El secreto entre mujeres que mi tía nos enseñó
Mi prima Carla y yo fuimos a pasar el fin de semana a casa de nuestra tía Lucía. Nos había invitado a las dos para hacerle compañía, porque su marido se había ido de viaje y la casa, según ella, se sentía demasiado grande y demasiado silenciosa. Nos invitó juntas porque éramos inseparables: desde chicas hacíamos todo de a dos, y nadie se sorprendía ya de vernos llegar pegadas la una a la otra.
Lucía siempre fue la tía que más queríamos. Era la que nos consentía, la que nunca olvidaba un cumpleaños, la que en diciembre tenía un regalo listo con nuestro nombre. Tenía poco más de treinta y cinco años y una forma de mirar que te hacía sentir el centro de todo. Así que, cuando nos pidió que la acompañáramos, aceptamos encantadas. Empacamos un bolso cada una y nos fuimos directo a su casa.
El día pasó tranquilo. Almorzamos las tres juntas, después nos tiramos en el sofá a ver películas hasta que se hizo de noche, y a la hora de la cena nos pusimos cómodas con el pijama puesto. Lucía nos había acomodado en su propia habitación, las tres en la misma cama, porque decía que así charlábamos hasta tarde como cuando éramos pequeñas.
Cerca de las nueve, ya metidas bajo las sábanas, ella se apoyó sobre un codo y nos miró con una sonrisa distinta a las que le conocíamos.
—Chicas, hace días que tengo ganas de proponerles algo —dijo en voz baja—. Pero es algo que solo vamos a saber nosotras tres. ¿Son capaces de guardar un secreto?
—Claro que sí, tía —respondió Carla, hablando por las dos.
—¿De qué se trata? —pregunté yo, intrigada.
—Tienen que jurarme que no se lo van a contar a nadie. Nunca. Necesito saber que puedo confiar en ustedes.
—Te lo juro —dijo Carla sin dudar.
—Yo también. Soy una tumba —agregué.
Lucía respiró hondo, como quien por fin se anima a algo que viene pensando hace tiempo.
—La idea es que nos demos placer juntas, las tres. Que nos toquemos. ¿Se animan a hacerlo con su tía favorita?
Hubo un silencio corto, denso. Carla fue la primera en moverse.
—Yo lo haría —dijo, y noté que la voz se le había puesto más grave.
—¿Y tú? —me preguntó Lucía, buscándome los ojos en la penumbra.
—No es que no quiera —confesé—. Es que yo nunca me he tocado así.
—Mucho mejor —dijo ella, y la sonrisa se le hizo más ancha—. Entonces nosotras dos te enseñamos. ¿Verdad, Carla?
—Verdad —murmuró mi prima.
***
Empezamos por quitarnos el short del pijama y la ropa interior. Nos sentamos las tres sobre la cama, en círculo, con las piernas apenas separadas. Yo sentía el corazón golpeándome en la garganta. Lucía me explicó con calma lo que tenía que hacer, me dijo que mirara a Carla y que la imitara, pero que sobre todo me dejara llevar por lo que sintiera.
Las tres empezamos al mismo tiempo. Yo observaba de reojo la mano de mi prima, el ritmo lento de sus dedos, la forma en que cerraba los ojos. Probé moviéndome igual, después distinto, hasta que encontré una manera que me hizo soltar el aire de golpe.
—Déjame mostrarte —dijo Lucía, y antes de que respondiera ya tenía sus dedos sobre mí.
El contacto fue una corriente. Ella sabía exactamente dónde y con cuánta fuerza, y en pocos segundos me tenía mordiéndome el labio para no hacer ruido.
—Ahora hazlo tú a mí —dijo—. Para ver si entendiste.
Llevé la mano hasta ella, tímida, y la imité lo mejor que pude. Estaba más mojada de lo que esperaba.
—Más presión —me corrigió, paciente—. Carla, ven, muéstrale cómo se hace.
