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Relatos Ardientes

La primera mujer que me enseñó a ser suya

Nuestros dedos enlazados subían y bajaban sobre mi vientre desnudo, su esmalte burdeos contra el verde esmeralda de mis uñas, dos colores que nunca habría imaginado bonitos juntos hasta que la conocí a ella. Respirar me costaba todavía. El pecho me subía despacio, como pidiendo permiso, y cada exhalación arrastraba parte del temblor que el orgasmo me había dejado entre las piernas. Aparté la melena castaña hacia un lado para que no se me enganchara con la almohada y pasé el brazo libre por debajo de su nuca, atrayéndola más contra mí. Quería sentirla entera, no a tramos.

Ella ronroneó algo sin palabras, una vibración perezosa que me hizo cosquillas en la clavícula. Tenía esa costumbre, mi Ama, de convertirse en gata después de hacerme suya. Pasó una pierna por encima de las mías y, abrazándome con ellas, aplastó su sexo contra mi muslo. Estaba caliente, mojada todavía, y me dejó sentirlo a propósito.

—Mira lo que me has hecho —susurró, y la sonrisa se le notaba sin necesidad de mirarla.

Yo cerré los ojos. Le encantaba dejar la prueba ahí, en mi piel, recordándome que también ella me había deseado, que el placer no había sido en una sola dirección. Yo necesitaba esa parte. Mi sumisión hacia ella era una cosa enorme, oceánica, pero solo se volvía pura cuando me dejaba ver que también la hacía temblar.

Levantó la mano con la que me había acariciado entre las piernas y se la acercó a la nariz despacio, como una catadora con una copa de vino. Cerró los ojos al respirar.

—Hueles a todo lo que me gusta —dijo.

Iba a llevarse los dedos a la boca pero le agarré la muñeca antes de que pudiera. Quería olerme yo también. Quería saber qué versión de mí le había puesto los ojos así, brillantes, satisfechos, casi orgullosos.

—Hmm —murmuré contra su piel—. Soy yo, es verdad.

Me reconocí. Olía a algo cálido, un poco ácido, un poco dulce, ese perfume tan mío que solo aparecía cuando ella me empujaba al borde. Me llevé uno de sus dedos a la boca abierta y no cerré los labios alrededor hasta tenerlo bien dentro. Las mejillas se me hundieron al chupar y la miré desde abajo, despacio, sin parpadear. Salió limpio del todo. Sabía ácido y a noche.

—Uno para ti, otro para mí —dije, soltándole la mano—. Es lo justo.

Ella se metió el otro dedo entre los labios y lo trabajó con la misma concentración con la que un rato antes me había trabajado a mí. Cuando lo sacó tenía la boca brillante y la barbilla un poco arqueada, como si me retara a decir algo.

—Ahora los tuyos, muñeca —murmuró.

Esa palabra me derretía y ella lo sabía. Sonreí como una nena buena y repetimos el ritual al revés. Le pasé los dedos por los labios antes de meterlos. Ella los aceptó cerrando los párpados, con esa devoción suya que solo soltaba en la cama, nunca en público. En público mandaba ella. En público yo le sostenía el bolso y le abría la puerta y aguantaba que me llamara, delante de gente, niña, niña bonita, niña mía, con un tono que sonaba a chiste hasta que llegábamos a casa y yo entendía que nada había sido chiste. Pero en momentos como este, con la boca cerrada alrededor de mis dedos, era ella la que me reverenciaba. Esa contradicción me sostenía. Yo era suya porque también me dejaba serlo a ratos.

Sacó los dedos despacio. Suspiró.

—Linda —dijo, en ese tono blando que usaba solo cuando estábamos a oscuras.

Sonreí con los ojos cerrados.

***

Si me hubieran dicho un año atrás que terminaría así, desnuda y empapada entre las piernas de otra mujer, mintiéndole a la almohada para no llorar de contenta, me habría reído. Yo había salido siempre con hombres. Pocos, sin pena ni gloria, pero hombres. Hasta que una noche, en el cumpleaños de una compañera de la facultad, ella se sentó a mi lado en la cocina mientras yo me servía agua en un vaso. No nos conocíamos. Llevaba un vestido negro corto y el pelo, también negro, recogido en un moño bajo del que se le escapaba un mechón. Tenía pintados los labios de un rojo serio, casi feo, que se le veía maravilloso. Me miró el escote, después la boca, después los ojos. En ese orden. Y yo, que nunca había hecho eso con nadie, le sostuve la mirada hasta el final.

—Tienes cara de que necesitas que te cuiden —me dijo entonces, con una sonrisa muy pequeña.

Me reí porque no supe qué decir. Pero en el taxi de vuelta, sola, lloré un rato. No sabía por qué. Ahora sé que era porque me había reconocido. Tres semanas después estábamos juntas en una cama por primera vez y yo le pregunté, temblando, qué tenía que hacer. Ella me apartó el pelo de la cara y me dijo lo único que necesitaba escuchar.

—Nada, muñeca. Yo te voy a enseñar.

