La tarde que mi amiga dejó de ser solo mi amiga
Una tarde cualquiera, después del descanso de la comida, llego a mi sitio en el aula de arte arrastrando el aburrimiento como una piedra. No tengo ninguna gana de escuchar otra hora sobre el arte del antiguo Egipto. Hasta tengo sueño, y noto los párpados pesados, queriendo cerrarse para descansar un rato.
Pero nada más levantar la mirada hacia el frente, se me despeja la mente y siento un circuito de adrenalina bajar del pecho a la entrepierna. ¿El motivo? Daniela. La profesora más intrigante que he tenido jamás. Y la más sexy, por supuesto. Aunque lo que la hace tan sexy no es su cara bonita ni su cuerpo trabajado, sino el aura que la envuelve.
Es de las profesoras más jóvenes del centro, tendrá unos treinta. Seria y profesional, pero a la vez cercana y juvenil. Tiene mucho carácter y nadie se atreve a hacerle perder la paciencia, y aun así todos querríamos salir a tomar algo con ella. Siempre se la ve cansada, con ojeras, porque además de dar clases trabaja de noche en una sala de conciertos. Viste con un estilo a medio camino entre lo hippie y lo alternativo, lo justo para que cuele en un aula.
Vuelvo a la realidad y me doy cuenta de que la estoy mirando demasiado, y de que he separado un poco las piernas sin darme cuenta. Me pongo nerviosa y me enderezo. Mierda, espero que no se me haya puesto cara de cachonda. A veces no puedo evitarlo y reacciono demasiado tarde. Ojalá no me haya pillado escaneándola de arriba abajo, enfocándome en sus labios carnosos, imaginando cómo sería besarla. Este curso va a ser dificilísimo, pero tengo que esforzarme para que no se me note nunca. Sería vergonzoso tener que explicarle por qué se me cae la baba cuando debería estar tomando apuntes.
La clase termina y por fin paso a la siguiente, historia, con el profesor más pasota del mundo. Ahí puedo ahondar tranquila en mis fantasías antes de irme a casa. Llegaré bien caliente, lista para tocarme en cuanto cruce la puerta.
Empiezo a imaginar la tela suave de su camiseta cayendo sobre sus pechos. Lo fácil y a la vez imposible que sería desabrochar el botón de su pantalón, que tengo a metro y medio de mi silla. Cómo se sentiría el calor de su cuello bajo mis labios. Tenerla con todo el tiempo del mundo, recorrer cada parte de su cuerpo despacio, que me dejara hacer lo que quisiera. La trataría con tanta delicadeza, me aguantaría las ganas de devorarla solo por oler cada centímetro de su piel. Me volvería loca disfrutarla y mirarla, ver que le gusta cómo la exploro.
Ni siquiera me he imaginado todavía cómo es desnuda, y ya estoy a punto de llegar al orgasmo sentada en clase.
Suena el timbre. Empiezo a guardar mis cosas muy concentrada, intentando que no se me escape la calentura. Siento hasta el calor saliéndome de entre las piernas y la ropa interior empapada. De repente Nora me da un golpecito en el brazo.
—¡Sofía! ¿Qué te pasa? Estabas seria, seria. ¿Te vienes a jugar al billar al salir?
Buf. Se me había olvidado por completo. Había quedado con las chicas al terminar las clases. Qué pereza, con el sueño que tenía y lo caliente que estaba. Solo quería tocarme y dormir. Pero dejarlas tiradas ahora sería muy cantoso. ¿Qué excusa me invento?
Irene y Paula son pareja desde hace un par de años. Todas damos por hecho que acabarán casándose, con un perro y dos hijas. No me imagino a la una sin la otra.
Nora, en cambio, es una loba solitaria. No le va el compromiso, solo quiere pasarlo bien. Nunca me ha parecido alguien estable. Es buena gente y divertida, pero da la sensación de que carga con sus propias batallas. Es abierta hasta cierto punto: para divertirse se lanza sin pensar, pero el fondo de sí misma no lo conoce nadie más que ella.
