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Relatos Ardientes

La noche que tuve que desnudar a mi compañera

La luz dorada de la tarde se colaba por los ventanales del salón cuando Sofía cerró la puerta del piso con el codo, cargada de bolsas del súper. El aire olía al café de la mañana que nadie había tirado y al perfume de jazmín que Camila usaba desde hacía meses. Dejó las llaves sobre el cuenco de cerámica de la entrada y se sacudió el pelo, despeinado por el viento que arrastraba el otoño por las calles de Valencia.

—¿Camila? —llamó. Su voz rebotó en el pasillo vacío—. Ya estoy en casa.

Nadie respondió. Pero un sollozo entrecortado se escapó por la puerta entornada del cuarto del fondo. Sofía frunció el ceño. Se quitó las zapatillas y avanzó en calcetines sobre la madera fría, con el corazón cada vez más acelerado.

Cuando empujó la puerta, el aire se le quedó atascado en la garganta. Camila estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda doblada y las manos pegadas a la cara. El pelo negro le caía en mechones lacios sobre el suéter de Daniel —ese gilipollas— que le quedaba enorme y le tapaba los muslos. Los leggings se le hundían en las piernas como si llevaran horas sin moverse.

—Cami, ¿qué coño ha pasado? —Sofía se arrodilló frente a ella y le agarró las rodillas. Tenía la piel helada—. Mírame, por favor.

Camila levantó la cara despacio. Tenía los ojos hinchados, los párpados tan rojos que parecía haberse frotado la piel con un estropajo. Le temblaba el labio inferior.

—Lo vi —susurró—. Con otra.

A Sofía se le encendió algo en el pecho, una furia caliente que le subió hasta la garganta. Pero le apretó las manos en lugar de soltar el primer insulto que se le ocurrió.

—¿Dónde?

—En la cafetería de la facultad. —Camila soltó una risa rota, amarga, y se secó las lágrimas con la manga del suéter—. Me dijo que tenía un parcial. Estaba comiéndole la boca a Valeria. Esa rubia de Filología que siempre me ha mirado como si yo fuera un mueble.

Sofía conocía a Valeria. Sonrisa de niña bien y modales calculados. Pero no era momento para eso.

—¿Le dijiste algo?

—¡Claro que sí! —Camila se levantó de un salto. El suéter se le resbaló del hombro, dejándole una clavícula al aire—. Le grité que era un mentiroso, un cobarde, un… —Se le quebró la voz—. ¿Y sabes qué hizo? Se rio. Como si yo fuera el chiste.

Sofía no aguantó más. Se incorporó y la abrazó. El cuerpo de Camila tembló contra el suyo, y notó las lágrimas calientes empapándole el cuello de la camiseta. Olía a llanto, a sal, a algo que despertaba en Sofía un instinto de protección feroz y otro mucho menos noble que prefería no nombrar.

—Ese tío no merece ni una lágrima tuya —le susurró contra el pelo, dibujando círculos en su espalda—. Es basura, Cami. Basura.

—Pero lo quería, joder. —Camila se separó lo justo para mirarla. Tenía los ojos verdes nublados y la nariz enrojecida—. Pensé que esto era de verdad.

Sofía respiró hondo. No había palabras que arreglaran eso. Pero había otra cosa.

—Te vas a vestir, vamos a salir y vas a beber tanto que mañana no te acuerdes ni de cómo se llamaba.

—No tengo ganas de ver a nadie.

—No vas a ver a nadie. Vas a mirar el fondo de un vaso. Y si hay suerte, te ligas a alguien que sepa tratarte.

Camila resopló una sonrisa débil, pero asintió.

***

El bar estaba lleno de gente joven y de música que rebotaba contra las paredes. Sofía pidió dos chupitos de tequila y los empujó hacia Camila, que se los tomó uno detrás del otro haciendo una mueca con cada trago. A la tercera ronda ya se reía, aunque los ojos seguían brillándole con algo que no era solo alcohol.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Camila, acercándose tanto que su aliento caliente le rozó la oreja—. Que ahora mismo, una parte de mí lo extraña.

Sofía no contestó. Pidió otra ronda.

El regreso al piso fue un desastre de tropiezos y carcajadas. Camila se colgaba de su brazo como si las piernas se le hubieran olvidado el camino. En el portal, señaló al vacío y juró ver un caballo morado. En el ascensor, se apoyó contra la pared metálica con una sonrisa de boba.

