La chica de la plaza terminó en mi cama esa noche
Esta historia me pasó hace unos meses, durante una escapada de dos días que hicimos con Tomás a la capital. Pedimos los días en el trabajo casi al mismo tiempo y decidimos gastarlos en una de esas aventuras urbanas que tanto nos gustan: caminar sin rumbo, comer en lugares nuevos, perdernos en barrios desconocidos.
Para mí, viajar es mucho más que ver lugares. Es buscar adrenalina, dejar que la cabeza se desordene, sentir esa mezcla de excitación y curiosidad que aparece cuando una ciudad enorme te recibe sin pedirte nada a cambio. Me gusta volver con historias para contar, aunque algunas se queden guardadas en un cajón interno.
Llegamos a media mañana al hotel, uno modesto sobre una avenida ancha del microcentro. Después del check in y de soltar las valijas, salimos a buscar un café. Nos sentamos junto a una ventana, pedimos medialunas, y mientras Tomás revisaba el mapa en el celular, yo miraba la calle pasar.
Una hora más tarde estábamos caminando por una plaza arbolada, con bancos de hierro y un monumento en el centro. Nos sentamos a descansar y empezamos una de esas conversaciones que no llevan a ningún lado. Hablábamos de la ciudad, de la gente, de nuestra relación, de cosas que ya nos habíamos dicho mil veces pero que igual repetíamos porque era lindo escucharnos.
Y mientras hablábamos, ella apareció.
Bueno, no apareció sola. Apareció con él. Una pareja, sentada sobre una manta en el pasto, no muy lejos de nuestro banco. No sé si era la luz, o el hecho de que ninguno de los dos parecía notar al resto del mundo, pero algo en ellos me hizo callarme a mitad de una frase.
Eran jóvenes, recién entrados en los veinte. Ella tenía el pelo largo y oscuro, recogido en una cola desprolija. Él era flaco, alto, con una barba apenas insinuada. Sobre la manta había bolsos, abrigos amontonados, una botella de agua. Estaban como en su casa.
Lo que me atrapó fue la forma en que se tocaban. No era el manoseo torpe de las parejas que se exhiben en las plazas. Era otra cosa. Una caricia que iba del brazo a la nuca, una mirada larga antes de cada beso, una risa que no estaba dedicada a nadie más.
—Mirá esos dos —le dije a Tomás, casi en voz baja.
Él los miró. No dijo nada por unos segundos. Después apretó mi mano.
Yo no podía dejar de observarlos. Era como si el bullicio de la plaza —los chicos jugando, los perros corriendo, los puestos de feria— se hubiera vuelto un murmullo distante. Solo existían ellos.
Los labios de ella se movían despacio, y cada tanto sacaba la lengua para humedecerlos. Después él la besaba, y yo podía adivinar el roce de las lenguas aun desde la distancia. La mano de él subía por el muslo de ella, por debajo de la pollera, y se quedaba ahí, quieta, posesiva.
A través de la tela fina de la camisa de ella se notaba que tenía los pezones duros. Él, con un dedo, los rozaba a propósito al pasar la mano por el pecho. No era casual. Sabían que se estaban encendiendo, y les gustaba.
Crucé la mirada con Tomás. No hicieron falta palabras: estábamos los dos en el mismo punto. Apreté los dedos sobre su muslo y nos besamos. Un beso lento, más largo de lo que correspondía al lugar.
—¿Estás bien? —me preguntó cuando nos separamos.
—Estoy caliente —le contesté.
Él sonrió, sacudió la cabeza, y volvió a mirarlos.
Ella subió las piernas y las cruzó por encima de las de él. Sacó un cigarrillo, lo encendió. Le sopló el humo en la cara con una sonrisa pícara, y él aprovechó para morderle el labio.
Después de unos minutos juntaron sus cosas y se fueron. Caminaban abrazados, riéndose, sin notar que medio parque los había estado mirando. Tomás y yo quedamos en el banco, encendidos pero quietos, conscientes de que estábamos rodeados de chicos y de gente paseando perros.
