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Relatos Ardientes

Mi profesora del taller me esperó en el aula vacía

Era un miércoles a media mañana y el taller de escritura acababa de terminar. Casi todos habían salido al patio interior de la academia a fumar y a estirar las piernas, pero yo me quedé en el aula. Tenía dos ejercicios atrasados y prefería avanzarlos en silencio antes de que volvieran a llenarse las sillas.

No me había quedado sola. Mariana, la profesora, seguía sentada frente a su escritorio, repasando una pila de hojas con un bolígrafo rojo entre los dedos. Tendría unos treinta y dos años, quizá un poco más, y era una de esas mujeres a las que cuesta dejar de mirar sin que parezca evidente.

Levanté la vista justo cuando ella levantaba la suya. Nos cruzamos una sonrisa rápida, de esas que no significan nada y lo significan todo. Bajé otra vez la cabeza hacia mi cuaderno, pero ya no estaba leyendo nada.

Llevo semanas fingiendo que no me pasa esto con ella.

Todo había empezado un par de meses atrás, cuando una tarde de lluvia se ofreció a acercarme a casa porque yo no tenía paraguas. Lo repitió varias veces a la semana, siempre con alguna excusa cómoda, hasta que se volvió una costumbre. Después llegó un tramo en que yo salía con mis compañeras y la veía marcharse sola en su coche, y algo en mí se quedaba incómodo cada vez.

—Hoy no saliste —dijo de pronto, sin levantarse.

Dejé el lápiz sobre la mesa y alcé la mirada.

—Siempre te veo dando vueltas por el patio en el receso —siguió—. Y esta vez estás aquí.

—Tengo ejercicios pendientes —respondí—. Preferí adelantarlos aprovechando el silencio, profesora.

—Mariana —corrigió, con una paciencia divertida—. Ya te lo dije: cuando estamos solas, puedes llamarme por mi nombre.

Sonreí, un poco avergonzada, y noté el calor subiéndome a las mejillas.

—Lo siento, Mariana. Es que me acostumbré a decirte profesora.

—No pasa nada. —Dejó el bolígrafo y empujó las hojas a un lado—. Deja eso un momento y ven, acompáñame. Iba a comer algo y no me gusta hacerlo sola.

Señaló su escritorio con la barbilla. Sin pensarlo demasiado, arrastré una silla hasta ponerla cerca de la suya y me senté. Ella sacó un pequeño recipiente con fruta y otro con una ensalada, y me ofreció la mitad como si fuera lo más natural del mundo.

—Te ves muy bien hoy —comentó, mirándome de reojo mientras destapaba el recipiente.

—Gracias —dije—. Tú también.

Le devolví una sonrisa breve y ella la sostuvo un segundo de más. El aula estaba en una de las alas viejas del edificio, lejos del patio principal, y yo sabía que nadie iba a aparecer por ahí hasta que sonara el timbre. Esa certeza me puso nerviosa de una manera nueva.

Mariana siguió hablando de cosas sueltas, de un libro que estaba leyendo, de un viaje que pensaba hacer en verano. Yo asentía y comía despacio, atenta a su voz más que a sus palabras. Entonces sentí su mano apoyarse sobre mi pierna, justo encima de la rodilla, y se me erizó la piel entera.

—¿Sabes una cosa? —dijo, bajando un poco el tono—. Desde el primer día me pareciste una mujer preciosa.

—¿En serio? —Apenas me salió la voz.

—Por supuesto. Habría que ser muy distraída para no darse cuenta.

Soltó una risa suave y dejó que sus dedos dibujaran un recorrido lento por mi muslo, por encima de la tela del pantalón. No retiré la pierna. No quise. Nuestros rostros se buscaron casi sin decidirlo, y de un momento a otro su boca estaba contra la mía.

Tardé un instante en reaccionar. Después le devolví el beso, y fue como soltar algo que llevaba meses conteniendo. Sus labios eran cálidos y precisos, y besaba sin prisa, como si tuviéramos toda la mañana por delante.

—Llevo demasiado tiempo imaginando esto —murmuró contra mis labios.

—Yo también —confesé, y la palabra se me escapó casi sin aire.

Me levanté de la silla y me senté sobre ella, a horcajadas, sin separar mi boca de la suya. Sus manos bajaron por mi espalda hasta sujetarme, y me sostuvo con una firmeza que me hizo temblar. Yo me aferré a sus hombros, sintiendo cómo nuestros cuerpos encontraban un ritmo propio.

—¿Y si entra alguien? —pregunté, más por costumbre que por verdadero miedo.

—Nadie viene a esta ala —respondió, sonriendo contra mi cuello—. Lo sé de memoria. Por algo elijo este aula.

Esa respuesta lo dejó claro: ella había pensado en esto antes que yo. Empezó a besarme el cuello, despacio, y yo dejé caer la cabeza hacia atrás para darle más espacio. Cada beso me dejaba una marca de calor que bajaba por todo el cuerpo.

Sus manos me guiaron las caderas en un vaivén lento, frotándome contra ella, y los gemidos se me ahogaron contra su piel. Notaba su respiración acelerándose al mismo tiempo que la mía, y eso me excitaba todavía más que sus caricias.