—Tú eres mi mejor amiga —declaró con la solemnidad de una borracha convencida—. La mejor del mundo entero.

Sofía le apartó un mechón de pelo de los labios. Eran más suaves de lo que esperaba.

—Tú también, tonta.

***

El piso estaba en silencio. Sofía guio a Camila hasta su habitación, la sentó al borde de la cama y se arrodilló a quitarle las zapatillas. Camila se dejó hacer, balanceándose como una muñeca de trapo.

—Tienes que cambiarte —dijo Sofía, intentando no fijarse en el trozo de vientre dorado que asomaba bajo el suéter levantado—. No puedes dormir así.

Camila intentó levantarse y se desplomó hacia adelante. Sofía la sujetó por los hombros. El olor a perfume barato —el que se había puesto para Daniel— le llegó como un golpe.

Con manos torpes, le sacó el suéter. Debajo llevaba una camiseta de tirantes ajustada que se le pegaba a los pechos como una segunda piel. Sofía tragó saliva y bajó la mirada al botón de los vaqueros. Lo abrió. Bajó la cremallera. Tiró de la tela hacia abajo. Aparecieron unas bragas de encaje negro contra la piel tibia.

—Tengo frío —murmuró Camila.

—Un segundo.

Sofía rebuscó en el armario y sacó un pijama: pantalón corto y camiseta sin mangas. Cuando se dio la vuelta, Camila estaba intentando quitarse la camiseta y no le respondían los dedos.

—Deja, ya lo hago yo.

Camila alzó los brazos como una niña obediente. Y entonces Sofía los vio. Los pechos. Redondos, llenos, con los pezones oscuros y duros como si llevaran horas esperando algo. Le recorrió el cuerpo una descarga que le humedeció la ropa interior en un instante. Joder.

—¿Qué miras? —Camila bajó los brazos para taparse, pero el gesto fue lento, casi una invitación.

—Nada. Solo que… son bonitos.

Camila se rio, un sonido grave que no ayudó. Sofía le pasó la camiseta del pijama por encima sin atreverse a mirar otra vez. Los nudillos le rozaron un pezón al ajustarle la tela y Camila soltó un gemido pequeño, involuntario, que casi hizo que Sofía se mordiera la mano.

El resto fue más rápido. Le bajó las bragas con un solo movimiento. El olor a sexo dulce, embriagador, le llegó como un puñetazo. Cerró los ojos un segundo. No así. No esta noche.

Cuando Camila estuvo arropada y respirando hondo contra la almohada, Sofía le dio un beso en la frente que duró un poco más de la cuenta.

***

Apagó la luz y cerró la puerta. Pero en lugar de cruzar al otro cuarto, se quedó apoyada contra la pared del pasillo, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas y cómo la entrepierna le ardía bajo la tela del vaquero. Se metió en su habitación, se quitó la ropa sin orden y se tumbó en la cama con las piernas abiertas. Se penetró con dos dedos imaginando que eran los de Camila. El orgasmo la sacudió en silencio, mordiéndose el puño. No la calmó. Lo único que consiguió fue que el deseo se quedara ahí, ardiendo, sin posibilidad de apagarse.

***

La mañana entró con franjas doradas sobre la cara de Camila. Se incorporó despacio, con la boca seca y el dolor de cabeza taladrándole las sienes. Notó el pijama suave y limpio y frunció el ceño. Yo no me cambio cuando estoy borracha, pensó. Ni siquiera me quito los zapatos.

Se arrastró hasta la cocina. Sofía estaba en la mesa con una taza de café entre las manos y una camiseta negra que le dejaba al aire un hombro y la correa del sujetador.

—Buenos días, resacosa. ¿Camión o atropello?

Camila se dejó caer en la silla con un quejido y apoyó la frente sobre los brazos.

—Las dos cosas. —Levantó la cara lo justo para fulminarla—. ¿Yo me puse esto?

Sofía se atragantó con el café.

—Tú misma. Bueno, te eché una mano.

—Yo no me cambio cuando estoy borracha.

—Pues anoche sí. Más o menos. —Sofía evitó mirarla—. No vi nada raro, eh. Solo lo justo para que no durmieras con el sujetador puesto.

Camila la observó con los ojos entrecerrados. Una sonrisa lenta se le dibujó en los labios.

—Ah, ya. Entonces, ¿aprovechaste para mirarme el culo o qué?

El café se le fue por el otro lado a Sofía. Tosió, con los ojos llorosos.

—¡Joder, Cami! ¡Solo te ayudé!

