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Relatos Ardientes

La venda que cambió todo entre dos amigas

Desde la ventana del piso de enfrente, Andrés ajustó el brillo del monitor y se acomodó en la silla. Llevaba semanas vigilando aquel apartamento por encargo, pero hacía días que el trabajo había dejado de ser solo trabajo. Elena estaba a su lado, con una taza de café entre las manos y los ojos clavados en la pantalla.

—Acaba de llegar —dijo él, señalando la imagen.

En el salón iluminado del otro lado de la calle, Lucía dejó caer una mochila de gimnasio junto al sofá y encendió un cigarro. Tenía el pelo todavía húmedo de la ducha y una expresión de fastidio que no se le iba de la cara desde la tarde.

—Parece enfadada —observó Elena.

—Discutió en el vestuario con una amiga. Lo escuché por el audio.

Las cámaras que Andrés había instalado captaban el sonido con una nitidez que a Elena todavía le resultaba inquietante. A través de los pequeños altavoces, oyeron cómo Lucía marcaba un número en el móvil.

—No, no pienso ir nunca a su casa —decía con la voz tensa—. Ya sé que somos amigas, Mara, pero estoy bien con Diego y no quiero saber nada de ese tipo… Vale, ven si quieres. Pero como me hables de él, te largas. Venga, no tardes.

Colgó y se quedó mirando la calle desde la ventana. Pocos minutos después, una chica pelirroja apareció en el portal.

—Ahí está la amiga —murmuró Andrés.

Vieron a Mara subir y, cuando Lucía le abrió, las dos se fundieron en un abrazo largo. La pelirroja le pedía perdón en voz baja por lo del vestuario.

—Me da rabia que no te des cuenta de que te utiliza para acercarse a mí —dijo Lucía, separándose un poco—. Te lo advertí. Es un cabrón.

—Ya lo sé. Soy una tonta por no haberte hecho caso.

Mara bajó la cabeza, avergonzada, y Lucía le limpió una lágrima con el pulgar. Se sentaron juntas en el sofá, muy cerca, y la conversación fue bajando de volumen hasta convertirse en susurros.

—Me da pena esa chica —dijo Elena, sin apartar la vista de la pantalla—. Pero hay algo entre ellas que no es solo amistad.

Andrés no respondió. También lo había notado.

***

—¿Me perdonas de verdad? —preguntó Mara en la imagen.

—Sí. Ya está. Pero que sea la última vez que me metes mano en el gimnasio, ¿eh?

—No lo vuelvo a hacer —Mara estiró el cuello y le rozó la mejilla con los labios—. Pensé que si te ponía cachonda, querrías venir conmigo.

—Pues solo conseguiste que saliera corriendo.

Se rieron las dos, y en ese instante algo cambió en el aire del salón vigilado. Mara desabrochó despacio el primer botón de la camisa del pijama de su amiga y deslizó la mano por dentro de la tela. Lucía cerró los ojos.

En el piso de enfrente, Elena dejó la taza sobre la mesa sin hacer ruido. Andrés estaba de pie detrás de su silla, con las manos sobre sus hombros, y ella sintió cómo le apretaba un poco la piel.

—Me encanta el tacto de tus pechos —se oyó decir a Mara por el altavoz.

—Te voy a matar —respondió Lucía, pero no la apartó.

—¿Te gusta que te los acaricie?

—¿Tú qué crees? —Su voz había bajado, ronca.

Mara se deslizó hasta quedar de rodillas en el suelo, entre las piernas de su amiga, y le abrió del todo la chaqueta del pijama. Se quedó mirándole los pechos desnudos con una mezcla de admiración y de hambre que la cámara captaba sin pudor.

—Qué bonitas son —dijo, casi para sí misma—. ¿Me dejas besártelas?

—Sí. Bésamelas, por favor.

Andrés se inclinó y acercó la boca al oído de Elena. Le rozó el lóbulo con la lengua y notó cómo ella se estremecía bajo sus manos.

—Los tuyos también están duros —susurró, deslizando la palma por dentro de su camiseta—. ¿Te gusta mirarlas?

—Sí —contestó Elena con la respiración entrecortada, sin dejar de mirar el monitor—. ¿Y a ti?

—Mucho.

En la pantalla, Mara repartía besos cortos por toda la superficie de los pechos de Lucía. Cuando atrapó un pezón entre los labios, la chica arqueó la espalda y soltó un sonido grave que se coló por los altavoces. Era evidente, por la forma torpe y ansiosa en que lo hacía, que era la primera vez que la pelirroja chupaba los pechos de otra mujer. Y le estaba gustando tanto como a su amiga.

—Estoy muy cachonda —dijo Mara, apartándose un momento solo para quitarse la camiseta y el sujetador deportivo de un tirón.

—Ven —le pidió Lucía, mirándole el pecho desnudo—. Siéntate sobre mis piernas.

Ahora era Lucía la que besaba y mordisqueaba los pezones de su amiga, mientras Mara le rodeaba el cuello con los brazos y arqueaba la espalda para ofrecerse más. Los gemidos de las dos se mezclaban en una sola línea de sonido que llenaba el salón vacío del piso de Andrés y Elena.

***

—Qué placer me das —jadeó Mara—. Espera un momento, por favor.

Se levantó y desapareció un instante del encuadre. Lucía la miró marcharse, desconcertada.

