y atrás mientras seguía con la lengua en círculos sobre el clítoris. Sus gemidos eran cada vez más intensos. Saqué el dedo y reemplacé con la lengua, entrando y saliendo, y ella me clavó las manos en el pelo hasta que me pidió que parara.

—Vení acá —jadeó.

Me recosté con la cabeza apoyada en el borde del sofá. Ella se acomodó sobre mi cara, subiendo y bajando despacio. Le sostuve los muslos para marcar yo el ritmo y moví la lengua entre sus labios. Estaba empapada y los gemidos se le ahogaban en la garganta. Se incorporó de golpe y me pidió que me sentara.

Lo hice. Se sentó de espaldas contra mí, entre mis piernas, y giró la cabeza para besarme. Le abrí las piernas y volví al clítoris con los dedos, en círculos, mientras me mordía el labio en cada beso. Metí un dedo, después otro, y los moví con fuerza de abajo arriba. Intentaba cerrar las piernas pero no la dejé; seguí estimulándola hasta que se estremeció entera.

Entonces estiró el brazo y tomó por fin el juguete. Me lo entregó y volvió a recostarse. No era nada del otro mundo: un vibrador pequeño y recto. Empecé a pasarlo por su clítoris, alejándolo a propósito por momentos solo para ver su cara de frustración. Verla así me excitaba; sentía mi propia humedad entre las piernas.

Seguí dando círculos con el vibrador mientras con la otra mano acariciaba alrededor de su entrada. Gritó y contrajo las piernas, pero no me detuve. De repente me pidió que parara y se sentó a mi lado, agitada. Me arrodillé frente a ella y volví a la lengua, chupando con pausas, tomando el clítoris entre los labios y estirándolo apenas, una y otra vez.

Apoyé el vibrador sobre el clítoris y lamí sus labios de un lado al otro al mismo tiempo. Ella gemía sin parar. De pronto sentí una humedad distinta, una brisa tibia contra mi cara. Aparté la cabeza y vi salir un chorro pequeño. Seguí con el vibrador y le metí los dedos, moviéndolos rápido de abajo arriba.

En ese instante sonó el timbre. Lo ignoramos. Seguí moviendo los dedos hasta que volvió a salir un chorro, esta vez más abundante, y no paré hasta que ella misma me obligó a retirar la mano. Acabó temblando, mojándolo todo, mirándome a los ojos mientras lo hacía. Le encantaba que yo la viera así, y a mí me encantaba mirarla.

***

Exhaló profundo y se tomó unos segundos para recomponerse.

—Ahora te toca a vos —dijo con una sonrisa.

Me puse de pie y me quité la blusa. Cuando empezaba a bajarme el pantalón, el timbre volvió a sonar. Lo ignoró y siguió, pero entonces sonaron dos timbrazos seguidos, insistentes. La detuve. Ella se puso mi campera encima, fue hasta la puerta y la entreabrió apenas para hablar con el portero. Cuando la cerró, su expresión había cambiado por completo.

—Vestite —me dijo, buscando su ropa por el piso a las apuradas—. Mi madre acaba de llegar de sorpresa.

Me vestí entre risas nerviosas, con el corazón todavía a mil y el cuerpo todavía encendido por todo lo que no había llegado a pasar. Mariana me acompañó hasta la puerta, me dio un beso corto en los labios y me prometió, con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien, que la próxima vez no nos interrumpiría nadie.

Lo que iba a ser mi turno quedó pendiente para otra noche. Mientras bajaba en el ascensor me miré en el espejo: tenía las mejillas rojas, el pelo revuelto y una sonrisa que no podía borrar. Esa noche aprendí algo que ningún hombre me había mostrado nunca, y supe, con una certeza absoluta, que ya estaba contando los días para volver a tocar su puerta.

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Comentarios (4)

Lola_Curiosa

Dios mio que relato!!! Me quede sin palabras, en serio

ValentinaR

Por favor que haya una segunda parte, me dejo con muchisimas ganas de mas. Muy bueno

MarinaMdq

Me recordo mucho a una experiencia que tuve hace tiempo, esa mezcla de nervios y curiosidad. Me emocione leyendolo, muy real

Romina_BC

Buenisimo!! bien escrito y sin apuro, se nota que saben contar una historia. Esperando mas relatos asi

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