Físicamente es atlética, de piel aceitunada. Tiene el pelo más negro que he visto, ondulado, a la altura de los hombros y casi siempre suelto. Viste moderna, aunque no se fija demasiado en los detalles. Todo lo que tiene en el armario combina entre sí, así que se pone lo primero que pilla, y aun así todo le queda bien. En resumen, una chica atractiva y salvaje.
Ya vamos las cuatro de camino al bar de siempre, el del barrio. Nora, Irene, Paula y yo.
Me obligo a olvidar lo que tenía pensado y me centro en pasar una tarde entretenida con mis amigas. Empiezan las risas y el cachondeo, ese humor picante nuestro de gastarnos bromas pesadas las unas a las otras.
De repente Nora aprovecha que tiene que pasar por detrás de mí, entre la mesa y la pared, para colocarse en su jugada, y se roza contra mi trasero más de lo necesario. En ese instante me doy cuenta de que mi cuerpo sigue pidiendo que lo desahogue del calentón acumulado. Me muerdo el labio de forma automática y la observo. Está inclinada sobre la mesa, lista para darle a la bola, mostrándome todo el escote. Me quedo embobada y mis bragas vuelven a empaparse de golpe. Lo peor es que se me alarga el momento, porque Nora estaba esperando justo a que le mirara la cara para que entendiera que ella se había dado cuenta. La muy malvada sonríe pícara: ha conseguido lo que quería.
Nunca había pensado en Nora de esa manera, y jamás habría imaginado que ella me viera así. También es verdad que nunca me había fijado en que tuviera unos pechos tan ricos, porque siempre lleva camisetas anchas. Y también es verdad que no suelo estar tan perdidamente cachonda cuando salgo con las chicas. Es como si Nora supiera el estado en el que estaba y lo hubiera aprovechado para hacer lo que le da la gana conmigo.
Me quedo un rato más seria, intentando manejar la calentura, intentando no pensar en ella. Al fin y al cabo somos amigas desde hace años y no quiero que eso cambie. ¿Por qué se le habrá ocurrido empezar con esto justo ahora? ¿Y por qué me cuesta tanto controlarme?
Cuando me acerco a la barra a por otra Coca-Cola, Nora me sigue y me mete la mano en el bolsillo de atrás del pantalón mientras me dice:
—Qué buena soy al billar, ¿eh? Igual te hacen falta unas clases particulares para que no estemos tan desigualadas. Si quieres, yo te las doy.
—Ja, ja, muy graciosa —le contesto—. Encima te tendré que dar las gracias. Conociéndote, seguro que me las cobras.
—Pues si me quieres pagar, no te voy a decir que no —responde—. Aunque hay muchas formas de pagar.
Noto el calor del cuerpo subirme hasta la cara y me pongo roja. ¡Es mi amiga! ¡Está ligando conmigo! No estaba nada preparada para esto, y a ella le encanta verme así. No lo soporto.
—Venga, Nora, vamos con las otras...
—Uy, no te pongas tan nerviosa —insiste—. Tranquila, que no le voy a contar nada a nadie. Eres demasiado correcta, ¿sabes? A veces hay que dejarse llevar. Además, has empezado tú: me has puesto muy cachonda cuando me has mirado antes. ¿Ahora no me vas a ayudar o qué?
Es tan directa. Me ve incómoda y va a por más, es insoportable. ¿En qué está pensando? Pero lo peor de todo es que, si no aguantara el tipo, ya estaría de piernas abiertas dejándole que me comiera el coño en el baño. La miro un segundo y es exactamente lo que me imagino. Necesito un orgasmo ya. Me iría corriendo a casa a tocarme pensando en Nora haciéndome lo que quisiera.
—Sofía... ¡Ja, ja! ¿Qué te pasa? ¡Estás empanada! No pensaba que te diera tanto miedo, que estoy de broma, tía.
