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Relatos Ardientes

El picnic con mi prima cambió todo entre nosotras

Itziar era delgada y morena, con el pelo oscuro a la altura de los hombros y unos ojos castaños que se entrecerraban cuando reía. Pasaba las vacaciones de verano en casa de unos tíos en Asturias, y aquella tarde de agosto convenció a su prima Carla de subir al pinar a merendar.

Carla era el contrapunto físico: rubia, de mejillas siempre encendidas, con caderas anchas y un pecho generoso que la hacía caminar con los hombros un poco echados hacia atrás. Tenía veintidós años, dos más que Itziar, y la trataba con esa mezcla de cariño y autoridad que solo conceden los meses extra de calendario.

Subieron por un sendero entre helechos hasta un claro entre pinos mansos. Carla extendió un mantel de cuadros azules sobre la hierba seca y sacó de la cesta una tortilla envuelta en papel de aluminio, una barra de pan, una botella de gaseosa y otra de vino tinto. Se sentaron una frente a la otra, con las piernas cruzadas, y empezaron a comer sin prisa.

—No bebas tanto vino, que te marea —dijo Carla cuando vio a su prima rellenarse el vaso por tercera vez.

—Hace calor.

—Hace calor para todas, y yo voy por el primero.

Itziar se encogió de hombros y dio un sorbo largo. Le gustaba la sensación de la lengua suelta, esa pequeña traición que el alcohol le hacía a la prudencia. Y aquella tarde necesitaba traicionarse un poco.

—Oye, Carla. ¿Tú nunca has hecho nada con una chica?

Carla, que estaba mordiendo un trozo de pan, se atragantó.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una normal. De prima a prima.

—De prima a prima nada. Las primas se preguntan por novios.

—Pues yo te pregunto por chicas.

Carla la miró desde encima del borde del vaso. Conocía a Itziar desde los cinco años. Habían dormido en la misma cama cada agosto hasta los doce, habían compartido bañador y secretos. Sabía cuándo su prima estaba tanteando el terreno y cuándo solo bromeaba. Aquello no era una broma.

—¿A qué viene esto?

—A que me pasó algo este invierno y nunca se lo conté a nadie.

—Vale, suéltalo. Pero si es muy guarro te callas.

Itziar sonrió y se acomodó. Apoyó la espalda en el tronco del pino más cercano y dejó el vaso de vino sobre la hierba.

***

—Fue en febrero, en la parada del autobús de la calle Magallanes. Estaba esperando el de las ocho y empezó a caer una llovizna fina. Apareció una chica y se metió bajo la marquesina, a un palmo de mí. Alta, morena, con el pelo larguísimo y rizado, y un vestido gris de seda que se le pegaba al cuerpo por la humedad. Me miró. La miré. Volvió a mirarme. Y entonces sentí ese cosquilleo en el estómago que ya sabes lo que significa.

—No me digas que…

—Espera. Llegó el autobús, nos subimos las dos, pagamos el mismo recorrido. Iba lleno. Ella se colocó detrás de mí y, cuando el conductor arrancó, sentí su mano en mi cintura. No en la cadera, no en el culo, en la cintura. Como si tuviera derecho a estar ahí.

Carla había dejado de masticar.

—¿Y tú qué hiciste?

—Nada. No hice nada. Y eso fue lo raro. Empecé a sudar. Se le notaba el calor del cuerpo a través del vestido. Y entonces noté otra cosa. Algo duro, contra mi culo.

—¿Cómo que algo duro?

—Eso. Algo duro. Y caliente. Y que latía.

Carla se quedó callada. Se llevó el vaso a los labios, dudó, lo bajó sin beber.

—No te entiendo.

—Era una chica con polla, Carla. Trans. Por debajo del vestido tenía una verga enorme, y se le estaba poniendo dura por estar pegada a mí.

—Madre mía.

—Y lo más fuerte fue que no me bajé. Me bajé en su parada. Caminé tres calles detrás de ella sin decir nada, y cuando abrió el portal de su casa, entré con ella.

***

Carla se había encendido. No quería que se le notara, pero Itziar veía las marcas: las mejillas más rojas, el pecho subiendo y bajando más rápido, los dedos que jugaban con un hilo suelto del mantel.

—¿Y qué hicisteis?

—Lo que te imaginas. Y lo que no te imaginas.

—Cuenta.

—Me desnudó en el recibidor. No me besó hasta que me tuvo en bragas. Y cuando me besó, me besó como si llevara meses esperando. Me llevó a la cama. Me chupó las tetas, una y otra, sin prisa. Y luego bajó. Carla, te juro que nunca nadie me había comido el coño así. Sabía exactamente cuándo apretar la lengua y cuándo aflojar. Cuándo subir al clítoris y cuándo volver abajo. Me hizo correrme tan fuerte que la vecina golpeó la pared.

—Para, para.

—No paro. Después se quitó el vestido. Y vi su verga. Oscura, gruesa, mucho más larga que las dos que había visto en mi vida. Y se me ocurrió pedirle que se corriera en mi boca. Y se corrió en mi boca. Y me lo tragué todo.

Carla cogió la botella de vino y dio un trago directo del cuello. Le tembló un poco la mano al devolverla a la hierba.

—Eres una guarra.

—Soy lo que soy.

***

Itziar se levantó. No dijo nada. Rodeó el mantel hasta colocarse detrás de su prima, se arrodilló sobre la hierba y le pasó los brazos por encima de los hombros. Le besó el cuello, justo debajo del lóbulo de la oreja, y sintió el escalofrío que recorrió a Carla de arriba abajo.

—Quita —dijo Carla, sin mover la cabeza.

—No quieres que quite.

—A mí me gustan los hombres.

—Ya lo sé. Pero ahora mismo no hay ningún hombre.

