Lo que nunca le dije a la mujer que amé en secreto
Escribo esto sabiendo que vas a leerlo, Mariana, aunque mañana finjas que no. Llevo diez años aprendiendo a leerte entre líneas, en las canciones que subías a la madrugada, en los silencios largos antes de un mensaje. Sé que vas a leerlo igual que sé el ruido que hacés cuando me extrañás y no querés admitirlo.
Nos conocimos por una aplicación de música. Una tontería. Yo había compartido una canción a las tres de la mañana y vos la pusiste en repetición durante toda esa semana, como si quisieras decirme algo sin tener que decírmelo. Tardamos meses en hablar de verdad. Para entonces ya tenías novio, y yo ya sabía que iba a quererte de una manera que no me convenía.
De una manera que todavía no me conviene.
La primera vez que viniste a verme habías inventado un viaje de trabajo. Apareciste en la puerta del departamento con una mochila chica y los ojos cansados de mentir, y antes de que pudiera ofrecerte un café ya me estabas mirando la boca. Esa mirada tuya, la que tenés cuando dejás de pensar. La conozco mejor que tu voz.
—No vine para hablar —dijiste, y dejaste caer la mochila al piso.
—Ya lo sé.
Te besé contra la pared del pasillo, todavía con el abrigo puesto, porque no aguantaba el metro que nos separaba. Sabías a viaje, a cigarrillo ajeno, a algo nervioso. Te temblaban las manos cuando me agarraste de la nuca, y ese temblor me desarmó más que cualquier palabra. Diez años después todavía pienso en ese temblor.
***
Te llevé al dormitorio sin dejar de besarte. Te fui sacando el abrigo, el suéter, esa camiseta gris que usabas siempre, y vos te dejabas hacer con una docilidad que no era propia de vos. En el resto de tu vida mandabas, decidías, controlabas. Conmigo te entregabas, y creo que era lo único que te permitías no controlar.
Te senté en el borde de la cama y me arrodillé entre tus piernas. No para empezar todavía, solo para mirarte. Tenías la respiración entrecortada y el pecho subía y bajaba bajo el corpiño negro, ese que después supe que te habías puesto pensando en mí. Te pasé las manos por los muslos, despacio, sintiendo cómo se te erizaba la piel.
—Mirame —te pedí.
Y me miraste. Siempre lo hacías cuando te lo pedía así, en voz baja, casi sin aire. Te bajé los tirantes del corpiño con los dientes, uno y después el otro, y cuando lo solté tus pezones ya estaban duros, oscuros, pidiendo boca. Me tomé mi tiempo. Aprendí que la paciencia te volvía loca, que cuanto más despacio iba, más se te tensaba todo el cuerpo hasta que terminabas suplicándome con un hilo de voz.
Te cerré los labios alrededor de un pezón y vos arqueaste la espalda. Con la otra mano te apreté el otro pecho, jugué, tironeé suave, y escuché esa primera exhalación tuya que siempre fue mi recompensa favorita. No el grito del final, no. La primera exhalación, la que se te escapa antes de que decidas dejarte ir.
—Acostate —te dije.
Te dejaste caer sobre el colchón y yo te terminé de desnudar. Te saqué los pantalones, la ropa interior húmeda, los dejé tirados en el piso junto a tu mochila de mentira. Quedaste ahí, abierta para mí, con la luz de la calle entrando por la persiana mal cerrada y rayándote la piel. Nunca te dije lo hermosa que eras así, porque tenía miedo de que las palabras lo arruinaran. Te lo digo ahora, demasiado tarde, como todo.
***
Te besé el cuello, la clavícula, el centro del pecho. Bajé por el vientre mordiendo apenas, sintiendo cómo se te contraía cada músculo a medida que me acercaba. Cuando llegué a la cara interna de los muslos te detuviste a respirar, las dos manos agarradas a las sábanas, anticipando. Soplé despacio sobre tu sexo, sin tocarte todavía, solo para escucharte gemir de pura espera.
—Por favor —dijiste.
Esa palabra. Diez años y todavía la escucho con tu voz exacta.
Te abrí con la lengua de una sola pasada, lenta, de abajo hacia arriba, y todo tu cuerpo se sacudió. Estabas empapada, caliente, lista desde antes de cruzar la puerta. Te recorrí entera, sin apuro, memorizando tu sabor como si supiera ya que algún día iba a tener que sobrevivir con el recuerdo. Te chupé el clítoris suave, después con más presión, alternando, leyéndote en cada respiración para saber cuándo acelerar y cuándo dejarte caer al borde sin empujarte.
