Lo que pasó con mi entrenadora antes de la pelea
Daniela era una chica joven y deportista. De adolescente había jugado al voleibol en el instituto y, desde que cumplió la mayoría de edad, no faltaba un solo día al gimnasio. Tenía un cuerpo definido y atlético, con los músculos marcados bajo la piel. No era especialmente masculina, pero tampoco delicada: era de esas mujeres a las que se les notaba que les gustaban las mujeres sin que por ello parecieran un hombre. Llevaba el pelo castaño y largo, y rondaba el metro setenta.
Unos años antes había montado un pequeño negocio y aquello la absorbió por completo. No dormía lo suficiente y, mucho menos, encontraba tiempo para entrenar. El estrés y las malas noches la metieron en un bucle de hábitos pésimos, y engordó bastante. Detestaba cómo se veía en el espejo, pero entre tanto trabajo no le quedaba energía mental para enderezar esa parte de su vida.
Cuando todo se frenó de golpe, tuvo que cerrar el negocio. Después de tanto frenesí, de repente, una calma absoluta. Era el momento de cuidarse.
Vivía en una casa de campo a las afueras de un pueblo y en el patio tenía colgado un viejo saco de boxeo. La misma tarde en que entendió que no abriría en mucho tiempo, paseando por el jardín medio meditativa, lo vio. Decidió que entrenaría cada tarde. Así fue como se inició en el mundo de las artes marciales y nunca más volvió a mirar atrás.
Cinco años después vivía en una ciudad más grande y entrenaba en un gimnasio decente. Tenía una entrenadora que en su día había sido peleadora profesional y que creía en ella con una fe que a veces la avergonzaba. Se llevaban estupendamente, tenían una relación cercana, pero siempre dentro de los límites de maestra y alumna.
La entrenadora se llamaba Roxana. Era un poco más alta que Daniela y tenía una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Era de esas mujeres con carácter de líder natural, capaz de sostener esa línea fina entre lo cálido y la autoridad sin que se le notara el esfuerzo.
Esa tarde Daniela entrenaba para su primera pelea. Sí: en cinco años todavía no había competido ni una sola vez.
—¡Daniela! Vamos, hoy te quiero a tope. Es el último entrenamiento antes del combate —gritó Roxana desde el otro extremo del tatami.
A Daniela se le dispararon las pulsaciones y se le encogió el estómago. Eso era exactamente lo que siempre la había frenado: los nervios previos. ¿Cómo se iba a sentir cuando estuviera a punto de salir del vestuario, cuando caminara delante de toda esa gente, cuando subiera al ring y mirara a su oponente a la cara? ¿Y si la noqueaban delante de todo el mundo?
En fin. No era momento de pensar en eso. Ni ahora ni nunca.
Roxana la conocía bien y la vio hundirse en sus propios pensamientos.
—Daniela, olvida lo que he dicho. Vente conmigo, que hoy te voy a tener entretenida toda la clase. No quiero que pienses en nada.
A Daniela se le aceleró el corazón, pero ahora por otro motivo. Nunca antes había entrenado a solas con Roxana. ¿Por qué sería? Le constaba que sus compañeros lo habían hecho más de una vez. ¿Por qué la ponía nerviosa la idea de entrenar con ella sin nadie alrededor? Será por lo de la pelea, se dijo, sin creérselo del todo.
Roxana empezó a explicarle de qué iba la sesión. Trabajarían suelo: control, palancas, todo ese arte de dominar al rival inmovilizándolo contra la colchoneta.
A Daniela se le aceleró el pulso todavía más al imaginar a Roxana encima de ella.
La entrenadora dejó a uno de sus alumnos más veteranos supervisando al resto y se llevó a Daniela a una esquina apartada del gimnasio.
—Te voy a dar caña —dijo Roxana—. Tu rival de mañana es muy buena en el suelo. Es algo más corpulenta que tú, así que es muy probable que acabe encima. Ahora me voy a poner yo sobre ti y vamos a entrenar esa posición para que llegues preparada.
Daniela le miraba la boca mientras la escuchaba. Tenía ganas de sentir a Roxana sobre su cuerpo. Iba a ser complicado concentrarse en quitársela de encima cuando deseaba justo lo contrario.
Obediente, se tumbó boca arriba con las rodillas dobladas y las plantas de los pies apoyadas en la colchoneta. Roxana se sentó sobre ella y le sujetó las muñecas contra el suelo. Era una posición clásica, muy desfavorable para quien quedaba debajo.
Daniela notó un cosquilleo entre las piernas al ver a Roxana acomodarse encima. Sentir su peso apoyado contra la pelvis era demasiado. La cara de la entrenadora se fue acercando a la suya al inclinarse para asegurar mejor el agarre. Mientras se aproximaba, Daniela no pudo evitar morderse el labio, imaginando que Roxana seguía bajando hasta rozarle la boca con la suya. Pero eso no ocurrió.
