La vecina que volvió al barrio diez años después
Para la mayoría de la gente, los años de la universidad terminan convertidos en un recuerdo borroso, una sucesión de caras y aulas que se desdibujan con el tiempo. En mi caso no fue así. Hubo una persona que jamás pude olvidar, sin importar a cuántas conociera más adelante. Noelia siempre tuvo un lugar aparte en mi memoria, un lugar al que nadie más llegó.
Era mi vecina. Una mujer de unos cuarenta y cinco años, con los ojos más azules que vi en mi vida y un cabello rubio tan claro, casi albino, que parecía iluminado desde dentro. Tenía una librería pequeña a dos cuadras de casa, y yo inventaba cualquier excusa para entrar: que necesitaba un libro para la facultad, que buscaba un cuaderno, lo que fuera. Nunca entendí por qué se quedaba tanto rato conversando conmigo, pero tampoco me importaba averiguarlo.
Por aquel entonces yo era una chica tímida y solitaria. Arrastraba el peso de unos años de secundaria horribles, de burlas y silencios, y la única hora del día que esperaba con ganas era la que pasaba entre sus estanterías. Noelia me comprendía de una forma que nadie más lograba. Al principio creí que solo era amable, casi maternal. Pero poco a poco, sin darme cuenta, empecé a desearla de otra manera.
Me apasionaba la poesía, esa que mis compañeras despreciaban y que para ella era un tesoro. Una tarde le dejé mi libreta de versos con la excusa de que me daba vergüenza que otros la vieran. A Noelia le encantaba que compartiéramos ese pequeño secreto. Lo que yo no calculé fue a su marido.
Rubén era un borracho empedernido. Una noche llegó ebrio, encontró la libreta y la cubrió de insultos, convencido de que era de un amante. Al día siguiente Noelia me contó todo, temblando, y me dijo que ya no podía guardar mis poemas. Sentí una necesidad urgente de arreglarlo, así que fui a buscarlo a su taller.
—Por favor, no se enoje con ella. La libreta es mía, mire mi letra —le dije, mostrándole mis cuadernos con la voz quebrada.
—Ya está, ya no me importa —respondió sin levantar la vista—. Andate a tu casa.
Me trató como a una cría, y eso me hirió más que cualquier insulto. Aquel hombre que apenas pisaba su casa, que nunca escuchaba a Noelia, que trabajaba dos días por semana cuando mucho, me miraba por encima del hombro. No pienso rendirme. Nunca.
Desde entonces aprendí sus horarios. Sabía a qué hora se iba y que no volvía hasta pasada la madrugada. Y en esa ventana, entraba en acción.
***
Una tarde me quedé hasta casi entrada la noche. Noelia me hizo pasar y me pidió que la esperara, que necesitaba ducharse. Yo, curiosa y descarada, no resistí la tentación de mirar por la rendija de la puerta.
Sus pechos eran enormes, y los miré hipnotizada mientras el agua le resbalaba por la piel. Su cuerpo era voluptuoso, generoso, hecho para mirarlo. La vi agacharse a depilarse las piernas, vi la curva de sus caderas, esa piel blanca y suave que parecía no haber tomado nunca el sol. Cuando estiró la mano hacia la toalla, volví corriendo al sillón de la entrada, con el corazón golpeándome las costillas.
Salió sin sostén, con una camiseta turquesa de algodón y un jean que le marcaba todo el cuerpo. La miré embobada y, haciéndome la inocente, le pedí si podía peinarla. Aceptó. Hebra por hebra, fui desenredando su cabello como si tocara algo sagrado, deteniéndome a acariciarle la nuca cada tanto. Ella sonreía, complacida. Yo tenía la cabeza en otro lado, en cosas que ni siquiera sabía nombrar todavía.
—¿Escribiste poemas nuevos? —me preguntó.
—Algo escribí. Pero me dijiste que ya no podía mostrártelos. Rubén se va a enojar otra vez.
