Lo que mi sobrina me pidió hacer aquella tarde
Llevaba semanas durmiendo a pedazos. Hacía poco más de dos meses que había dado a luz a Mateo, y el cansancio se me había metido en los huesos de una forma que ningún café lograba espantar. Vivía esos días en casa de mi hermana mayor, Lorena, y de su marido, porque desde los últimos meses del embarazo nadie quiso que me quedara sola por si algo se complicaba.
La casa era grande y tranquila, con ventanas que daban a un patio lleno de plantas. Yo ocupaba el cuarto del fondo, el más alejado del ruido, y allí pasaba las horas entre tomas, pañales y siestas robadas. Mi sobrina Camila, de diecinueve años recién cumplidos, andaba siempre cerca, ofreciéndose para cargar al bebé o para traerme cualquier cosa que necesitara.
Camila era una chica dulce, demasiado ingenua para su edad. Sus padres la habían criado entre algodones, y eso se le notaba en la manera de mirar el mundo, como si todo le resultara nuevo y un poco asombroso. Tenía el pelo largo y oscuro, la piel clara y una risa fácil que llenaba la casa.
Esa tarde acababa de dormir a Mateo. Lo dejé acostado en el moisés, junto a la ventana, y me senté en la cama a estirar la espalda. Escuché la puerta abrirse despacio y volteé a ver quién entraba.
—Hola, tía —dijo Camila asomando la cabeza—. Venía a preguntarte si podía dormir yo a Mateo, pero parece que llegué tarde.
—Llegaste justo cuando se quedó dormido, cariño —respondí sonriendo—. Otra vez será.
—Bueno, entonces me voy a mi cuarto.
La vi girarse hacia la puerta y, sin pensarlo demasiado, la llamé.
—Cami, quédate un rato conmigo. Ven, deja que te haga una trenza con ese pelo tan lindo que tienes.
Se detuvo, lo pensó un segundo y volvió sobre sus pasos.
—Está bien.
Caminó hasta la cama y se sentó en la orilla. Yo me acomodé detrás de ella, con las piernas a cada lado, y empecé a peinarle el cabello con los dedos antes de separarlo en mechones. Tenía el pelo suave, casi líquido, y olía a champú de coco. Mientras la peinaba, conversábamos de cualquier cosa: de sus clases, de un chico que le gustaba y al que no se atrevía a hablarle, de lo cansada que se veía yo últimamente.
Fue en mitad de la charla cuando empecé a sentir esa molestia conocida. Una presión tensa, pesada, que me subía desde los pechos hasta los hombros. Hacía rato que no le daba de comer a Mateo y la leche se me había acumulado.
—Espérame un momento —dije con una mueca—. Tengo que sacarme un poco de leche o no voy a aguantar el dolor.
Tenía el sacaleches sobre la mesita de noche, así que lo alcancé sin levantarme. Me subí la blusa, me bajé la copa derecha del corpiño y empecé a usar el aparato. Apenas la presión cedió, se me escapó un suspiro de alivio. Y entonces noté que Camila se había girado y no me quitaba los ojos de encima.
—Tía —dijo en voz baja—, se te está mojando la blusa del otro lado.
Bajé la vista. Tenía razón: el corpiño izquierdo estaba húmedo, marcando una mancha que crecía.
—Es que ese pecho también está lleno —expliqué—. Pero tengo que terminar con este antes de pasar al otro. El sacaleches tarda.
Se quedó callada un momento, mordiéndose el labio como hacía cuando algo le daba vueltas en la cabeza.
—Si quieres… —dudó—. Si Mateo la toma, no debe saber mal, ¿no? Tal vez yo podría ayudarte.
La miré sin saber qué decir. Una parte de mí debía haberle dicho que no, que eso era una locura, que se fuera a su cuarto. Pero el cansancio, la molestia y algo más oscuro que llevaba tiempo ignorando me hicieron tardar demasiado en responder.
—Puedes ayudarme si de verdad quieres —dije al fin—. Pero esto queda entre nosotras. Nadie más tiene que enterarse.
Asintió con la cabeza, despacio, y una sonrisa tímida le cruzó la cara.
Dejé el sacaleches a un lado. Con las manos un poco torpes terminé de quitarme el corpiño por completo. Iba a decirle cómo hacerlo cuando Camila se adelantó: se levantó, se acomodó de costado sobre mis piernas y, sin darme tiempo a nada, tomó el aparato y lo colocó sobre mi pecho derecho. Después acercó la boca al izquierdo.
Sentí su lengua tibia rodear la aréola antes de que sus labios atraparan el pezón. Contuve el aire. No era el tirón mecánico del aparato ni la succión hambrienta del bebé; era algo lento, deliberado, que me recorrió la columna entera.
—Cami… —murmuré, pero no terminé la frase.