Empieza a volver con las otras y la sigo. Qué cabrona, está jugando conmigo. Y ahora no puedo dejar de mirarle el culo. Qué ganas de cogerla de la cintura y pegarla a mí. En fin, calma, Sofía. No pienses más.
Nora, de repente, se comporta con total normalidad y jugamos un rato más al billar hasta que nos despedimos. Ella y yo siempre cogemos el autobús en la misma parada, y yo me bajo una después de la suya. Estamos las dos esperando, sentadas en la marquesina, hablando como si no hubiera pasado nada fuera de lo normal, cuando me pone la mano en el muslo. Su mano manda una señal eléctrica directa a mi coño, que se enciende, y noto hasta el pulso del corazón ahí abajo. Me cuesta respirar con normalidad, pero ella ni se inmuta. Sigue hablando como si nada.
Llega el autobús y subimos las dos. Voy pegada detrás de ella en los escalones y me doy cuenta de que me encanta cómo huele. Quiero notar su calor, acercarme más. Se sienta en el asiento del pasillo y se abre de piernas para dejarme pasar al de la ventanilla. Vamos en la penúltima fila y casi no hay nadie. En cuanto me siento, apoya el brazo en mis hombros, como si me abrazara, y vuelve a posar la otra mano en mi pierna, girada del todo hacia mí. Cualquiera que no nos conociera pensaría que somos pareja.
Me sigue hablando muy cerca de la cara. Yo no me atrevo a mirarla y mantengo la vista al frente. Sé que me está mirando la boca. Noto su aliento a menta y tengo que hacer un esfuerzo enorme para no girar un poco la cabeza y besarla. Nora se da cuenta de lo que me cuesta y, como sabe lo terca que soy, intuye que no va a pasar nada más si no actúa ella. Así que decide tomar la iniciativa.
—Sofía, cariño, no seas tan dura. No seas mala conmigo. Sabes lo que quiero. ¿Por qué no me lo das, si tú también lo quieres? —dice con voz de niña buena.
Y mientras lo dice, me coge de la barbilla y me gira la cara para que quedemos de frente.
Era inevitable. Las dos nos acercamos despacio hasta rozarnos los labios. Nos acariciamos con la boca y la tensión empieza a subir. En cuanto noto su lengua tocar la mía, siento en la garganta unas ganas terribles de gemir. Me daba igual estar en un sitio público; me olvidé de todo, le cogí la mano y me la puse entre las piernas. Necesitaba alivio: la tarde había sido una dulce tortura que ella misma había provocado. Me lo debía y no la iba a dejar escapar. Me acarició el coño por encima del pantalón como si quisiera hacerlo desaparecer. La presión de su mano ahí abajo casi me hace llegar. Era justo lo que quería en ese momento. El beso pasó a ser un intercambio de pura pasión.
—¡Cómo está la juventud hoy en día, qué falta de respeto! —suelta en voz alta una mujer desde el asiento de enfrente.
Nos separamos al instante, aguantando la risa, mirándonos como cómplices. Al rato pasamos por su parada y no se mueve del sitio.
—Nora, tu parada —le digo.
—Me bajo en la tuya.
—¿Por qué?
—Porque hoy tus padres tienen clase de tango y van a llegar más tarde.
Nos quedamos en silencio hasta llegar a mi casa. A medida que nos acercábamos me ponía más y más nerviosa. Sabía lo que iba a pasar y me sentía como si fuera mi primera vez. Esta versión de Nora era como una desconocida para mí.
Nada más cerrar la puerta, me embiste para besarme otra vez. Fue el beso más desenfrenado que me han dado jamás. Quería correrme solo con eso. Sus labios suaves y carnosos acariciaban los míos; era un beso húmedo, agresivo. Cuando su lengua rozaba la mía, me imaginaba lo que sería tener su boca entre mis piernas.