—¿Adónde vas?

—Vuelvo enseguida.

Regresó con algo negro en la mano. Tardaron en distinguirlo: era un antifaz de los que se usan para dormir.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Lucía, entre divertida y nerviosa.

—Tú déjame a mí. No digas ni hagas nada.

Le pasó la cinta elástica por detrás de la cabeza y le acomodó la tela sobre los ojos. Movió una mano delante de su cara.

—¿Ves algo?

—¿Cómo voy a ver, con los ojos tapados? Me estás asustando con tanto misterio.

—Calla —Mara le besó los labios, se separó un segundo y la volvió a besar, esta vez más despacio, con la boca entreabierta—. Chsss. No digas nada.

Elena se había acercado tanto al monitor que su aliento empañaba apenas el borde de la pantalla. Andrés deslizó una mano hasta su vientre y bajó lentamente, y ella separó las rodillas sin apartar los ojos de las dos mujeres.

—Mira lo que hace —murmuró Elena.

En el otro salón, Mara descendía con la boca por el cuello de su amiga, luego por el esternón, después por el estómago. Lucía levantó las caderas casi sin querer cuando sintió que le tiraban del pantalón del pijama hacia abajo.

—El otro día me quedé con las ganas de hacerte esto —oyeron susurrar a la pelirroja.

—Pero…

El resto de la frase se perdió en un gemido. Mara le había abierto las piernas y había hundido la cara entre ellas. La lengua, inexperta y curiosa, buscaba el ritmo a tientas, y a juzgar por cómo Lucía se retorcía contra el sofá, lo estaba encontrando.

—No, Mara, eso no… —protestó débilmente, sin convicción.

—Chsss.

Andrés deslizó los dedos entre los muslos de Elena, imitando sin proponérselo lo que sucedía en la pantalla. Ella echó la cabeza hacia atrás, contra su pecho, y dejó escapar un suspiro largo.

—Hazme lo mismo que ella le hace —le pidió en voz baja—. Quiero sentir lo que está sintiendo.

***

En el salón vigilado, la curiosidad de Mara la había llevado más lejos. Sin dejar de lamerla, había acercado un dedo y lo movía despacio en círculos, explorando, hasta que Lucía dio un respingo.

—No, ahí no, por favor —jadeó, intentando apartarla con una mano que no tenía fuerza.

—Tranquila. ¿No te gusta?

—Sí me gusta, pero… —Otro gemido la interrumpió.

—No pasa nada. Somos amigas. Así descubres lo que se siente.

Elena observaba fascinada cómo el dedo de la pelirroja entraba y salía con una lentitud paciente, mientras la lengua seguía trabajando más arriba. Sentía las manos de Andrés moverse al mismo compás contra su propio cuerpo y, sin darse cuenta, había empezado a mover las caderas para salir a su encuentro.

—Las dos están temblando —dijo Andrés, con la voz tomada.

Era verdad. En la pantalla, Lucía había empezado a temblar de la cintura para abajo, y Elena, conectada a ella desde el otro lado de la calle por un cable de fibra y una pantalla, temblaba igual.

—Me voy a correr —se oyó decir a Lucía.

—Yo también —respondió Elena en voz alta, como si pudiera hablarle desde aquel salón en sombras—. Yo también, cariño.

Llegaron casi a la vez. Lucía con un grito ahogado contra el cojín, las caderas levantadas del sofá; Elena con la espalda arqueada contra Andrés, sus dedos clavados en el antebrazo de él. Durante unos segundos ninguno de los cuatro dijo nada. Solo se oía, por los altavoces, la respiración agitada de las dos amigas recuperándose.

***

Cuando Lucía se quitó el antifaz, miró a Mara con los ojos brillantes y una sonrisa entre culpable y agradecida.

—Eres una bruja —le dijo.

—¿Una bruja buena?

—La mejor.

Se acomodaron juntas en el sofá, piel contra piel, y la pelirroja le acariciaba el pelo mientras Lucía le besaba la curva del hombro.

—¿Sabes lo que me da rabia? —dijo Lucía, con la voz adormilada—. Que con Diego nunca me atrevería a contar nada de esto.

—No tienes que contarlo. Es nuestro.

—Nuestro —repitió ella, como probando la palabra.

En el piso de enfrente, Andrés apagó el monitor y la habitación quedó a oscuras. Elena seguía recostada contra él, todavía con la respiración entrecortada, y por primera vez en semanas ninguno de los dos miraba la pantalla.

—Tendríamos que dejar de hacer esto —dijo ella, sin moverse.

—Lo sé.

—No vamos a dejarlo, ¿verdad?

Andrés no contestó. Le buscó la boca en la oscuridad y la besó despacio, y esa fue toda la respuesta que Elena necesitaba. Afuera, las luces del salón de enfrente se apagaron una a una, y las dos amigas se fueron a dormir abrazadas, sin sospechar que su secreto ya no era solo de ellas.

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Comentarios (4)

Lena_Rivas

Que buenisimo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

MariaJoseBA

Por favor tiene que haber una segunda parte, me quede con tantas ganas de saber como sigue entre ellas...

CurioNocturno

Me recordo a algo que viví con mi mejor amiga, aunque no llegamos tan lejos jaja. Muy bien escrito

Pili_Noche

La tension que se siente desde el principio es increible. Como lo describis es demasiado bueno

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