Empezó a mamar despacio, tragando la leche que salía, y yo sentí cómo la molestia se transformaba en otra cosa muy distinta. El alivio se mezcló con un calor que me subía por el vientre. Se me escapó un gemido que ya no tenía nada que ver con la leche acumulada.
Al oírme, Camila levantó apenas la mirada. Y entonces se atrevió a más. Quitó el sacaleches de mi pecho derecho y lo reemplazó con su mano, que enseguida quedó tibia y mojada. Apretaba con suavidad, como si estuviera aprendiendo el ritmo de mi cuerpo en tiempo real.
Esto no debería estar pasando.
Lo pensé, claro que lo pensé. Pero ya tenía la respiración entrecortada y la tenía a ella encima de mí, cálida y dispuesta, y la cordura me parecía una preocupación de otra vida. Llevé una mano a sus pechos por encima de la camiseta y los acaricié por sobre la tela. Sentí cómo se le endurecían bajo mis dedos y cómo ella respondía arqueándose apenas contra mi palma.
Bajé la mano por su cuerpo, lento, recorriendo el costado, la curva de la cintura, hasta llegar al borde de su pantalón. Ella no se apartó. Al contrario, separó un poco las piernas, como pidiéndome en silencio que siguiera.
Desabroché el botón y bajé el cierre. Metí la mano, aparté la tela de su ropa interior y deslicé los dedos entre sus pliegues. Estaba húmeda, mucho más de lo que su carita inocente dejaba imaginar. Al primer roce soltó mi pecho y dejó escapar un gemido largo contra mi piel.
—Tía… —jadeó, con la voz quebrada.
—Shhh —le susurré al oído—. Bajito. No queremos que nadie suba.
Mis dedos se movían en círculos lentos y ella se mecía contra mi mano, buscando más. La penetré despacio, con dos dedos, y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba. Se inclinó hacia adelante y volvió a tomar mi pecho en la boca, esta vez con menos paciencia, mamando y mordisqueando entre gemidos ahogados.
Bajé la mirada para verla. Tenía los ojos cerrados, las mejillas encendidas y una expresión de entrega absoluta. Verla así, perdida en lo que yo le estaba haciendo, me excitó más que cualquier otra cosa. Seguí moviendo los dedos mientras ella vaciaba mi pecho por completo, hasta que ya no me quedó ni dolor ni peso, solo el latido caliente entre mis piernas.
Cuando sentí que estaba cerca, no quise apurarla. Saqué los dedos despacio y se los llevé a los labios. Ella los lamió sin dudar, mirándome a los ojos, y ese gesto tan descarado en alguien tan tímida me terminó de encender.
—Bájate un momento —le pedí.
La ayudé a levantarse de mis piernas y la hice arrodillarse frente a la cama. Mientras lo hacía, yo me puse de pie, me bajé el pantalón y la ropa interior de un tirón y los dejé caer al suelo. Volví a sentarme en el borde del colchón y abrí las piernas.
No tuve que decirle nada. Pareció entender exactamente lo que quería, porque se metió entre mis muslos y me besó ahí con una avidez que no esperaba de ella. Su lengua era torpe al principio, exploradora, pero aprendía rápido. En cuanto encontró el ritmo que me hacía temblar, no lo soltó.
Me llevé una mano a la boca para no gritar. El otro brazo lo apoyé hacia atrás para no caerme, mientras ella seguía, incansable, leyendo cada uno de mis estremecimientos. Me hizo terminar una vez y, sin darme respiro, siguió hasta arrancarme un segundo orgasmo que me dejó sin aire, con las piernas temblando alrededor de su cara.
La tomé del mentón y la hice subir. Junté mis labios con los suyos y me besé a mí misma en su boca, probando todo lo que ella acababa de recoger. Nos quedamos así un momento, frente con frente, recuperando el aliento.
—¿Está mal que me haya gustado tanto? —preguntó en un susurro.
—No sé —respondí, acariciándole la mejilla—. Pero no se lo vamos a contar a nadie.
Asintió, y justo entonces escuchamos cómo la puerta principal de la casa se abría abajo. Sin prisa pero sin perder tiempo, nos separamos. Camila recogió su ropa del suelo, se vistió a toda velocidad y salió del cuarto con una sonrisa que no le cabía en la cara.
Esperé unos treinta minutos, lo justo para arreglarme y calmar el rubor, antes de bajar con Mateo en brazos. Lorena y su marido ya estaban en la sala, y Camila se había sentado en el sillón como si nada hubiera pasado.
—¿Cómo te fue hoy? —me preguntó mi hermana—. ¿Cami te ayudó con el bebé?
—Me ayudó muchísimo —contesté, sosteniéndole la mirada a mi sobrina—. Ojalá pueda seguir ayudándome todos estos días.
Camila asintió con una gran sonrisa, bajando la vista al suelo para disimular. Y yo supe, en ese mismo instante, quién iba a estar conmigo la próxima vez que los pechos me pesaran de más.