—¡Daniela! ¡Vamos, que es para hoy! —la sacó Roxana de su ensueño.
***
Roxana sentía fuego entre las piernas y luchaba con todas sus fuerzas para que no se le notara ni un poco. ¿Qué pasaría si su alumna se sentía incómoda? ¿Qué pasaría si el resto del gimnasio se daba cuenta? Podía ser el principio del fin de todo lo que había construido.
Cuántas veces había fantaseado con aquello. Cuántas veces se había imaginado a solas con Daniela, dominándola contra el suelo mientras la tensión crecía, usándola a su antojo para darse placer. Esa chica era la manzana prohibida: tan apetecible y tan fuera de su alcance.
Sabía que tocarla iba a volverla loca. Hasta entonces había tenido la suerte de que Daniela nunca le preguntara por qué jamás la había entrenado a solas. Lo había evitado todo lo que pudo. Ahora le tocaba ser fuerte.
Se había subido sobre la chica y le había cogido las muñecas. Le había mirado la cara y había notado el magnetismo que vibraba entre las dos. Daniela, sin disimulo, le miraba la boca embobada.
***
Daniela empezó a hacer lo que sabía. Levantó la pelvis para desestabilizar a Roxana y las dos comenzaron a forcejear. Entre una cosa y otra, Roxana terminó de espaldas contra el suelo y Daniela tumbada sobre ella. La entrenadora reaccionó rápido: pasó un brazo por debajo de la axila de la chica y el otro alrededor del cuello, inmovilizándola. Daniela sintió entonces los pechos de Roxana contra su espalda, su respiración caliente en la nuca, la entrepierna apretada contra su trasero y las piernas de la maestra enredadas a las suyas para mantenerlas abiertas y conservar el control.
Daniela estaba mojada y de entrenar ya no quedaba nada en su cabeza. Roxana también se había quedado quieta, aguantando las ganas de besarla en el cuello, de mover apenas la pelvis para sentir mejor aquel culo firme contra ella. Qué fácil sería hacerlo. La tenía ahí, la deseaba, y Daniela ni siquiera podría impedirlo. Es más: Daniela lo deseaba también.
Roxana decidió cortar el entrenamiento allí mismo y se inventó una excusa.
—Daniela, no estás concentrada. Veo que la pelea te preocupa demasiado, y si estás así ahora, mañana tampoco vas a reaccionar.
—Eh… sí… no sé —murmuró Daniela, poniéndose roja.
—Soy tu entrenadora, estás bajo mi responsabilidad —continuó Roxana—. Una pelea no es ninguna tontería y no quiero que te pase nada ahí arriba. Tenemos que hacer algo para que cambies el chip o no puedes competir.
Daniela se quedó callada. Sabía perfectamente que la única manera de concentrarse era bajar aquel calentón, pero ¿cómo iba a decirle algo así?
—Tengo una idea. Sígueme —dijo Roxana, y echó a andar hacia la oficina del gimnasio haciéndole una seña.
Desconcertada, Daniela la siguió. Seguía cachonda, sentía el latido del corazón directo en el sexo. Mientras caminaba, su cerebro animal escaneaba el cuerpo de Roxana como si fuera una presa a la que no podía dejar escapar. Estaba sudando.
Entraron en la pequeña oficina y Roxana apretó los labios con fuerza para no relamerse de pura excitación al ver a la dulce Daniela sentarse en la silla mientras ella echaba el cerrojo. Tenía que asegurarse de que nadie las molestara.
Aún no sabía del todo qué iba a hacer, pero su cuerpo lo tenía clarísimo. Ni siquiera había decidido qué le diría a Daniela para justificar el haberla llevado hasta allí, y debía pensar deprisa.
Se acercó a la silla y apoyó las manos en los reposabrazos, inclinándose sobre la chica.
—Daniela, ¿estás segura de que quieres pelear mañana?
Roxana estaba tan cerca que no conseguía apartar la mirada de sus labios por mucho que lo intentara. Era como si la hubieran hipnotizado.
—Sí, Roxana. He entrenado mucho tiempo para esto —respondió Daniela.
La entrenadora se dio cuenta de que la chica también le miraba la boca, y no pudo evitar bajar la vista. Se aventuró un poco más abajo: mientras hablaba, paseaba los ojos entre los pechos y los labios de Daniela. Qué ganas tenía de tocarlos. Parecían perfectos, redondos, firmes.
—Entonces tienes que estar enfocada, porque este deporte es de riesgo. Y adivina: si no lo estás, puede ser peligroso de verdad. Así que estoy dispuesta a tomar medidas extremas para que llegues concentrada.
Daniela había notado que Roxana le miraba el pecho y la boca. Ahora tenía los pezones erizados bajo la camiseta. ¿Habrá pensado antes en mí? ¿Me habrá mirado los pechos otras veces mientras entreno? ¿Se habrá tocado pensando en mí después de una clase? La sola imagen de Roxana desnuda, susurrando su nombre, teniéndola ahora justo enfrente, le arrancó un suspiro que por poco fue un gemido.
