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Relatos Ardientes

Desperté antes que ella y no pude contenerme

Sentirla abrazada a mí aquella mañana fue, sin duda, el mejor despertar que podía pedir. La tibieza de su cuerpo desnudo encajado contra el mío, su respiración lenta rozándome el hombro. Tenía cara de ángel, los ojos todavía cerrados, apurando ese sueño reparador que solo deja una noche entera de sexo.

El sol apenas se colaba por las rendijas de la persiana, lo justo para dibujar las formas de la habitación. Nuestra ropa seguía desperdigada por el suelo, testigo mudo de las horas anteriores, de unas caricias que solo entendemos las que sabemos lo que es desear a otra mujer.

La noche anterior nos habíamos encontrado casi por accidente, en una mesa apretada de un bar del centro, y bastó una conversación demasiado larga y dos copas de más para que terminara trayéndola a mi cama. Lo que prometía ser una sola vez se convirtió en horas, y ahora la luz tímida de la mañana me sorprendía sin ganas de que se marchara.

Levanté las sábanas con cuidado, lo suficiente para contemplar a placer aquel cuerpo que, por una noche, había sido enteramente mío.

En la penumbra distinguí sus pechos, firmes, abandonados ahora a su propio peso, huérfanos de manos. Sentí la urgencia de tocarlos, pero me contuve. Aguanté mis propias ganas de apretar aquellos senos que me atraían como un imán de carne tibia. Todavía no tenía suficiente de ella. No quería despertarla, no aún.

Su vientre era un tobogán hacia el centro de mi deseo. Liso, marcado por un ombligo que pedía a gritos ser besado, lamido sin prisa. Me costaba contenerme.

Alcé un poco más la sábana y mis ojos llegaron hasta esa piel suave que se me antojaba imposible. El corazón me golpeaba fuerte dentro del pecho, como si fuera la primera vez.

Un vello púbico recortado, ni demasiado ni poco, apenas una sombra sobre ese triángulo que para mí era un templo al que peregrinar cada atardecer, cada amanecer. Sus piernas, ligeramente separadas, marcaban dos caminos que indicaban exactamente la dirección que quería seguir.

Se me hacía la boca agua solo de imaginarme hundida entre aquellos pliegues de carne cálida. Quería meter la lengua en su fuente y calmar de una vez esta sed que me devoraba desde dentro.

Ella seguía sumergida en el mundo de los sueños, completamente ajena a mi mirada, a mi deseo contenido, al escrutinio al que sometía cada poro de su piel. La miré entera, despacio, sintiendo algo parecido a la envidia, pero feliz de poder admirar aquel cuerpo que descansaba junto a mí.

Aparté con dos dedos un mechón de pelo que le cruzaba la cara. Su boca entreabierta prometía besos lentos y húmedos. Conocía el color de sus ojos, escondido ahora tras los párpados: ese verde mar que confundía cuando me miraba de cerca, dos esmeraldas talladas sobre una cara de porcelana.

Despiértate ya. No, no te despiertes todavía.

Llevada por el deseo, deslicé la mano hasta acercarme a la tentación de su carne expuesta. La calidez de su pecho me acogió de inmediato. Suave, gentil al tacto, redondo y firme, coronado por un pezón rosado que apetecía morder sin más. Lo amasé despacio, midiendo cada movimiento para no interrumpir su sueño.

Mis dedos redescubrieron lo que era tocar el cielo. Solo la pequeña dureza de su pezón rompía la lisura de la caricia furtiva. Lo recorrí entero hasta sentir en la palma ese calor de mujer que hace olvidar dónde estás y qué hora es.

Parecía que nunca antes hubiera tocado a otra mujer. Un regalo que abría por primera vez, hecho realidad. Me invadía ese temblor de adolescente que descubre lo prohibido y no sabe si reír o salir corriendo. Llevaba años con otras, con prisas y con costumbre, pero ninguna me había hecho sentir esta mezcla de paciencia y hambre al mismo tiempo.

Dejé que mi mano vagara hacia abajo, sin miedo pero sin ansiedad. Me detuve en el pequeño hueco del ombligo, en la calma de su carne, en el subir y bajar lento de su respiración profunda. Bajé más, más allá de la cintura, sumergiéndome en esa tibieza hasta sentir un escalofrío que me encogía el alma sin ganas de dar un paso atrás.

Y me dejé llevar por la marea. Olvidé el momento y el lugar. Pasé por encima de las últimas barreras para sentir en las yemas la suavidad del monte que tantas veces había imaginado. El vello amortiguaba mi caricia, justo antes del borde.

Un gemido apenas audible, una queja dormida, me sobresaltó. Me quedé quieta como una niña sorprendida en una travesura. Pero no pasó nada. Era solo el eco de un sueño.

Volvió la calma.

Y con ella regresó el ansia de llegar hasta el final. Un paso más, apenas unos centímetros de carne caliente, y se abrían las puertas que llevaba toda la mañana espiando. Mis dedos rozaron la delicadeza que me nublaba el pensamiento. Uno más, solo uno, y estaba alcanzando su intimidad.