—Eres mucho más atrevida de lo que aparentas —dijo, mordiéndome apenas el lóbulo de la oreja.

—Solo contigo —respondí, y era verdad.

Le desabroché los primeros botones de la blusa con dedos torpes y deslicé la mano dentro, sintiendo su pecho subir y bajar bajo mi palma. Ella hizo lo mismo, abriéndome la camisa lo justo para alcanzar mi piel, y el roce de sus dedos sobre mis pechos me arrancó un suspiro que tuve que tragarme.

El aula olía a papel viejo y a su perfume, una mezcla que se me quedó grabada para siempre. Por la ventana entreabierta llegaba el rumor lejano del patio, las voces de los demás, y esa distancia hacía que todo lo que pasaba entre nosotras pareciera todavía más secreto. Yo cerraba los ojos cada vez que su boca encontraba un sitio nuevo de mi cuello.

—Tranquila —susurró—. Despacio. No tenemos que correr.

Pero las dos sabíamos que sí teníamos que correr. El timbre iba a sonar en cualquier momento, y ella lo conocía mejor que nadie. Quizá por eso, cuando su mano bajó por mi vientre y se coló bajo la cintura de mi pantalón, no hubo más rodeos.

Me detuve un segundo cuando sus dedos llegaron entre mis piernas, encontrándome mojada, y gemí su nombre antes de poder evitarlo.

—Mírate —dijo, con la voz ronca—. Estás empapada. ¿Todo esto es por mí?

—Sí —admití, sin aire.

—¿Y vas a portarte bien? —preguntó, rozándome con una lentitud que me volvía loca.

—Sí. Me voy a portar bien.

Tenía la respiración tan agitada que las palabras me costaban, pero las dije igual, porque ella parecía necesitar oírlas. Empezó a moverse sobre mí, suave al principio, con un ritmo que me hacía clavar los dedos en sus hombros. Cada caricia era una promesa de la siguiente.

Sabía que no iba a durar mucho. El estómago se me iba tensando, el calor se me concentraba en un punto que ella tocaba una y otra vez, y yo solo podía aferrarme a su cuerpo y morderme el labio para no gritar. Ella lo notó y aceleró, leyendo cada reacción mía como leía nuestros textos: con una atención que no dejaba pasar nada.

—Eso es —murmuró contra mi cuello—. Déjate ir. Aquí no nos oye nadie.

No pude contenerme más. El orgasmo me recorrió entera y gemí su nombre contra su hombro, temblando, mientras ella me sostenía con un brazo firme alrededor de la cintura. Me quedé apoyada en ella unos segundos, sin fuerzas, sintiendo cómo me besaba la sien con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.

—Has sido una alumna excelente esta mañana —dijo, sonriendo—. Espero que repitamos.

—Las veces que quieras, Mariana.

Me dejó un beso corto en los labios y, despacio, me llevó los dedos a la boca. Los acepté sin apartar la mirada de la suya, probándome a mí misma en su piel, y vi cómo se le oscurecían los ojos otra vez.

El timbre sonó justo entonces, lejano, como si perteneciera a otro mundo. Me bajé de su regazo a regañadientes y empecé a acomodarme la ropa con manos todavía inseguras. Ella se abrochó la blusa con una calma envidiable y recogió las hojas que habíamos dejado a un lado, como si nada hubiera pasado.

—Vuelve a tu sitio —dijo en voz baja—. Y borra esa sonrisa, que se te nota demasiado.

No pude borrarla. Volví a mi silla justo cuando las primeras compañeras entraban hablando del receso, ajenas a todo, y agaché la cabeza sobre mi cuaderno para que nadie viera el color de mis mejillas.

***

A la salida, Mariana se ofreció de nuevo a acercarme a casa, y esta vez nadie tuvo que insistir. En lugar de ir directo, nos quedamos un rato hablando en una plaza pequeña a unas calles de mi portal, con las ventanillas bajadas y la tarde cayendo despacio sobre los árboles.

Hablamos de cosas que no tenían nada que ver con lo que había pasado en el aula, y al mismo tiempo de nada más. Me contó que llevaba tiempo dudando si decirme algo, que había estado a punto en cada uno de aquellos viajes en coche bajo la lluvia, y que solo el miedo a equivocarse la había frenado. Yo la escuchaba mirándole las manos sobre el volante, esas mismas manos, y pensaba que ojalá se hubiera atrevido antes.

Antes de bajar del coche, le pasé mi número apuntado en una esquina de papel y le di un beso corto, distinto al de la mañana: más lento, menos urgente, más mío.

—Nos vemos pronto —dijo, guardando el papel en el bolsillo—. La próxima quiero que sea en un lugar donde no tengamos que estar pendientes del timbre.

—Eso espero —respondí—. Voy a estar contando los días.

Y, sin nada más, bajé del coche y caminé hacia casa con una sonrisa que no se me iba, sabiendo que aquello que tanto había callado por fin tenía nombre, y que ese nombre era el suyo.

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Comentarios (3)

ValeriaRos

uffff que buenisimo, me dejo sin palabras!

Lectora_Sofia

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber que pasa despues entre las dos

ClaraBuenos

Me recordó a una etapa en la facu que nunca olvidé jaja. Muy bien escrito, se siente cercano y real

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