—Ya no me importa lo que él diga. Siempre arruinó todo lo que me hizo feliz. Vos sos una chica brillante, no dejes que gente así te apague.
—¿Querés que te escriba algo ahora? —dije, sin pensarlo.
—No sé, recién venís de la facultad, debés estar cansada.
—Estar con vos me hace bien. Con el chocolate que me preparaste me alcanza para inspirarme.
Saqué una hoja y un bolígrafo de mi bolso. Me tomé una pausa para encontrar las palabras y empecé a escribir algo deliberadamente subido de tono, versos sobre un cabello dorado y unos labios prohibidos, sobre dedos que recorrían una piel de alabastro. Cuando se lo recité con los ojos puestos en los suyos, supe que ella entendía perfectamente de quién hablaba.
—Me hiciste volar —murmuró—. ¿De dónde sacás tantas palabras hermosas?
—Del alma.
—Vení, quiero decirte algo.
Creí que me besaría, que algo cambiaría entre nosotras esa noche. Pero solo me abrazó y me acarició el pelo, como si yo siguiera siendo aquella chiquilla asustada de la librería. Daba igual. Mi cuerpo registró otra cosa: un cosquilleo en la entrepierna que no sabía explicar, un calor nuevo. Aquel deseo por Noelia era algo de lo que jamás hablaría con nadie.
***
Noelia cargaba una soledad enorme. Vio cómo sus dos hijas se fueron de casa demasiado pronto, detrás de hombres que no las merecían, y en sus ojos quedó instalada una tristeza que ya no se iba. Buena mujer, entregada a su hogar, y le pagaron con un marido borracho que encima la engañaba.
El día menos pensado, hizo las maletas y se marchó a un pueblo perdido, lejos de todo. Supe después que allá había rehecho su vida, que tenía algo parecido a la calma. Cuando me enteré, fingí que me alegraba. Después me encerré en el baño a llorar hasta gastar el rollo entero de papel. No me cabía en la cabeza que mi único refugio se hubiera ido sin dejar un número, una dirección, nada.
Cada vez que pasaba frente a esa casa vacía sentía el dolor de un disparo en el pecho. A Rubén no lo saludaba ni por cortesía; era mi eterno rival, el culpable de todo, y en silencio le deseaba las peores cosas.
Pero la vida siguió, como sigue siempre. Me enamoré varias veces, sin que ninguna historia dejara una marca de verdad. Tropecé, perdoné, terminé mis estudios. Me apasioné por la música y, con mucho esfuerzo, me convertí en cantante profesional y logré mudarme a mi propio departamento.
***
Una tarde fui a visitar a mi madre. Y de casualidad, entre frase y frase, se me cayó el mundo encima.
—Volvió tu amiga —dijo Marta, mi madre, como quien comenta el clima.
—¿Cómo? ¿Quién?
—Noelia. ¿No te acordás? Vivías pegada a ella.
—Mamá, no lo digas así.
—Pero es la verdad. Creo que tenías más confianza con ella que conmigo.
—Éramos amigas, nada más. ¿No te dabas cuenta de lo sola que estaba esa mujer?
—Claro que sí. Tu corazón siempre fue muy noble. ¿Sabés por qué volvió?
—Ni idea —dije, con falsa indiferencia, mientras por dentro todo se sacudía.
Mi madre, que me lee como a un libro abierto, detectó mi necesidad en el silencio que siguió.
—¿Y si vamos a verla? Tengo que pasar por el mercado igual. Si está, la saludamos.
—Como quieras —respondí, conteniendo las ganas de salir corriendo.
Caminamos las dos cuadras de siempre. Yo asentía a las naderías de mi madre mientras el cuerpo entero me temblaba y las manos se me ponían frías. Antes de llegar respiré hondo, como si encarara el escenario más importante de mi vida.