Mis ojos acompañaron a mis dedos, buscando la razón de esta inquietud que me carcomía. Todavía estaba cerrada, mis caricias aún no abrían puerta alguna. Insistí. Necesitaba verlo, tocarlo y, si podía, saborearlo.

Fue mi propia saliva el gel que convirtió la caricia en un tormento suave que me atreví a sostener. Primero con sutileza, sin entrar en detalles, solo para sentir ese latido en la punta del dedo. Acariciaba como sin fuerza, pero sin rendirme. Tenía que calmar esa necesidad que me nacía en las entrañas.

Poco a poco se abrieron sus pliegues. Mis pupilas adivinaron el origen de todo. Una pequeña dureza húmeda me dijo que iba por buen camino.

Apoyé la cabeza con cuidado sobre su vientre. Su olor me empañó los sentidos de golpe. Un nuevo gemido me pareció carta blanca para seguir.

Con suavidad empujé la carne de sus muslos hasta apartar la última barrera. Frente a mí, por fin, el santuario que llevaba semanas soñando. No pude reprimir la urgencia de tocarlo con la boca.

Una humedad incipiente me recibió. Entre mis dedos rodaba el fruto de la pasión que me anulaba el pensamiento. Acariciaba y tocaba con avaricia, igual que en las horas oscuras de la noche, gobernada por esa prioridad que manda en el sexo. Necesitaba sentirla latir contra mi lengua.

Acomodé el cuerpo para acercarme aún más a aquel lugar prohibido. Se ofrecía ante mí como una aparición deseada. Lo miré de frente. Ya no había vuelta atrás.

Adelanté la boca y posé un beso suave. Un lamento me sobrecogió. Levanté la vista buscando su cara y las esmeraldas de sus ojos me miraron con una ternura que me desarmó. Me dio vía libre separando los muslos un poco más. Había despertado de un sueño para hundirse en otro, más real, más tangible, más sensible.

—No pares —murmuró con la voz pastosa del sueño.

No tenía la menor intención. Hundí la boca en el pozo que se abría ante mí. Bebí del manantial que calma a la vez la carne y el alma.

Mi lengua recorrió sus caminos profundos, arrancándole temblores, saboreando esa marea que estallaba en mi paladar. Lentamente me sumergí del todo. Su pulso me envalentonaba, sus gemidos me animaban. La mano que se hundió en mi pelo me empujó contra ella, marcándome el ritmo, pidiéndome más.

—Así, justo así —jadeó, y arqueó la espalda.

Atenacé sus glúteos entre las manos para impedirle cualquier huida. La carne firme se convirtió en mi asidero mientras la boca seguía buscando su clítoris hinchado. Mi saliva lo endulzaba y sus gemidos subían de tono, cada vez menos contenidos.

Devoré todo lo que alcanzaba. Aguanté la presión de sus muslos contra mis oídos. Verla retorcerse era la confirmación de que había valido la pena despertar antes que ella.

Apenas tuve tiempo de prepararme. Aun viéndolo venir, me sorprendió el espasmo que la sacudió entera. El nudo de sus piernas me impidió retirarme. Aguanté como pude el terremoto que asolaba su cuerpo, zarandeada por las olas de su carne, empapada por una humedad que no dejaba de mojarme los labios, la boca, la cara.

De lejos, como desde otro mundo, me llegaban sus gemidos rotos. Quejidos de placer que retumbaban contra las sábanas y la cortina. El éxtasis se hacía palabra, palabra y carne en aquella comunión de dos mujeres que enrojece las mejillas y endurece los pechos, que golpea las sienes y arrebata la piel entera.

Después llegó la languidez de dejarse caer en un acantilado de sueño. Adormecerme con la mejilla apoyada en su muslo todavía tembloroso, sintiendo cómo se le aflojaba el cuerpo poco a poco. Y unos ojos turquesa que volvían a esconderse tras los párpados perfectos.

La cubrí de besos, desde el pubis hasta el pecho. El cuello, los labios, las mejillas. Cada beso era una manera de decirle gracias sin gastar palabras.

Me dejé caer cara a cara con ella, mirándola. No dijo nada. Solo una mano que apretó la mía como único agradecimiento.

Quizás más tarde le devuelva lo que me ha regalado.

Quizás. Por ahora prefería quedarme así, costado contra costado, sintiendo su piel caliente y ese sopor dulce que nos envolvía a las dos. Afuera el día empezaba sin nosotras, y a ninguna le importaba.

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Comentarios (4)

Meli_cordoba

que relato mas hermoso, me encantó!!!

NightReader77

Por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de saber que pasó cuando ella abrió los ojos jajaja. Segunda parte!

Valentina_Cor

Me tomé un rato para leer esto y valió cada minuto. Muy bien escrito, se siente intimo y real.

solitaria_bn

Hay segunda parte? pregunto porque quedé muy intrigada con el final :)

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