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Relatos Ardientes

La practicante que reté a besarme esa noche

Ilustración del relato erótico: La practicante que reté a besarme esa noche

A Renata siempre le habían gustado las chicas jóvenes, y a sus cuarenta y siete años eso se había vuelto más un problema que un placer. No era algo que hubiera elegido; sencillamente venía con ella, como el color rojizo de su pelo o las pecas que le cruzaban la nariz de lado a lado. Lo había intentado con mujeres de su edad, pero algo en su interior se apagaba: una desidia, una pereza que la dominaba antes de empezar siquiera.

El cuerpo todavía le respondía. No había tenido hijos y eso le había dejado una figura delgada que parecía detenida en el tiempo. La piel blanquísima, salpicada de pecas que le bajaban por el cuello hasta el nacimiento de los pechos, y unos ojos azules enormes que inspiraban más ternura que deseo. Esa era la trampa: las jóvenes la miraban como a una tía simpática, nunca como a una amante posible.

—¿Otra vez sola un sábado? —le preguntaba su única amiga de juventud, ya casada, ya lejos.

—Otra vez —respondía ella, sin entrar en detalles.

La verdad era más cruda. Renata llevaba demasiados años en una soledad que la masturbación apenas calmaba. Encendía la pantalla, buscaba esos vídeos de mujeres maduras iniciando a chicas inexpertas, y se imaginaba en el lugar de la veterana. Ojalá la vida fuera tan simple como en esas películas. Después apagaba todo y se quedaba mirando el techo.

***

Renata era diseñadora editorial, una de las mejores de su estudio. Cuando el amor faltó, volcó todo en el trabajo, y los premios y los halagos llegaron como un premio de consolación. Cada cierto tiempo el estudio recibía practicantes recién salidas de la universidad, y ella las observaba de lejos sin demasiada esperanza.

Hasta que llegó Lucía.

Era pequeña, de piel apenas tostada, con el pelo castaño y liso cayéndole hasta media espalda. Tenía los ojos de un verde inesperado, la nariz redondeada en la punta y un labio inferior grueso que se mordía cuando dudaba. Los pechos eran diminutos; las caderas, en cambio, generosas. Renata sintió que el corazón le daba un vuelco, ese aleteo de mariposa que solo le provocaban las chicas jóvenes.

Se ofreció a tutelarla. La tomó bajo su ala con la excusa perfecta: enseñarle el oficio de la mano de la mejor del estudio. Lucía la admiraba, y esa admiración fue el terreno donde Renata sembró, con paciencia de jardinera, algo más.

Cada mañana Lucía pasaba por su escritorio a saludarla con un beso en la mejilla. Le contaba las cosas pequeñas de su vida: la pelea con una compañera de piso, el chico que no la llamaba, la receta que se le había quemado. Renata se convirtió en su confidente, y eso era exactamente lo que buscaba. No había rincón de Lucía que ella no conociera.

Una tarde, mientras revisaban juntas unas pruebas de imprenta, Renata pasó los dedos distraídamente por el pelo de la chica.

—Eres una persona muy especial para mí —le dijo—. Por eso quiero invitarte a pasar un fin de semana en mi casa. Sin trabajo, sin pantallas.

Lucía levantó la vista, sorprendida y halagada.

—¿De verdad? Me encantaría. Tú también eres especial para mí, Renata. No sabes lo mucho que te quiero.

Era la primera vez que se lo decía. Renata supo, por el modo en que se le aceleró el pulso, que había elegido bien el momento.

***

El sábado Lucía llegó con un vestido ligero y el pelo suelto.

—No te imaginas lo guapa que vienes —le dijo Renata en cuanto abrió la puerta.

Era un comentario que repetía siempre, una semilla más. A Lucía se le iluminaba la cara cada vez que lo escuchaba.

Cenaron algo ligero y Renata abrió una botella de vino tinto. Su único objetivo aquella noche era que la copa de Lucía nunca llegara a vaciarse. La chica era conversadora; saltaba de un tema a otro sin pausa, y no había manera de hacerla callar. Renata la dejaba hablar, asentía, sonreía y volvía a servir.

—La que tendría que darte las gracias soy yo —dijo Renata en una pausa—. No sabes lo sola que me siento a veces.