Y ahí estaba. Verla fue un golpe. Los años no habían pasado por ella: seguía igual de luminosa, igual de imposible. La saludé con timidez, pero ella me abrazó de inmediato.
—¡Qué alegría verte! —exclamó.
—¡Noelia!
Su beso en la mejilla fue largo, intenso, como si le costara despegarse. Mi madre intercambió un par de frases de bienvenida y enseguida puso la excusa perfecta: tenía que cocinar antes de que volviera mi padre, y si no era molestia, yo podía quedarme.
—Nunca digas eso. Su compañía siempre fue mi faro —contestó Noelia.
Hubo un silencio cargado, de esos que se prestan a mil interpretaciones. Mi madre se despidió y nos dejó solas.
***
—Siempre pensé que este momento no iba a llegar nunca —dijo Noelia, una vez dentro.
La miré de reojo. El nudo en mi garganta empezaba a aflojarse. Había tantas preguntas, tantos sentimientos crecidos en su ausencia, y sin embargo todo se volvía simple a su lado.
—Yo también lo creía —respondí—. Pensé que todo lo que viví con vos iba a ser solo un buen recuerdo.
Giró el rostro y sus ojos buscaron los míos con una intensidad que me dejó sin aire.
—Nunca dejé de pensar en vos. Cuando me fui, fue más difícil de lo que imaginé. Me quedaba mirando la ventana, esperando verte, aunque sabía que estabas en la ciudad y que no podía tenerte. En mi cabeza repetía siempre lo mismo: «quizás en otra vida».
Su confesión me llenó de un calor que no sentía hacía años. Me incliné hacia ella, incapaz de frenar el impulso.
—Yo nunca pude olvidarte —admití—. Incluso cuando tenía motivos para hacerlo, te pensaba.
—No fue solo cosa tuya. Siempre supe que había algo entre nosotras, pero no me atreví. Eras mucho más joven, recién empezabas tu vida, y yo estaba hecha un desastre. Me convencí de que tenía que dejar esos sentimientos atrás. Nunca pude.
—¿Por qué no me dijiste nada? —pregunté, y el reproche se me escapó solo.
Tomó aire antes de mirarme de nuevo.
—Por miedo. Miedo de lo que significaba, de lo que iba a trastocar. Sentí que era egoísta arrastrarte a mi necesidad de amor. No quería que pagaras por unos problemas que me tocaba resolver a mí. Por eso me fui lejos.
Cada palabra tocaba un rincón que llevaba años en silencio. Por fin entendía su partida.
—¿Y ahora cómo te sentís? —pregunté, con la voz apenas audible.
—Como si hubiera vuelto a buscar algo que dejé a medias. Algo que quiero explorar, sin el miedo de antes. Estoy acá, y no pienso desaprovecharlo.
—Yo tampoco —respondí, mientras una lágrima rebelde me mojaba la mejilla—. Esperé este momento demasiado tiempo.
Nos quedamos en silencio otra vez, pero ahora era distinto. Noelia se inclinó despacio y nuestras frentes se tocaron. No hacía falta decir nada más. Sin preámbulos, la besé con todo lo que tenía, ahí mismo, en el umbral, donde cualquiera podía vernos. El morbo de saberlo me encendió todavía más.
—Entrá, entrá… Dios mío, qué fogosa sos. No conocía esta parte tuya —dijo entre risas.
Le solté el pelo, y sus rizos se abrieron como un lirio amarillo. Ella seguía besándome mientras una lágrima le rodaba por la cara; se la enjugué y volví a abrazar todo ese cuerpo enorme y protector que tantas veces había imaginado.
Le levanté la blusa y empecé a besarle cada parte de la piel, repitiendo contra su cuerpo que la amaba, que nunca iba a dejar de hacerlo. Ella echó la cabeza hacia atrás.
—No te detengas, por favor, no te detengas.
Me encantaba ver cómo su rostro blanco se llenaba de pudor y se enrojecía.