Ya está, basta de esperar por hoy. Frené el beso y la llevé al sofá. Me quité la camiseta para que pudiera besarme los pechos y me senté con las piernas abiertas, invitándola. Me observó unos segundos con la mirada de una perra en celo y se sentó a mi lado. Empezó a besarme el cuello y el escote con mucha lujuria y mucha saliva, mientras me manoseaba los pechos. Me gustaba tanto que me quité el sujetador para sentir mejor sus manos. Se lanzó a comerme los pechos y empezó a desabrocharme el pantalón. Por fin.
Me retorcía de placer sintiendo su lengua en el pezón. Ya no podía más.
—Por favor, Nora, no aguanto más. Cómeme el coño ya... —se lo dije roja de vergüenza.
Jamás imaginé que terminaría pidiéndole esto a ella de forma tan desesperada. Pero en ese momento mandaba mi cuerpo.
Con cara de cachonda perdida me bajó los pantalones y me olió el coño como si aspirara algo prohibido. Me abrí de piernas todo lo que pude para entregarme. Me quitó las bragas y me recorrió de abajo arriba con la lengua, suave. La segunda vez, un poco más fuerte. Yo me había quedado sin aire en los pulmones, mirando al techo. A la tercera, al subir, se quedó pegada a mi clítoris. Empezó a acariciarlo con la lengua y a succionar con los labios. Parecía soldada a mí. Se le notaba que estaba disfrutando, y yo estaba totalmente entregada al placer. Cada movimiento de su lengua mandaba una ola por todo mi cuerpo. Notaba esa ola subir y me obligaba a coger una bocanada de aire para poder seguir.
La cogí del pelo para que no se separara de mí ni un segundo. La quería ahí pegada hasta correrme en su boca. Qué bien lo hacía. Se notaba que tenía experiencia. Su lengua suave acariciaba justo donde tenía que hacerlo. Sentía una presión constante y placentera que me acercaba más y más. De repente me miró. Nos quedamos con los ojos clavados la una en la otra. Oía los ruidos de su boca y su cara pegada a mí. Me corrí con fuerza, agarrándola, y las oleadas no paraban. Ella seguía, y poco a poco fui relajándome mientras limpiaba con la lengua todo lo que había provocado.
Me quedé exhausta, tirada en la misma postura en la que me dejó, recuperando el aliento.
—Cómo me pones, Sofía —me dijo—. Siempre me has gustado, siempre he esperado este momento. Quiero correrme con tu boquita. ¿Me dejas?
Parecía hipnotizada, como si actuara sin pensar. Me pidió permiso, pero daba la sensación de que lo habría hecho igual. Mientras hablaba ya se estaba quitando el pantalón y las bragas. Al sacárselas vi un hilo de su humedad despegarse de la tela. Sin esperar respuesta, se subió al sofá, encima de mí, me sujetó la cabeza y acercó su coño a mi cara.
Saqué un poco la lengua y ella misma empezó a moverse para darse placer con mi boca. Noté su coño mojado, su sabor ligeramente salado envolviéndome la lengua. Con las manos me mantuvo firme en la posición que quería y empezó a moverse cada vez más rápido. Parecía un animal en celo. Se le escapaban pequeños gemidos a medida que aceleraba el vaivén de la cadera. Sus brazos marcados se ponían más duros y le saltaban las venas. Me ponía muchísimo que me estuviera usando para darse placer. Estaba volviendo a calentarme.
Quería saborearla más, pero me tenía cogida de la cabeza, así que disfruté lo que pude. Le agarré las nalgas y la empujé hacia mi cara para que viera cuánto me gustaba lo que estaba haciendo.
—Qué rica tu boquita, Sofía —dijo—. He imaginado esto muchísimas veces.
Y al terminar la frase gimió muy fuerte, apretando el coño contra mi boca. Se quedó quieta unos segundos y, cuando su cuerpo se relajó del todo, se dejó caer a mi lado en el sofá.