—Pues a partir de ahora cuentas conmigo —respondió Lucía, ya con la lengua un poco torpe—. No soporto pensar que mi mejor amiga se sienta sola.

Era casi la una de la madrugada cuando Renata tomó las riendas de la conversación.

—¿Alguna vez has besado a otra mujer?

—Una vez, en una fiesta —contestó Lucía, riendo.

—¿Y qué sentiste?

—Fue suave. El beso más delicado que recuerdo.

Renata se inclinó un poco más sobre el sofá.

—¿Y has pensado en estar con una mujer? De verdad, digo.

Lucía se mordió el labio.

—Te voy a confesar algo. Una vez vi un vídeo de dos chicas y me dio mucha curiosidad. Me… me masturbé mirándolo.

—No sabes el alivio que me da oírte —dijo Renata, bajando la voz—. A mí me pasa lo mismo. Veo vídeos de mujeres cuando estoy sola. Me gusta cómo se tratan, lo delicadas que son.

El aire entre ellas se había vuelto espeso. Renata sintió que era el instante exacto, ese punto de inflexión que llevaba semanas esperando.

—Te reto a que me beses —soltó.

—¿Me estás retando a besarte? —preguntó Lucía, mitad incrédula, mitad divertida.

—Quiero saber qué se siente besar a una mujer y me gustaría que fuera contigo. Eres la única persona en la que confío tanto. No es con una desconocida. Es solo un beso.

Lucía la miró un largo rato. Luego sonrió.

—Solo porque estoy un poco borracha lo voy a hacer.

—Pero que sea un beso de verdad, no un piquito.

—Acepto el reto.

***

Renata se deslizó por el sofá hasta quedar a su lado. Acercó la boca despacio, dándole tiempo a echarse atrás, pero Lucía no se movió. Cuando sus labios se tocaron, Renata le puso una mano en la nuca para que no se separara demasiado pronto. El beso se alargó; ella deslizó la lengua y sintió cómo la chica la recibía y respondía con torpeza dulce.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó Lucía al separarse, con la respiración cambiada.

—Maravilloso. Nunca había sentido un beso así. Quiero repetirlo, pero que dure más.

No esperó respuesta. Volvió a besarla, esta vez ella buscando la lengua primero, y Lucía la imitó. Renata bajó las manos por la espalda de la chica hasta alcanzar sus caderas anchas y apretarlas. Subió de nuevo, acariciándole el cuello con la yema de los dedos, y cuando Lucía cortó el beso, Renata le llevó la boca al cuello y lo recorrió con la lengua.

Lucía se estremeció. Aquella lengua en su cuello la recorría como una corriente, y por un momento la cordura le pesó más que el deseo.

—Creo que deberíamos parar —murmuró.

—¿No se siente bien? —preguntó Renata sin retirarse del todo.

—Sí… se siente muy bien. Pero me da vergüenza.

—No pienses tanto. Relájate y deja que tu cuerpo disfrute.

Volvió a subir desde el cuello hasta la boca y la besó otra vez. Mientras tanto, sus dedos se colaron por debajo del vestido y empezaron a explorarla. Lucía dejó de resistirse; la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí. Renata supo que ya la tenía: subió las manos hasta sus pechos pequeños y los apretó con suavidad, arrancándole un gemido.

Le tomó una mano y la guio hasta sus propios pechos. Lucía la imitó, apretando despacio, mientras Renata le desabrochaba el sostén bajo la tela. Le quitó el vestido por encima de la cabeza, Lucía hizo lo mismo con su blusa, y las dos quedaron desnudas de cintura para arriba, frente a frente.

—Me gustan tus pecas —dijo Lucía, pasando un dedo por el pecho de Renata—. Te bajan hasta aquí.

—Y a mí me gustas tú entera —respondió ella.

***

Renata bajó la boca hasta los pechos diminutos de la chica y se entretuvo en ellos, lamiéndolos, mordisqueándolos hasta que los pezones se le endurecieron. Lucía ya no contenía los gemidos. Renata deslizó una mano por su vientre hasta el borde del vestido que aún le cubría las caderas y lo apretó por encima de la tela.

—¿Te gusta cómo te toco? —preguntó.