—¿Estás segura de esto? —le pregunté.
—Sí. Besame.
Me quitó la musculosa y me cargó con sus brazos firmes hasta sentarme en la encimera de la cocina. Me soltó el cabello, acercó la nariz para olerlo y me pasó la lengua por la oreja.
—Al fin puedo tenerte.
—No digas eso. Siempre me tuviste.
Apretó su cuerpo desnudo contra el mío y empezó a mordisquearme el cuello. Yo inclinaba la cabeza, entregada a cada sensación, mientras con destreza me desabrochaba el sostén.
—Cuántas veces soñé con esto —murmuró, recorriéndome los pechos con la boca, la lengua dibujando círculos lentos sobre la piel.
El placer me arrancó un suspiro largo, los ojos cerrados y una sonrisa que no podía contener. Sus dedos suaves me recorrían entera, y yo me aferraba a ella con una urgencia casi desesperada.
—Vení a la cama —dijo, y me llevó por el pasillo sin dejar de abrazarme.
Me terminó de desnudar en un instante. El jean quedó tirado en un rincón. Hacía calor, los dos cuerpos sudaban, y yo empujaba las caderas hacia adelante para tentarla, con la última prenda marcándome todo.
—Nunca viví algo así. Qué bien se siente.
Bajó entre besos hasta detenerse un segundo, los ojos casi suplicantes.
—Perdón si no soy una experta.
—Seguí, seguí. Qué lengua más rica tenés.
Entonces me probó sin pudor, con un desenfreno que nadie me había dado en todos esos años. Cuando llegué al orgasmo quedé tan mojada que manché la sábana, y pensé que mejor así: si al ex marido se le ocurría aparecer, ya sabría quién había marcado ese territorio.
—Ahora quiero sentirte yo. Quiero saber qué aprendiste todo este tiempo —dijo.
No hubo frase que me diera más placer. Le até las muñecas con su propia blusa, la besé temblando, mordí esos pechos de porcelana que se erizaban al mínimo contacto.
—No te muevas —le ordené, lamiéndola entera.
—Qué salvaje sos.
Con los dedos le separé los labios y descubrí su clítoris, tentador como un fruto. Empecé a estimularlo con la boca mientras la penetraba despacio con los dedos, alternando un ritmo pausado y veloz, entregada por completo a su placer.
—¿Así? ¿Así te gusta? —le pregunté, mirándola desde abajo.
—Sí, así, no pares, mi amor.
Recibí su orgasmo como un néctar, hipnotizada y más caliente que nunca. Después me arrodillé frente a ella, nos abrazamos y la recosté de nuevo. Levanté una de sus piernas y empezamos a rozar nuestros sexos con desesperación. Estuvimos así un largo rato, hasta que el placer nos arrastró otra vez a las dos.
***
Ninguna quería vestirse. Pero su ex seguía siendo posesivo y rondaba la casa de vez en cuando, y yo no pensaba exponerme a un problema mayor. Así que, a regañadientes, nos arreglamos la ropa. Ella me abrochó el sostén besándome la nuca.
—¿Te gustó?
—Ni te imaginás. Si fuera por mí, me quedaría hasta el amanecer.
—Sos hermosa, Camila. Me fascina tu lado salvaje.
—Lo mejor de mí sale cuando estoy con vos.
Nos dimos el beso más profundo del mundo y el abrazo más largo.
—Cuánto te extrañé —dijo.
—Nunca más vas a estar sola, Noelia. Acá voy a estar, para amarte, cuidarte y defenderte.
—Te amo, y lo voy a hacer siempre.
—Yo también.
Tuve que irme; mi madre ya debía estar inquieta. Noelia abrió la puerta, cortó una flor de su jardín y me la puso en el bolsillo del saco. Me derretí con el gesto. Caminé de vuelta a casa sintiendo que por fin había recuperado el aire, mi musa, mi adoración. Ella, para siempre en mi alma. Noelia.