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Relatos Ardientes

No podía dejar de mirar a mi compañera de oficina

Hoy ha vuelto a pasar. Me la he cruzado en el pasillo y, durante un segundo, se me ha olvidado hasta cómo se respira. Intento hacer memoria y me cuesta creerlo: hace apenas unos meses Noa no era más que una desconocida, o peor todavía, una simple compañera de trabajo. Y de un día para otro se ha convertido en el centro de mi obsesión.

Creo que todo empezó hace un mes, la tarde que coincidimos en el baño de la oficina. Yo llevaba unos vaqueros gastados, una camiseta cualquiera y unas zapatillas que ya pedían a gritos la basura. Nada especial. Y aun así, mientras me lavaba las manos, mi mente la imaginó de una forma completamente distinta a la que tenía delante.

Ella se giró hacia el espejo, se acomodó esos rizos largos y esponjosos que siempre lleva sueltos, me miró de arriba abajo y me dijo:

—Tía, hoy vas guapísima.

No fue gran cosa. De hecho, después de soltarlo se colocó bien la blusa y se marchó como si nada, dejándome completamente descolocada. No supe qué responder. Me quedé quieta, siguiendo con la mirada cada uno de sus movimientos mientras se alejaba. Espalda recta, hombros echados hacia atrás, caderas marcadas y, para qué nos vamos a engañar, un culo que cortaba el aliento. Toda ella era una figura imposible de ignorar, envuelta en un perfume de vainilla que me embriagaba.

Desde aquel día empecé a encontrármela en todas partes. O quizá era yo la que le daba demasiada importancia a su presencia. Junto a la máquina de café, con la espalda apoyada en la pared y el vaso de papel entre las manos. De camino al comedor, caminando con esos pasos tan seguros de sí misma. Apoyada en la mesa de algún compañero cada vez que iba a resolverle un problema en el ordenador, en una postura que me invitaba a recorrerla entera con los ojos y que terminaba, siempre, en el mismo sitio.

Yo quería hablarle, pero la vergüenza me lo impedía. Toda la vergüenza que a ella, por lo visto, le sobraba. Noa era así: alegre, habladora y sin un solo filtro. Si tenía que decirle a alguien «¿Llevas un mes sin apagar el ordenador? Madre mía, qué vergüenza», se lo soltaba sin pensarlo dos veces. Y era justo esa forma tan directa de ser la que me hacía girar la cabeza cada vez que escuchaba su voz al otro lado de la oficina. Ese era su magnetismo, su arma secreta.

Me pasaba las horas inventando excusas para coincidir con ella. Bajaba a por café cuando no me apetecía, alargaba el almuerzo si la veía sentada en el comedor, fingía que mi equipo iba lento solo por la remota posibilidad de que la mandaran a mi mesa. Nunca lo conseguí, claro. Y mientras tanto, cada gesto suyo se me quedaba grabado: la forma en que se mordía el bolígrafo cuando leía algo en la pantalla, el tirante del sujetador que se le asomaba al inclinarse, la risa ronca que soltaba cuando algo le hacía gracia de verdad.

Por las noches, en casa, repasaba esos detalles uno por uno como quien guarda un secreto vergonzoso. Me decía a mí misma que era una tontería, que se me pasaría, que no era más que una compañera atractiva y nada más. Pero cada mañana, en cuanto cruzaba la puerta de la oficina, mis ojos la buscaban antes de que mi cabeza tuviera tiempo de decidirlo.

***

Hace unos días me escribió por el chat interno. Había una incidencia en mi equipo y tenía que revisarla. Me preguntó si estaba ocupada y, ante mi negativa, se acercó a mi mesa y se sentó a mi lado para mirarlo conmigo. Tenerla tan cerca me ponía la piel de gallina.

—Esto ya está listo, Irene. Ahora reinicia el ordenador y prueba a ver si va igual de fino. ¿Crees que podrás? —me dijo con un tono amable, casi divertido.

Creo que era la primera vez que me hablaba tanto seguido.

—S-sí... claro que puedo —respondí, sin poder evitar el titubeo.

La mano me temblaba sobre el ratón mientras la miraba. Sin darme cuenta, bajé la vista hasta sus labios pintados de rojo, siempre tan perfectos. Fue algo instintivo, incontrolable.

—Creo que esto te hace más falta a ti que a mí —dijo entonces, sacando una chocolatina del bolsillo y partiéndola por la mitad para darme un trozo—. Lo estás haciendo muy bien. Es una pena que siempre andes tan ocupada. Eres la única del equipo a la que todavía no conozco bien, pero espero que pronto coincidamos más.

Sus palabras me sorprendieron, aunque no tanto como el gesto. Era, precisamente, mi chocolatina favorita, mi debilidad de toda la vida. Tal vez por eso lo único que se me ocurrió contestar fue:

—¡Gracias! ¿Sabías que es mi favorita?

¿En serio? ¿Eso era lo mejor que se me ocurría decirle? ¿Acaso soy boba?