—Sí —jadeó Lucía—. Demasiado.

La respuesta fue otro beso. Renata le terminó de quitar la ropa, le bajó la prenda hasta los tobillos y deslizó los dedos por debajo de la última tela hasta encontrar el clítoris. Empezó a acariciarlo en círculos lentos, y Lucía gimió más fuerte, arqueando la espalda contra el respaldo del sofá.

—Ven —dijo Renata, poniéndose de pie y tendiéndole la mano—. Aquí no.

La llevó hasta el dormitorio. Antes de tocarla, la contempló un instante tendida sobre la cama, y pensó que después de tantos años por fin tenía delante lo que había deseado. No iba a apresurarse. Iba a guiarla con calma por ese mundo nuevo.

Se tendió sobre ella y la besó despacio, dejando que la anticipación hiciera su trabajo. Bajó por el cuello, por los pechos, hasta llegar entre sus piernas. Allí Lucía estaba mojada, y Renata recorrió todo con la lengua hasta concentrarse en el clítoris, succionando con cuidado, leyendo cada gemido como una señal. Sabía exactamente cómo llevarla; lo había imaginado tantas veces que su cuerpo se movía solo.

Los gemidos de Lucía subieron de volumen hasta quebrarse. Se vino con el cuerpo entero temblando, las caderas levantándose contra la boca de Renata, que disfrutó cada segundo de verla deshacerse.

—Nunca había sentido algo así —dijo Lucía, todavía agitada.

—Ahora quiero sentirte a ti —respondió Renata—. ¿Te animas?

Lucía asintió, insegura pero entregada. Bajó por el cuerpo de la mujer con la misma curiosidad con que se asoma alguien al borde de algo desconocido. La besó, le lamió los pechos, y cuando llegó entre sus piernas, Renata la fue guiando con palabras suaves.

—Pasa la lengua por todo, despacio… ahí, justo ahí.

Lucía aprendía rápido. Lo que empezó como timidez se volvió ritmo, y Renata, que llevaba demasiado tiempo dándose placer sola, sintió cómo el orgasmo la alcanzaba con una fuerza que casi le dolió. Se apretó contra esa boca inexperta y se vino con un gemido largo.

Después se dejó caer a su lado. Tomó la cara de Lucía entre las manos y la besó para que compartiera el sabor.

—¿Te gustó? —preguntó Lucía.

—Más de lo que imaginas. ¿Y a ti?

—No quiero que sea la última vez.

Renata sonrió. Era la frase que llevaba años esperando escuchar.

***

No se durmieron pronto. Renata sentó a Lucía entre sus piernas, le acarició los pechos y el cuello hasta volver a oírla gemir, y entonces bajó la mano para penetrarla con dos dedos, despacio al principio, deteniéndose a acariciarle el clítoris cada vez que la sentía a punto. Lucía se retorcía, suplicaba que no parara, y Renata la sostuvo en ese filo todo el tiempo que pudo antes de dejarla caer en un orgasmo largo que la dejó sin voz.

Más tarde se enredaron la una en la otra, cruzando las piernas hasta que sus sexos se rozaron, deslizándose despacio mientras se besaban. Las dos gemían a la vez, y entre risas y jadeos llegaron casi juntas al final.

Cuando ya no quedaban fuerzas, Renata recostó la cabeza de Lucía sobre su pecho y le acarició la cara hasta que la respiración de ambas se calmó.

—Mañana es domingo —murmuró Lucía con los ojos cerrados—. No tenemos que ir a ningún sitio.

—No —respondió Renata, sonriendo en la oscuridad—. A ningún sitio.

Y por primera vez en mucho tiempo, se quedó dormida sin sentir el peso de la soledad.

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Comentarios (5)

SolLectora

que relato tan bien escrito, me dejo sin palabras!!

Nadia_sur

Por favor segui!! quede con ganas de saber como termino todo entre ellas. Necesito la segunda parte

Roxana_cba

me recordo a una situacion parecida que vivi hace tiempo... esa tension entre conocidas es muy real jajaja bien contado

LunaRD

buenisimo, de los mejores que lei ultimamente

ManuelQ_BA

lo del desafio fue muy bien pensado, se nota que sabes crear tension sin apurarte. Genail

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