Mi prima se acercó por el otro lado y posó sus dedos sobre mí. El placer volvió, doble ahora, con las dos atentas a mi reacción. Después fui yo la que tocó a Carla, sintiéndola caliente bajo las yemas, mientras ella me guiaba en voz baja.
—Así, justo así —me dijo, con los ojos entrecerrados.
***
—Quitémonos también las camisetas —propuso Lucía—. Quiero que nos toquemos los pechos mientras seguimos.
En cuestión de minutos las tres quedamos desnudas sobre la cama. Lucía se sentó a mi lado, sin dejar de acariciarse, y clavó la vista en mí.
—Me encantan tus pechos. ¿Puedo? —preguntó.
Asentí. Sus manos me recorrieron despacio, primero apenas rozando, después con más firmeza, y yo dejé escapar un suspiro que no pude controlar.
—Toca tú los míos —dijo.
Lo hice, y por un momento las dos nos quedamos así, mirándonos, las manos cruzadas, respirando cada vez más rápido. Luego ella se deslizó hasta Carla e hizo lo mismo, y enseguida me pidió que me sumara. Mi prima y yo nos acariciamos mientras Lucía nos observaba, dirigiendo cada movimiento con una palabra, un gesto, un susurro.
La excitación me subía como una marea. Lucía nos indicó que nos lleváramos los dedos a la boca para probarnos, y cuando sentí ese sabor por primera vez, algo dentro de mí terminó de soltarse. Ya no pensaba. Solo obedecía, y obedecer me estaba gustando demasiado.
—¿Alguna vez besaste a una chica? —me preguntó, acercándose.
—Nunca.
—Entonces quiero ser la primera.
Sus labios encontraron los míos y el beso se hizo largo, lento, profundo. Mientras me besaba, su mano bajó otra vez entre mis piernas, y ahí, con su boca pegada a la mía y sus dedos moviéndose, entendí de verdad lo excitada que estaba. No quería que parara.
Cuando se separó de mí, fue hacia Carla y la besó igual, sin preguntar. Después nos pidió que nos besáramos nosotras. Mi prima y yo nos miramos un segundo, y luego nos buscamos. Era raro y era natural a la vez, las dos cumpliendo cada deseo que Lucía nombraba en voz baja.
—No paren hasta que yo se lo diga —ordenó.
Carla y yo seguimos besándonos mientras Lucía me deslizaba los dedos dentro y me recorría el cuello con la lengua. Los escalofríos me bajaban por la espalda. Estábamos completamente a su merced, y esa idea, lejos de incomodarme, me encendía todavía más.
***
Ella giró mi cara hacia la suya y volvió a besarme, sin sacar los dedos. Con suavidad me empujó hasta dejarme acostada boca arriba, al borde de la cama, y le pidió a Carla que me acompañara. Las dos se inclinaron sobre mi pecho, una a cada lado, mientras los dedos de Lucía entraban y salían con un ritmo que me hacía gemir sin pudor.
—¿Te gusta? —me preguntó al oído.
—Sí —fue todo lo que pude decir.
Después fue el turno de Carla. Lucía la acostó igual que a mí, le abrió las piernas y le pidió que me sumara a su pecho mientras la penetraba. Verla retorcerse, escucharla jadear, me dio un morbo nuevo. Cuando Lucía nos hizo probar de nuevo el sabor de la otra, ya ninguna de las tres fingía dudar.
—Ahora ustedes dos me tocan a mí —dijo Lucía, recostándose.
Carla y yo nos turnamos sobre su pecho mientras yo llevaba la mano entre sus piernas. La sentí mojada, abierta, y mis dedos entraron sin resistencia. Lucía empezó a gemir, arqueando la espalda, hasta que nos apartó con un gesto para recuperar el aire.
—Las dos lo hacen muy bien —dijo, con la voz rota—. Mejor de lo que imaginaba.