Esperamos a que se nos bajara un poco la temperatura y seguimos con nuestro plan turístico. El próximo destino era una estación de subte —en mi ciudad no hay subte, ni taxis, ni nada que se le parezca, así que para nosotros bajar a un andén era casi una excursión.
Bajamos por unas escaleras gastadas y entramos a otro mundo. Un mundo de paso, veloz, donde todos corrían menos nosotros. Gente apurada por llegar al trabajo, a la facultad, al médico. La estación olía a humedad, a freno de tren, a ese aire encerrado de los túneles.
El primer tren que pasó me asustó. La cantidad de gente que subía y bajaba al mismo tiempo me dejó paralizada en el andén. Tomás me apretó la mano y me tranquilizó. Dejamos pasar dos formaciones más, hasta que me animé.
Subimos a un vagón lleno. Cientos de cuerpos amontonados, cada uno mirando su celular o un punto perdido. Nadie hablaba. Nadie miraba a nadie. Esa cosa rara de las grandes ciudades, donde estás más solo cuanto más rodeado.
Y entonces los vi.
En el rincón opuesto del vagón, agarrados a la misma barra, estaban ellos. La chica de la plaza y el muchacho. Tomás todavía no los había visto. Le apreté el brazo dos veces, fuerte, hasta que giró la cabeza.
—No puede ser —murmuró.
Sí podía. Y ahí estaban, otra vez, encendiéndose el uno al otro sin ningún disimulo. La mano de él se había metido por debajo del saquito de ella, y ella tenía la cara apoyada en su pecho con los ojos medio cerrados.
Ahora estábamos a pocos metros. Yo podía ver, con una claridad que me daba un poco de vergüenza, los movimientos pequeños de su lengua mojándose los labios. Podía escuchar —o imaginar— sus jadeos sordos, esos que se aguantan en lugares públicos. Sentía la humedad acumulándose entre mis piernas. Mis pezones se habían vuelto a endurecer debajo del corpiño.
No podía dejar de mirarla. A ella, sobre todo. Y mientras la miraba, en mi cabeza empezaba a armarse una escena que nunca había tenido antes. Me imaginaba siendo yo la que recibía sus besos. Me veía pasándole la mano por la cintura, mordiéndole la oreja, deslizándome hacia abajo, abriéndole la camisa para besarle el abdomen. Imaginaba el roce de nuestros pechos desnudos.
Nunca había estado con una mujer. Lo había pensado, sí, alguna vez en la ducha, alguna noche en la cama después de mirar de más a una camarera. Pero nunca lo había llevado más allá del pensamiento.
Cuando se lo conté a Tomás, en voz muy baja, sentí que la cara me ardía. Él no se sorprendió. Me miró de costado, con esa sonrisa que conozco bien, y me dijo:
—¿Y por qué no le preguntás?
—¿Estás loco?
—¿Y si te dice que sí?
Lo miré como si lo viera por primera vez. Le pregunté si estaba seguro, si no le iba a molestar. Me contestó con otra pregunta: «¿Me molestaría si te gustara una mujer?». Y la respuesta era obvia.
Tomados de la mano, esquivamos pasajeros hasta llegar cerca de ellos. La chica se dio cuenta de que la mirábamos. Levantó la vista y me sostuvo los ojos. No bajó la mirada. Eso me dio el coraje que necesitaba.
Me acerqué lo suficiente para hablarle al oído. Le dije, muy bajo, lo que estaba sintiendo. Le dije que llevaba media hora imaginándomela. Le dije que nunca había estado con una mujer. Le dije que mi pareja sabía que se lo estaba diciendo.
Ella se separó un poco, abrió grandes los ojos, miró a su novio. El muchacho asintió apenas, como si esto les hubiera pasado antes, o como si lo hubieran fantaseado tantas veces que ya tenían la respuesta lista. Entonces ella se acercó otra vez, me pidió mi nombre, me dio el suyo —Mariana, dijo—, y antes de que pudiera contestar, me dio un beso.
Un beso largo, mojado, con la lengua. En el medio del vagón. Con cuarenta personas que fingían no mirar.
Le mordí el labio inferior al separarme. Era suave. Sabía a menta y a tabaco.