Te metí un dedo, después dos, y empezaste a moverte contra mi mano buscando el ritmo que necesitabas. Te lo di. Conozco tu ritmo mejor que el mío. Curvé los dedos hacia adelante, hacia ese punto que te hacía perder la cabeza, mientras seguía con la boca, y sentí cómo te ibas tensando, cómo todo el cuerpo se te volvía una sola cuerda a punto de romperse.
—No pares, no pares —repetías, una mano enredada en mi pelo, empujándome contra vos.
No paré. Nunca te paré. Te sostuve ahí, en el filo, hasta que ya no pudiste más y te viniste con un grito ahogado contra la almohada, las caderas levantadas, los muslos cerrándose alrededor de mi cara, temblando entera durante un tiempo que se sintió larguísimo y a la vez nunca suficiente. Te seguí lamiendo despacio mientras bajabas, recogiendo cada espasmo, hasta que me apartaste riéndote de lo sensible que quedabas siempre.
***
Después me subiste encima tuyo y me devolviste todo con esa intensidad que solo aparecía cuando ya te habías roto una vez. Me besaste con tu propio sabor en mi boca, sin asco, con hambre. Tus dedos encontraron el camino sin que yo tuviera que guiarte. Diez años de saber exactamente dónde, cómo, cuánto. Me hiciste venir dos veces antes del amanecer, y entre una y otra nos quedamos abrazadas en silencio, escuchando los autos de la avenida, fingiendo que el sol no iba a salir.
A las siete tu teléfono vibró en el piso. Era él. Ninguna de las dos lo dijo, pero las dos lo supimos. Te vestiste de espaldas a mí, con esa prisa culpable que ya conocía, y yo me quedé en la cama mirándote, aprendiéndote la espalda por si acaso. Por si acaso era la última. Siempre pensaba que cada vez era la última, y siempre me equivocaba, y por eso esta vez tampoco te creo cuando me digo a mí misma que no voy a buscarte.
***
Pasaron los años así. Vos en tu ciudad, durmiendo al lado de un hombre que te ama de la forma sencilla en que yo nunca aprendí a amar a nadie. Yo acá, saciándome con recuerdos y con las herramientas frías que uso cuando el cuerpo me pide tu nombre a la madrugada. Nos buscábamos en los espacios muertos: un viaje inventado cada tantos meses, mensajes a deshora, una canción colgada para que solo vos entendieras.
Me decía que seguías leyéndome por lástima. Vos me contestabas con otra canción que decía lo contrario. Así nos quisimos: a medias, en clave, robándole horas a tu otra vida. Y fue precioso, Mariana, no voy a mentirte. Fue lo más parecido a la felicidad que conocí, aunque viniera con su dosis exacta de locura.
Hace unos días estaba tan metida en lo mío que casi no te pensaba. Y entonces publicaste cualquier tontería, una foto sin importancia, y abajo él te dejaba un comentario animándote a seguir adelante. Se me vino el mundo encima, como tantas otras veces. Porque por más que yo juegue a estar libre de deseos, ahí están. Él existe, te ama, te lo demuestra a la luz del día. Yo solo existo para vos en la oscuridad.
Hoy decidí, como tantas otras veces, dejar de vivir a tu sombra. De una obsesión que ya me hace más daño que placer. Nunca te dije «dejá todo y vení conmigo», y ahora sé que tampoco te lo voy a decir. No porque no lo quiera. Porque te conozco, y sé que tu temor a la pérdida es tan grande como el mío.
Te amé cuando perdí a mi padre, ¿lo recordás? Apareciste justo en ese momento, de la forma más imprevisible, ahí donde te estaba buscando sin saberlo. Eso no se olvida. No me lo vas a quitar ni vos.
Escribo esto sabiendo que voy a traicionarme. Que mañana, o pasado, voy a buscar la manera de saber algo de vos. Que basta una sola muestra de que seguís viva para que el corazón se me acuerde de todo otra vez. Se viene tu cumpleaños y no tenés idea de cuántas veces lo pensé.
Ahora mismo, mientras termino de escribir esto, acabo de sentir el impulso de buscarte.
Y no sé cuánto voy a resistir.