Itziar le deslizó la mano por el escote del vestido. Carla llevaba un vestido de algodón fino, de tirantes, y debajo solo un sujetador sin aros. Cuando la mano de Itziar le rozó el pezón a través de la tela, Carla soltó el aire que llevaba conteniendo desde hacía minutos.

—Itziar, somos primas.

—Lo sé.

—Si esto se sabe…

—No se va a saber. Estamos en un pinar, no hay nadie en kilómetros.

Carla cerró los ojos. La mano de Itziar siguió bajando, le pasó por encima del vientre, le rozó el hueso de la cadera y se metió debajo del vestido. Cuando los dedos llegaron a las bragas, las encontró empapadas.

—Mírate —murmuró Itziar contra su oreja—. Estás temblando de gusto.

—No puedo evitarlo.

—No quiero que lo evites.

Le bajó las bragas hasta los muslos y le metió dos dedos dentro. Carla apretó las rodillas, pero el cuerpo la traicionaba: las caderas se mecían solas, buscando los dedos de su prima. Itziar movía la mano con calma, entrando y saliendo despacio, dejando que su prima se acostumbrara al ritmo antes de acelerar.

—Mírame —le dijo, girándole la cara con la mano libre.

Carla abrió los ojos. La boca de Itziar buscó la suya. El beso fue distinto a cualquier otro que Carla hubiera dado: más lento, más profundo, sin la urgencia de los chicos que conocía. Cuando Itziar le mordió el labio inferior, Carla se corrió. Le inundó la mano a su prima con una corriente caliente y espesa que le bajó por la muñeca hasta el antebrazo.

***

Itziar le sacó los dedos despacio. Se los llevó a la boca, sin dejar de mirarla, y los chupó uno a uno.

—Sabes a vino tinto.

Carla se rio. Una risa nerviosa, casi de niña.

—Estoy mareada.

—Es del placer, no del vino.

—Pues prefería pensar que era del vino.

Itziar le bajó los tirantes del vestido por los hombros. La tela cayó hasta la cintura y dejó al aire el sujetador. Le desabrochó el cierre delantero con una mano y las tetas de Carla se derramaron, grandes y blancas, con los pezones ya endurecidos. Itziar se las cogió, se las pesó en las manos, le pasó la lengua por las areolas rosadas y le mordió suavemente cada pezón.

—Vamos a otro sitio —dijo Itziar.

—¿Adónde?

—Hay un claro entre los arbustos, a treinta metros. Allí no nos ve ni Dios.

—Estoy en bragas y descalza.

—Pues mejor.

***

Atravesaron un grupo de helechos altos y llegaron a un cuadrado de hierba escondido detrás de unas zarzas. El sol entraba en oblicuo y dibujaba franjas amarillas sobre el suelo. Itziar le terminó de quitar el vestido a Carla y se desnudó ella también, sin prisa, mirándola a los ojos todo el tiempo.

Carla la examinó. Itziar era pequeña, de tetas chicas pero firmes, con un triángulo oscuro entre las piernas y unas caderas estrechas que cabían en dos manos. No era el cuerpo de una mujer al que Carla había mirado nunca con deseo, y sin embargo ahí estaba ella, descubriendo que sí.

—Túmbate —dijo Itziar.

Carla se tumbó sobre la hierba. Itziar le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Empezó con la lengua plana, desde el perineo hasta el clítoris, en un movimiento largo y lento que hizo que Carla arqueara la espalda. Repitió el recorrido tres, cuatro veces, antes de detenerse en el clítoris y trazar pequeños círculos con la punta de la lengua.

—Madre mía…

—Calla.

Itziar se tomó su tiempo. Cuando notaba que Carla se acercaba, bajaba a la entrada de la vagina y le metía la lengua dentro hasta donde podía, antes de subir otra vez. Le clavó los dedos en las nalgas para mantenerla quieta cuando empezó a moverse demasiado, y le aplicó toda la boca al clítoris con una succión suave y constante.

Carla se corrió con un gemido largo, agudo, que hizo levantar el vuelo a un par de pájaros del pino más cercano. Le agarró el pelo a su prima con las dos manos y le empujó la cara contra el coño, sin saber bien si quería que parara o que siguiera. Itziar se tragó todo lo que le subió a la boca y siguió lamiendo hasta que Carla la apartó con un manotazo flojo.

—Para, para, no puedo más.

Itziar se incorporó. Tenía la barbilla brillante. Sonrió.

—Ahora me toca a mí.

***

Carla intentó hacer lo que su prima había hecho con ella, pero le faltaba la calma. Cuando le pasó la lengua por primera vez a Itziar entre las piernas, su prima ya estaba al borde. Le costó tres lametazos largos correrse, agarrando puñados de hierba con las dos manos y soltando un quejido que se le quedó atrapado en la garganta.

Se quedaron tumbadas un rato, jadeando, mirando los retazos de cielo entre los pinos. Carla rompió el silencio primero.

—No le digas esto a nadie.

—¿A quién se lo iba a contar?

—A esa novia trans tuya.

Itziar se rio, y Carla se rio también. Más tarde se vistieron, recogieron el mantel y bajaron por el sendero como si solo hubieran subido a merendar.

Ya en el coche, Carla puso la radio. Itziar le apoyó la mano sobre el muslo. Carla no la quitó.

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Comentarios (3)

Romi_Noc

increible...me quede sin palabras. Esos momentos inesperados son los que mas te marcan.

ValentinaOsc

Por favor publicá una segunda parte!! Quede con muchisimas ganas de saber como siguio la cosa entre las dos despues del picnic.

MaiteNocturna

Me recordo tantisimo a un verano con mi prima de chica, aunque lo nuestro fue mucho mas inocente jaja. Lo describiste de una manera que se siente super real.

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