—Tranquila, tigresa. Te tomaba el pelo. —Camila se inclinó hacia adelante—. Aunque tampoco habría sido el peor final para una noche de tequila.

Sofía respiró hondo.

—Soy lesbiana, Camila. Solo me gustan las mujeres. No persigo a las heteros.

—¿Y aunque yo sea…?

—Nada. Olvídalo.

—No, di. ¿Guapa? ¿Sexy? ¿Irresistible?

Sofía notó el sudor en la nuca.

—Tienes un culo increíble, ¿vale? —soltó de golpe—. Pero eso no significa nada. Todos los culos son bonitos. El tuyo es solo… especialmente redondo. Y firme. Y… —Se tapó la cara con las manos—. Cállame, por favor.

Camila se echó a reír. Era una risa cálida que llenó la cocina. Se levantó con un movimiento fluido, se acercó y la abrazó. El pijama se le pegaba a las curvas, y Sofía no pudo evitar seguir el contorno de las caderas con la mirada.

—Gracias —murmuró Camila contra su pelo—. Por cuidarme.

Le plantó un beso en la frente y se alejó hacia el baño con un balanceo que dejó a Sofía sin aire. Cuando dobló la esquina, Sofía exhaló por fin. Esto va a ser un problema, pensó. Y por primera vez en mucho tiempo, le dio igual.

***

Camila salió del baño con los ojos rojos otra vez. No hizo falta preguntar. Sofía la llevó al sofá y la abrazó. El sol de la tarde entraba en franjas doradas a través de las persianas. El cuerpo de Camila temblaba ligeramente contra el suyo.

—Ojalá pudiera borrarlo de mi memoria —dijo Camila, la voz ronca contra su clavícula—. Cada vez que cierro los ojos, lo veo con ella. —Frunció los labios—. ¿Y sabes lo que más me jode? Que Daniel siempre decía que era demasiado tímida en la cama. Que no me atrevía a probar cosas.

—¿Qué cosas?

—Cosas raras. —Camila se encogió de hombros, las mejillas ligeramente rosadas—. Siempre decía que era una pena no usar mi culo. Pero a mí nunca me llamó la atención.

Sofía sintió el suelo moverse. Se lamió los labios.

—No tiene por qué doler. Si se hace bien.

Camila la miró con los ojos muy abiertos. El silencio que siguió pesó tanto como el aire antes de una tormenta.

El timbre del móvil rompió el hechizo. Camila lo sacó del bolsillo y vio el nombre de Daniel parpadeando. Apretó el botón de rechazar con los nudillos blancos. El teléfono volvió a sonar. Esta vez lo apagó y lo lanzó al otro extremo del sofá.

—Hijo de puta —escupió.

Sofía la acercó hacia ella. Camila se dejó caer contra su pecho con las uñas hundidas en su camiseta.

—Ojalá pudiera borrarlo de tu cabeza —susurró Sofía. Sus labios rozaron el lóbulo de la oreja de Camila al hablar. Camila contuvo la respiración—. Ojalá pudiera hacerte sentir otra cosa.

Camila levantó la cara. Sus labios estaban a centímetros de los de Sofía, hinchados, brillantes. Ya no había dolor en sus ojos. Había expectación.

Sofía debería haberse detenido.

No lo hizo. Inclinó la cara lo justo para rozarle los labios. Camila no se apartó. Cerró los ojos y empujó hacia adelante. Pero antes de que el beso se hiciera real, Sofía retrocedió.

—No así. No cuando estás así.

Camila asintió despacio. Se acurrucó contra su regazo, con la mejilla contra los muslos de Sofía, mientras esta le acariciaba el pelo durante lo que pudieron ser horas.

***

Más tarde, los dedos de Camila empezaron a trazar círculos sobre el dobladillo de la camiseta de Sofía. Y luego más arriba. Las yemas rozaron la piel del vientre. Sofía contuvo el aire. Camila no apartó la mano. Al contrario: la dejó allí, quieta, como si hubiera encontrado algo más interesante que la tela.

—¿Sofía? —murmuró.

—¿Qué… qué pasa?

—Tu piel está muy caliente.

Los dedos subieron otro centímetro, hasta rozarle el borde inferior de las costillas. Sofía se mordió el labio.

—Cami, no puedes…

—¿Por qué no? ¿Acaso no te gusta?

Sofía no contestó. No podía. Los dedos subieron hasta el borde del sujetador.