***
Me hizo acostar otra vez, con las caderas justo en el borde del colchón. Le pidió a Carla que me besara, y sentí la fuerza de mi tía separándome las piernas. Supe lo que venía un segundo antes de que pasara: su lengua se posó donde nunca nadie me había tocado así, y de inmediato me arrancó un gemido.
Carla dejó mi boca para concentrarse en mi pecho, y entre las dos me llevaron a un lugar que no conocía. Lucía recorría todo con la lengua, se detenía, jugaba, volvía. El cuerpo me empezó a hervir, un cosquilleo que subía desde los pies y se me juntaba en el centro hasta que ya no pude contenerlo. Me vine con un temblor largo, con la boca de mi tía sin separarse de mí ni un instante.
Después fue Carla la que se acostó en el borde. Yo ya sabía qué hacer. La besé, la sentí gemir contra mis labios, y bajé a su pecho mientras Lucía se ocupaba del resto. Mi prima arqueó la espalda, gimió cada vez más fuerte, y soltó un grito ahogado cuando todo su cuerpo se encogió.
—Ahora te toca a ti dármelo a mí —me dijo Lucía, abriéndose ante mis ojos.
Me quedé un instante mirándola. Nunca había visto a otra mujer así, tan cerca, tan dispuesta. Saqué la lengua y dejé que la recorriera entera. El sabor me llenó la boca de golpe y, lejos de incomodarme, me dio más ganas. Recordé cada cosa que ella me había hecho y la imité lo mejor que supe, atenta a sus gemidos, a la forma en que sus caderas empezaban a subir y a bajar.
La sostuve por las caderas y me pegué a ella con todas mis fuerzas. Lucía me agarró de la cabeza, me apretó contra sí, y de un momento a otro dejó caer todo el cuerpo sobre la cama con un suspiro hondo. Había llegado.
***
Después de eso, todo se mezcló. Me subí encima de ella y, en vez de bajar a su pecho, le ofrecí mi cuerpo a su boca; quería volver a sentir su lengua. Me agarró de las caderas y me guió, adelante y atrás, hasta que el cosquilleo volvió y me vine de nuevo, esta vez sobre ella. Mientras tanto, Carla se ocupaba de Lucía, y la vi tener otro orgasmo casi sin darme cuenta, perdida ya en el mío.
La última fui yo, otra vez. Carla se acomodó entre mis piernas mientras Lucía me besaba el pecho. Mi prima me tocó primero con los dedos, lento, y después con la boca, deteniéndose justo donde más lo necesitaba. Sentía calambres que me subían desde las plantas de los pies hasta la nuca. Tuve que admitir, para mis adentros, que Carla lo hacía mil veces mejor que yo. El cuerpo se me puso rígido, y cuando el orgasmo terminó de pasar, me quedé temblando, sin aire.
Las tres nos dejamos caer sobre las almohadas, agitadas, riendo bajito.
—¿Y qué les pareció? —preguntó Lucía, todavía sin recuperar del todo la respiración.
—Descubrí que tener una boca ahí es lo más rico que sentí en mi vida —confesé—. Y que el sabor de otra mujer me gusta más de lo que pensaba.
—Yo descubrí lo contrario —dijo Carla—. Que lo mejor es ser la que da, sentir que la otra se viene por algo que estás haciendo tú.
—A mí me gustaron las dos cosas —dijo Lucía, acariciándonos el pelo—. Pero lo que más disfruté fue esto: tenerlas a las dos aquí, conmigo, sin que nada las frenara.
Nos quedamos despiertas un buen rato, hablando en voz baja de cada detalle, repasando lo que había sido nuestra primera vez juntas. Afuera la casa seguía en silencio, igual de grande que siempre, pero ya no se sentía vacía. Y el secreto que le habíamos jurado guardar fue, desde esa noche, lo único que de verdad fue nuestro.