***
Nos bajamos en la siguiente estación, los cuatro. Joaquín —así se llamaba él— conocía un hotel alojamiento a tres cuadras, sobre una calle medio escondida. No hablamos mucho durante la caminata. Yo iba agarrada de la mano de Mariana, y Tomás charlaba con Joaquín como si fueran viejos amigos. Ellos eran de la zona, vivían a quince minutos en colectivo. Tenían veintidós años los dos, y se habían conocido en la facultad.
En la habitación las cosas se acomodaron solas. Tomás y Joaquín se sentaron en un sillón pequeño, frente a la cama, casi sin discutirlo. Era un acuerdo silencioso: ellas primero. Ellos miraban.
Mariana me llevó al baño. Abrió la ducha mientras me ayudaba a desabrocharme la camisa. Sus dedos eran rápidos, seguros. Cuando me sacó el corpiño, me besó los pechos con una calma que me derritió.
Bajo el agua tibia, nos enjabonamos la una a la otra. Yo me reía. No de nervios, sino de incredulidad. De que esto estuviera pasando. De que ella tuviera la piel tan suave, tan distinta a la de un hombre. De que mis manos se animaran a recorrerle la espalda, las nalgas, los muslos, sin pedir permiso.
Me arrodillé bajo el chorro y le besé el vientre. Después bajé un poco más. Lo hice sin pensar, dejándome llevar por la fantasía que había armado en el subte. Ella se apoyó contra los azulejos, separó las piernas, me agarró el pelo con suavidad. Le practiqué sexo oral con torpeza y entusiasmo, aprendiendo sobre la marcha. Sus pequeños temblores me iban diciendo qué hacer.
Cuando me levanté, ella me empujó contra la pared y me mordió los pezones, primero uno y después el otro. Apoyó su sexo contra el mío y se movió despacio, deslizando, con el agua corriéndonos por todas partes.
Salimos de la ducha temblando. Nos secamos a medias. Cuando entramos al cuarto, todavía con las toallas en la cintura, los muchachos seguían en el sillón con cara de no creer lo que veían.
—¿Se quedan ahí toda la noche? —les preguntó Mariana, con esa sonrisa pícara que ya le conocía.
No hizo falta repetirlo.
Nos arrodillamos las dos sobre la cama, frente a frente, mientras ellos se acercaban por detrás. Mi boca buscó la de Mariana, y mientras nos besábamos, sentí a Joaquín entrar en mí. Tomás, del otro lado, empezó a moverse dentro de ella. Era una imagen rara y excitante a la vez. Yo podía ver a mi pareja cogiéndose a otra mujer, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada, mientras un desconocido me embestía a mí.
Mariana me agarraba la cara con las dos manos. Me mordía la boca cada vez que un envión más fuerte la sacudía. Yo le devolvía las mordidas y la mirada. No nos perdíamos detalle. Era como si todo lo demás —los hombres, el cuarto, la ciudad, la vida que estaba afuera— fuera un fondo borroso, y solo nosotras dos estuviéramos en foco.
Cuando me vino el orgasmo, fue distinto. Largo, sostenido, doble. Sentía el placer del cuerpo y, al mismo tiempo, el placer de saber que ella lo veía pasar por mi cara. Ella se vino casi al mismo tiempo, y nos abrazamos mientras los muchachos terminaban detrás.
Después hubo silencio. Un silencio raro, no incómodo, más bien tierno. Le besé la frente. Ella me besó los pechos. Nos vestimos en orden, sin hablar mucho, porque no hacía falta.
Salimos del hotel los cuatro juntos. En la esquina nos despedimos. Yo abracé a Mariana fuerte, le dije gracias al oído. Ella me apretó la mano antes de soltarla.
Esa fue la única vez que nos vimos. No intercambiamos teléfonos, ni redes, ni nada. Algunos encuentros están hechos para no repetirse. Si lo hubiéramos intentado de nuevo, no habría sido lo mismo.
A veces, cuando viajo, busco esa pareja en las plazas. Sé que no la voy a encontrar. Pero también sé que esa tarde, en aquel banco de aquella plaza, descubrí algo de mí que no sabía que estaba ahí.
Y eso, también, es turismo.