***

Ahora, meses más tarde, lo recordaba con la cabeza apoyada contra su hombro y los labios todavía hinchados. Ella se había recostado de lado, apoyaba la mejilla en una mano y me peinaba el pelo con la otra, hebra por hebra, como se peina el pelo de una muñeca de verdad. Tenía los ojos entornados de cansancio.

—Se está bien así, ¿verdad? —dijo.

Asentí en silencio. No me salía la voz todavía. Me hundí en su cuello, besándolo despacio, y mi pelo castaño se enredó con el suyo negro hasta formar una sola mata desordenada sobre la almohada. Olí su perfume, ese caro de violeta y madera que se ponía detrás de las orejas y que yo después llevaba pegado a la piel durante horas, y la besé otra vez, y otra, hasta que ella me apretó las nalgas con las dos manos y pegó sus caderas a las mías.

La imité. Quería estar todavía más cerca.

Cada vez se me hacía más natural. Cada vez me costaba menos. Al principio había habido tanta novedad que el cuerpo no sabía cómo reaccionar. Una piel tan suave, casi sin vello en ningún sitio. Un olor que no era a colonia masculina sino a algo floral y a sudor de mujer. Una temperatura, no sabría explicarlo, distinta, más uniforme, como si el calor le naciera por todo el cuerpo a la vez y no en un par de focos. Besar otra boca con carmín y notar el carmín en mi propia boca después, manchando vasos y servilletas durante toda la noche. Las cosquillas de su pelo en mis pómulos. Sentir las uñas lacadas clavándoseme con cariño en la cadera, en el muslo, en la nuca. Todo era nuevo. Todo era maravilloso. Y aterrador, también, porque cada cosa me confirmaba que ya no había vuelta atrás, que los hombres habían sido un ensayo y ella era el estreno.

—Me gusta mucho tocarte —dije, más para mí que para ella, como un pensamiento que se me había escapado en voz alta.

Ella se separó un poco para verme. Apoyó su frente contra la mía y posó la yema del pulgar sobre mi mejilla. A esa distancia tan corta no se podía enfocar bien, así que la veía borrosa, como si fuera una pintura sin terminar. Me tiró del labio inferior hacia abajo con el dedo, sonriendo, y después acudió con su boca a la mía.

Nos besamos lento. Como si el tiempo se hubiera puesto a colaborar, por fin. Nuestras lenguas se buscaron y se exprimieron una a la otra como si la saliva fuera escasa y estuviera a punto de evaporarse. Le cerré la mano en la nuca para que no se moviera de ahí. Ella me apretó la cintura, después me bajó las manos hasta las caderas, después me las subió otra vez hasta las costillas, sin prisa, midiéndome. Sus pechos se aplastaron contra los míos y noté perfectamente sus pezones, todavía duros, todavía despiertos a pesar del orgasmo. Eso me gustó. Verla excitada cuando ya debería estar saciada.

Me retiré un poco para mirarla. Tenía las pestañas largas, demasiado largas para no ser injustas con el resto del mundo. Le pasé un dedo por la ceja, por el puente de la nariz, por el labio que yo misma le acababa de pintar de saliva. Ella se quedó muy quieta. Le gustaba que la mirara. Le gustaba sobre todo que la mirara así, no como se mira a una jefa sino como se mira a alguien a quien una le debe la mitad del descubrimiento de sí misma.

—¿Sabes lo que pienso? —dije.

—Dime.

—Que mi sumisión hacia ti no podría ser pura sin momentos como este.

Ella se quedó callada un segundo, midiéndome. Después algo en sus ojos se ablandó. No era un ablandamiento de ternura barata. Era el ablandamiento de alguien a quien acababan de dar exactamente la palabra que estaba esperando sin saber que la esperaba.

—Lo sé, muñeca —dijo en voz muy baja—. Por eso después de hacerte mía nunca te suelto enseguida.

Volvió a besarme. Más despacio que antes, si es que eso era posible. Sentí cómo se le aceleraba el pulso contra el mío y cómo el calor de su sexo, todavía pegado a mi muslo, empezaba otra vez a moverse en círculos pequeños, perezosos, como sin querer. Abrí un poco más la pierna, dándole permiso sin decírselo. Ella sonrió contra mi boca.

—Otra vez no —murmuré, riéndome ya derrotada—. Me vas a matar.

—Solo un ratito —contestó—. Quiero verte así de cansada toda la noche.

Hundí los dedos en su pelo negro y la besé como respuesta. La piel le ardía. La mía también. Afuera, en algún sitio de la ciudad, debía estar amaneciendo, pero nosotras no íbamos a enterarnos hasta mucho más tarde.

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Comentarios (3)

RosaM_77

Que hermoso relato, me llegó al alma. Muy bien escrito.

CuriosaRosario

Por favor seguí contando, me quedé con ganas de saber mas...

VioletaR

Me recordó a mi primera vez, esa mezcla de nervios y ternura que no se olvida. Muy real, muy lindo.

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