Boba o no, inexperta o simplemente torpe, ella me respondió con media sonrisa mientras se levantaba de la silla y se inclinaba un poco hacia mí.

—También es la mía —me susurró al oído—. Creo que una de estas puede alegrarte la mañana.

Y entonces se llevó su mitad a la boca, despacio, sin dejar de mirarme a los ojos. Después, como si no hubiera pasado nada, se marchó. Me dejó con media chocolatina en la mano y una cara de tonta reflejada en las pantallas apagadas del escritorio.

***

Los días siguientes, casi sin darme cuenta, empezamos a hablar por el chat a todas horas. Se convirtió en una costumbre. Yo le contaba lo pesado que era que me devolvieran un informe una y otra vez con correcciones, y ella me contaba cómo notaba que los compañeros se la comían con los ojos cada vez que cruzaba la planta. «Qué vergüenza», escribía, entre risas. Y yo me preguntaba en silencio si se habría dado cuenta de que yo también formaba parte de ese grupo de babosos. Si lo sabía, nunca lo mencionó.

Luego empezamos a mandarnos canciones. No creo que haya forma mejor de conocer a alguien que a través de la música, y me sorprendió descubrir lo mucho que se parecían nuestros gustos, aunque ella no tuviera pinta de pasarse los fines de semana bailando hasta el suelo, como yo. Porque sí, en la oficina llevaba la timidez por bandera, pero esa timidez se le evaporaba los sábados por la noche, en la pista de cualquier discoteca y con una copa en la mano.

Después de la música llegó el intercambio de cuentas de redes, y las conversaciones se mudaron allí. Para cuando llegó el verano ya hablábamos a cualquier hora del día. De vez en cuando me decía lo guapa que salía en una foto, o la envidia que le daban los sitios a los que iba. Pero yo era incapaz de confesarle que lo que a mí me tenía embobada era su cuerpo bronceado, ese que lucía espectacular en la última foto que había subido, posando con un bikini azul junto a una amiga en la playa.

Aquella imagen despertó en mí un deseo que ya no podía frenar. Después de darle al «me gusta», sola en la penumbra de mi apartamento, no fui capaz de contener el impulso. Llevé una mano por debajo de la cinturilla del pantalón, aparté la ropa interior y empecé a acariciarme despacio, con la pantalla del teléfono todavía iluminada sobre el pecho.

Me la imaginé susurrándome al oído, posando una de sus manos suaves en mi cuello mientras me guiaba hacia su boca. Quería que mi mano fuese la suya. Que fuese ella quien me tocaba, que fuesen sus dedos los que abrían mis labios y dibujaban círculos sobre mi clítoris, cada vez más rápido, cada vez más impacientes.

Cuando estaba a punto de llegar, busqué un lugar donde apoyar el móvil para poder seguir mirándola mientras mis dedos se hundían en mí. Para entonces ya me había quitado el pantalón, la espalda se me arqueaba contra el sofá, los jadeos se volvían imposibles de contener y los ojos se me cerraban solos. No quería que terminara, pero apenas controlaba ya los temblores de mi propio cuerpo. Y sin darme cuenta, con el pulgar resbaladizo, pulsé el botón de la videollamada.

***

Para cuando entendí lo que había hecho, Noa ya había descolgado. Me había visto jadear, morderme los labios y arquearme hasta el final, incapaz de parar a tiempo. No fui consciente de nada hasta que, mientras intentaba recuperar la respiración, la oí aplaudir despacio al otro lado, echándose un poco hacia atrás para que la cámara la enfocara mejor.

—Joder, nena. Menudo espectáculo, ¿eh? —dijo, con la voz cargada de una calma que me hizo arder—. Aunque creo que te has confundido al llamarme. Pero tranquila, esto queda entre nosotras.

Y antes de colgar, lanzó un beso a la cámara.

—Ahora tengo muchas más ganas de que llegue el lunes a la oficina.

Después, acompañada de esa media sonrisa juguetona que ya me conocía de memoria, cortó la llamada. Yo tragué saliva, todavía con el aliento entrecortado y la cara ardiendo. Ya no había vuelta atrás. Y en lugar de la vergüenza que debería haber sentido, lo que noté fue otra cosa: la mano volviendo, sola, a deslizarse entre mis piernas.

La acaricié de nuevo pensando en sus palabras, convencida de que escondían una promesa. Una sorpresa que me daría el lunes, en cuanto cruzara la puerta de la oficina, y que yo pensaba recibir con unas ganas que apenas podía soportar. Las mismas ganas con las que ahora me mordía los labios, gemía su nombre en voz baja y la imaginaba, por fin, sentada a mi lado.

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Comentarios (4)

Ceci_Rosario

excelente!!! me encanto desde el principio

Juli_Rdz

Por favor tiene que haber segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo entre ellas

MartaR

Me senti muy identificada con esto, esas miradas en la oficina que dicen todo sin decir nada. Lo contaste genial

LectoraAnsiosa

Tremendo relato, se hizo cortisimo!!

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