—¿Y qué medidas son? —preguntó.
Roxana ya no razonaba. Demasiado tarde. Tenía la mente en blanco. Mientras una mano le acariciaba el muslo y la otra le apartaba el pelo de la cara, dijo casi en un susurro:
—Recuerda que esto es por tu bien. Para que te enfoques.
Daniela cerró los ojos. La mano de Roxana mandó una corriente eléctrica desde la pierna directa al sexo. Le faltaba el aire y empezó a respirar hondo. Abrió las piernas sin darse cuenta y ladeó la cabeza para ofrecerle el cuello. Roxana se acercó, olió su piel y la besó con suavidad. Era como si el cerebro se le llenara de un zumbido cálido. Le besó el cuello entero y le acarició el muslo con más ganas, acercando poco a poco la mano a la entrepierna. Notó cómo Daniela se abría un poco más, dándole permiso para subir. Le recorrió el cuello con la lengua hasta la mandíbula, dejando un rastro tibio.
Las dos se quedaron frente a frente, excitadas, compartiendo el poco aire que había entre sus bocas. Las separaba un centímetro. Roxana se lanzó y empezaron a besarse con la pasión acumulada durante años. La entrenadora la besaba como si quisiera devorarla, hacerla suya de todas las maneras posibles.
Daniela recibía aquella energía y la devolvía multiplicada. Quería ser entera de Roxana, entregarse del todo, que la usara para su propio placer. Todavía vestidas, la pequeña oficina ya olía a sexo.
Roxana fue bajando. Volvió a recorrer el cuello con la lengua, repartió besos hasta la clavícula. Sus manos subían y bajaban por el muslo, rozándole el sexo por encima del pantalón de chándal. Cuando apretó la palma contra esa zona, Daniela dejó escapar un gemido y se reclinó hacia atrás como si fuera a desmayarse.
La maestra aprovechó para besarle un pecho por encima de la camiseta y localizar con la lengua el pezón erecto. Como tenía las manos ocupadas, Daniela se quitó ella misma la camiseta y el sujetador, exponiendo los pechos y acercándolos a su boca, pidiéndole sin palabras que se los chupara.
Roxana los saboreó con la punta de la lengua, despacio, y poco a poco se entregó con más ganas. Al sentir aquella lengua sobre los pezones, Daniela perdió el control de la pelvis, que se movía sola reclamando atención.
Sin más preámbulos, la entrenadora le bajó el pantalón y se quedó mirando esas piernas esculpidas. La energía que emanaba de la entrepierna de la chica era como un imán. Acercó la boca para olerla y lamerla por encima de la ropa interior. Escuchó un suave «mmm» que le confirmaba que iba bien. Daniela levantó las caderas para que le retirara las bragas. En esa postura se le marcaban los músculos de las piernas y el abdomen. Roxana no podía cerrar la boca; salivaba por ella. Se las quitó y, enseguida, la chica quedó con las piernas abiertas, al borde de la silla, lo más cerca posible. Roxana la sujetó por los muslos y le pasó la lengua entera, un par de veces, de abajo arriba.
—¡Aaah! —gimió Daniela.
Estaba en las nubes, excitada como nunca, los ojos cerrados, las manos aferradas a la silla.
La maestra empezó a atender el clítoris, acariciándolo despacio con la lengua. Primero en círculos, luego de arriba abajo, sin parar. Bajaba hasta la entrada para sentir su humedad y saborearla más intensamente, y volvía a subir. Daniela, al borde del orgasmo, le cogió la cabeza y la apretó contra su entrepierna para sentirla aún más.
Roxana selló los labios alrededor del clítoris, manteniendo una presión constante con la lengua y succionando con suavidad. No le daba ni un instante de descanso.
Daniela sentía cómo la tensión se acumulaba dentro de ella. No iba a aguantar mucho más.
Abrió los ojos y vio que la maestra la miraba. Roxana, con los dedos, le separó del todo los labios del sexo y movía la lengua en círculos sobre el clítoris. La chica observaba aquella lengua moviéndose con una habilidad que la deshacía.
Y explotó. Se vino en un orgasmo largo e intenso, tan fuerte que le temblaron las piernas hasta que dejaron de responderle. Roxana se quedó allí, recogiendo los últimos restos de placer de su alumna, en una especie de cielo privado.
Por fin se incorporó, se recompuso y recuperó la mirada de profesora, aunque por dentro seguía sintiéndose tan caliente como al principio.
Daniela aún recobraba el aliento. Seguía con las piernas abiertas, los pechos subiendo y bajando al ritmo de su respiración profunda.
—Daniela —dijo Roxana con media sonrisa—, ¿crees que ahora sí podrás concentrarte?