—Llevo semanas preguntándome qué coño pasa contigo —dijo Camila, ahora con la voz firme—. No me tratas como a una amiga. No desde hace tiempo.

—No es eso.

—¿Y qué es?

Sofía cerró los ojos.

—Está bien, joder. Es diferente contigo. Pero no puedo definirlo.

—¿No puedes o no quieres? —Camila no aflojó—. Porque si es lo segundo, eres una cobarde.

Sofía sintió las palabras como un cuchillo. Tenía razón. Llevaba meses huyendo.

—Cada vez que te toco —confesó al fin, las palabras saliéndole a trompicones—, cada vez que te oigo respirar por la noche al otro lado del pasillo… me dan ganas de comerte viva.

El silencio se quedó suspendido entre ellas. Pero lo que apareció en los ojos de Camila no fue horror. Fue otra cosa. Algo peligrosamente parecido al deseo.

—¿Y por qué no lo haces? —susurró Camila.

Sin esperar respuesta, se inclinó hacia adelante y cubrió la boca de Sofía con la suya. No fue un beso tímido. Fue hambre. Le mordió el labio inferior, le pasó la lengua por encima, se metió dentro con una urgencia que arrancó un gemido de la garganta de Sofía. Sabía a menta y a algo más dulce. Sofía hundió las manos en el pelo negro y tiró de él. Camila jadeó contra su boca. Una de sus manos bajó hasta el botón del vaquero de Sofía y se quedó allí, dibujando círculos.

Y entonces Camila se separó. Despacio. Calculada.

—Eso —murmuró, con los labios todavía rojos— fue por todo lo que has hecho por mí.

—Cami, yo…

—No hace falta que digas nada. Bueno, sí. Gracias.

Y se levantó. Cruzó el salón con un balanceo de caderas que Sofía no le conocía y desapareció por el pasillo. Sofía se quedó allí, con el corazón a punto de salírsele del pecho y el labio inferior hormigueando.

***

Llegó a su habitación a duras penas. Se quitó la ropa sin pensar. Los pezones se le habían endurecido contra la tela, y entre las piernas le palpitaba el clítoris con un peso insoportable.

Se tumbó desnuda sobre las sábanas frescas. Se pellizcó un pezón con fuerza y un gemido se le escapó por los labios entreabiertos. La otra mano bajó hasta su sexo, ya empapado. Se llevó dos dedos a la lengua, probándose, y luego volvió a hundirlos dentro de sí misma, buscando el ángulo exacto. El pulgar le rozó el clítoris en círculos cada vez más rápidos.

—Joder —jadeó.

Se imaginó la lengua de Camila enredándose alrededor de su clítoris, los dedos de Camila penetrándola con la misma crudeza con la que le había besado la boca minutos antes. El sonido húmedo de sus propios dedos llenaba la habitación.

El crujido de la puerta al abrirse fue casi imperceptible.

Sofía no lo notó. Demasiado perdida. No vio la rendija de luz cambiar ni los ojos de Camila desde el umbral, fijos en ella, devorando el arco de su espalda, el movimiento de sus pechos con cada respiración entrecortada, los dedos brillantes desapareciendo dentro de su sexo una y otra vez.

Camila se quedó allí, con una mano en el pomo y la otra pegada a la boca para no respirar demasiado fuerte. Nunca había visto algo así. Nunca había querido verlo. Pero ahora no podía apartar la mirada.

Sofía gimió más fuerte. Las caderas se le levantaron de la cama, los muslos temblaron, los labios se le abrieron en un grito mudo cuando el orgasmo la atravesó como un latigazo.

Pero antes de que llegara al final, Camila cerró la puerta con la misma suavidad con la que la había abierto. El clic del pestillo le sonó como un disparo en los oídos.

Apoyada contra la pared del pasillo, con una mano contra el pecho para calmar el corazón, Camila se pasó la lengua por los labios secos. Todavía notaba el sabor del beso. Y, con una sonrisa que no pudo reprimir, regresó a su habitación, dejando a Sofía al otro lado de la puerta, jadeando, sin saber que acababa de tener la audiencia más atenta de su vida.

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Comentarios (3)

ElenaCordoba

Hermoso... me quede sin palabras al final. 10/10

Ceci_Lectora

Por favor tiene que haber continuacion! No me puedo quedar con este final abierto jaja

Luciana_ok

Me recordo tantisimo a una situacion que vivi con mi mejor amiga hace años. Muy bien escrito, se siente autentico.

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